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5 de julio de 2008

Análisis de Un jamaiquino en el suelo peruano de Mario Vargas LLosa


Análisis -resumen de Un jamaiquino en el suelo peruano de Mario Vargas LLosa



Introducción: Mario vargas LLosa
Este reconocido protagonista del boom se inició en la literatura ficcionalizando sus experiencias adolescentes como "perro", o sea, alumno de primer año del colegio militar limeño en el que se educó, en su novela' La ciudad y los perros (1962). Este texto, en el que denunciaba las disciplinas autoritarias de la institución y la crudeza de sus códigos machistas y sádicos, le trajo, al mismo tiempo, el repudio de los sectores tradicionales de la sociedad y el reconocimiento de la crítica literaria y los lectores.
Licenciado en Letras en Lima, se doctoró en Madrid en 1959. Apasiona ­lector del filósofo existencialista Jean Paul Sartre (1905-1980) en su juventud, conocedor profundo de la gran narrativa del siglo XIX, devoto de los franceses Gustave Flaubert (1821-1880) y Víctor Hugo (1802-1885), admi­rador de los escritores rusos Fiodor Dostoievsky (1821-1881) y Lev Niko­laievich Tolstoi (1828-1910) ha definido así su estética personal: "El Realis­mo en la literatura yo no creo que pueda ser nunca una enunciación directa ­de la realidad. La literatura es siempre una tras posición de la realidad. Al sector de la vida escogido por el escritor hay que transformarlo, manipular­lo, recogerlo de una manera muy especial para que no se hiele al pasar a la literatura, para que no se muera en el camino".
De acuerdo con esta concepción, sus novelas invitan siempre a los lectores a sumergirse en los conflictos de la realidad urbana y rural del Perú, un país donde conviven la región costera moderna e industriali­zada, la sierra o altiplano cordillerano de población mestiza o indígena y la selva amazónica, inexplorada y poco desarrollada. Vargas Llosa ha tra­bajado la temática social con originales técnicas narrativas que alter­nan voces y diálogos por medio de variadas combinaciones del mo­nólogo interior.
Hacia mediados de la década de 1970, comienza a producirse un cambio en su obra y en su pensamiento político. La aparición del humor en sus novelas La tía Julia y el escribidor y Pantaleón y las visitadoras coincide con un alejamiento de su inicial perfil de escritor marxista comprometido, para asumir posturas más conservadoras. De todos modos, en 1981, publicó La guerra del fin del mundo, una novela acerca de una masacre efectuada por el ejército nacional como represión a un levantamiento popular en las regio­nes más pobres del nordeste del Brasil.
En 1989, su decisión de aceptar la candidatura a presidente de una coalición de la derecha liberal (Frente Democrático) sorprendió a sus lectores y fue criticada por muchos. La situación política peruana era sumamente ten­sa e inestable, debido al incremento de la acción violenta de los grupos de orientación maoísta y castrista (Sendero Luminoso y Túpac Amaru) y a la intensificación del narcotráfico.
Luego de su derrota frente a Fujimori, se trasladó a España, donde fue nombrado miembro de la Real Academia Española. La aparición de su novela Lituma en los Andes le permitió reencontrarse con la fuerza narrativa de sus primeras obras, con la violencia del ámbito rural peruano, también con algunos de sus tradicionales personajes, como el Sargento Lituma, y volver a asombrar con la convulsionada y conmovedora belleza de sus imágenes de! paisaje del Perú.
Análisis de Un Jamaiquino en el cerro peruano
La comunidad de San Miguel de Piura es el más antiguo asentamiento español del Perú. A los nueve años, Vargas Llosa pasó sólo una temporada en esta seca y tradicional ciudad costera" asediada por los arenales". Su gente, sus calles y sus alrededores le quedaron marcados a fuego en la me­moria y fueron decisivos para la constitución del universo literario de su gran novela La casa verde, pero antes aparecen en Los jefes, su primer volu­men de cuentos (publicado en 1958), al que pertenece "Un visitante".
Aunque se trata de un texto de juventud, pueden advertirse en él las te­máticas y las estrategias narrativas características del autor. En primer lu­gar, se le dan al lector claras coordenadas espaciales y la descripción inicial revela la hostilidad de la naturaleza. Sin embargo, esta precisión inicial en el marco de refe­rencia contrasta con la focalización externa con la que el narrador informará los sucesos narrativos.
El primer suceso se inicia con la llegada de un hombre cu­ya voz es "melodiosa y sarcástica" y que irá sometiendo a la anciana señora Merceditas a humillaciones de crueldad cre­ciente. Estos actos de violencia se ven aumentados por el contraste con el lenguaje educado y sádicamente cordial del visitante: "Permítame que le diga que tiene usted un aspecto muy cómico".
La víctima indefensa, en cambio, expresa su indignación y su odio en términos simples y directos que refieren la identidad del hombre: "Eres un negro sucio, jamaiquino. Numa te va a matar". El narrador tensa al máximo la espera que sigue a este diálogo, al no dar a conocer al lector el origen del conflicto que ha generado estos rencores.
El segundo suceso, la llegada de la policía, le revela al lector que el Jamaiquino es un presidiario y un traidor, y abre un nuevo enfrentamiento en el duelo verbal entre el negro y el Capitán. El tercer suceso, la llegada de Numa y sus compañeros, y el sonido del silbato delator desa­tan la acción armada del Teniente. El Sargento Lituma será el encargado de llevar al prisionero de regreso a la cárcel de Piura.
Pero esta resolución del conflicto es aparente. Falta aún un suceso final. Cuando cumplida la captura de Numa, el traidor recuerda al Teniente las condiciones del pacto, este lo traiciona sin dudar y deja al Jamaiquino a merced de los fieles a Numa. Se invierten así, en el segmento final del relato, las relaciones entre víctima y victimario: el traidor es traiciona­do, y el relato culmina nuevamente en un contraste extremo entre las car­cajadas estruendosas de doña Merceditas y el amenazante crujido de ramas secas que pronostican la muerte para el "visitante".
Vargas Llosa juega así, en el desenlace, con el título del texto, por medio de la inversión del sentido de "la visita". La señora Merceditas será una visitante de Numa cuando le lleve fruta a la cárcel de Piura todos los domingos, y esa fruta tendrá el sabor de la venganza.
El narrador en tercera persona que no sabe más que lo que narra deja perplejos a los lectores respecto de los orígenes de este juego de traiciones y de venganzas. El texto supone un lector implícito activo y dispuesto a hipotetizar una y otra vez.
En primer lugar, el cuento carece de información en cuanto a la identidad de los personajes, la que en ningún caso está claramente definida. No se sabe cuál es el vínculo preciso que une a Numa con doña Merceditas, pero sí que encarnan a la perfección los roles arquetípicos de lo masculino y de lo femenino en esa sociedad. Para el hombre, la libertad de actuar; para la mujer, sufrir en silencio y ser fiel a cualquier pre­cio a su hombre, sea marido o hijo.
La falta de identidad de los personajes se expresa, en ocasiones, por medio de la comparación con animales: "El Jamaiquino se yergue como una serpiente: elásticamente y sin bulla"; "La mujer tiene la cara vuelta hacia la izquierda y sus ojos como los de una iguana aplastada".
En otras ocasiones, se los identifica por la carencia de nombre propio: el Jamaiquino se define por su condición de extranjero; el Capitán, por su poder de mando. Ambos apa­recen enfrentados, pero tienen en común la crueldad contra el que se halla solo e indefenso como un rasgo sobresaliente de su personalidad. Se hacen fuer­tes en la debilidad del otro: el Jamaiquino, ensañándose con doña Merceditas; el Capitán, rompiendo el pacto y abandonándolo a los secuaces de Numa.
El cuento presenta también otras zonas oscuras, otros enigmas: ¿por qué se sale y se vuelve a la cárcel? ¿Por qué se traiciona? ¿Cuál es el motivo de la venganza? Pero el enigma de la identidad de "el visitante" es básico.
No se justifican en ningún momento las razones de su presencia en el cerro peruano. Todos los otros personajes, los mestizos, lo desprecian por su origen racial y por ser delator.
El texto confirma el prejuicio contra el "fo­rastero", el "extranjero", el que tiene la piel de otro color, el enemigo en que no se puede confiar y al que hay que engañar con astucia.
No importa el pasado de estos seres, no importan sus vínculos, sólo importan los mecanismos del poder y la violencia que los unen en el episodio narrado.
Parecería que la intención del narrador es dejar que el lector suponga la vio­lencia inicial que está en el origen de la historia y sugerirle la muerte final del jamaiquino, que tampoco está narrada en el texto, pero que se advierte en la amenazadora presencia de los compañeros de Numa en los alrededores del tambo.
Estos hechos violentos no narrados, pero presentes, están manifestando que no hay un antes ni un después para la traición y para la venganza, porque la violencia es un continuo que atraviesa la vida de los personajes y, al mismo tiempo, una constante en la identidad de las sociedades latinoamericanas.

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