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30 de junio de 2008

Martín Fierro de José Hernández:elementos para su análisis


Martín Fierro de José Hernández- Elementos para su análisis- La Ida-La Vuelta- Identidad y diferencia- El final del canto VII- Aproximación al texto

Martín Fierro fue escrito en dos partes. En 1872, José Hernández publicó El gaucho Martín Fierro, más conocida como "La Ida" debido al título que le puso a la segunda parte, La vuelta de Martín Fierro, publicada siete años después, en 1879.
La Ida
El protagonista, Martín Fierro, se presenta como un gaucho cantor y empieza a relatar su vida: cómo pasó de ser un paisano que tenía un ran­cho, una mujer y dos hijos, a ser un gaucho matrero perseguido por la jus­ticia. Cuenta entonces su vida feliz en el pasado, cuando trabajaba en una hacienda, hasta que un representante de la autoridad lo recluta para ir a la frontera a luchar contra los indios. En su canto, Fierro denuncia las injus­ticias del servicio de fronteras, donde pasa tres años de privaciones tras los cuales decide huir. A su regreso al rancho, no encuentra nada: su mujer y sus hijos se habían ido para poder subsistir. Allí comienza entonces su vida ­matrera, huyendo de la justicia por desertor y enfrentando a otros gau­chos con su facón en las pulperías. Finalmente, un día una partida de po­licía lo encuentra y Fierro les hace frente, ayudado por el sargento Cruz, un miembro de la partida que se cambia de bando. Tras vencer a la poli­cía, Cruz le cuenta a Fierro su historia y, después, los dos juntos deciden marchar al desierto, como se llamaba en esos tiempos a la tierra donde vivían los indios.

La Vuelta
La Vuelta comienza con el regreso de Martín Fierro de las tolderías. El gaucho narra su vida entre los indios, la muerte de Cruz y el camino de retorno a la campaña, donde se entera de que la justicia ya no lo persigue. Pero también se entera de la muerte de su mujer y se reencuentra con sus dos hijos, quienes cuentan a su turno su propia historia. Además, hay otro personaje que relata su vida: Picardía, un gaucho joven que resulta ser hijo de Cruz. Una vez narradas todas estas historias, tiene lugar una payada, es decir un enfrentamiento cantado, entre Fierro y el Moreno, en la cual vence el primero. Finalmente, Fierro da a sus hijos una serie de consejos acerca de cómo actuar en la vida e insertarse en la sociedad.


Martín Fierro: la voz de una identidad silenciada

En su poema, Hernández le da voz a una parte de la identidad argentina silenciada en el último tercio del siglo XIX. Lo hace como grito de denuncia en El gaucho Martín Fierro y como expresión de un programa social en la segunda parte, que se resume, precisamente, en la última sextina de La vuel­ta de Martín Fierro: procurar el bien de todos para una relación armónica entre el campo y la ciudad, gauchos y oligarquía terrateniente, que permita establece una identidad orgánica, sin exclusiones.
Una de las más evidentes innovaciones que introduce Hernández con respecto a sus antecesores, quienes preferían la for­ma dialogada, es el uso de la voz del gaucho indi­vidual. Vuelve, con ello, a la antigua relación del gaucho cantor que cuenta su historia a un auditorio que se reconoce en ella, perpetuando la memoria de una forma de vida y echando los cimientos de una identidad colectiva. Utiliza además, en lugar de las tradicionales décimas o cuartetas, la sextina (estrofa de seis versos) y una más fiel imitación del arte del gaucho con su "falta de enlace en sus ideas, en las que no existe siempre una sucesión lógica", sino "apenas una relación oculta y remota", según decla­ra el mismo Hernández en el prólogo de 1872.
De acuerdo con el análisis de Josefina Ludmer, lo cantos II y XIII de la primera parte constituyen "dos utopías inversas" que enmarcan el texto. Por un lado, en el canto II, se recuerda, con tono elegíaco, el trabajo en el campo, definido como "junción", y la sociedad económica con el patrón, cuando las estancias eran territorios inmensos poblados por innumerables cabezas de ganado y "al campo la vista no vía sino hacienda y cielo". Se des­criben, en el ciclo del amanecer hasta la noche, las faenas que definen el tra­bajo del gaucho (la habilidad con los caballos, el arreo de la hacienda), así como su natural forma de socializar y divertirse -comer y conversar-. La do­ma y la yerra son las fiestas en la estancia que alteran, en cierta medida, esa rutina diaria, pero que, narradas en Pretérito Imperfecto, dan una idea de continuidad que contrasta con el presente, narrado en Presente, cuando "no hay salvación" y la identidad del gaucho ya no se define por su trabajo en la estancia, sino por su servicio en la frontera o en la batalla.
En el canto XIII, se ha cumplido el proceso por el cual ambos, Martín Fierro y Cruz, son ahora "gauchos malos". Se anticipa el futuro entre los indios que, por necesidad, debe ser el reverso del feliz trabajo en el campo: en la toldería, no habrá que trabajar. Enfrentado a la ley de la civilización, injusta y discriminatoria, Martín Fierro se refugia en la ley de la barbarie, según la cual-dice- "habrá siguridá". Así, con su historia, el personaje re­presenta a todo su grupo con un pasado irrecuperable (canto II) y un futu­ro incierto y ajeno: "si hemos de salvar o no / de esto naides nos responde". Por eso, al final de la primera parte, el cantor rompe el instrumento y le cede la palabra al autor, siguiendo un esquema tradicional de la gauchesca.

Identidad y diferencia
El canto VII es el único, en el poema de 1872, compuesto en cuartetas. Sirve de tran­sición, pasaje de una vida feliz a la condición de "matrero" y "resertor", previo des­pojo y marginación en su condición de "va­go". En este canto, se acentúa, además, una definición del gaucho a partir de la diferencia con el "otro" de su propio ambiente, represen­tado hasta aquí en la figura del indio o en la del gringo. En el canto VII, el personaje no se enfrenta con la ley ni con la justicia que lo margina, sino con el "otro", tan subalterno co­mo él, al que juzga a partir de su diferencia (el color) y en el desafío a la mujer -el color y el sexo-.
Con su muerte, el negro queda fuera de la comunidad de los gau­chos por un proceso de discriminación en el que el matrero ejerce los mismos principios de exclusión que la civilización le impone a él mismo, también condenado por su diferencia.
Martín Fierro, en este mo­mento de desmesura, ejerce sobre el negro la misma xenofobia que lo ex­cluía de un nacionalismo identificado con la civilización y con el progreso. Los juegos de palabras con doble sentido que abundan en el canto vuelven mutuamente ininteligibles los discursos de las dos culturas enfrentadas. Del mismo modo, entre el discurso de la ley y el del gaucho, lo que es va­gancia para uno significa despojo e injusticia para el otro; lo que la ley lla­ma rebeldía y desacato no es -para el gaucho- sino defensa de la dignidad y de los valores vitales. Como representante de un pueblo en formación, Martín Fierro encarna los dos aspectos, positivo y negativo, de la identidad nacional: libertad, igualdad y fraternidad, pero también, racismo y discriminación.

El final del canto VII de la primera parte puede leerse en la La vuelta de Martín Fierro, precisamente, cuando se enfrentan Fierro y el Moreno. El re­lato ha dado una vuelta completa desde el canto VII, en el que Martín Fierro trata despectivamente al Moreno, al que mata, y lo llama "porru­do", "el de los tamangos", "el de hollín", "diablo". En esta parte del poema, Martín Fierro, en su madurez, se niega a aceptar el desafío de su contrincante para vengar la muerte de su hermano.

En La vuelta de Martín Fierro, existe un deseo explícito, por parte de Hernández, de "mejorar la condición social del gaucho". Para ello, alega en su carta a los editores que al gaucho deben dársele derechos, pero también señalársete sus deberes o, en palabras del último canto del poema, "de­be el gaucho tener casa, / escuela, iglesia y derechos". De allí la transformación en la conducta de Martín Fierro, cuyos consejos a sus hijos (canto XXXIII) reflejan la intención moralizadora de La vuelta. Esa transformación queda también simbolizada en el cambio de nombre, o sea de identidad, tanto su­ya como de sus hijos.

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