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18 de junio de 2008

El teatro clásico

Para un ciudadano de la Atenas del siglo V a.C. -conocido como Siglo de Pericles-, concurrir al teatro era completamente distinto de lo que es para un espectador actual. En primer lugar, no se representaba en cualquier momento del año, sino en festivales que se realizaban en determinadas fechas, dedica­das al culto del dios Dionisio. En segundo lugar, por tratarse de festivales, no se representaba una sola obra, sino varias y, en consecuencia, el espectáculo duraba todo un día. En las Grandes Dionisias -el festival más importante que se llevaba a cabo durante la primavera- participaban tres autores, que pre­sentaban tres tragedias y un drama satírico cada uno, que se alternaban con alguna comedia. En tercer lugar, la entrada era gratuita para quienes no con­taban con recursos ya que no se consideraba a estos festivales como un sim­ple espectáculo, sino que a su carácter religioso se sumaba una finalidad mo­ral y educativa. Por este motivo, estas jornadas eran un asunto de interés pa­ra el Estado, que se encargaba de pagar todos los gastos.
El espectador, entonces, debía ir preparado para una larga y entretenida jornada al aire libre: llevar alimentos para el día y, quizás, algún abrigo para el regreso a la caí­da del sol. Pero, principalmente, tenía que ir dispuesto a purificar sus sentimientos más violentos mientras presenciaba los hechos conmocionantes que eran presentados en la tragedia; también tenía que estar preparado para reflexionar acerca de los más nobles estados espirituales y, durante la representación de una comedia, para reírse de su situación contempo­ránea, de sus costumbres, de sus personales más im­portantes y en última instancia, de sí mismo.
Por todo esto, una velada teatral significaba un even­to social trascendente, al que concurría el pueblo masi­vamente, sin distinción de clases sociales. Durante la representaciones, los actores, con sus trajes y sus máscaras, bailaban y tocaban instrumentos musicales.
Los teatros estaban construidos al aire libre sobre una ladera o al pie de una colina, en lugares generalmente rodeados por otras colinas, lo que proporcionaba al sitio una acústica natural perfectamente apro­vechable. Por este motivo, los actores podían representar sus papeles en un tono normal de voz que resultaba audible para la totalidad del público. El teatro mejor conservado en la actualidad es el de Epidauro cuya acústica es tan buena que, aún hoy, es posible oír desde la última grada el sonido de un fósforo al encenderse en el escenario.
Los teatros griegos tenían una capacidad como para albergar entre 15.000 y 20.000 espectadores, y a partir del siglo IV a.C., sus graderías semi­circulares se recubrieron con mármol.
Los actores, llamados "hipócritas", (del griego hypocrités: "persona que finge"), usaban un atuendo especial y máscaras: en el caso de las comedias, vestían vistosas ropas de colores y las máscaras ocultaban completamente la cabeza; en cambio, en las tragedias, la vestimenta era de uso corriente, los acto­res elevaban su estatura con el uso de zapatos con plataformas, llamados "coturnos" y las máscaras cubrían sólo el ros­tro. El vestuario utilizado tenía gran importancia, ya que ha­cía reconocible la clase social a la que pertenecía un personaje.
Además de los personajes principales, el teatro griego contaba con un personaje colectivo: el coro. Este cumplía distintas funciones de acuerdo con el desarrollo de la obra: podía ser el pueblo o cualquier multitud; podía representar la voz de la conciencia de un personaje, sus reflexiones, sus re­mordimientos; servía al autor para comentar, a través de los coreutas (integrantes del coro) diversos pasajes de la obra.
En ocasiones, se apelaba a algunos recursos mecánicos de tramoya: ca­rros con ruedas para efectuar grandes desplazamientos escenográficos; grúas para suspender a los actores que representaban a los dioses que inter­venían favorablemente o no en el conflicto; máquinas para producir sonidos y plataformas que ingresaban en escena para mostrar acontecimientos suce­didos fuera de ella.

Los personajes
Los personajes protagónicos de la tragedia y del drama satírico solían ser dioses o pertenecer a la nobleza; en cambio en la comedia se caricaturizaba a las clases más bajas. Esta diferencia se manifestaba no sólo en el vestua­rio, sino también en el lenguaje empleado: era poético en el caso de las tra­gedias y popular -hasta incluso grosero- en las comedias.
Los actores eran únicamente hombres, que podían representar, cambian­do de máscara y de vestuario, a varios personajes, incluyendo a los femeni­nos. Los desplazamientos escénicos y los ademanes de los actores también seguían ciertas convenciones que el público conocía a la perfección. Sin em­bargo, lo que mayor importancia revestía para los espectadores no era la ac­tuación sino el texto y la música de la obra.

El origen religioso
Los griegos eran politeístas, es decir, rendían culto a muchos dioses quienes, según creían, residían en el monte Olimpo. De todos ellos, Dioni­sio era uno de los más particulares porque fue el único que, según la mitología, pasó un largo período en la Tierra donde, antes de ascender a la morada de las deidades, impuso ceremonias en su propio honor. Estos ritos dionisíacos consistían, en un principio, en cantos que celebraban la princi­pal invención de este dios: el vino.
En un comienzo, los cantos, llamados "ditirambos", eran entonados por un coro de cincuenta hombres que vestían pieles de cabra, el animal que representaba a Dionisio. Con el tiempo, del ditirambo se desprendió un solista que intercalaba con el canto unos versos recitados de carácter narrativo-informativo referidos a ciertas acciones míticas. Esta innovación ritual dio origen a un nuevo género: la tragedia (del griego tra­gos: "cabra" y ode: "cantar", es decir, "canto del macho cabrío).
El solista -que habría sido introducido por el poeta griego Tespis (siglo VI a.C)- podía cubrir su rostro con máscaras alternativas y de esta manera representar a más de un personaje. Finalmente, el ditirambo sufrió una nueva transformación: el coro quedó relegado a un segundo plano, como acompañamiento de la acción, que pasó a ser el elemento fundamental.
Posteriormente otros autores introdujeron un segundo y un tercer actor, con lo cual el género dramático (del griego drama: "acción”), adquirió su forma definitiva y fundamen­tal: el diálogo.
Otro tipo de ceremonia dionisíaca, el Komos, "fiesta con can­tos y bailes", dio origen a la comedia. En un comienzo se trataba de una celebración en la que los participantes se disfrazaban con trajes ridículos y se cubrían con máscaras que reproducían los rasgos de determinados animales. En una etapa posterior, se desarrollaron breves diá­logos o monólogos que ridiculizaban y caricaturizaban a personajes conoci­dos de la sociedad. De esta manera, se establecieron las bases de la comedia, género cómico y popular que tuvo un gran éxito en la antigua Grecia.

El teatro como imitación
Probablemente, esta característica imitativa de las primitivas comedias inspiró al filósofo Aristóteles (384- 322 a.C.) la idea de que el género dramá­tico, al igual que otros géneros literarios, siempre imita a la realidad.
En la Poética -primera obra que hace un estudio sobre textos literarios y sobre la literatura en general- Aristóteles sostiene que el género dramático imita la realidad de dos maneras: una superior, que corresponde a la trage­dia, en la cual los personajes son caracterizados como mejores de lo que son en la realidad, y otra inferior, que es propia de la comedia, en la que apare­cen peores de lo que son.
A su vez, la tragedia y la comedia se diferencian por los personajes que presentan: la primera incluye historias protagonizadas por grandes héroes o reyes, es decir, miembros de las clases más altas, mientras que en las come­dias eran personajes de las clases más bajas, o animales.

El siglo de Pericles

El edificio del teatro de Dionisio en Atenas es considera­do el más antiguo de Grecia; por este motivo, se piensa que las primeras representaciones tuvieron lugar en esta ciudad. Este hecho debió haberle conferido a Atenas prepon­derancia cultural sobre otras poblaciones griegas. La importancia de los festivales teatrales atenienses puede corroborarse en el hecho de que la totalidad de los textos conservados pro­vienen de esta ciudad, que fue cuna de los principales artistas y pensadores. De allí provienen los más importantes autores de tragedias -Esquilo (525- 456 a.C.), Sófocles (495- 405 a.C.) y Eurí­pides (484- 406 a.C.); el más reconocido creador de comedias, Aris­tófanes (450- 385 a.C.); filósofos fundamentales como Sócrates (470- 379 a.C.) y Platón (428- 347 a.C.) y el más célebre de los escultores y ar­quitectos griegos, Fidias (490- 431 a.C.), a quien se le atribuyen las más co­nocidas esculturas clásicas y el diseño del símbolo más representativo de la ciudad: la Acrópolis, un conjunto de templos que se encuentra en la colina más alta, entre los que se destaca el Partenón, dedicado a la diosa Atenea.
Estos artistas y pensadores tenían algo en común: además de haber naci­do en el mismo lugar vivieron durante la misma época: el siglo V a.C., cono­cido como el "Siglo de Pericles". Este período fue de un particular floreci­miento cultural, político y económico, debido a la decisiva victoria de los griegos contra los persas en las Guerras Médicas. Si bien durante ese conflicto armado, Atenas fue atacada y destruida, obtuvo importantes victorias como la de Maratón, la de Salamina y la de Platea, que le aseguraron el pre­dominio político por sobre las demás ciudades-estado griegas.
En cuanto a la organización política, este período corresponde al domi­nio de gobernantes que accedían al poder por la fuerza o por el peso de su influencia política. A estos líderes se los denominaba "tiranos", y si bien se imponían de manera ilegal, no gobernaban violentamente y contaban con adhesión popular. El más importante de estos tiranos fue Pericles, quien fomentó la producción artística, filosófica y cultural de la antigua Atenas.

Los grandes dramaturgos
A Tespis se lo considera como el creador de la tragedia por haber incluido a un solista que separó del coro. Pero son Esquilo, Sófocles y Eurípides, los tres grandes dramaturgos de Grecia clásica, quienes le dan su forma definitiva. En su Poética, Aristóteles afirma que fue Esquilo quien introdujo un segundo actor, con lo que el diálogo pasó a ser un elemento preeminente del género dramático. Posteriormente, Sófocles agregó un tercer actor en escena, lo que permitió hacer más compleja la trama.
En las obras de Esquilo y Sófocles, los personajes no son seres comunes y corrientes, sino héroes que tienen la posibilidad de relacionarse con los dioses. En Eurípides, en cambio, los personajes se aproximan más al sentir de los mortales, y muchas veces los conflictos se resuelven por la intervención casi azarosa de algún dios, recurso conocido como "Deus ex machina" porque los actores que representaban a los dioses aparecían y se desplazaban por la escena sin tocar el suelo, sostenidos por complicados mecanismos.

La caída de Atenas
Mientras Atenas estuvo gobernada por Pericles, fue una potencia comer­cial y un centro de irradiación cultural. Pero, hacia el 430 a.C., surgió un conflicto entre esta ciudad y Esparta (polis griega de gran poderío militar) conocido como Guerra del Peloponeso, que finalizó con la derrota de Ate­nas. Este acontecimiento marcó el comienzo de la decadencia para esta ciudad y el fin de los gobiernos de los tiranos, dado que Esparta impuso gobiernos aristocráticos en todas las polis.
A pesar de la caída de Atenas, y con ella el comienzo de la decadencia de toda la cultura griega, de la posterior invasión de Alejandro Magno –quien, aunque era considerado extranjero intentó restaurar la antigua cultura grie­ga- y, siglos más tarde, de la llegada de los romanos y el estableci­miento de su dominio, la producción dramática del Siglo de Peri­cles siguió teniendo vigencia y se respetaron los conceptos que el filósofo Aristóteles habría de proponer en su Poética.
Varias décadas después de la muerte de los grandes autores trágicos, y a pesar de que Atenas no era ya la misma ciudad que durante el gobierno de Pericles, Aristóteles analizó sus obras en la Poética. Su tarea consiste en buscar semejanzas, estudiar los te­mas tratados, el estilo, los personajes que intervienen, etc. Y, a partir de eso, establecer las características generales de los distin­tos géneros literarios. Para Aristóteles, la principal característica del teatro es la imitación de la realidad o míme­sis, y el diálogo es el elemento fundamental de la representación.
El género dramático es definido por Aristóteles como una representación encarnada por actores, que se diferencia de la diégesis o narración de hechos reales o ficticios, donde predomina la voz de un narrador.
El concepto de mímesis es fundamental ya que la relación que existe en­tre el objeto real y la forma en que es representado determina el subgénero al que la obra pertenece. Así pueden definirse, según Aristóteles, tres sub­géneros: la tragedia, la comedia y el drama satírico. El primero es, para el filósofo griego, el de mayor importancia ya que presenta una imitación en la que las personas son mostradas mejores de lo que son, por ese motivo sus personajes son los héroes y los dioses.
Para que esta relación con la realidad fuese estrecha, Aristóteles sostenía que debían cumplirse tres pautas: las historias representadas debían du­rar una jornada, desde la salida hasta la puesta del sol (unidad de tiempo); la acción debía ocurrir en un solo espacio (unidad de lugar) y la obra debía referir un solo hecho o acción central (unidad de acción). Este tipo de estructura permitía, por un lado, el desarrollo en profundidad de un tema único y, por otro, un cierto grado de identificación por parte del espectador, quien a través de la compasión y el terror provocado por lo presentado en escena, se purificaba de sus pasiones. Esta purificación o "catarsis" es, según Aristóteles, la finalidad primordial del teatro.

Otras características del teatro
Otro elemento que define el teatro es, para el filósofo griego, el agón (lucha, enfrentamiento) que se da en diferentes planos. En primer lugar, entre los autores y obras que competían en los antiguos festivales y, en se­gundo lugar, dentro de la representación teatral, entre los diversos objeti­vos de los personajes y en el diálogo entre ellos. Por este motivo los perso­najes de una obra teatral pueden ser protagonistas (personajes que pre­tenden lograr un determinado objetivo, de protos: "primero") o antagonis­tas (de antós "en contra") que se oponen a los anteriores e intentan que no alcancen su meta.
También la hammarthía o error fatal era un concepto primordial. Este elemento sobreviene en un momento preciso dentro del drama, cuando el héroe pierde la visión clara de los hechos, y cegado por sus pasiones, come­te un error que lo lleva a él, y muchas veces a los suyos, al desenlace trágico (el destierro, el castigo violento o a la muerte). La hammarthía se produce en muchos casos cuando el héroe no toma en cuenta las advertencias de los dioses o bien cuando es inducido por alguno de ellos a cometerla. De todos modos, está prevista en su destino y no puede evitarla.
La acción trágica también se caracteriza por la existencia de la peripecia, que Aristóteles define como la "inversión de las cosas en sentido contrario", es decir, el cambio de suerte, de destino o de fortuna del protagonista. En relación directa con estos dos elementos (la hammarthía y la peripecia) está la anagnórisis o reconocimiento de los errores, mediante la que el protago­nista asume su responsabilidad por los actos equivocados y acepta el castigo que se le impone.

El efecto trágico en el público: la piedad y el temor
¿Qué relación se establecía entre las acciones interpretadas en escena y público que asistía a la representación de la obra? Para los autores trágicos, el efecto que debía lograrse en e! espectador consistía en suscitar piedad y temor al mismo tiempo. Como la tragedia era la imitación de acciones de hombres superiores que pasaban del estado de felicidad al de infelicidad, los integrantes del público consideraban sus historias a modo de ejemplo y sentían horror por los hechos que se desencadenaban a su vista. Pero, también, sentían piedad por el destino trágico del protagonista, ya que su infelicidad no era consecuencia de un acto perverso, sino de una falta, es decir de un error que lo precipitaba hacia la ruina
Debido a este efecto que combina piedad y temor, la palabra "tragedia" se usa en el lenguaje corriente para referirse a hechos que provocan un profundo estado de infelicidad en quienes participan de ellos.

Evolución de los conceptos aristotélicos
Si bien en la actualidad la concepción sobre lo que implica ir al teatro y la noción respecto a lo que debe ser una representación teatral han cambiad,. los preceptos aristotélicos tuvieron vigencia como normas a seguir hasta fines del siglo XVIII. Sin embargo, ya en el siglo XVII, muchos de los concep­tos fueron revisados y desechados, como por ejemplo las unidades de lugar, de tiempo y de acción. Así surgieron piezas que presentan a los personajes en momentos diferentes de sus vidas, o que transcurren en varios escenarios o espacios, o que refieren más de un conflicto.
Actualmente se considera que el texto dramático es doble, ya que cuenta por un lado con una trama dialogada, expresada por lo que dicen los personajes (en la antigüedad, esta trama componía la totalidad del texto), y por otro lado con una trama descriptiva, constituida por las indicaciones escénicas o acotaciones, que pueden referirse a cuestiones escenográficas o a actitudes de los personajes. Esta distinción se debe a que el texto teatral es la base a partir de la cual se concreta el hecho teatral, es de­cir la representación escénica. Por lo tanto, se puede decir que un texto dramático tiene diferentes tipos de receptores: por un lado, aquellos que lo reciben sin mediación (lectores, productores, directores, actores y técnicos) y por el otro, el espectador, quien en la representación se enfrenta con el texto mediatizado por la visión del director, de la puesta en escena y las interpretaciones de los actores.


A.A.V.V: Literatura-Puerto de Palos

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