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27 de marzo de 2012

Análisis del cuento Las actas del juicio de Ricardo Piglia


Análisis del cuento  Las actas del juicio de Ricardo Piglia

Piglia construye su cuento a partir del formato de un acta. El texto se presenta como el fragmento de las actas de un juicio, el juicio que no se realizó a la muerte de Urquiza. Encontramos así un primer narrador, el secretario de actas, que cuenta una serie de acontecimientos en una secuencia temporal: el juez se presentó en la Sala del Juzgado a tomar declaración a un testigo, el testigo juró decir la verdad y luego declaró. El primer narrador, uno de los personajes del juicio, enmarca el relato de un segundo narrador, el testigo, que refiere el asesinato de Urquiza.

La escritura del texto, como si se tratara de la transcripción de un documento existente, juega con los límites entre la Literatura y la Historia, entre la ficción y el relato verdadero. Por su construcción, el texto no parece cuento, sino un documento oficial: bajo la ilusión de verdad que produce el  documento oficial, Piglia inventa la posible declaración de uno de los cincuenta hombres que entraron en la casa del general el día del asesinato.

El escritor, en su relato, deja algunas huellas que confirman la reconstrucción ficcional de la historia. Mencionamos aquí algunos datos: ningún juicio a los culpables pudo llevarse a cabo, por falta de apoyo de las auto­ridades provinciales y por la imposibilidad de actuar de las autoridades na­cionales ; el personaje que declara se llama Robustiano Vega y podría ser la modificación del nombre de uno de los atacantes, Robustiano Vera. Por otra parte, Vera, según las referencias de distintos historiadores, participó de la partida que entró en la casa de Urquiza pero no fue quien lo asesinó.
Sintetizando, podemos decir que el escritor del cuento presenta el texto como si fuera un acta oficial; pe­ro, a través de algunos datos, le recuerda al lector que se trata de una re­construcción ficcional.

El interrogatorio ausente
El relato del testigo está construido como una serie de respuestas a un interrogatorio (el del juez) cuyas preguntas no figuran. Los espacios en blanco y las rayas de diálogo indican una alternancia de voces por las que rápidamente reconocemos que está ausente un integrante: siempre habla el testigo, reproduce preguntas, inicia las intervenciones con frases como "No, señor" para dirigirse, seguramente, al juez.

Las ausencias y los blancos obligan al lector a llenar los vacíos del texto y proponen una lectura activa del relato. Esta invitación a intervenir en el cuento no se da solamente a nivel de la forma en que está narrado. También se incita al lector a pensar sobre los acontecimientos pasados, desde puntos de vista y apreciaciones no abordados por la Historia.

Los blancos hablan de los huecos de los relatos históricos. En ellos siempre hay voces, puntos de vista, hechos que resultan irrecuperables. El cuento pone de manifiesto que los historiadores, con todas sus explica­ciones e interpretaciones, al intentar develar los enigmas del pasado, los vuelven evidentes y los multiplican. ¿Por qué cambió Urquiza? ¿Qué moti­vaciones o qué fines orientaban sus acciones? ¿Por qué se dejó vencer en Pavón? ¿Hubo algún pacto secreto? ¿Cuáles eran los intereses que defendía el general? Dice Vega en su declaración:
De esas cosas les quiero preguntar, a ustedes, que son letrados, aunque se hayan juntado aquí para que sea yo el que hable, porque yo no puedo decir más que lo que sé y el resto lo tienen que averiguar.
Las múltiples respuestas no logran cerrar la cuestión. Existe un "resto" que nadie puede averiguar y los blancos de la Historia, los enigmas, siguen estando ahí.

El punto de vista del asesino y su lenguaje
El interrogatorio permite incluir un punto de vista, respecto de los acontecimientos, que no aparece en los libros de Historia: el del asesino.
Ese punto de vista presenta una imagen de Urquiza como un muerto en vida después de haber sido considerado como un dios. El punto de vista define un lenguaje propio de un provinciano, un integrante de las tropas del general que luego, por esas contradicciones propias de la vida de los hombres, terminó como unode sus asesinos.

Las intervenciones del testigo guardan algunas marcas propias de la oralidad, debido a que la forma de un acta responde a la transcripción textual de las palabras del interrogado.
Recordemos que un  acta es un documento que registra todo lo ocurrido en una reunión, en una asamblea, en un juicio o en cualquier acción cuyo testimonio for­mal sea imprescindible. Su función primordial consiste en dejar constancia de lo sucedido y actuado, para que cualquier persona que no haya estado presente o que tenga alguna duda u objeción pueda consultar el texto. En su redacción, deben constar:
*   el lugar y la fecha, los participantes,
*   los asuntos tratados o los hechos ocurridos,
*   las palabras de quienes declararon (si se trata de un juicio),
*   las resoluciones tomadas,
*   las firmas de los participantes (que garantizan la veracidad de lo expuesto en el acta).
La precisión de los datos es fundamental, para que el acta guarde su valor testimonial.
El lenguaje que se emplea es formal y, generalmente, existen palabras,  frases y expresiones fijas que se repiten en casi todas las actas.
El texto del acta narra las acciones y actuaciones: refiere la sucesión de hechos en los que participaron ciertas personas, en un espacio y un tiem­po determinados. Para indicar que la narración se realiza al mismo tiempo que suceden los hechos, se utiliza el tiempo verbal presente. De esta ma­nera se garantiza que todo lo acontecido ha sido registrado en el texto.

Las actas del juicio de Ricardo Piglia : Contexto histórico
En este cuento, Ricardo Piglia escribe, desde la ficción, ciertos episo­dios de la Historia Argentina ligados con la muerte del general Justo José de Urquiza.
Urquiza nació en las cercanías de Concepción del Uruguay en 1801.
Hombre de ideas federales y defensor de las autonomías provinciales, estuvo ligado a la vida política desde muy joven, en una época signada por el enfrentamiento entre unitarios y federales. En 1842, llegó a ser gobernador de su provincia, Entre Ríos.
En medio del conflicto político que dividía al país hacia mediados del siglo y que giraba en torno a la falta de una constitución, Urquiza se enfren­tó a Juan Manuel de Rosas y lo venció definitivamente en la batalla de Caseros en 1852. Su llegada al poder no eliminó la contienda entre Buenos Ai­res y el interior. Los enfrentamientos con los defensores de los intereses por­teños se sucedieron hasta que, en Pavón, frente al gobernador de Buenos Aires Bartolomé Mitre, Urquiza abandonó la lucha, a pesar de que estaba ganando la batalla. Diversas interpretaciones proporcionan los historiadores respecto de las motivaciones de la retirada: las explicaciones van desde la traición hasta el gesto heroico de quien se rinde para pacificar al país.
Este acontecimiento, su prolongada hegemonía en la provincia y la posterior adhesión a la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento abrieron el camino para que uno de sus principales hombres, López Jordán, deci­diera tomar su lugar. Los historiadores conjeturan que fue él quien organi­zó la partida que lo asesinó en 1870.
El 11 de abril de ese año, cincuenta hombres armados entraron en la casa de San José. Una parte de ellos, bajo las órdenes de Robustiano Vera, ingresó en la parte posterior, tomó prisionero al jefe de guardia y custodió la salida. Algunos hombres, comandados por José María Mosqueira, controlaron la entrada principal. Un grupo pequeño, dirigido por el cordobés Simón Luengo, entró en el patio principal y atacó a Urquiza que, aparen­temente, apenas hizo un disparo. Dos uruguayos, Ambrosio Luna y Nico­medes Coronel, ultimaron al general con un disparo y varias puñaladas, en presencia de su hija.
El sumario policial iniciado por el juez Ezequiel Crespo no prosperó por falta de fondos y de una autoridad que apoyara la investigación.

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