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28 de julio de 2008

Rubén Darío y el Modernismo

Rubén Darío y el Modernismo

No resultaría exagerado afirmar que, de una u otra manera, la literatura hispanoamericana del primer cuarto del siglo XX gira en torno a la figura del nicaragüense Rubén Darío (1867-1916). Su itinerario vital y creativo puede resumirse en los siguientes momentos: luego de una etapa formativa en su país en la cual sus modelos son Víctor Hugo y las tendencias poéticas francesas finiseculares, llega a Chile en 1886 donde es deslumbrado por ciudades que, como Valparaíso y Santiago, no disimulaban sus pretensiones europeas y cosmopolitas. De esta época data Azul... (de 1888 es la primera edición, de 1890 la segunda), su inaugural texto de relevancia continental. En él profundiza, a la luz de sus modelos franceses, primeramente en la depuración formal de la prosa; luego, esas mismas inquietudes habrán de llegar al verso.


CAUPOLICÁN

Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.
Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
“¡El Toqui, el Toqui!”, clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: “Basta”,
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.


En 1892 parte a España, donde se percata de la necesidad de una renovación poética de la lengua castellana. Un año después recala en Buenos Aires. Allí, progresivamente, va conformándose a su alrededor un grupo de jóvenes poetas que lo distinguen como figura rectora. Es entonces que Darío se propone un programa sustentado en la voluntad del estilo, esto es, en la toma de conciencia acerca del propio oficio de poeta y en la búsqueda de una resolución artística a los problemas formales particulares de cada creador. El modernismo obtiene así su partida de nacimiento.
El libro más representativo de este segundo momento de la experiencia creativa de Rubén Darío es Prosas profanas (1896). En él predomina un novedoso sentido de lo musical manifestado a través de diversas clases de ritmos. Esas experimentaciones sonoras reformularon plenamente la prosodia de la lengua española. Las características de esta poesía se resumen en el gusto por el exotismo, la actitud cosmopolita, una tendencia a reflexionar sobre el arte y lo artístico y una nostalgia hacia épocas pretéritas. Estos contenidos, a su vez, podrán manifestarse mediante variados tonos: frívolo, hedonista, erótico o reflexivo, los que, equilibradamente fusionados, alcanzan una sorprendente unidad lírica.

De todas mis poesías la ‘Sonatina’ es la más rítmica y musical. Ella contiene el sueño cordial de toda adolescente, de toda mujer que aguarda el instante amoroso...” Rubén Darío

Sonatina
La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro;
y en un vaso olvidada se desmaya una flor.
[“Sonatina”, frag.]


En 1898 retorna a Europa y, a partir de ese momento, una dirección nueva comienza a adquirir su poesía: gana el tono reflexivo por sobre los demás, ganan la visión interior y los interrogantes de tipo existencial en detrimento del esteticismo visual y básicamente externo. El libro fundamental de esta tercera etapa será Cantos de vida y esperanza (1905). Las preocupaciones sociales y políticas, el amor a España, la desconfianza hacia la creciente hegemonía de los Estados Unidos, la búsqueda esencial de un ser americano reingresan en su literatura.
La voz del poeta se aboca a preguntas cuyas respuestas constituyen los enigmas sobre los que se fundamenta la existencia misma: qué es la vida, qué es la muerte, qué son la religión, el arte, el placer, el amor, el tiempo... Las respuestas no estarán desprovistas de honda y meditada amargura: la sombra perturbadora del sinsentido, tan característica del siglo que se inicia, no es para nada ajena a esta última etapa creativa del poeta. ( Extraído de Lic Guillermo García : Rubén Darío: campeón del modernismo)

Prosas profanas, el libro de poemas más representativo de la primera etapa modernista, presenta una contradicción en el nombre: las prosas, aquí con el sentido de himnos religiosos, se oponen a lo profano (lo no sagrado) y conforman un todo en el que se funden temas, elementos y procedimien­tos diversos y novedosos.
Si bien "Sinfonía en gris mayor" es un poema cercano a las formas de ese libro, originalmente no fue incluido en él. El paisaje pertenece a la geografía tropical, en la que el mar en calma se transforma en espejo por la intensidad del sol del mediodía. El ambiente que el poeta describe se relaciona con la vida cotidiana en un puerto de su país: las naves atracadas en las costas que cargan las mercaderías o que esperan la orden para zarpar hacia Europa; los marineros, viejos lobos de mar, inmovilizados por el calor del trópico, el cansancio o tal vez su nostalgia por una tierra lejana. La esce­nografía que crean las imágenes está suspendida en el tiempo y en el espacio.
Los elementos que la componen (el marinero, el sol, las olas) parecen integrarse en la tela de un cuadro. Pe­ro ese cuadro representa un espacio, el americano, y un tiempo, el del poeta, específicos: las metáforas del "cris­tal azogado", el "vidrio redondo y opaco", el "cielo de zinc" o el mar, que genera olas "que mueven su vientre de plo­mo", trasladan a ese paisaje natural materiales proceden­tes de las ciudades modernas. El gris brumoso que impregna el poema se parece más a la densidad oscura del aire urba­no que a la limpidez luminosa del mar tropical. Sobresalen la rigidez de los metales y el enrarecimiento provocado por los humos fabriles. Por lo cual, sin otra posibilidad, el sol "camina con paso de enfermo".
"A Roosevelt" pertenece a la etapa de residencia europea de Darío, quien ha tomado distancia de América y ve a los Estados Unidos como una nación promisoria que se convertirá en potencia. Sin embargo, el poeta no aprecia la voluntad imperialista que los moviliza hacia la América latina, sino algo más primario: los ve como a una raza fuerte, potente, agresiva, que se lanza hacia el más débil impedido de medir sus fuerzas. Tal vez, por el carácter incipiente del dominio norteamericano, no encuentra en ese proceder ninguna intención económica, ni social ni política; al contrario, celebra su vitalidad frente a la adormecida América latina. Como contrapartida, real­za el antiguo poder indígena, el sustrato de la tierra americana, recuerda a los que hicieron América, sin distinguir entre españoles dominadores e indígenas sometidos. Iguala a Colón con Moctezuma y con Cuautemoc.
Finalmente, en "Lo fatal", el yo lírico manifiesta francamente su intimi­dad. El poema trata sobre la desazón que experimenta el ser humano ante el hondo fatalismo que acompaña su existencia. Es un verdadero logro el despojamiento con el que los versos van construyendo un sentido gradual: desde la energía sólo sensitiva de las plantas hasta el dolor humano de ignorar el origen y el fin de la vida.

LO FATAL

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida conciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

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