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20 de agosto de 2011

CUENTO POPULAR: El embustero

CUENTO POPULAR: El embustero

Fuente: León Frobenius, El Decamerón Negro, Bs. As., Losada, 1938. Folklore de los Sahel Africa).Este cuento corresponde a los ciclos de picaros y embusteros que logran vencer ingentes dificultades merced a su ingenio y a la estulticia de sus oponentes.Algunos de los elementos de este cuento aparecen también en el folklore argentino: cfr. "Juan el Tonto", en Cuentos Populares de La Rioja, de Juan Zacarías AgüeroVera, y "Un tonto con dos hermanos entendidos" o "Los tres hermanos" en Cuentos Folklóricos de la Argentina (1a. serie), de Chertudi. Un cuento similar fue recogido porAurelio Espi­nosa (h) en Segovia (cfr. "Nicolasín y Nicolasón", en Cuentos Populares de Castilla).

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Kalondi y Toniandi salieron juntos de viaje. Toniandi dijo: "¿Quién de los dos hablará?" Kalondi dijo: "Yo hablaré". Toniandi dijo: "No, hablaré yo". Kalondi dijo: "No, yo hablaré". Toniandi di­jo: "Aunque salgas tres días antes que yo, te al­canzaré en una hora; por eso es mejor que hable yo". Respondió Kalondi: "Habla tú, pues; proba­remos".

Emprendieron el viaje. Al caer la tarde del pri­mer día llegaron a un pueblo cuyo cacique les preguntó: "¿De dónde venís?" Toniandi dijo: "Ve­nimos del país de Toniadugu (del país de los que hablan la verdad)". El reyezuelo no dijo nada, pero los dos viajeros se quedaron sin comer. Al día si­guiente llegaron a otro pueblo. Ocurrió lo mismo y tampoco les dieron de comer. Lo mismo sucedió durante tres días. Cuando ya tenían demasiada hambre, dijo Kalondi: "Así no podemos seguir". Toniandi dijo: "No, así no podemos seguir; habla tú". Kalondi dijo: "Está bien".

Llegaron a otro pueblo. Acababa de morir el hi­jo del cabecilla. Había sido un guapo mozo que no tenía igual en todo el país. Al entrar en el pue­blo, gritaban las mujeres v lloraba todo el mundo. Kalondi no se preocupó. Dijo bruscamente: "Bue­nos días; tengo sed, dadme agua". Toniandi dijo: "Ten cuidado, no irrites a la gente; mira cómo se lamentan". Kalondi dijo: "¡Bah! ¿Qué pasa?". Las gentes dijeron: "Acaba de morir el hijo del jefe, que era el muchacho más guapo de todo el país". Kalondi dijo: "¡Cómo! ¿Y eso es todo? ¿No podéis hacer que resucite?". La gente dijo: "No­sotros no. ¿Puedes hacerlo tú acaso?". Kalondi dijo: "¡Nada más sencillo! Si lo deseáis, lo haré mañana temprano. Pero antes dadme agua que beber; tengo sed". La gente dijo: "El que sabe hacer eso no debe beber agua; hay que traerle le­che". Trajeron una gran taza de leche y todos se esforzaban en agradar a Kalondi y a Toniandi.

Apareció también el cabecilla y dijo: "¿Tú pue­des resucitar a mi hijo?". Kalondi dijo: "Nada más sencillo. Si lo pagas, mañana por la mañana lo resucitaré". El cabecilla dijo: "Te daré dos es­clavos varones, dos hembras, dos caballos y dos vacas". Kalondi dijo: "Bien, mañana por la maña­na". Luego fueron saliendo todos los que tenían algún difunto querido y sentándose al lado de Ka­londi. Uno decía: "Si resucitas a mi padre, que murió el año pasado, te daré una vaca". Un se­gundo dijo. "Si resucitas a mi mujer, que murió hace dos años, te daré un esclavo". Kalondi dijo: "Bien, mañana por la mañana resucitaré a todos vuestros muertos, y después me pagaréis". Las gentes le trajeron a Kalondi y a Toniandi muchos y buenos manjares. A la noche dijo Toniandi: "¿No vamos a escapar esta noche?". Kalondi dijo: "¿Por qué? Mañana ganaré muy buenos regalos y co­meremos hasta hartarnos".

Durante la noche, Kalondi pidió una pequeña calabaza. A la mañana siguiente preguntó Kalon­di: "¿Habéis cavado ya la sepultura?". Las gentes dijeron: "Sí, ya lo hemos hecho". Kalondi dijo: "Llevad allí al muerto y que se reúna todo el pue­blo". Se fue él luego allá, bajó a la sepultura y con las manos quitó cuidadosamente la tierra de los lados. Después dijo: "Mete al muerto dentro y tapadlo con un paño". Las gentes lo hicieron así. Kalondi se metió en el agujero.

Entonces Kalondi sacó la cabeza, y a través del paño gritó, hablando al pueblo congregado: "¡Des­pierta!" Luego se bajó y habló con la calabaza que había pedido por la noche: "¡Despierta, des­pertad todos!". Estas palabras las repitió tres ve­ces. Pero luego levantó la cabeza y exclamó: "¡Oh, qué estúpido es esto!".

El cabecilla preguntó: "¿Qué es estúpido?". Ka­londi dijo: "No es nada de particular. Se trata sólo de que está ahí un hermano mayor que ha gober­nado antes que tú el pueblo. Se empeña en des­pertar el primero, y antes que tu hijo. Como miem­bro mayor de tu familia, tendremos que darle gus­to. Espera, un momento, inmediatamente resucita­rá". EL reyezuelo dijo: "No, no quiero. No quiero de ninguna manera; no quiero". Decía esto, por­que el difunto, su hermano mayor, había sido un buen jefe, muy querido del pueblo, y él era brutal y poco querido. Si su hermano mayor resucitase, se habría acabado su poder. Por este motivo de­cía el cabecilla. "No, no quiero". Kalondi dijo: "Pues no es posible de otro modo. Todos o nin­guno. No podemos cometer la descortesía de negarle a un hombre como tu hermano mayor la preferencia ante un mozo tan joven como tu hijo, el que murió ayer". EL cabecilla dijo: "Entonces no quiero que nadie resucite". Kalondi dijo: "¿Y quién me paga a mí?". EL cabecilla dijo: "Yo he empezado el negocio y debo pagarte lo prometi­do". Kalondi dijo: "Está bien". Y salió de la se­pultura. Recibió el pago del cabecilla y volvió rico a su casa.

Kalondi murió rico, dejando una mujer y un hijo que su mujer le había dado. Cuando se hizo ma­yor, el hijo derrochó pronto la herencia de su pa­dre y no les quedó a la madre y al hijo nada más que una yegua y un anillo que la madre llevaba en la oreja. Como el hijo de Kalondi lo había derro­chado y gastado todo, su madre le insultaba di­ciendo: "¡Avergüénzate! Tu padre, por medio de mentiras, ha llenado esta casa y nos ha hecho ricos. Tú eres un inútil. No has heredado el arte de tu padre". El hijo de Kalondi dijo: "Bueno; yo también voy a probar".

El hijo de Kalondi le dijo a su madre: "Préstame tu pendiente de oro". La madre se lo dio. El hijo lo metió dentro de una papilla y se lo metió en la boca al caballo como si le diera un medicamento. La yegua se tragó la bola. Al día siguiente montó a caballo, se fue a ver al rey y le dijo: "Aquí traigo un caballo tan excelente, que no es propio para un hombre ordinario. Es un caballo para un rey. Tiene la virtud de que en sus excrementos siempre se encuentra oro. ¿Quieres tú comprarlo?". El rey dijo: "Eso que dices es imposible. Tú has menti­do". Pero en aquel momento el caballo alzó el ra­bo y dejó caer su excremento. El hijo de Kalondi dijo: "Fíjate". Enseñó sus manos vacías, abrió una de las bolas, y allí estaba el anillo de oro. El rey dijo apresuradamente: "¿Qué vale el caba­llo?". El hijo de Kalondi dijo: "El caballo vale cin­co esclavos y cinco esclavas". El rey le dio los diez esclavos y con ellos llegó a su casa el hijo de Kalondi. Su madre le dijo: "¿Cómo has ganado tanto en un solo viaje?". El hijo de Kalondi dijo: "Eso no es nada. Espera lo que va a venir".

El rey mandó enseguida construir para la yegua una cuadra muy alta, rodeada de una pared muy fuerte. Se encerró en ella la yegua y a siete mozos de cuadra y luego se tapió la puerta. Por un agu­jero abierto en la pared echaban pienso para el caballo y comida para los mozos. El excremento se tiraba en un gran montón. Al cabo de tres me­ses, el rey reunió a todos sus esclavos y esclavas. Les mandó que se desnudasen completamente y que cribasen con una criba el excremento. El rey mismo estaba presente; pero ¡ay!, no apareció ni una pizca de oro. El rey se enfadó terriblemente y dijo: "¡El hijo de Kalondi me ha engañado! ¡Traéd­melo aquí enseguida, que le mataré!". Salieron algunos en busca del hijo de Kalondi.

Cuando llegaron los emisarios, el hijo de Ka­londi acababa de matar un carnero y lo tenía par­tido en pedazos. Al verlos venir llenó de sangre una tripa larga y ató sus extremos. Se fue a casa, se la ató al cuello a su madre y dijo: "Haz lo que yo te diga. Tapa la tripa con tu vestido" Cogió un rabo de vaca y se lo metió en el bolsillo. Los hombres del rey entraron diciendo: "El rey llama al hijo de Kalondi". El muchacho dijo: "¡Voy con gusto! Acompáñame, madre". Se fueron a donde estaba el rey.

En el palacio del rey se había reunido una gran asamblea. El hijo de Kalondi entró con su madre. El rey dijo: "Me has engañado con la yegua de un modo nunca visto. En los excrementos no hay oro, y te voy a matar". La madre del hijo de Kalondi dijo: "¡No, no lo mates; déjale vivir!". Pero enton­ces el hijo de Kalondi se arrojó sobre su madre, la tiró al suelo y cortó la tripa que llevaba arrolla­da al cuello. La sangre se derramó por el suelo y luego a los pies del rey. La mujer quedó en el suelo como muerta.

El hijo de Kalondi le dijo tranquilamente al rey: "Ahora podemos arreglar el asunto de la yegua". El rey dijo: "No, primero tenemos que resolver esto. Has matado ante mis ojos a tu madre". El hijo de Kalondi dijo: "Lo de mi madre no tiene la menor importancia, pues puedo volverla a la vida cuando quiera. En cambio, el asunto de los diez esclavos que me has dado por la yegua es mucho más grave". El rey dijo: "¿Como? ¿Puedes volver sin más ni más la vida a tu madre?". El hijo de Kalondi dijo: "Naturalmente". El rey dijo: "Pues hazlo primero".

El hijo de Kalondi dijo: "Que traigan una cala­baza con agua". Trajeron el agua. El hijo de Ka­londi sacó el rabo de vaca, lo metió en el agua y dijo: "Rabo mío de vaca, que he heredado de mi padre Kalondi, que lo había heredado de su pa­dre: si eres verdaderamente mi rabo de vaca, vuelve a la vida a esta mujer". Y comenzó a dar golpes en su madre regándola con agua. Repitió es­to tres veces, y a la tercera su madre se puso en pie. Lo primero que hizo fue estornudar. El rey dijo enseguida: "Necesito tu rabo de vaca. ¿Cuán­to pides por ese rabo de vaca?". El hijo de Ka­londi dijo: "El rabo de vaca no se vende, y ade­más, está todavía sin decidir el asunto de la yegua y de los diez esclavos que me diste". El rey dijo: "Olvidaremos el asunto de la yegua. ¡Pero dame el rabo de vaca! Un rabo de vaca así es una cosa muy conveniente para un rey. Un rey se enfurece muchas veces y mata a alguno. Pero a veces en su furia mata a gentes que quiere. Y entonces le viene muy bien un rabo de vaca para resucitarlas. Te daré otros diez esclavos por el rabo de vaca". El hijo de Kalondi dijo: "Eres rey, y si te empeñas te daré el rabo de vaca por ese precio". Luego el hijo de Kaiondi cogió a sus diez esclavos y se fue con su madre y con lo ganado, dejándole al rey el rabo de vaca.

Sucedió que un día el rey estaba borracho. Le rodeaban sus músicos cantando. El rey se embo­rrachaba cada vez más. Llamó a su favorita y le dijo: "Tráeme pronto agua para beber o te mato". La mujer vio lo borracho que estaba el rey y se echó a reír. Pero esto llenó de coraje al rey; dio un salto y mató a la mujer. Los diali (comercian­tes) se asustaron y quisieron irse; pero el rey les dijo: "¡Quedaos! ¡Siga nos bebiendo! Esto se arre­gla enseguida. Puedo despertar cuando quiera a la mujer". Los diali dijeron: "Hazlo pronto para que se nos quite el susto". El rey dijo incomoda­do: "Bien está; traedme una calabaza de agua y el rabo de vaca de Kalondi". Salieron los esclavos y trajeron el rabo de vaca de Kalondi y la calaba­za con agua. EL rey metió el rabo de vaca en el agua y dijo: "Rabo mío de vaca que he recibido del hijo de Kaiondi, que lo ha heredado de su padre: si eres realmente mi rabo de vaca, vuelve a la vida a esa mujer". Y enseguida golpeó a su mujer, regándola con agua. Esto lo repitió tres veces, pero la mujer no se levantaba. El rey siguió dándole golpes a la mujer, hasta que el rabo de vaca que era un rabo de vaca viejo, se hizo peda­zos; pero entonces el rey, muy enfadado, gritó fu­rioso: "Traedme enseguida al hijo de Kalondi. Me ha engañado y voy a matarlo". -

Los emisarios llegaron a la casa de Kalondi. Es­te estaba comiendo avellanas. Los emisarios le di­jeron al hijo de Kalondi: "Ven inmediatamente a ver al rey". El hijo de Kalondi se guardó en el bol­sillo las avellanas y se fue con los emisarios a ver al rey. Quiso hablar pero el rey le dijo: "Ese mu­chacho, que no hable una palabra. ¡Ni una pala­bra! En cuanto habla le engaña a uno. ¡Traedme una piel de vaca!" Le trajeron la piel de vaca y dentro de ella envolvieron al hijo de Kalondi. Ce­rraron la piel cuidadosamente y ataron el paque­te El hijo de Kalondi se metió un puñado de ave­llanas en la boca. Cuando estuvo hecho el paque­te, dijo el rey: "Está bien. Ahora vamos a echar al agua al hijo de Kalondi. Os acompañaré yo mis­mo para convencerme de que lo hacéis bien".

El rey se puso en marcha con sus hombres; dos de ellos Nevaban en la cabeza el paquete donde iba metido el hijo de Kalondi. Así llegaron por el bosque hasta la orilla del río. Al llegar allí vieron a un antílope herido que corría. Un cazador le había metido una bala. El rey y su gente corrieron enseguida detrás de él. Los que llevaban el pa­quete con el hijo de Kalondi lo dejaron en el ca­mino y corrieron también detrás del antílope.

Quedó el paquete en el camino. Unos diula pa­saron por allí. Acababan de cruzar el no. En el momento en que pasaba el último de los diula, el hijo de Kalondi se puso a comer las avellanas que llevaba consigo, y al partirlas hacía ruido. El diula lo oyó, se paró y dijo asombrado: "¡El paquete come!". El hijo de Kalondi dijo: "No, a un paquete no se le dan tan buenas cosas de comer. Den­tro hay un hombre". El diula dijo: "¿Qué comes?". El hijo de Kalondi dijo: "Tengo mucho que co­mer; abre un poco y te daré lo que me sobra". El diula abrió el paquete. El hijo de Kalondi dio un salto. Como era más fuerte que el diula, metió a éste en la piel de vaca y volvió a atar el paquete. Luego salió a escape.

El rey volvió con sus hombres de la persecución del antílope. Los dos portadores volvieron a coger su paquete. El que iba dentro del paquete comen­zó a gritar: "Yo soy un diula, yo soy un diula, yo soy un diula". Los hombres dijeron: "Que tú eres un comerciante ya lo ha notado el rey, bien que lo has engañado". Llegaron al río. El rey dijo: "Embarcaos en un bote y remad en aquella direc­ción. Cuando lleguéis a aquel remolino, en el sitio más hondo, tiradle al agua". Así lo hicieron. El rey lo vio por sus propios ojos. Cuando estuvo hecho dijo: "Está bien. Vamonos a casa". Y el rey volvió con sus hombres a la ciudad.

EL hijo de Kalondi se había ido también a casa. Vendió toda su hacienda y compró hermosos ves­tidos y mucho oro. Un día había gran concurren­cia en el palacio del rey. El hijo de Kalondi se fue a la corte. Se había puesto un traje magnífico, co­mo no se había visto nunca en el país. La mano derecha la tenía llena de oro. Llegó al salón. To­dos murmuraron: "¡Qué vestido más hermoso! ¡Qué riqueza! ¡Qué magnífico!" En cuanto al rey, por poco se le escapa una exclamación de asom­bro. El hijo de Kaíondi llegó a donde estaba el rey, y con gran atrevimiento le enseñó la mano derecha llena de oro y dijo: "Tu difunto padre te saluda por intermedio mío. He cogido un poco de la tie­rra que hay allí abajo y te la traigo como regalo. Pues has de saber que allá abajo toda la tierra es oro". El rey vio el oró y preguntó: "¿No te ha dicho nada mi padre?" El hijo de Kalondi dijo con reparo: "Sí: ha dicho que lo visites alguna vez allá abajo y me dejes como representante tuyo". El rey vio el oro. Vio los magníficos vestidos. Kalondi di­jo: "Estoy dispuesto a llevarte y a representarte aquí hasta la vuelta si me prometes volver muy pronto. Porque estoy establecido allá abajo y tengo veinte mujeres jóvenes. Por eso quiero volver pron­to". El rey dijo: "Te lo prometo".

Antes que el hijo de Kalondi envolviese al rey en la piel de vaca, dijo: "Fíjate bien en el camino. Allí donde caigas debajo del agua está la puerta para el otro mundo". El rey dijo: "Tú procura que me arrojen en el sitio justo". El hijo de Kalondi di­jo: "De eso puedes estar seguro".

El hijo de Kalondi, como representante del rey, se llevó el paquete en que éste estaba envuelto. Hizo que lo arrojasen al agua en el mismo sitio en que se había hundido el diula. Cuando el rey se fue al fondo, cogió el hacha que llevaba al hombro, la tiró al suelo y les dijo a los esclavos del rey: "De hoy en adelante soy vuestro rey".

Así se hizo rey el hijo de Kalondi Si él y óu pa­dre no hubieran sabido mentir, no hubieran llega­do a tanto, de fijo.


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