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18 de enero de 2010

Una excursión a los indios ranqueles


Análisis de Una excursión a los indios ranqueles de Luicio V. Mansilla

El alejamiento involuntario del cargo militar obliga a Mansilla a buscar un nuevo empleo para sostener a su familia. Entonces, escribe. La Tribuna de Buenos Aires le ofrece sus páginas para que cuente sus días entre los indios ranqueles. Así, esgrime su pluma ágil, desbordante, y multiplica su ingenio para mostramos, con un realismo un tanto novelesco a veces, y siempre chispeante, los paisajes, los tipos y el ambiente social de "tierra adentro".
Hacía mucho tiempo que yo rumiaba el pensamiento de ir a Tierra Adentro.
El trato con los indios que iban y venían al Río Cuarto, con motivo de las negociaciones de paz entabladas, había despertado en mí una indecible curiosidad.

Comentario:
La obra que hoy conocemos con el acertado título de Una excursión a los indios ranqueles, nace en forma de epístolas que Mansilla dirige, en primera persona, a su amigo Santiago Arcos y a un lector ficticio. El autor la define como "estas mal zurcidas cartas".
No sé dónde te hallas, ni dónde te encontrará esta carta y las que le seguirán, si Dios me da vida y salud.
El único plan que sigue para redactar su obra es el que le dictan los acontecimientos de cada día. De ahí que no quiera "alterar el método que me he propuesto seguir en el relato" (Capítulo XXV). Al mismo tiempo, trata de ser mesurado en la relación de los hechos.
Mansilla es el personaje central (narrador-conversador protagonista), por eso él impera en todas sus páginas y a él subordina acción, personajes y escenario.
La reivindicación del indio
El mundo ranquel es el gran teatro en el que él hace gala de su erudición, de valor, de su fuerza, de su astucia, de su imaginación soñadora, de su patriotismo, de su capacidad para observarlo todo y para decirlo ~no pocas veces- con ironía.
El narrador quiere dar "una ligera idea" de la vida, usos y costumbres de los indios ranqueles y, sobre todo, censurar la actitud del mundo de los blancos, de la civilización, que les proporciona a aquéllos los medios de acceso a la cultura y al goce de comodidad. Elimina, pues, todo rasgo de subestimación de la vida moral o política de naturales, y asume su defensa.

Él, en persona, ha de hablar -tono conversacional- sobre "el tratado de paz con los caciques, entre ellos, Mariano Rosas, y ha de probarles, "con un acto de "­que los cristianos somos más audaces que ellos. Es decir, Mansilla trata de demostrarles superioridad moral de los cristianos, para ganarse la confianza de los indios que los consideran traicioneros.
Reconoce que la empresa es "arriesgada", pero sigue adelante; cuenta con el apoyo de cuatro oficiales, once soldados, dos frailes franciscanos.
Finalizados los preparativos, inician la marcha desde el fuerte Sarmiento:
Viajan de día y de noche; hacen paradas y acampan en torno de un fogón, donde "entre mate y mate" nacen los "cuentitos" -como los llama el narrador- que amenizan el descanso: el del cabo Gómez (Capítulos V y Vl), el del arriero (Capítulo XII)); la historia personal de Crisóstomo (Capítulo XVIII); los relatos de su "comadre Carmen" acerca de los usos y costumbres ranquelinos (Capítulo XLI).
Con estas narraciones y con sus pensamientos -siempre encuentra un motivo para reflexionar-, advertencias, juicios y críticas -no falta la nota política-, el narrador va interrumpiendo el relato de la excursión, lo va alargando con el recelo manifiesto de que esos altos en el camino fastidien a su bien dispuesto lector:
Creerán algunos que, a medida que corre la pluma, voy fraguando cosas imaginarias. para llenar papel y aumentar el efecto artificial de estas mal zurcidas cartas.
Y, sin embargo, todo es cierto.
Por eso, cuando advierte que ha perdido el rumbo en lo que estaba contando, escribe: Tomando el hilo de mi interrumpido relato. (XXI) O bien: "Decididamente, hoy estoy fatal para las digresiones. Tomé el hilo más arriba y me apercibo que lo he vuelto a dejar" (Capítulo XXI).
Estas continuas intervenciones de Mansilla nos permiten afirmar que la digresión· es característica sobresaliente de su estilo narrativo:
Los circunloquios me han demorado en el camino.
y nos dice la causa de ello:
Yo he aprendido más de mi tierra yendo a los indios ranqueles, que en diez años de despestañarne leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, revistas y libros especiales. [ ... ] Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas anécdotas, que parecerán cuen­tos forjados para alargar estas páginas y entretener al lector. (XXX)
Cuando se apaga el fogón, todos se duermen. El narrador es perturbado, a veces, por "sueños estrafalarios", "extravagantes": "Me creía un conquistador, un Napoleón chiquito". (Capítulo XIII); "emperador de los ranqueles [ ... ] Lucius Victorius imperator" (Capítulo LX) .
Escenario
Llegado el nuevo día, prosigue la marcha: "Sigamos caminando ... ". Mansilla ha estudiado pacientemente el terreno que ahora recorre y goza:
Tengo en borrador el croquis topográfico , levantado por mí, de ese territorio inmenso, desierto, que convida a la labor.
... prefiero el aire libre del desierto, su cielo, su sublime y poética soledad, a estas calles encajonadas, a este hormiguero de gente atareada, a estos horizontes circunscriptos que no permiten ver el firmamento cubierto de estrellas
..(XLII)
En cada avance alude a la topografía, describe el paisaje con su flora y con su fauna . Hasta hallamos una descripción netamente romántica :
El sol se hundía del todo en la raya lejana; una ancha faja cárdena, resplandeciente, radiosa, teñía el horizonte y con su lumbre purpúrea, cambiante, hermosa, doraba las api-
ñadas nubes de' occidente, que como encumbradas montañas movedizas coronadas eternas nieves, se alzaban hasta el cielo a la manera de inmensas espirales y de figuras de inconmensurable grandor.
Mansilla se siente "dotado de un ojo estético, que fácilmente percibe las belleza de colorido y de la forma" .
Personajes
Los personajes por excelencia de esta "excursión" son los indios ranqueles. Mansilla no distorsiona, como los románticos, al "salvaje" en su mundo . Explica quiénes son y cómo son:
Los ranqueles derivan de los araucanos, con los que mantienen relaciones de amistad. Tienen la frente algo estrecha, los juanetes salientes, la nariz corta y achatada, la boca grande, los labios gruesos, los ojos sensiblemente deprimidos en el ángulo externo, cabellos abundantes y cerdosos, la barba y el bigote ralos, los órganos del oído y de la vista más desarrollados que los nuestros, la tez cobriza, a veces blancoamarillenta, la talla mediana, las espaldas anchas, los miembros fornidos. [ ... ] En una palabra, los ranqueles son una raza sólida, sana, bien constituida ...
Nos da sus nombres (Caniupán, Melideo, Relmo, Pancho, Nagüel, Islaí, etc. Oficios ("El cacique Ramón es [ ... ] de oficio platero; siembra mucho todos los veranos haciendo grandes acopios para el invierno, y sus indios le imitan" (Capítulo XV y describe los toldos donde viven:
Un toldo es un galpón de madera y cuero.
Refiere sus costumbres (la orgía en el toldo de Mariano Rosas, la junta grande" de indios, su afición a la bebida, el respeto por el caballo , etcétera):
El indio no rehúsa jamás hospitalidad al pasajero. Sea rico o pobre, el que llame al toldo es admitido.
Sus creencias son monoteístas y antropomórficas : No se congregan jamás para adorar a Dios; le adoran a solas.
Reproduce, además, algunas de las palabras araucanas de la " que usan: Potá-Iauquen (potá, 'grande'; lauquen, 'laguna'); Coli-Mula colorada'); iwinca! ('cristiano'); chao ('padre'); chachao ('Dios'); quiñé-u ('dos'); purrá ('ocho'); marí ('diez'); pataca-barranca ('cien mi!') . Y, a través diálogos, el español hablado por los indios:
-Ese soy Wenchenao, ese mi toldo, ese mi tierra. ¿Con permiso de quién pasando?
Sus retratos se destacan por sus relevantes rasgos físicos y morales. Ejemplos aca­bados de ello son el de Miguelito, cristiano que vive entre los indios, porque huye de la justicia (Capítulo XXVII) y el de Mariano Rosas, "cacique general de las tribus ran­quelinas":
... tendrá cuarenta y cinco años de edad. Pertenece a la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado, pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala , ni sujeta un potro del cabestro como él.
Una negra cabellera larga y lacia, nevada ya, cae sobre sus hombros y hermosea su frente despejada, surcada de arrugas horizontales. Unos grandes ojos rasgados [ ... ] que se animan gradualmente, revelando entonces orgullo, energía y fiereza; [ ... ] una boca de labios del­gados que casi nunca muestran los dientes, marca de astucia y crueldad ...

También aparece la mujer india:
Las dos chinas estaban hermosísimas; su tez, brillante como bronce bruñido; sus largas trenzas negras como el ébano y adornadas de cintas pampas les caían graciosamente sobre las espaldas; sus dientes cortos, iguales y limpios por naturaleza, parecían de marfil ...
(XIX) Y el negro, "una especie de Orfeo de la pampa", "un bufón de Leubucó", "válido pre­dilecto y mimado" de Mariano Rosas (Capítulo XXXV).
Los propósitos del autor
En ese universo que describe con verdadera agudeza, Mansilla trata de hacer comprender a los ranqueles la buena voluntad del gobierno de la República, pero ellos advierten que los blancos necesitan "esa paz" por razones prácticas y que sólo desean ganar tiempo con un tratado que no se cumplirá:
- y o soy aquí -les dije- el representante del presidente de la República; yo les pro­meto a ustedes que los cristianos no faltarán a la palabra empeñada; que si ustedes cum­plen, el Tratado de paz se cumplirá.
Don Lucio insiste; quiere que sepan que, cerca o lejos, siempre tendrán en él un amigo que hará todo lo posible por su bien.
Todos somos hijos de Dios, todos somos argentinos.
Lamentablemente, las premoniciones de los indios se convierten en la triste realidad de su exterminio, pues, en 1879, la Argentina emprende la conquista del desierto.

El atractivo del estilo de Mansilla -"escritor fácil de obras difíciles" - reside, tal vez, en ese ver la realidad con los ojos de la imaginación sin distanciarse de ella. Sutil, perspicaz, gracioso, irónico, el autor se regocija con la palabra -escribe para entre­tenerse-, alejado de todo purismo. El tono de familiar coloquio -escribe como habla, compone su crónica, explica el hallazgo de no pocos errores, sobre todo de índole sintáctica (solecismos), y de ese aparente desorden generado por las espon­táneas digresiones engastadas en el texto.
Él define su estilo:
Toda narración sencilla, natural, sin artificio ni afectación, halla ecos simpáticos en el corazón

En síntesis, la estructura del libro ya representa un acierto, pues las "cartas" le dan libertad para narrar sin las presiones de un método, sin un orden sistemático; para decir cuanto quiere, en el instante que él considera oportuno. Sin embargo, esa "anarquía" es sólo superficial, pues la obra oculta la coherencia de su pensamiento, la preocupa­ción constante -"No soy impersonal cuando escribo." ,_ por revelar la esencia de lo argentino, la realidad política del país, el significado y la misión auténticos de esa "civi­lización" a la que pertenece':
No basta que las constituciones proclamen que todo ciudadano está obligado a armarse en defensa de la patria. Es menester que la patria deje de ser un mito, una abstracción, para que todos la comprendan y la amen con el mismo acendrado amor.

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