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21 de diciembre de 2016

Cuento En el ómnibus de Carlos Drummond de Andrade

Cuento En el ómnibus de Carlos Drummond de Andrade


La señora subió, Dios sabe cómo, en compañía de dos chicos. Cada chico cargaba un portafolios lleno de libros y cuadernos indispensables para la adquisición de los preliminares de la sabiduría. (Cuando lleguen al colegio secundario ¿tendrán que transportar una papelería y una biblioteca?) En el ómnibus no cabía más nadie. A decir verdad, no cabían ni las personas que se apretujaban allí dentro como sardinas en lata. Entre la masa compacta de gente, o de porciones de gente, que mi vista abarcaba, percibí unas manitas tratando de sujetar los portafolios hinchados.
-Yo te llevo -dije- dirigiéndome a uno de los brazos que tenía cerca.
Cuando viajo sentado siento una irresistible inclinación a llevar paquetes ajenos. Estoy siempre dispuesto a hacer un servicio, impulsado tal vez por el remordimiento de viajar sentado y de sólo ceder el asiento a personas de más edad que yo, personas que rara vez viajan en ómnibus, de modo que…
-Les llevo el portafolio -insistí, ejecutando un complicado movimiento para poder verles las caras a los chicos. El menor me miró sorprendido y vaciló, pero el mayor extendió el brazo y me entregó la cartera; entonces el primero -después de recibir un codazo administrado por el segundo- lo imitó. Entré en posesión de los dos abultados portafolios escolares y los acomodé de la mejor manera posible sobre mis rodillas. Conozco perfectamente la técnica de llevarle los paquetes a otro. Se los debe colocar de modo tal que viajen seguros sin que sea necesario ponerles la mano encima. Son cosas sagradas. No debemos arrojarles ni una mirada, aunque sea distraída. El perfecto transportador de paquetes del prójimo debe mirar hacia afuera del ómnibus, aparentemente observando un eclipse o la lluvia o cualquier otra cosa, pero en realidad con el pensamiento fijo en el paquete o bolso de que es depositario. No sea que el objeto caiga al suelo y se rompa. No sea que alguien lo robe. En estos tiempos en que hasta las iglesias son asaltadas, todo es posible. Pero ¿qué contendrá ese paquete? No estaría bien manifestar curiosidad, además, es peligroso abrir un envoltorio que no nos pertenece. Pero nos gustaría saber lo que hay allí dentro, ésa es -humildemente lo confieso, en mi nombre y en el del lector- la pura y descarnada verdad.
Pero en fin, tratándose de portafolios escolares, no había secreto alguno por descubrir. La voz de la señora surgió de aquella masa humana:
-Dale las gracias al señor, Serginho. Agradecele, Raúl.
Raúl (el mayor) obedeció, pero Serginho se mantuvo reticente.
Habían transucrrido apenas algunos minutos cuando sentí que el portafolios de encima se deslizaba suavemente de mi falda. Con gran delicadeza, la mano izquierda de Serginho, escondida bajo un pañuelo, tiraba del portafolios. Comprendí que él estimaba su cartera por sobre todas las cosas y dejé que la sacara. La madre se enojó:
-¿Qué estás haciendo, Serginho? Dejále el portafolios al señor.
Serginho, tieso.
-Serginho, te digo que le dejes el portafolios al señor.
Tuvo que levantar la voz para hacerla más enérgica. Algunos pasajeros se sonreían. Tuve que sonreír, también.
A disgusto, Serginho volvió a confiarme su querida cartera. ¿Acaso un desconocido merecía llevarla? ¿Y si se escapaba con ella? Era evidente que Serginho desconfiaba de mi honorabilidad; y los pasajeros se deleitaban con la sospecha.
Pocas cuadras después Serginho repite la maniobra. Esta vez es categórico. Toma su portafolios y el de Raúl. Raúl protesta:
-Dáselos al señor, tonto. ¿No ves que yo no puedo llevarlo?
La madre, en franco apoyo a Raúl, censura el proceder de Serginho. Éste se rinde, pero con condiciones: sólo me devuelve la cartera de su hermano; la suya no correrá riesgo. La coloca sobre el pecho, bajo las manos cruzadas, como si llevase el Santo Grial.
-Este chico es insoportable. Disculpe, señor.
No veo el rostro de la señora, pero su voz es dulce y me compensa de la desconfianza de Serginho. Le sonrío al chico y retribuyo la atención:
-Por favor, señora, no es nada. Su nene es muy gracioso.
¿Gracioso? Serginho me saca la lengua y me da un pellizcón. El pasaje ríe. La madre le da otro pellizcón a Serginho, que se larga a llorar.
¡Qué bueno! ¿De qué sirve llevarles los paquetes a los otros?
De entre las diferentes maneras posibles de llorar en público, Serginho eligió la más rentable: prorrumpió a gritar como si estuviese cantando una ópera. En los intervalos, me acusaba: yo lo había pellizcado cuando él trato de impedir que yo violase el portafolios de su hermano. Y mostraba la cartera abierta y en desorden. La señora cambió bruscamente de expresión y me increpó, con voz alterada:
-¡Francamente, caballero, jamás hubiera creído que usted tendría semejante atrevimiento!
-Disculpe, señora, pero yo…
-¡Qué disculpe ni disculpe! Es inútil que trate de explicarme nada. Mi hijo tenía razón al no querer entregarle los portafolios. Hacerse el comedido para apoderarse de las carteras de los chicos y después investigar lo que hay adentro. ¡Un hombre de edad, de barba blanca, haciendo semejante cosa!
Los pasajeros más próximos seguían con el mayor interés el curso de los acontecimientos. En las miradas de todos, la maligna curiosidad, el placer de ver al prójimo en situación grotesca encendía un brillo especial. No necesitaba mirarlos de frente para percibir la reacción. Sentí que todos estaban encantados, saboreando el desprestigio de un hombre respetable.
-Señora -retruqué-. Su hijo es demasiado imaginativo.
-¿Mentiroso? ¿Tiene el atrevimiento de tratar a mi nene de mentiroso?
-Imaginativo, señora. Dije i-ma-gi-na-ti-vo.
-Es lo mismo. Imaginativo es una manera delicada de decir mentiroso. Sepa que yo les enseño a mis hijos a no mentir nunca.
-No lo dudo. Pregúntele a Raúl, que vio todo. Yo  confío en Raúl.
-¿Cómo Raúl? ¿qué confianza es ésa con mi hijo mayor? ¿quién lo ha autorizado para tratarlo de Raúl?
-Oi que usted lo llamaba por ese nombre.
-Yo puedo llamarlo así, pero un desconocido no tiene el mismo derecho. Raúl, querido, ¿vos viste a ese  señor abrir tu portafolios y darle un pellizcón a Serginho?
Raúl, mudo.
-Decime, mi amor, ese hombre abrió tu cartera, ¿no es cierto? Y después lo pellizcó a Serginho ¿no?
-Perdón -arriesgué- pero usted está forzando la respuesta de su hijo.
-Es mi hijo y no tengo por qué dar explicaciones. Es usted el que está interrumpiendo el interrogatorio. ¡Vamos, Raúl, decí lo que viste!
Raúl no abría la boca. Entonces me dirigí a él:
-Veamos: vos le dijiste a tu hermano que me dejase el portafolios. Después de eso ¿viste, percibiste algún ademán de mi parte tratando de abrirlo? Hablá sin miedo.
-Claro que vi. Y también vi cuando usted lo pellizcó a mi hermano.
-¡No es posible!
Raúl no dijo más nada, ni falta que hacía. Yo estaba condenado por el tribunal de las conciencias. Me rodeaba la reprobación general, expresada en un murmullo que sonaba a mis oídos como un grito colectivo: “¡Crucificadlo!” Con todo el ómnibus en mi contra ¿cómo demostrar mi inocencia?
Fue entonces cuando apareció el defensor público. Por más que uno no crea en la generosidad de las multitudes, cada diez años surge un defensor público en auxilio de los oprimidos. Era un hombre robusto, robicundo, de voz tonante:
-Calma señoras y señores. No podemos condenar a este pasajero por la simple declaración de dos niños. Tenemos que proceder a una investigación, tenemos que escuchar a los adultos presentes.
-¿Usted también duda de la palabra de mis hijos? -protestó la madre ofendida-. ¡No faltaba más! ¿Qué tiene usted que ver con esto?
-Tenga la bondad de callarse, señora, o van todos a la comisaría.
-¿Acaso usted es policía, para detenernos?
-Soy la voz del pueblo, señora. No puedo quedarme callado cuando los derechos de un ciudadano se ven amenazados.
-¡Usted es un comunista! ¡Un subversivo! ¡Detenga el ómnibus conductor, que hay un subversivo!
-¡Pare! -gritan algunos.
-¡No pare! -gritan otros.
-Usted está muy equivocada. ¿Cree que me va a asustar tratándome de subversivo? Soy demócrata cristiano y defiendo la justicia. Señores y señoras ¿alguien vio a este señor hurgar la cartera del chico y darle un pellizcón?
Nadie respondió. Todos hablaban al mismo tiempo y el ómnibus volaba. La señora estalló:
-¡Cobardes! ¿No hay nadie que defienda a una mujer con sus dos hijos inocentes?
En ese punto intervino el defensor de mujeres e hijos inocentes, otra rareza cíclica, e interpeló al defensor público. Este respondió de la misma manera. El ambiente se caldeaba. El semáforo se puso rojo y el ómnibus paró en seco. No sé cómo, se abrió la puerta trasera y, tampoco sé cómo, aproveché la confusión y huí por ella. Desde la calle todavía escuché a la señora indignada:
-¡Deténgalo! ¡Agárrenlo! ¡Ladrón de portafolios!
¿Yo, llevar paquetes de otros? Nunca más.

 Carlos Drummond de Andrade


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