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15 de septiembre de 2008

´Resumen Análisis de Antígona de Sófocles


Resumen-Análisis de Antígona, de Sófocles

La escena sucede en Tebas, ya liberada, y la acción se relaciona concre­tamente con el final de Los siete contra Tebas de Esquilo. A
ntígona comunica a su hermana Ismena el bando de su tío Creonte: Eteocles, sal­vador de la ciudad, será sepultado con todos los honores; el cadáver de Polinices quedará, por el contrario, insepulto, pasto de los animales; quien se atreva a transgredir tal disposición será lapidado. Pero Antígona no puede obedecer la orden impía e injusta, y dará sepultura a Polinices, y, en vano aconsejada por Ismena, se dirige sola a cumplir con su propio deber.
Se presenta Creonte, que ha convocado a los ancianos y les explica el motivo, pero he aquí que llega un guardia a anunciar que alguien ha cubierto con tierra el cadáver de Polinices. Ha sido Antígona, quien, sorprendida en el acto de repetir el rito funerario, es conducida prisio­nera. Proclama ella que deliberadamente, contra la prohibición de un hombre, ha obedecido la ley no escrita, inmutable y eterna, pues para ella, nacida para amar y no para odiar, los dos hermanos son iguales.
Creonte, convencido de defender la ley de la ciudad, condena a Antígona, a pesar de ser hija de su hermana y prometida de su hijo Hemón. En­ceguecido de orgullo ordena que Antígona sea encerrada en una caverna donde tendrá la suerte que los dioses quieran. Después de un famoso canto coral en que se exalta el poder de Eras, Antígona se dirige a su destino. El ciego adivino Tiresias exhorta a Creonte a la moderación. Creonte cede demasiado tarde y ordena liberar a Antígona. Abierta la cueva en­cuentran a Antígona ahorcada y, junto al cadáver de la amada, Hemón se atraviesa con su espada. Eurídice, esposa de Creonte, penetra en palacio y también se mata, maldiciendo a su marido.

El rito de la sepultura, que era el motivo final de Ayante y al que ya había hecho alusión Esquilo al final de Los siete contra Tebas, vuelve a ser el tema central de esta tragedia. Como en Ayante también en ella hay una vana premonición del destino.
Pero Antígona, frente a la simplicidad intrínseca y estructural de Ayante, manifiesta una dramaturgia habilísima, dueña de nuevos y eficaces medios, empleados hasta diríamos demasiado generosa­mente, como la situación trágica del final, algo sobrecargada, en que tres cadáveres -tres suicidas- se abaten uno sobre otro y todos sobre Creonte, a no ser que el poeta haya querido deliberadamente hacer converger de este modo una luz de piedad sobre este hombre que ha pecado por orgullo, pero asimismo por un alto ideal. Porque también es la tragedia de Creonte, aunque de ordinario olvidada por los críticos, deslumbrados por el esplendor de Antígona, de Creonte, implacable para consigo mismo y su propia sangre en nombre de su deber, en el que cree firmemente, solo contra todo y contra todos en defensa de la ley, que él per­sonifica, con la seguridad de conocer él solo el bien y el mal por el interés de la ciudad.
De ahí el conflicto con Antígona, tanto más violento e insoluble porque los dos se asemejan sustancial­mente en la absoluta fidelidad a lo que cada uno considera su propio deber. Cuando, por fin, cede ante la razón, es demasiado tarde y queda destruido bajo estos tres suicidios que, diríamos injustamente, lo sumergen ahora como en un mar de sangre y que no terminan con él solamente para que pueda ver tanto horror.
Frente a él, Antígona, la figura más pura de mujer en el drama griego y quizá del teatro de todos los tiempos. Pura, in­tacta y altiva, sacrifica todo a su deber, hasta la esperanza más que­rida a una mujer, la esperanza de las nupcias y de descendencia. Pero Antígona no es dulce ni suave; quizá porque aparece como capaz de renunciar a todo, el poeta la ha hecho tan despiadada­mente enérgica, tan firme frente a la razonable y sensible Ismena, consagrada a un delirio de muerte, que es su vocación.
Como ob­serva el coro, manifiesta bien la sangre de Edipo, pues parece como que quisiera en verdad aniquilar en sí misma, con su vida, esa sangre impura y maldita, que sólo puede ser consagrada a la muerte. No ofrece compresión a Ismena en un principio, sino aspereza e ironía, e igual después; ni una lágrima o una expresión de amor para Hemón; ni una palabra de verdadera ternura hacia el propio Polinices, por quien se inmola. La única persona por quien siente piedad es por sí misma, lo que resulta explicable por ser presa de una desesperada locura de aniquilamiento y destruc­ción, ya que su solo y verdadero amor es la muerte.
Entre Antígona y Creonte, el coro se encuentra necesaria­mente incierto, pero su contraste lo determina a una posición purificadora en expresiones de e1evadísima poesía. Los dos can­tos corales, merecidamente famosos, sobre la audacia del ingenio humano y sobre el poder del amor son, además, por primera vez quizás en la tragedia, confesiones personales del poeta, aunque íntimamente fundidos con el motivo dramático.

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