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7 de marzo de 2012

Resumen y análisis de Amalia de José Mármol


Resumen y análisis de Amalia de José Mármol

Escrita casi totalmente en el exilio, la primera edición de Amalia  ve la luz en Mon­tevideo, en 1851, y la segunda, en Buenos Aires, en 1855. Es la primera novela argentina de tema nacional  que se publica en nuestro país. Movido, sin duda, por un anhelo político, José Mármol transmite en cada página de su obra el dolor de los proscriptos, segados por el tiempo de terror que vive Buenos Aires bajo el dominio absoluto de Juan Manuel de Rosas.
Aunque no pocos críticos la consideran novela histórica , Amalia es una novela política .







El objetivo de la novela histórica radica en la evocación del pasado -ve en la historia un elemento artístico-, pero lo que en realidad se propone el narrador es hacer his­toria con los hechos que ocurren en su época. Así nos lo dice en la Explicación que precede el comienzo de la obra:

La mayor parte de los personajes históricos de esta novela existen aún, y ocupan la misma posición política o social que en la época en que ocurrieron los sucesos que van a leerse. Pero el autor, por una ficción calculada, supone que escribe su obra con algunas generaciones de por medio entre él y aquéllos. y es ésta la razón por que el lector no hallará nunca en presente los tiempos empleados al hablar de Rosas, de su familia, de sus ministros, etc.
El autor ha creído que tal sistema convenía tanto a la mayor claridad de la narración cuanto al porvenir de la obra, destinada a ser leída, como todo lo que se escriba, bueno o malo, relativo a la época dramática de la dictadura argentina, por las generaciones veni­deras, con quienes entonces se armonizará perfectamente el sistema, aquí adoptado, de describir en forma retrospectiva personajes que viven en la actualidad.

Esta explicación  aporta notas de gran interés:
·   el contenido tiene su fundamento en la realidad;
·   el narrador, testigo y protagonista indiscutible de ese presente, simula alejarse de él en el tiempo , tal vez con la esperanza de que la posteridad no sufra esos males -"buscan a su patria y no la encuentran"- y sólo pueda conocer, a través de la lectura, "la época dramática de la dictadura argentina", como una acción consumada e irrepetible.

Solo, abandonado, él (el pueblo argentino) comprendía, sin embargo, cuál era su situación de entonces, y presagiaba por instinto, por esa voz secreta de la conciencia que se anticipa siempre a hablamos de las desgracias que nos amenazan. que un golpe nuevo y más terrible aún que aquellos que lo habían postrado estaba próximo a ser descargado sobre su cabeza por la mano de la tiranía: y para contenerla, él, el pueblo de Buenos Aires, no tenía ni los medios ni siquiera el espíritu para procurarlos. (Primera parte-Cáp. VIII)

El ambiente de la novela es, sin duda, histórico:

Así,  la sociedad a esta época se hallaba dividida en victimas y en asesinos. Y estos últimos, que desde muy atrás traían sus títulos de tales; valientes con el puñal sobre la víctima indefensa; héroes en la ostentación de su cinismo, temblaban, sin embargo, cuando la pisada del ejército libertador hacía vibrar la tierra de Buenos Aires, en la última quin­cena de agosto de 1840, a cuyos días hemos llegado en esta historia. (Cuarta parte, Cap.III)

El narrador se nos presenta como observador de los hechos que enlutan la ciudad y a sus almas, pero ese "presente", disfrazado de pasado, jamás oculta su "yo", cuyas heridas aún sangran.
Frecuentemente se acerca al lector para hacerlo partícipe de cada tramo de la acción y conducirlo por sus vericuetos:
Al cabo de veinte o veinticinco caídas de bastón, se paró delante de una puerta que ya nuestros lectores conocen: era aquélla donde Daniel y su criado habían entrado algunas horas antes. (Primera parte-Cáp.VIII)

Con un "no sabemos por qué" se autodefine como narrador: no es el omnisciente  , que narra en tercera persona, que todo lo ve y todo lo sabe, aun lo que piensan y sienten sus personajes, ni el protagonista , que narra en primera persona,  que padece los hechos y nos cuenta con sus palabras lo que sucede, ni el testigo (que narra en primera persona) que se mueve junto a sus personajes , en su mismo medio, aunque no como protagonista. Aparentemente, lo observa todo desde afuera; es narrador observador.

Según Anderson Imbert, el narrador observador es el que "asume el papel de un observador ordinario. Puede describir el mundo objetivo en que están compro­metidos los personajes; puede referimos también lo que hacen y dicen esos per­sonajes. Ese narrador sabe solamente lo que un hombre del montón puede saber sobre sus vecinos; se le escapa la tota­lidad de los acontecimientos y la secreta intimidad de los personajes. [ ... ] no es un personaje de la novela, y generalmen­te cuenta con los pronombres de la ter­cera persona gramatical".

 Objetividad sólo aparente -subjetividad real-, que no pocas veces estalla en indig­nación o manifiesta su romántica fe en el porvenir:
Cada pueblo tiene su siglo, su destino y su imperio sobre la tierra. Y los pueblos del Plata tendrán al fin su siglo, su destino y su imperio, cuando las promesas de Dios, fijas y escritas en la naturaleza que nos rodea, brillen sobre la frente de esas generaciones futu­ras, que verterán una lágrima de compasión por los errores y por las desgracias de la mía. Sí, tengo fe en el porvenir de mi patria. (Tercera parte, Cáp. V)

En este último ejemplo se funde el narrador con su personaje (Daniel Bello) y, a través de éste, nos comunica su sentir.

Estructura de la novela
Amalia consta de:
Explicación del autor (fechada en Montevideo, en mayo de 1851);
Setenta y siete capítulos distribuidos en cinco partes:
 Primera parte: capítulos I a XIII;
 Segunda parte: capítulos I a XII;
Tercera parte: capítulos I a XVI;
Cuarta parte: capítulos I a XVII;
Quinta parte: capítulos I a XIX)
y una Especie de Epílogo.

El novelista enlaza el contenido de los capítulos para afianzar la unidad de la trama narrativa (idilio; panorama social y político):
Después del cuadro político que acaba de leerse, y que la necesidad de dejar dibujada a grandes rasgos la época en que pasan los acontecimientos de esta historia, con sus hombres, sus vicios y sus virtudes, nos obligó a delinear y a distraer a nuestros lectores, separándolos un momento de nuestros personajes conocidos, justo es volvamos ahora en busca de ellos, retrocediendo algunos días, hasta volver a encontramos con aquel de que nos separamos ya. Tercera parte, Cap. VI.

RESUMEN DEL ARGUMENTO

Buenos Aires, 4 de mayo de 1840. Son las diez y media de una noche apacible.
Al escaso resplandor de las estrellas se descubría el Plata, desierto y salvaje como la Pampa, y el rumor de sus olas, que se desenvolvían sin violencia y sin choque sobre las costas planas, parecía más bien la respiración natural de ese gigante de la América, cuya espalda estaba oprimida por treinta naves francesas en los momentos en que tenían lugar los sucesos que relatamos.

El coronel Francisco Lynch, Eduardo Belgrano, Oliden, Riglos y Maisson parten hacia el exilio, perseguidos por el desenfreno de la dictadura rosista.
Los conduce Juan Merla, quien promete salvarlos embarcándolos en una ballenera, pero los traiciona. Su agudo silbido alerta a los secuaces del Restaurador. Éstos se lanzan sobre los jóvenes unitarios.
Después de una encarnizada lucha en la que perecen sus compañeros, Eduardo Belgrano, "tranquilo, valiente, vigoroso y diestro", enfrenta a sus enemigos y descarga sobre ellos su furia. A pesar de sus esfuerzos, cae herido, pero en el momento en que va a ser degollado por un federal, llega Daniel Bello, su amigo, y lo rescata del infernal cuchillo mazorquero. Ya se vislumbra en la actitud de Eduardo al verdadero héroe de la novela.
Daniel lo conduce, entonces, hacia una casa situada en el actual barrio de Barracas.
Allí vive, desde hace poco tiempo, su prima, Amalia Sáenz de Olabarrieta -"la linda viuda, la poética tucumana"-, que colmará de cuidados al herido hasta despertar en él el amor más sublime.
En aquel momento Amalia estaba excesivamente pálida, efecto de las impresiones ines­peradas que estaba recibiendo; y los rizos de su cabello castaño claro, echados atrás de la oreja pocos momentos antes, no estorbaron a Eduardo descubrir en una mujer de veinte años una fisonomía encantadora, una frente majestuosa y bella, unos ojos pardos llenos de expresión y sentimiento y una figura hermosa, cuyo traje negro parecía escogido para hacer resaltar la reluciente blancura del seno y de los hombros, si su tela no revelase que era un vestido de duelo.

Daniel envía al viejo criado Pedro en busca del doctor Diego Alcorta, pero Eduardo no está de acuerdo con ello; admira demasiado a su maestro como para comprometer­lo con su destino.
El novelista alterna la narración con la descripción minuciosa, enumerativa. Así, muestra los acontecimientos que se desarrollan en torno de Rosas, en su mansión de Palermo y retrata a los personajes más significativos que lo rodean y que lo consideran más que Dios, porque es el padre de la Federación.

era un hombre grueso, como de cuarenta y ocho años de edad, sus mejillas carnudas y rosadas, labios contraídos, frente alta pero angosta, ojos pequeños y encapotados por el párpado superior, y de un conjunto, sin embargo, más bien agradable, pero chocante a la vista.

Y a Manuelita:

El color de su tez era ese pálido oscuro que distingue comúnmente a las personas de tem­peramento nervioso, y en cuyos seres la vida vive más en el espíritu que en el cuerpo. Su frente, poco espaciosa, era, sin embargo, fina, descarnada y redonda; y su cabello, cas­taño oscuro, tirado tras de la oreja, dejaba descubrir los perfiles de una cabeza inteligente y bella. Sus ojos, algo más oscuros que su cabello, eran pequeños, pero animados e inquietos. Su nariz, recta y perfilada; su boca, grande, pero fresca y bien rasgada ...           

En ese ambiente de terror, "esa terrible enfermedad que postra el espíritu y embru­tece la inteligencia", Buenos Aires despierta cada amanecer:

Dormida sobre esa planicie inmensa en que reposa Buenos Aires, la ciudad de las pro­pensiones aristocráticas por naturaleza, parecía que quisiese resistir las horas del movi­miento y de la vigilia que le anunciaba el día, y conservar su noche y su molicie por largo tiempo todavía.

Daniel Bello es un talentoso estudiante de jurisprudencia que une sus ideales de libertad a los de otros jóvenes, quienes conspiran contra el régimen para ayudar al ejército de Lavalle; por ello se acerca a los federales y simula ser uno de ellos.
Ama a Florencia y recibe de su amor información acerca de las conversaciones que escucha en la casa de Rosas, lugar que frecuenta por su amistad con María Josefa Ezcurra, cuñada de aquél.

En la mañana del 24 de mayo, Amalia y Eduardo se declaran su amor:
y Eduardo, pálido, trémulo de amor y de entusiasmo, llevó a sus labios la preciosa mano de aquella mujer en cuyo corazón acababa de depositar, con su primer amor, la primera esperanza de felicidad que había conmovido su existencia; y durante esa acción precipitada, la rosa blanca se escapó de las manos de Amalia y, deslizándose por su vestido, cayó a los pies de Eduardo.

 El 5 de octubre celebran su boda, pero ésta tiene un final trágico, pues, descu­bierta la conspiración contra Rosas, los esbirros asaltan la casa y sellan con la muerte la promesa de unión eterna de los enamorados:
y todos oyeron esta voz menos Eduardo, cuya alma, en ese instante, volaba hacia Dios, y su cabeza caía sobre el seno de su Amalia, que dobló exánime su frente y quedó tendida en un lecho de sangre, junto al cadáver de su esposo, de su Eduardo.
Los personajes

El narrador extrae sus personajes de la realidad. La protagonista, cuyo nombre da título a la novela, reúne todas las características de la heroína romántica: abnegada, generosa, plena de amor y triste, pues, aunque feliz, presiente un futuro de desgracias. Es la "mujer-ángel" que lleva en sí "aquella doble herencia del cielo y de la tierra, que consiste en las perfecciones físicas y en la poesía o abundancia de espíritu en el alma". "Tú no eres de la tierra", le dice Eduardo.
Los protagonistas masculinos, Eduardo Belgrano, sobrino del general Manuel Bel­grano, y Daniel Bello, son -como lo exige también el Romanticismo- jóvenes apues­tos, gallardos, valientes, que sacrifican la vida por sus ideales políticos y aman con devoción. Patria, amor y amistad constituyen la clave de sus vidas.
En general, los retratos físicos y morales responden a la estética de su tiempo.

Respecto de los personajes secundarios, el narrador nos habla de "un más minu­cioso conocimiento individual de los personajes que caracterizan la época, y que han de contribuir al desenlace de los acontecimientos que habrán de fijar la suerte respec­tiva de los protagonistas de la obra" (Cuarta parte, Cap. IX). Entre ellos, se destacan Manuela Rosas, "ángel custodio" del Restaurador, que llora "en secreto, como las personas que verdaderamente sufren", a pesar de estar "en la edad más risueña de su vida"; María Josefa Ezcurra, cuya "actividad y el fuego violento de las pasiones políticas debían ser el alimento diario" de su alma; Agustina Rosas de Mansilla, "esa flor del Plata", de espléndida "belleza de estatuario"; el comandante Cuitiño, cuya "cara redonda y carnuda" tiene "dibujadas todas las líneas con que la mano de Dios estampa las propensiones criminales sobre las facciones humanas"; los mazorqueros, de "bigote espeso", "patilla abierta por debajo de la barba, y fisonomía de esas que sólo se en­cuentran en los tiempos aciagos de las revoluciones populares"; el Presidente Salomón (Julián González Salomón) -"enorme terrón de carne y barro"- de la Sociedad Po­pular Restauradora; el "Padre Viguá", bufón de Rosas, en cuyas "facciones informes" estaban pintados "la degeneración de la inteligencia humana y el sello de la imbeci­lidad"; la celestinesca doña Marcelina, "la ilustrada tía, con sus gruesos rizos negros en completo desorden", que se contenta con lecciones de literatura y hace caer en des­gracia a quien se le acerca; don Cándido Rodríguez, con su "largo levitón blanco" y su "caña de la India"; y, finalmente, Juan Manuel de Rosas, el "mesías de sangre", la "hiena federal", el "mendigo de poder", cuyo retrato completo debe reconstruirse a lo largo de la novela, pues la mayoría de los capítulos contiene una nota que lo define:
. .. los hombres como Rosas, esas excepciones de la especie que no reconocen iguales en la tierra, jamás quieren amigos, ni lo son de nadie; para ellos la humanidad se divide en enemigos y siervos, sean éstos de la nación que sean, e invistan una alta posición cerca de ellos, o se les acerquen con la posición humilde de un simple ciudadano.

El tiempo del narrador y de la narración

Aunque el narrador simule escribir la novela "con algunas generaciones de por medio" entre él y los hechos que cuenta -"en la época que describimos"-, sabemos que existe una coincidencia perfecta entre el tiempo de la ficción y el real.
Era la época de crisis para la dictadura del general Rosas; y de ella debía bajar a su tumba, o levantarse más robusta y sanguinaria que nunca, según fuese el desenlace futuro de los acontecimientos.
De tres fuentes surgían los peligros que rodeaban a Rosas; de la guerra civil, de la guerra oriental, de la cuestión francesa.
La novela comienza el 4 de mayo de 1840, a las diez y media de la noche, y ter­mina el 5 de octubre del mismo año, a las once de la noche. Diversos ejemplos deter­minan el tiempo físico:
en la mañana del 24 de mayo ... . . . el invierno de 1840 ...
Cuando el reloj de la quinta daba las diez de la noche ...
y también el tiempo psíquico que fluye de la interioridad de los personajes y se convierte aquí en nota romántica:
... he sufrido en un minuto un siglo de tormento.

El espacio

En Amalia aparecen espacios abiertos y cerrados. El narrador nos sitúa en el lugar donde se desarrollarán los hechos: la ciudad de Buenos Aires.
Era una ciudad desierta; un cementerio de vivos, cuyas almas estaban, unas en el cielo de la esperanza aguardando el triunfo de Lavalle, y otras en el infierno del crimen esperando el de Rosas.
Todo lo que describe se relaciona con el contenido de su obra, es decir, existe una absoluta correspondencia entre historia y medio ambiente. La casa de Amalia, la de Daniel Bello, la de Rosas, la del "presidente Salomón"; la ciudad de Montevideo; el campamento de Santos Lugares; el río de la Plata, son algunos de los escenarios que en marcan la acción y contribuyen a definir su significado.
Las descripciones de los interiores simbolizan el yo de los personajes. Por ejemplo, la alcoba de Amalia:
... estaba tapizada con papel aterciopelado, de fondo blanco, matizado con estambres dorados, que representaban caprichos de luz entre nubes ligeramente azuladas. Las dos ven­tanas que daban al patio de la casa estaban cubiertas por dobles colgaduras, unas de batista hacia la parte interior, y otras de raso azul, muy bajo, hacia los vidrios de la ventana, suspendidas sobre lazos de metal dorado, y atravesadas con cintas corredizas que las sepa­raban, o las juntaban con rapidez.

El novelista no puede escapar al tratamiento romántico del espacio que encubre un estado de alma, así lo corrobora este amanecer de Buenos Aires:
Al Oriente, sobre el tranquilo horizonte del gran río, el manto celestino de los cielos se tachonaba de nácares y de oro a medida que la aurora se remontaba sobre su carro de ópalo, y las últimas sombras de la noche amontonaban en el Occidente los postrimeros restos de su deshecho imperio.

o a la afirmación de que "la Naturaleza parece hacer alarde de su poder, rebelde a las insinuaciones humanas, cuanto más la humanidad busca en ella alguna afinidad con sus desgracias".
La noche, la luna, las estrellas, el amor, los besos, la muerte, las cartas, las flores, el sentimiento de libertad, la mujer ~ángel y demonio-, el yo que se proyecta en el ser amado y en todo lo que ama, el dolor, la tristeza, la fatalidad, el destino, los presagios, conforman el universo romántico de Amalia.

Pero en Amalia también aparece la nota realista -"que hablen los documen­tos"-. Esa Especie de Epílogo con que se cierra la obra, corrobora la intención del narrador de demostrar que lo referido es uno de los tantos episodios de terror vividos en Buenos Aires durante la época:

La crónica, que nos revelará más tarde, quizás, algo interesante sobre el destino de cier­tos personajes que han figurado en esta larga narración, por ahora sólo cuenta que al si­guiente día de aquel sangriento drama, los vecinos de Barracas que entraron por curiosidad a la quinta asaltada, no encontraron sino cuatro cadáveres: el de Pedro, cuya cabeza había sido separada del tronco, y los de tres miembros de la Sociedad Popular Restauradora; y que allí estuvieron hasta la oración de ese día, en que fueron sacados en un carro de la policía, a la vez que eran robados los últimos objetos que quedaban en las cómodas, mesas y roperos.

En síntesis, la novela manifiesta, desde el comienzo hasta su desenlace, una pre­ocupación por denunciar el ambiente político-social del período rosista -"la sociedad a esta época  se hallaba dividida en víctimas y asesinos"-, fuente inspiradora de toda la literatura de los proscriptos.

Aparecen en Amalia algunos datos que nos hablan de las costumbres de la época: los bailes en la casa del Restaurador; las fiestas parroquiales; la fiesta de la Catedral; la oratoria de esos tiempos; la danza federal; los trajes; los moños de cinta roja "pega­dos con brea en la cabeza de las señoras"; el mobiliario; el retrato de Rosas en los templos.

Respecto de las técnicas referidas al estilo, aparece en la novela el monólogo, y hasta un capítulo, el V de la Tercera parte, lleva por título "Monólogo en el mar".

Los diálogos son, en general, ágiles, animados, y remedan el ritmo de la conversa­ción real.

Para finalizar, destacamos que el final del capítulo V (Primera parte) re­fleja la animadversión de Mármol hacia Rosas y su régimen: "Ciencia única y exclusiva de Rosas, cuyo poder fue basado siempre en la explotación de las malas pasiones de los hombres haciendo con unos perseguir y ano­nadar a los otros, sin hacer otra cosa que azuzar los instintos y lisonjear las ambiciones de ese pueblo ignorante por educación, venga­tivo por raza, y entusiasta por clima".

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