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20 de agosto de 2011

CUENTO POPULAR: El degollado de Flandes

CUENTO POPULAR: El degollado de Flandes

Esta característica "historia de mentirosos" aparece como relato enmarcado en la Vida de Estebanillo González, una novela picaresca española de comienzos del siglo XVII.

El ciclo de los "mentirosos" o "exagerados" tiene una de sus expresiones literarias culminantes en las Aventuras del Barón de Münchhausen, escritas en 1785 por Rudolph Erich Raspe, y los rastros de estas graciosas historias –ca­tatadas por Aarne-Thompson con los números 1850 a 1999 de su clasificación– son harto frecuentes en el folklore universal.

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Camarada del alma, tome mi consejo, y haga lo que quisiere; pero a Flandes, ni aun por lumbre, porque no es tierra para vagamundos, pues hacen trabajar los perros como aquí los caballos; y tan helada y fría, que estando yo un invierno de guar­nición en la villa de Güeidres, tuve una pendencia con un soldado de nación albanés, sobre cierta metresa; y habiendo salido los dos a la campaña y metido mano a nuestras lenguas de acero, ayu­dado yo de mi destreza, le hice una conclusión, y con una espada ancha de a caballo que yo traía "entonces, le di tal cuchillada en el pescuezo, que como quien rebana hongos, di con la cabeza en tierra, y apenas lo vide don Álvaro de Luna, cuan­do quedé turbado y arrepentido; y viendo que pal­pitaba el cuerpo y que la cabeza tremolaba, la volví a su acostumbrado asiento, encajando gaz­nate con gaznate y venas con venas, y helándose de tal manera la sangre, que sin quedar ni aun señal de cicatriz, como aún no le había faltado el aliento, volvió el cuerpo a su primer ser y a estar tan bueno como cuando le saqué a campaña, y la cabeza aún más firme que antes. Yo, atribuyén­dolo más a milagro que a la zurcidura y brevedad de la pegadura, lo levanté de tierra y haciéndome su amigo, lo volví a la villa y llevé a una taberna, donde, a la compañía de un par de fogotes, nos bebimos teta a teta media docena de potes de cer­veza, con cuyos estufados humos y bochornos de los fulminantes y abrasados leños, se fue deshe­lando poco a poco la herida de mi compañero; y yendo a hacer la razón a un brindis que yo le ha­bía hecho, al tiempo que trastornó la cabeza atrás para dar fin y cabo a la taza, se le cayó en tierra como si fuera cabeza de muñeco de alfeñique, y se quedó el cuerpo muy sosegado en la misma silla, sin hacer ningún movimiento; y yo asombra­do de ver caso de tanta admiración, me retiré a la vecina iglesia. Diéronle sepultura al dos veces degollado, y yo, viendo el peligro que corría si me prendiesen, me salí de Güeidres en hábito de frai­le, por no ser conocido de la guardia de la puerta; y pasando muchos trabajos llegué a este país, que aunque es frío, no tiene comparación con el otro, como vuesa merced echará de ver en lo que en buena amistad le he contado.


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