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18 de julio de 2017

La historia de Abelardo y Eloísa: un idilio romántico

La historia de  Abelardo y Eloísa: un idilio romántico

Pedro Abelardo nació en 1079, en un castillo sito en los confines meridionales de Bretaña, a unos veinte kilómetros al este de Nantes. A los dieciséis años, fue a estudiar a París, con los mejores dialécticos de Francia. Como buen escolástico, la dialéctica era su manjar favorito. Muy joven aún, fundó escuela propia y su reputación llegó a tal extremo que se agolpaban los discípulos en torno suyo, mientras en los demás maestros disminuía el número de oyentes. Su prestigio se acrecentó al enseñar teología.

Sin embargo, al llegar a los cuarenta años, se cruzó en su camino con una muchacha bella e inteligente, Eloisa, que le presentaron como discípula. La muchacha había sido educada por su tío, el canónigo Fulberto, y las relaciones entre esta familia y Abelardo se hicieron tan amistosas que el profesor fue invitado a vivir en casa del canónigo. Abelardo se expresa con mucha franqueza al referirse a esta época de su vida:

"Primero nos reunimos bajo un mismo techo, luego se unieron nuestros corazones. Bajo pretexto de estudiar, nos entregamos por entero a nuestra pasión. Los libros permanecían abiertos ante nosotros, pero nuestras palabras eran más numerosas que las explicaciones de los textos".

Esta intimidad entorpeció el trabajo intelectual. A la larga, Abelardo no podía resistir tantas noches dedicadas al amor y a la labor de sus duras jornadas. Sus cursos resultaron menos interesantes: la inspiración le abandonó y se volvió rutinario. Pronto toda la ciudad estuvo al corriente de la aventura y, cuando se enteró Fulberto, arrojó a Abelardo de su casa en el acto. Poco después, Eloísa le reveló que esperaba un hijo y decidieron casarse. El matrimonio se celebró en París, en presencia de Fulberto y algunos amigos. Un matrimonio público hubiera imposibilitado a Abelardo la carrera eclesiástica; con todo, este enlace secreto no satisfacía al canónigo Fulberto. No cesaba en sus insistencias y en amargar la vida a Eloísa. Al fin, Abelardo la llevó al convento donde se educó. Fulberto imaginó que el filósofo intentaba zafarse de sus deberes. El odio acumulado contra Abelardo estalló entonces de modo terrible: una noche, asesinos a sueldo secuestraron al sabio profesor y le privaron de su virilidad.

Un idilio dramático
El águila altanera se convirtió en un pobre mutilado. No obstante, a ruegos de sus alumnos, reemprendió los cursos y sus discípulos fueron más numerosos que nunca. Entonces, podía consagrarse por entero al estudio. Pero sus enemigos no le dejaron en paz. Le acusaron de herejía, mas la calumnia se volvió contra sus adversarios. Trataron de eliminarlo mezclando veneno en el vino de la misa. Por fin, pagaron a unos espadachines para suprimirlo, pero logró huir. Eloísa lo amaba con más pasión que antes. Le escribía sin cesar las más inflamadas cartas. Él replicó con una epístola paternal exhortándola a resignarse con su suerte. "Si en las cosas divinas sientes necesidad de mi dirección y consejos escritos, pregunta cuanto desees saber; responderé en la medida de la inspiración que Dios quiera concederme."



Nada queda ya del amante apasionado: reaparece el antiguo dialéctico. El doliente corazón de Eloísa no esperaba tan mesuradas palabras. En otra carta insiste en su apasionado amor, que no logra reprimir, aun siendo ya priora de su convento. La respuesta de Abelardo fue una severa homilía. Si Eloísa deseaba unirse a él un día en la felicidad eterna, debía apartar de su alma la peligrosa amargura que la consumía: "Llora por tu Salvador y no por tu seductor". Luego, sólo la calidad de priora se relacionó con su maestro y sometió su correspondencia a las reglas conventuales.

Con todo, Abelardo no había llegado aún al límite de sus sufrimientos. Se vio mezclado en una violenta disputa teológica con Bernardo de Claraval, que lo acusó de hereje en un concilio. Fue condenado a la hoguera. Abelardo, anciano y fatigado, se retractó de sus afirmaciones condenadas y pudo recuperar la paz.
Murió dos años después, en 1142. Conforme a su última voluntad, fue sepultado en el recinto conventual de Eloísa. 

Ella le sobrevivió veintidós años y sus despojos mortales fueron colocados junto a los de quien tanto amó. En 1817, sus restos fueron transferidos por el Padre Lachaise, para que reposasen en el mismo sarcófago. Su tumba común ha sido siempre lugar de peregrinación para enamorados y para quienes lloran un amor perdido. Eloísa constituye un símbolo del amor capaz de sacrificarlo todo a un ideal. En la poesía y en la imaginación popular, Eloísa y Abelardo aparecen junto a otros célebres amantes: Tristán e Isolda, Dante y Beatriz, Romeo y Julieta.


Fuente: HISTORIA UNIVERSAL
CARL GRIMBERG

TOMO 5

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