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6 de septiembre de 2008

Análisis de El Castillo de Franz Kafka

Análisis de El castillo de Franz Kafka




Escrita durante 1922, El castillo es, con certeza, la obra más compleja de Kafka, aquella donde la crítica propone las más diversas interpretaciones a causa de la multiplicidad de significación de cada uno de sus elementos. El problema de El castillo reside, en primer lugar, en el sentido general que se descubre en la novela, sólo en apariencia es el relato de una búsqueda realizada por un héroe que atraviesa una serie de pruebas.

Lo importante es definir, si ello es posible, cuál es el objeto y el fin de esa búsqueda o si realmente la búsqueda existe como actividad realizable. Es preciso, también, definir el estilo de ciertas palabras que se ofrecen como trampas lógicas para el lector (e incluso para el personaje que cree en ellas).
En última instancia, El castillo también plantea el problema de la realidad y la veracidad de lo significado y de la imposibilidad de una fe ingenua la palabra. Todo lo que allí se afirma debe ser puesto entre signos de interrogación, ninguna de las informaciones que se dan conserva su valor durante todo el relato, cada uno de los elementos en juego tiene varios significados posibles, cada uno de ellos sólo provisionalmente exactos.
El castillo sólo permite una lectura a partir de la desconfianza, puesto que confiar implicaría cometer los mismos errores de su protagonista.

La obra estructura datos objetivamente contradictorios, que plantean desde el comienzo varios interrogantes: ¿K. es un agrimensor o simplemente asume esa identidad para poder permanecer en la aldea? ¿El castillo existe o es un pretexto creado por la enorme e independiente maquinaria burocrática? ¿K. se dirigía a esa precisa aldea o su llegada es un mero resultado del azar? Es casi imposible responder a estos interrogantes de una manera unívoca, puesto que la novela se organiza dentro de un plano de gran ambigüedad significativa.
K. llega una noche a la aldea del castillo; está perdido (se pregunta "¿en qué aldea vine a extraviarme?") y asume la situación a partir de los datos inconexos que le proporcionan en la posada.

Su equivocaci6n, que le será fatal, es comenzar a creer inmediatamente en las palabras, "inventar" una historia: afirma ser un agrimensor contratado por el castillo. Y desde el castillo nadie lo desmiente. Desde ese momento su objetivo será obtener el reconocimiento oficial de su tarea y establecer una comunicación positiva tanto en el castillo como en los aldeanos.
Desde entonces empieza a decir y hacer cosas "inadecuadas": pretende llegar al castillo -propósito descabellado-, pregunta por el conde a los campesinos y al maestro, busca el apoyo y la benevolencia de los funcionarios menores; en una palabra, se compromete en una tarea de verificación: ser el agrimensor confirmado por la jerarquía, obtener una posición definida en la microsociedad de la aldea, comunicarse e integrarse. En la base de su fracaso reside un malentendido, puesto que todas las palabras que se emplean a su alrededor designan cosas que no responden a los significados naturales que K. pretende atribuirles. Su camino es una de las vías de la decepción frente a una negada posibilidad de conocimiento verdadero. En realidad nada en esa aldea coincide con las definiciones usuales, ni siquiera el castillo:”En conjunto, tal como se mostraba allá a lo lejos, no respondía el castillo a la expectativa de K. No era ni un antiguo burgo feudal, oi un suntuoso palacio nuevo, sino una planta extensa que se componía de pocas construcciones de dos pisos y de muchas construcciones bajas que se estrechaban unas contra otras; de no haberse sabido que era el castillo, hubiera podido tomárselo por un pueblecito".
Tampoco los ayudantes que el castillo designa para el agrimensor son verdaderos ayudantes sino más bien oponentes, presencias incómodas' y hasta hostiles.
La lucha de K. comienza cuando, al día siguiente de llegar, llama por teléfono al castillo para averiguar cuándo podrá presentarse allí; le contestan que nunca; esta respuesta hubiera bastado para abandonar el objetivo del reconocimiento, pero, como todo lo del castillo se maneja en dos o más niveles disímiles, en ese mismo instante llega un mensajero con una carta que le confirma que está al servicio de la aldea.
Arbitrariamente K. confía en ese mensaje más que en la negativa verbal, y en Barnabás, su portador. Desde ese momento, Barnabás se convertirá en la única conexión de K. con el castillo.
Sin embargo, ni siquiera Barnabás es un verdadero mensajero: simplemente aspira a tal título, se viste con un uniforme parecido al de los verdaderos mensajeros y espera, a veces infructuosamente, que se le entregue alguna carta.

K. yerra al considerar los hechos literalmente, adjudicando a las personas atributos meramente subjetivos: "Su mirada, su sonrisa, su andar parecían un mensaje." Por otra parte la carta es ambigua y contradictoria:
"Había en ella pasajes en que se hablaba como un hombre libre y cuyo albedrío se reconocía: tal el encabezamiento; tal el pasaje referido a sus deseos. Pero había también pasajes donde se le trataba como un pequeño obrero, apenas perceptible desde la sede de aquel jefe ( ... ); su superior no era más que el alcalde de la aldea, a quien hasta debía rendir cuentas, su único colega era acaso el policía de la aldea".


A partir de allí K. se empeñará por definir una situación, sin comprender que la única definición es doble y contradictoria. Su aventura es una prueba de la invalidez del conocimiento y las experiencias por las que atraviesa no hacen sino confirmar la imposibilidad de una integración.
En el proyecto de K. desempeña un lu­gar fundamental el acercamiento a los señores (empleados, secretarios, fun­cionarios, burócratas) del castillo que cotidianamente bajan a la aldea. Se dirige entonces al mesón señorial. Esta visita lo precipita en una nueva ilusión: seduce o es seducido por Frieda, de quien se dice que es amante de Klamm, justamente el funcionario del cual K. cree que depende su destino.
La pose­sión de Frieda significa para K. una muy deteriorada comunicación simbó­lica con la esfera de las jerarquías. A poco esa comunicación se revela como inexistente, demostrando también que K. es incapaz de romper los límites de su aislamiento: "Como desvanecida de amor yacía de espaldas y extendía los brazos; sin duda el tiempo no tenía lí­mites para su dicha amorosa ( ... ). Luego se sobresaltó viendo que K. per­manecía quieto, ensimismado en sus pensamientos".
El proyecto de K. des­borda y anula la esfera de la cotidiani­dad: si piensa casarse con Frieda es porque supone que para hacerla ten­drá que hablar con Klamm, aunque ninguno de los aldeanos opina que esto es necesario (otra de las característi­cas de K. es una desconfianza total ha­cia lo que se le aconseja, acompañada de una credulidad total hacia lo que circunstancialmente se le dice).
Pero tampoco Klamm es una presencia con­creta, y mucho menos abordable. Aun­que K. cree haberlo visto a través de una mirilla en el mesón señorial, nadie en la aldea coincide al describirlo: "Di­cen que su aspecto cuando llega a la aldea es muy distinto del que tiene cuando la abandona; que es una su apariencia antes de beber cerveza y otra después; una cuando está des­pierto y otra cuando duerme. . . y aun dentro de la aldea surgen, según los relatos, diferencias bastante notables: diferencias que conciernen al porte, a la corpulencia, a la barba". Ni siquiera Barnabás, el mensajero, logra identificarlo inequívocamente, muchas veces lo confunde y no está muy seguro de haberlo visto ni de que sea Klamm quien le entrega las cartas para K.
Lo que K. intenta es el conocimiento, la ratificación de lo que él cree apro­piado y verdadero. Singularmente su equivocado camino hacia el conoci­miento está plagado de humillaciones, puesto que las autoridades castigan con la humillación cualquier intento de independencia: en vez de ser con­firmado como agrimensor se le ofrece a K el puesto de bedel en la escuela.
El hecho es en sí neutro puesto que ni aumenta ni disminuye sus posibilida­des: el reconocimiento del castillo, pe­se a lo que pueda creer, no depende de lo que él haga o se proponga. Así cuan­do ya está perdiendo su esperanza re­cibe una nueva carta que se refiere a los trabajos de agrimensura que en el castillo saben que K. está realizando.
Toda la carta es una impostura; K. no ha empezado siquiera esos hipotéticos trabajos; sin embargo el mensaje cum­ple una función: no permitir que K. tome distancia, considere a su empresa como imposible y se vaya.
Su empresa de conocimiento es necesaria, está pre­vista, dentro de la absurda economía general del castillo. Así, cada vez que K. está próximo a ser superado por el desaliento recibe una señal, algún in­dicio diminuto y arbitrario que reac­tualiza la presencia del castillo y la relación de K. con él.
Esto no quiere de­cir que el conocimiento y la confirma­ción sean probables ni que el malentendido que confunde al agrimensor se haya superado. Sólo indica que el castillo suele abrir ciertas posibilida­des engañosas en las que K., aferrado a la literalidad de los mensajes, vuel­ve perderse. Una de esas oportunida­des engañosas es la que desarrolla en el último capítulo que conocemos (la novela ha quedado inconclusa, aunque es también lícito afirmar que no tiene fin, que las desventuras del héroe son circulares y eternas). Por intermedio de Barnabás, uno de los secretarios de Klamm, Erlanger, cita a K. en el mesón señorial. Abrumado por la larga espera, K. se duerme sobre la cama de otro de los funcionarios, repitiendo una de las situaciones típicas por las que atraviesan los héroes kafkianos: sucumben al cansancio precisamente en el momento que están más cerca de lo que han buscado afanosamente.
Cuando K. es recibido por Erlanger se revela la frustración absoluta de esa nueva expectativa: no es su situación de agrimensor el tema del interro­gatorio sino su relación con Frieda (Klamm le ordena que la abandone, cosa que ya ha sucedido).
El castillo se cierra sobre esa comprobación: K. to­davía no existe por sí mismo frente a los señores, sino en relación con la gente de la aldea: un indicio más de que empresa se basa sobre una hipó­tesis de cumplimiento imposible.

Se ha dicho que sería temerario propo­ner una traducción de la simbología de El castillo que se postule como única. Más que una correspondencia mecáni­ca entre los elementos de la novela y los significados de otros órdenes ex­traliterarios (es decir una trasposición simple de una supuesta alegoría a la realidad) parece posible establecer re­laciones dentro del texto mismo; una vez que se descubran estas relaciones significativas se estará en condiciones de establecer las vinculaciones can lo extraliterario.
Como se vio, el eje sig­nificativo del texto reside en un pro­yecto imposible; esa imposibilidad tie­ne dos niveles: por un lado, el héroe se propone lograr cosas que no están dentro de los planes de un poder omní­modo; por otro lado, ese mismo poder se empeña en engañarlo señalando me­diante indicios equívocos la viabilidad del proyecto.
De esta forma, el engaño, el malentendido, reside en la base del conflicto. Ahora bien, ese malentendido determinante se define por una rela­ción equívoca entre la palabra que sig­nifica y el objeto significado; desde es­te punto de vista, lo que problematiza el héroe kafkiano es la validez de los significados, la mayor o menor hones­tidad con que las palabras designan a las cosas.
Esta actitud, que define la obra de Kafka, está en la base de gran­des zonas de la literatura del siglo XX. Kafka no sólo presenta héroes sin his­toria, marginados y humillados, cuya actitud fundamental es la espera, sino que plantea a la vez un universo des­quiciado por el absurdo y la arbitrarie­dad, a través de una crítica consciente de las futuras posibilidades de signifi­cación por medio de la palabra y la escritura.
No en vano su literatura fue dada a conocer en Francia por André Breton, ni es casual que su obra haya sido comentado por Sartre, Camus y Maurice Blanchot o que se refleje so­bre posiciones tan diversas como las de André Gide, el teatro del absurdo y la novela de la segunda posguerra. Su proyecto literario aún hoy nos es contemporáneo; la transparencia de su escritura, su amodalidad e impersona­lidad anticipan muchas de las experien­cias más recientes de la narrativa y de la crítica. Y su mundo coincide trági­camente con nuestra actual realidad fracturada y en crisis.

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