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2 de septiembre de 2022

Análisis de Un señor muy viejo con unas alas enormes de Gabriel García Márquez (II)

 

Análisis de Un señor muy viejo con unas alas enormes de

Gabriel García Márquez (II)

 

Otro análisis de Un señor muy viejo con unas alas enormes:

http://elblogdemara5.blogspot.com/2012/08/analisis-resumen-de-un-senor-muy-viejo.html

 Sin hablar de las características generales de la prosa de García Márquez, de su exuberancia verbal a veces rayana en el barroquismo, de la rica multitud de personajes que habitan su obra, pobladores de Macondo y otros pueblos aledaños, lo que me interesa es adentrarme un poco en esa región mítica y fantástica que, aunque toma cuerpo de manera más amplia y visible en Cien años de soledad, existe también en varios de los cuentos anteriores y posteriores a esa novela, y también, con varios aspectos comunes y otros diferentes, en El otoño del patriarca.

Los prodigios del mundo mítico a veces pertenecen directa y claramente a lo maravilloso, pero en otras ocasiones, no poco frecuentes, tocan lo fantástico. (…) Hay elementos fantásticos en casi toda la producción de García Márquez (él mismo ha dicho que Cien años de soledad está formado por una serie de cuentos fantásticos), pero me parece que estos elementos son más visibles en tres textos de su libro de cuentos titulado La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada.

Análisis de “Un señor muy viejo con unas alas enormes”: de lo fantástico a lo cotidiano

En “un pueblito costeño tórrido y decadente como miles de otros en el corazón del hemisferio”, invadido por las lluvias y por los cangrejos, viene a caer un ángel. Su aparición, totalmente inesperada, llama la atención por la falta absoluta de solemnidad con que se produce: simplemente aparece una mañana, tirado en el gallinero. Su aspecto desvencijado es poco propicio a infundir respeto: “Era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas”. Sin embargo, a pesar de esta apariencia tan poco digna de un ser divino o sobrenatural, y que más bien podría inspirar piedad por su desvalimiento, al principio la presencia de ese extraño personaje causa temor y asombro. Los habitantes del pueblo lo contemplan “con un callado estupor”, pero a medida que pasa el tiempo, la cercanía del ángel va degenerando en costumbre, y la familiaridad destruye todo posible temor a lo desconocido.

Hay quien piensa, olvidando el detalle de las alas, que es un marino extraviado, puesto que habla “en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante”; pero una vecina, experta en “todas las cosas de la vida y la muerte”, decreta que se trata de un ángel, un ángel “de carne y hueso”. Pero hasta esa afirmación pierde peso con el tiempo, y el extraño ser no es tratado con el respeto debido a un emisario divino, sino “como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo”.

Se establece entonces una oscilación entre sobrenatural y natural, entre extraordinario y cotidiano, un juego en que la sensación de lo sagrado pasa por subidas y bajadas repetidas, que se reflejan en la forma en que se considera al viejo alado, en una dinámica muy ambivalente, que forma la estructura misma del cuento:

Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del universo. [...] Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de frutas y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores.

Sin olvidar lo absurdo de las suposiciones, que presuponen un mundo mágico en el que todo es posible (pero de esto hablaremos más adelante), lo que llama la atención es el contraste entre los grandiosos planes que se elaboran sobre su futuro, y la naturaleza de ese viejo con “alas de gallinazo, sucias y medio desplumadas”, que “estaban encalladas para siempre en el lodazal”.

Ciertamente, si no fuera por el detalle inquietante de las alas, a nadie se le ocurriría tomarlo por un ser sobrenatural. Contribuye a desacralizarlo toda una serie de notas absurdas, que se ven sobre todo en la actitud del cura. Este quiere someter el fenómeno angelical a las reglas de la ortodoxia eclesiástica, y lo saluda atentamente en latín. Pero al no recibir respuesta se vuelve cada vez más escéptico.

“Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. [...] Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles”.

El extremo del ridículo al que llega la burocracia religiosa acaba por destruir cualquier asomo de dignidad que hubiera podido atribuírsele al viejo: “Sin embargo [el cura] prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra a su primado y para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos”.

La acumulación de absurdos vuelve chusca la situación, pero el humor no destruye por completo lo inquietante del asunto. El ángel nunca acaba de ser asimilado, nunca se llega a la seguridad de si es o no un ser sobrenatural, y dentro de la dinámica sagrado-profano aparecen a veces ciertos destellos de temor, o por lo menos de precaución. Nunca se salva por completo la distancia que separa al ángel de los habitantes del pueblo. Son, como dice Vargas Llosa a propósito de El coronel no tiene quien le escriba, “una colectividad y un individuo, distanciados, incomunicados uno del otro”. Y esta distancia, esa separación del ser extraño, se manifiesta en un objeto concreto, tangible: el ángel, por lo menos al principio, está separado de la gente por la reja del gallinero, barrera que lo rodea para determinar una especie de zona aparte, que le pertenece en exclusividad. La duda sobre la naturaleza angelical es alimentada por lo errático de los milagros atribuidos al ángel y, de duda en duda, llega a ser sentido como un personaje cada vez más familiar. No sólo ya no causa temor, sino que queda reducido al mismo nivel que los cangrejos.

Este ángel tan terre à terre, tan poco solemne, tan humano, en fin, llega a inquietar precisamente por su falta de extrañeza. Es tan humano que contrae varicela, tiene “soplos en el corazón” y “ruidos en los riñones”, pero no se puede pasar por alto el hecho evidente de que tiene alas, unas alas que “resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entenderse por qué no las tenían también los otros hombres”. Y la partida del ángel no resuelve el enigma. Se va volando, con la misma torpeza de ave vieja con que lo hemos visto moverse desde su llegada, y se pierde a lo lejos, sin que nadie haya podido saber si era o no un ángel. Quedará seguramente relegado entre las viejas historias que se cuentan en el pueblo e irá adquiriendo cierta grandeza, poco a poco, al irse transformando de realidad escuálida en un nuevo mito popular.

El ambiente en que transcurre la historia refuerza esta sensación de irrealidad dentro de la realidad. Es el trópico suramericano, pero un trópico exagerado casi hasta lo imposible, un lugar donde las lluvias adquieren carácter de diluvio universal y donde los cangrejos invaden las casas, de una manera que hace pensar en los relatos mitológicos. En el pueblo se habla de “los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios”, y la lluvia se convierte en una especie de transmutador, en algo que modifica la materia: “las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos” cuando llegó el ángel. No es que en el trópico de nuestros países no ocurran fenómenos parecidos, pero aquí se presentan justo con la exageración suficiente para que adquieran tintes de irrealidad mitológica.

Ciertas expresiones empleadas, por lo violentamente antitéticas, refuerzan la sensación de extrañeza. Sirvan como ejemplo dos de ellas, “un ángel de carne y hueso”, y “aquel infierno lleno de ángeles”.

Lo que vemos aquí es un proceso de desacralización de lo fantástico, una progresiva familiarización con el ser extraño, que le hace perder todo poder sobre nosotros. Y la desacralización es ayudada por el humor, el humor irónico y cariñoso a la vez con que García Márquez pinta a sus personajes y que, al hacer que el lector se ría de ellos, lo separa del sentimiento de extrañeza e inquietud. Las tribulaciones del ángel terrenal y las elucubraciones de sus anfitriones mueven a risa; de personaje temible o respetable, el ángel se convierte en personaje ridículo, lo cual tiene como efecto una especie de reabsorción de lo fantástico. La risa actúa como una especie de vade retro que exorciza al demonio del temor y de la angustia

Según Louis Vax, “lo fantástico, que es una especie de ‘sagrado’ al revés, contamina todo cuanto lo toca. Las víctimas de los vampiros se convierten a su vez en vampiros”. En este relato ocurre casi exactamente lo contrario, pues no es el ser fantástico el que contamina lo que está a su alrededor, sino que lo cotidiano, dotado de una enorme fuerza hecha a la vez de absurdos teológicos y de sentido común, invade, contamina y destruye lo fantástico. Y en eso, paradójicamente, es en donde reside la transgresión: un ángel reducido a nivel humano (y humano subdesarrollado, además), un ángel viejo y escuálido, es un ser que infringe todas las reglas del mundo angelical. Esta convención rompe con sus propias convenciones establecidas, hace a un lado sus propias normas, y se vuelve, por ello, fantástica. En efecto, un ángel de origen comprobadamente divino pertenecería al mundo de lo maravilloso, y dejaría de preocuparnos. Un ángel desacralizado, y cuyo origen sigue en la oscuridad, no puede dejar de inquietar.

También contribuye a la conformación de lo fantástico lo que Vargas Llosa llama el “dato escondido elíptico, es decir, que el cuento termina cuando lo más importante está por ocurrir”. Vargas Llosa explica lo siguiente a propósito de La mala hora: “la clave de la construcción es un dato escondido elíptico: nunca se sabrá quién pone los pasquines, en tanto que esta revelación parecería ser el dato culminante hacia el cual confluían todos los otros de la novela”. Algo semejante pasa en “Un señor muy viejo con unas alas enormes”: toda la curiosidad del pueblo, todas las energías de sus habitantes se concentran en cierto momento en desentrañar el misterio del origen del ángel y de su naturaleza. Parecería que la respuesta a esto debería ser la clave del cuento, pero nunca se da la solución. Resulta entonces que el dato escondido elíptico es, en este caso, esencial para conservar la ambigüedad que rodea al ángel, y que es la que hace de este texto un cuento fantástico.

 

 

Fuente: FLORA BOTTON BURLA; LOS JUEGOS FANTÁSTICOS; FACULTAD DE FILOSOFÍA y LETRAS; UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MEXICO; 2003.

 

Otro análisis de Un señor muy viejo con unas alas enormes:

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