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8 de enero de 2009

El concepto de fealdad

El concepto de fealdad
Durante la Antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento, la belleza constituía un valor absoluto en el arte. La fealdad solo se representaba asociada a la maldad o a la ausencia de dioses o del Dios cristiano.
En la literatura medieval, por ejemplo, los héroes valientes y nobles son descriptos y
dibujados con rostros muy hermosos y cuerpos bien formados, mientras que los villanos son feos y deformes. También en los cuentos tradicionales —Cenicienta, Piel de asno o Barba azul— la belleza se asocia a la bondad, y la fealdad es sinónimo de maldad. Lo mismo ocurre en ciertas novelas como La cabaña del tío Tom o en las novelas románticas. Las heroínas de estas últimas —por ejemplo, Graziella de Lamartine, Marguerite Gautier de Alejandro Dumas, Amalia de José Mármol— son todas extraordinariamente bellas y esa belleza es sinónimo de bondad y virtud.
Sin embargo, fealdad no es antónimo de estética. También se suelen contemplar las cosas feas o las imágenes de tristeza o dolor con fines estéticos. El escritor español Benito Pérez Galdós (1843-1920) creó el personaje de una mujer muy buena y muy fea llamada Marianela. Ella tiene “un cuerpecillo chico y un corazón muy grande”. La Nela es lazarillo de un hermoso joven ciego llamado Pablo, que está enamorado de ella y la imagina muy linda. Sin embargo, cuando Pablo recupera la vista, se enamora de su bella prima Florencia y Marianela muere de tristeza. Marianela es la primera heroína romántica que no es estéticamente bella.
En el siglo XIX, los románticos y posteriormente los "poetas malditos" como Arthur Rimbaud (1854-1891) y Charles Baudelaire (1821-1867), entre otros, reivindicaron la fealdad en el arte para representar la pobreza, la tristeza y la crueldad del mundo. Baudelaire en sus célebres spleens, que eran crónicas periodísticas donde el poeta describía los cambios edilicios en la ciudad de París y cómo influían sobre la vida de sus habitantes, como malheur du siècle (malestar del siglo). En su Spleen número 26 titulado Los ojos de los pobres, Baudelaire relata una situación que se vuelve cotidiana en la modernidad: en un café moderno y lujoso, una pareja de enamorados degusta manjares y charla alegremente. De repente, una familia de pobres —un padre con un hijo en brazos y otro de la mano, todos vestidos con harapos— comienzan a mirarlos fascinados tras los cristales. El joven se compadece de los pobres y se siente culpable de disfrutar de los placeres terrenales frente a ellos que no pueden alcanzarlos; en cambio, su amada le dice: “¡No soporto a la gente con los ojos abiertos como platos! ¿No puedes decirle al encargado del café que los eche de ahí?”.
El autor hace hincapié en la descripción de las luces del bar y en las de los escombros desde donde surgen los pobres. Los pobres no pueden disfrutar de las luces y la belleza de la ciudad. La belleza parece hecha para los burgueses, pero ha sido construida merced al trabajo y la explotación de los pobres. De esta manera, el poeta, como muchos otros artistas, reniega de los valores de belleza anteriormente establecidos y utiliza la fealdad para retratar al mundo y criticar la sociedad de su época.
En 1927, el cineasta alemán Fritz Lang, muestra en su película Metrópolis, una sociedad futurista en la que los trabajadores realizan su labor bajo tierra mientras sus jefes viven en bellos y lujosos rascacielos. En sus pinturas, Francisco Goya (1746-1828) muestra espantosas imágenes de guerra y horror, modernas y antiguas, para denunciar la atrocidad de cualquier contienda bélica y la violencia de las sociedades modernas.
Después de la matanza de millones de seres humanos y de la destrucción de muchas ciudades durante los cuatro años de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), surgieron, liderados por un grupo de intelectuales europeos, dos movimientos: el dadaísmo primero y el surrealismo después. Ambos renegaron del arte y de la estética tradicionales. Para estos artistas, después de la atroz experiencia de la guerra, ya no se podía seguir hablando de la belleza de las rosas.
En el siglo XX, la llamada Escuela de Frankfurt, y particularmente el filósofo alemán
Theodor Adorno, se interesó por lo feo en el arte. Sus miembros consideraron que sólo mostrando lo proscripto, la miseria, los sufrimientos y los horrores del mundo, el arte puede denunciar y sólo así vale la pena seguir escribiendo poemas después de Auschwitz.
Según Adorno, cuanto más represivos eran los nazismos, los fascismos y las dictaduras, “cuantas más torturas se administraban en los sótanos, más cuidado se tenía de que el tejado estuviera apoyado en columnas clásicas”. Para Adorno, el arte, al ser denuncia, puede ser también promesa de felicidad, instancia de liberación de los seres humanos.
El pintor irlandés Francis Bacon (1909-1992) solía deformar los rostros de personas
famosas o de sus amigos para mostrar cómo la violencia del siglo XX, particularmente las dos guerras mundiales y el suceso histórico de la bomba atómica de Hiroshima, afectaban a las personas.
Antonio Berni (1905-1981) denuncia con su estética de lo feo las injusticias de la
sociedad. Retrata en sus colages figuras angustiadas y pesadillescas, monstruos que están en las antípodas del considerado “buen gusto”, compuestos con materiales de desecho y chatarra metálica. A principios de los años '60, Berni crea dos personajes: Juanito Laguna y Ramona Montiel, que son el símbolo de la niñez explotada, particulamente en las grandes ciudades de América latina.

Publicación de la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires / Argentina- Dirección Provincial de Planeamiento - Programa Provincial Textos Escolares para Todos - ISBN 978-987-1417-04-9 • 1º Edición Julio 2007. Autores: Marcelo Raffin, Cecilia Caputo, Adrián Melo y Andrea Beatriz Pac.
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