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1 de diciembre de 2011

Las memorias de Robert Graves a través de su libro Adiós a todo eso

Las memorias de Robert Graves a través de su libro
Adiós a todo eso



En su libro Adiós a todo eso,  Robert Graves va desgranando memorias  de guerra, de  sadismo escolar en un internado inglés y de supervivencia a la asfixia de su época y clase social.
Solo un peculiar sentido del humor podía aligerar al texto del peso de seme­jante material documental. Con un simulado respeto por las convenciones del rela­to autobiográfico, Graves comienza con­tando sus dos primeros recuerdos de vida y retrata su estatura y señas particulares:
"Mido un metro ochenta y ocho, tengo ojos grises y cabello negro ... Mi boca es lo que generalmente se conoce como 'carno­sa', y mi sonrisa es huidiza. Cuando tenía trece años me rompí dos dientes delante­ros y a partir de ese momento me esforcé en ocultarlos."

Con una irresistible mezcla de candor e ironía, un poderoso yo narra las vejaciones sufridas en Charterhouse School, un in­ternado donde todo el mundo despreciaba los estudios, el deporte era obligatorio y en el que Graves tuvo que aprender a boxear ,para ganarse el respeto de alumnos y pro­fesores.

Del internado al cuartel había sólo un paso: Graves salió de la escuela una sema­na antes que estallara la Primera Guerra Mundial, y se alistó de inmediato. el ingenuo optimismo de la época auguraba una contienda breve: "Yo espe­raba que durara lo suficiente para demo­rar mi ingreso en Oxford, que me parecía temible”.  Pertenecía a una generación pa­ra la cual continuar estudiando tres años mas era peor que ir a la guerra; uno de ca­da tres alumnos de esa generación ter­minó muriendo en el frente occidental.

Graves se entrenó como oficial en un campo de prisioneros y, contagiado por la fiebre patriótica que agitaba al Reino Unido, marchó con ganas a combatir a Francia. Allí se encontraría con una vida militar cuyo heroísmo se reducía a chapotear en húmedas y resbaladizas trincheras, trabajando día y noche para mejorar las condiciones higiénicas  y convertir aquellos lodazales en vivienda per­manentes, bajo las repentinas luces de las bengalas y los permanentes zumbidos de las balas, a unos trescientos metros de las filas enemigas.

Hasta ese momento, declara Graves mientras describe los sesos de un soldado muerto mezclados con una gorra en el suelo, "nunca había visto un cerebro hu­mano. De alguna manera lo había asocia­do siempre a un concepto poético."

De un modo desapasionado, acaso re­construyendo la indiferencia de esos hom­bres acostumbrados al trato diario con la muerte, Graves evoca los disparates dia­rios de la Gran Guerra. Dice que solo una vez se abstuvo de disparar contra un alemán, que se estaba bañando. "Me desa­gradó la idea de disparar contra un hom­bre desnudo, así que le pasé el rifle al sar­gento que estaba a mi lado. Tome -le di­je- usted tiene mejor puntería que yo."

Al poco tiempo de llegar, lo único que casi todos los soldados querían era ser he­ridos para que los enviaran de vuelta a ca­sa. Algunos levantaban una mano sobre el parapeto hasta que un tiro del enemigo les arrancaba el pulgar y el índice y se iban contentos al hospital. Un soldado de in­fantería duraba tres o cuatro meses, calcu­la Graves; en ese tiempo ya lo habían ma­tado o herido.
 Quince o veinte mil hom­bres pasaron por cada batallón de línea en los cuatro años y medio que duró la guerra; por cada muerto, había cuatro heridos, de los cuales tres recibían lesiones tan ligeras que regresaban al frente después de unas cuantas semanas o meses, y volvían a enfrentar la misma suerte. Pero al menos pasaban unas vacaciones con su familia y, con un poco de fortuna, si la lesión era grave, quizás no lo reenviaran a las trincheras. "Recibir una buena herida es en lo único que piensa un soldado después de cierto tiempo", sentencia Graves.

Él mismo terminó con varias heridas serias, una de ellas en el pulmón y aunque   esto le compró un pasaje de regreso a  Inglaterra, también sumó reiteradas manías a las secuelas psíquicas de la guerra. En la ciudad, el solo ruido del caño de escape de un auto bastaba para que tuviera el impulso de lanzarse cuerpo a tierra. Los desconocidos en la calle asumían los rostros de amigos muertos; ver a más de dos  personas nuevas por día le impedía dormir. No sólo la histeria bélica de la población civil ahora le resultaba insoportable ;  toda Londres le pareció, recordando Eliot, una ciudad irreal.
En la retaguardia se reencontró con e poeta Siegfred Sassoon, a quien había co­nocido en el frente, y que detestaba como él a los políticos y periodistas que habla­ban de continuar la guerra sin haber pisa­do jamás una trinchera. También se rela­cionó con los escritores Wilfred Owen, Aldous Huxley, H.G. Wells y Bertrand Russell.  Más tarde conoció a otro veterano, el coronel T.E. Lawrence y se asombró de su terror enfermizo a que lo tocaran. Lawrence de Arabia estaba escribiendo la segunda ver­sión de Los siete pilares de la sabiduría y lo ayudó a mejorar los poemas de su libro El espejo, que Graves publicaría en 1921.
También se enamoró de la feminista Nancy Nicholson, con quien habría de ca­sarse y tener cuatro hijos, a pesar de que ella consideraba que el matrimonio era un agravio a sus convicciones. Graves recuer­da: "Los obuses aún explotaban sobre mi cama a medianoche, aunque Nancy la compartiera. "
Mientras participaba a desgano en el fa­llido proyecto de su esposa de instalar una tienda de pueblo cerca de Oxford, Graves intentó conciliar su vida de escritor con sus tareas de padre de cuatro niños: "Yo trabajaba entre constantes interrupciones. Podía reconocer las principales variedades de gritos infantiles: hambre, indigestión, pipí, aburrimiento, ganas de jugar; y aprendí a no hacer caso más que de los más importantes."
Un breve paso como profesor de litera­tura en Egipto y el divorcio de Nancy tras doce años de matrimonio cierran una autobiografía escrita en 1929, a los treinta y tres años. Más tarde Graves volvió a ca­sarse, tuvo cuatro hijos más y se dedicó a producir su obra fundamental, que inclu­ye títulos como Yo Claudio, La diosa blan­ca, Los mitos griegos.

Robert Graves, poeta y ensayista , tomó la decisión  de no volver a vivir jamás en su país natal, promesa que mantendrá hasta su muerte, en Mallorca, en 1985. 






FUENTE:
SUPLEMENTO CULTURA Y NACIÓN
DIARIO CLARÍN

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