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7 de agosto de 2011

CUENTO POPULAR: María Guimar y María Francisca

CUENTO POPULAR: María Guimar y María Francisca

Este cuento desarrolla el clásico tema de la "huida má­gica" que ya hemos visto en esta antología en la versión rusa de la Bruja Baba-Yaga. Aparecen asimismo los temas del olvido, de las tareas que requieren ayudas especiales y del despertar del olvido mágico. Es interesante confrontar variantes y desarrollos de estos temas en J. Z. Agüero Vera, Cuentos Populares de La Rioja (y. "Miris", "Siete Rayos de Sol" y "Blanca Paloma"). Fuente: Susana Chertudi, Cuentos Folklóricos de la Ar­gentina (1a. serie), Instituto Nacional de Filología y Folklore, Bs. As., 1960.

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Había una vez un matrimonio que tenía dos hi­jas, María Guimar y María Francisca. La madre de estas niñas era bruja, pero María Gui­mar era un punto más que ella. Siempre iban hombres a buscar trabajo en la casa de éstas, pero como la madre les daba trabajos tan difíci­les que no podían realizarlos, los comía.

Una vez se presenta un joven muy buen mozo buscando trabajo; lo acepta y desde ese momen­to comienza a simpatizar con María Guimar. Al si­guiente día lo manda la vieja con un gajo de hi­guera para que lo plante y vuelva a las doce en punto trayéndole higos.

María Guimar llevaba siempre la comida para los trabajadores, le lleva esta vez, y como lo en­contrara sentado muy triste, le pregunta el moti­vo de su pena. El muchacho le cuenta que esta­ba triste porque no encontraba cómo hacer para cumplir con su madre. Entonces María Guimar le dice:

–No te aflijas, yo te salvaré. Le da una flauta y le explica que toque antes de acostarse, y que a las doce justo al despertar encontraría el gajo cubierto de higos, pero le re­comienda que si la madre le pregunta quién le lle­ve la comida, diga que fue María Francisca.

El joven le lleva los higos a la madre y cuando le pregunta quién le llevó la comida, responde co­mo le enseñara. Pero la vieja no le cree y se dis­gusta con María Guimar; y él agrega:

–Valga el diablo con su porfía, si María Gui­mar me llevó la comida, yo no la he visto.

Calla la vieja, y al siguiente día le da un vasta­go de viña para que lo entierre también y a las doce le traiga uvas. Lo recibe el joven y vuelve a sentarse muy pesaroso de no poder cumplir, pues sabía que la vieja lo haría matar. En todo esto llega María Guimar y le dice:

–Come tranquilo que yo te salvaré la vida. To­ca la flauta y acostate a dormir, y a las doce re­coge las uvas y llévale.

A las doce se recuerda el joven, recoge las uvas y le lleva, pero la vieja se disgusta nueva­mente y le pregunta quién le llevó la comida; él le contesta como lo hizo anteriormente:

–Valga el diablo con su porfía, si María Guimar me llevó la comida, yo no la he visto.

Calla la vieja, y como no hallara un trabajo más difícil para darle, le dice que vaya a un cerro cer­cano, y que de una vertiente que había traiga el agua en una acequia por delante de la casa. Va la niña con la comida y como lo encuentra tan triste le dice:

–No estés triste, joven; toca la flauta y acostate a dormir. A las doce cuando te despiertes es­tará el agua corriendo por el patio de la casa, pe­ro no cuentes que yo te traje la comida y cuando quieras volver, pega un fuerte golpe con la pala para que mamá crea que el trabajo es tuyo.

Cuando ve la vieja el trabajo hecho le pregunta quién le llevó la comida y él le dice que María Francisca, agregando: –Valga el diablo con su porfía. Calla la vieja y ordena que aten al joven a un palo para matarlo y comerlo. María Guimar tenía las intenciones de huir con él y cuando llega la noche, lo desata. María Guimar toma una tijera, un jabón, un peine y un ovillo de hilo, le da un freno al joven diciéndole que vaya al corral, en­frene un caballo que vendría echando fuego por boca y narices, porque este caballo abarcaba una legua por tranco; pero que si no se animaba de enfrenar ese caballo, enfrene un macho que abar­caba sólo media legua por tranco.

Trae el joven al macho y lo ensilla; luego la niña salivó tres veces al borde de su cama, y le­vantando la tijera, el peine, el jabón y el ovillo de hilo, emprende viaje.

Ya iban muy lejos, y cuando estaba amane­ciendo despierta la vieja, habla a María Guimar: –María Guimar, levántate. Y contesta la escupida: –Ya me voy a levantar. Pero notando la vieja que prometía y no se le­vantaba, le repite:

–María Guimar, levántate; tengo un cordero gordo para asar.

Y responde la otra escupida:

–Ya me estoy levantando...

A la tercera vez que le manda la vieja levan­tarse, como la niña iba muy lejos, la escupida contesta más despacio:

–Ya me voy a levantar... me estoy atando las trenzas.

Entonces dice la vieja:

–Levántate, viejo; ya la chinita se ha fugado con el muchacho. Ensilla un animal, y corre en persecución de ellos.

Pero cuando el viejo los llevaba cerca, dice el joven a María Guimar:

–Ya tu tata viene cerca, ¿qué iremos a hacer?

Y María Guimar le responde:

–No se aflija por eso.

En el acto convierte al macho en un naranjo, ella se convierte en azahares y el joven en un pi­caflor. Cuando llega el viejo, se encuentra con este naranjo y se detiene por cortar unos azaha­res para traerle para María Francisca; pero como no puede, se vuelve y le dice a la vieja de que no los pudo alcanzar.

–Viejo sonso –le contesta la vieja–. Ese na­ranjo ha sido el macho, los azahares María Gui­mar y el picaflor el muchacho. Ahora volvé a al­canzarlos.

Transformados como eran antes, continúan via­je para la casa del joven y como notan que el viejo intentaba alcanzarlos se convierten nueva­mente: María Guimar en una imagen, el joven en un sacerdote y el macho en una iglesia. Cuando llega el viejo, se detiene a oír misa y luego se vuelve y le cuenta a la vieja lo que ocurría. De allí se viene la vieja muy disgustada, y como no­tan que los iba alcanzando dice la niña:

–Mamá nos viene persiguiendo.

Entonces se convierte en una barranca y cuan­do la vieja se acerca, tira las tijeras y nace un pencanal espinoso adonde la vieja se hincaba de­sesperada. Cuando la vieja deja el pencanal y tra­ta de alcanzarlos, tira la niña el jabón y se ex­tienden unas espesas neblinas que impedían ver bien a la vieja. Cuando ésta deja las neblinas y se acerca a ellos, la niña tira el ovillo de hilo que se convierte en telarañas, adonde la vieja se en­reda. Luego continúa y cuando se acerca bien, se convierten María Guimar en un río crecido, el macho en un puente y el joven en un anciano que estaba preocupado en hacer pasar pasajeros, de un lado a otro. Llega la vieja y le dice que la hi­ciese pasar, y el joven le dijo que bueno, pero .cuando atraviesa se da vuelta el puente que era el macho, y calza la vieja adentro de la panza de éste.

Como va María Guimar y el joven no tenían perseguidores se acercan a la casa de una viejita v piden albergue; largan al macho para que vuel­va a la querencia y ellos quedan a vivir allí.

Un día le dice el joven que tenía muchos de­seos de ir a visitar a sus padres. María Guimar accede pero le recomienda que en la casa no se deje abrazar con nadie. Cuando llega, salen pa­dres y demás familiares muy contentos, el joven no se dejaba abrazar con ninguno, sólo con un perro, que fue lo suficiente para que olvidara a la niña y se quiera casar con otra muchacha.

Cuando estaban en la boda, va Mana Guimar con la viejita de la casa a la mosquetería, y en eso llegan dicen los de afuera.

–Hagan pasar a esa viejita con esa niña tan linda.

La hacen pasar, y cuando todos se hallaban reunidos, ruega María Guimar que le permitan ha­cer una prueba para recrear a la concurrencia. Pide que coloquen una mesa delante de ella, y como María Guimar era bruja hace aparecer un gallito y una gallina encima de ésta, y hace hablar a la gallina con el gallo:

–¿Te acordes, gallito desmemoriado, cuando fuiste a la casa dé María Guimar en busca de trabajo?

Y el gallo responde: –No me acuerdo.

–¿Te acordes, gallito desmemoriado, cuando la madre de María Guimar te dio un vástago de viña para que lo plantes y lo hagas dar uvas; mientras vos estabas muy triste ella te ayudó, dándote la flauta para que toques y a las doce tu vistes las uvas para presentar? –No me acuerdo –responde el gallo. –¿Te acordás, gallito desmemoriado, cuando la madre de María Guimar te dijo que trajeras des­de la vertiente del cerro una acequia con agua por el patio de su casa, y que cuando triste te encontrabas, ella te salvó también, dándote la flauta para que toques y des un palazo fuerte pa­ra engañar a la madre, y conseguiste cumplir? –No me acuerdo –responde el gallo. –¿Te acordás, gallito desmemoriado, cuando te ataron a un árbol para comerte y María Guimar te desató?

–No me acuerdo –responde el gallo.

–¿Te acordás, gallito desmemoriado, cuando te fuiste a tu casa a visitar a tus padres y le rogué que no te dejaras abrazar con nadie y un perro te abrazó, logrando con esto olvidarme?

–Me estoy acordando –responde el gallo.

–¿Te acordás, gallito desmemoriado, cuando te ibas a casar con otra por haber desoído mis consejos de no dejarte abrazar con nadie y consentisteis con el perro?

–Sí me acuerdo –dice el gallo.

Entonces muy arrepentido de lo que hizo, ha­bía el joven:

–Tú, María Guimar, serás mi esposa, porque me salvaste la vida.


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