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9 de agosto de 2011

HISTORIA ARGENTINA : La era criolla

HISTORIA ARGENTINA : La era criolla

La creación del virreinato coincidió con el desencadenamiento de la revolución industrial en Inglaterra. Treinta y cuatro años después, España perdía gran parte de sus colonias americanas, precisamente cuando ese profundo cambio que se había operado en el sistema de la producción comenzaba a dar frutos maduros. Inevitablemente, las nuevas naciones que surgieron del desvanecido imperio español -y la Argentina entre ellas- se incorporaron en alguna medida al área económica de Inglaterra, que dominaba las rutas marítimas desde mucho antes y que ahora buscaba nuevos mercados para sus pujantes industrias.

La Argentina recibió productos manufacturados ingleses en abundancia, y este intercambio fue ocasión para que se radicara en el país un buen número de súbditos británicos. Cosa curiosa, se hicieron a la vida de campo, fundaron prósperas estancias y adoptaron las costumbres criollas. Hijo de uno de ellos fue Guillermo Hudson, que tanto escribiría después sobre la vida del campo rioplatense. El país que nació en 1810 era esencialmente criollo. Políticamente independiente, su debilidad, su desorganización y su inestabilidad lo forzaron a inscribirse dentro del área económica de la nueva potencia industrial que golpeaba a sus puertas. Pero la independencia dejó en manos de los criollos las decisiones políticas, y los criollos las adoptaron por su cuenta en la medida en que pudieron. Criolla era la composición social del país que, con la independencia no alteró su fisonomía étnica y demográfica, criollas fueron las tradiciones y la cultura, y criolla fue la estructura económica en la medida en que reflejaba los esquemas de la época virreinal. Hasta 1880, aproximadamente, se mantuvo sin grandes cambios esta situación, y por eso puede hablarse de una era criolla para caracterizar los primeros setenta años de la vida independiente del país.

El problema fundamental de la vida argentina durante la era criolla fue el ajuste del nuevo país y su organización dentro de los moldes del viejo virreinato. Había en el fondo de esta situación algunas contradicciones difícil de resolver. En un régimen de independencia política que proclamó los principios de libertad y democracia, la hegemonía de Buenos Aires, con los caracteres que había adquirido durante la colonia, no podía ser tolerada. La lucha fue, en última instancia, entre la poderosa capital, que poseía el puerto y la aduana, y el resto del país que languidecía. Fue una lucha por la preponderancia política, pero era un conflicto derivado de los distintos grados de desarrollo económico. Sólo a lo largo de setenta años y en medio de duras experiencias pudieron hallarse las fórmulas para resolver el conflicto.

Esas fórmulas debían atender a las exigencias de la realidad, pero no podían desentenderse de las corrientes de ideas que prevalecían por el mundo. El espíritu del siglo XVIII, que en Buenos Aires perpetuaba el poeta Juan Cruz Varela; declinaba para dejar paso al Romanticismo, una nueva actitud de los comienzos del siglo XIX que inspiraba tanto al arte como al pensamiento. Echeverría, el poeta de La cautiva, desafiaba al Río de la Plata con el alarde de la nueva sensibilidad; pero lo desafiaba también con las audacias de su pensamiento liberal. El absolutismo se había impuesto en Europa, después de la caída de Napoleón, y el liberalismo luchó denodadamente contra él. A la Santa Alianza inspirada por el zar Alejandro y por Metternich se opuso la "Joven Europa" inspirada por Mazzini. Desde cierto punto de vista, la oposición rioplatense entre federales y unitarios era un reflejo de esa antítesis; pero tenía además otros contenidos, ofrecidos por la realidad del país: la oposición entre Buenos Aires y el interior, entre el campo y las ciudades, entre los grupos urbanos liberales y las masas rurales acostumbradas al régimen paternal de la estancia. Fue necesario mucho sufrimiento y mucha reflexión para disociar las contradicciones entre la realidad y las doctrinas.

La dura experiencia de los caudillos federales dentro del país y de los políticos liberales emigrados cuajó finalmente en ciertas fórmulas transaccionales que fueron elaborando poco a poco Echeverría, Alberdi y Urquiza, entre otros. Esa fórmula triunfó en Caseros y se impuso en la Constitución de 1853. Consistía en un federalismo adecuado a las formas institucionales de una democracia representativa y basado en dos acuerdos fundamentales: la nacionalización de las rentas aduaneras y la transformación economicosocial del país. Cuando el plan se puso en marcha, habían estallado en Europa las revoluciones de 1848, hijas del liberalismo, por una parte, y de la experiencia de la nueva sociedad industrial, por otra. Las ideas cambiaban de fisonomía. El socialismo comenzaba a abrirse paso; por su parte, el viejo absolutismo declinaba y Napoleón III tuvo que disfrazarlo de movimiento popular; el liberalismo, en cambio, triunfaba, pero se identificaba con la forma de la democracia que la burguesía triunfante prefería.

El cambio de fisonomía de las doctrinas correspondía al progresivo desarrollo de la sociedad industrial que se alcanzaba en algunos países europeos. Lo acompañaba el desarrollo de las ciencias experimentales y el empuje del pensamiento filosófico del positivismo. Cambiaba la mentalidad de la burguesía dominante y cambiaban las condiciones de vida. También cambiaba la condición de los mercados, porque las ciudades industriales de Europa requerían alimentos para sus crecientes poblaciones y msterias primas para sus industrias. La demanda de todo ello debía atraer la atención de un país casi despoblado y productor virtual de materias primas, en el que la burguesía liberal acababa de llegar al poder después de Caseros.

La organización institucional de la República y la promoción de un cambio radical en la estructura economicosocial cierran el ciclo de la era criolla cuya clausura se simboliza en la federalización de Buenos Aires en 1880. Poco a poco comenzaría a verse que las transformaciones provocadas en la vida argentina configurarían una nueva era de su desarrollo.

FUENTE: Breve historia de la Argentina -José Luis Romero- Primer tomo


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