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22 de agosto de 2010

EL HOMBRE MUERTO.HORACIO QUIROGA Y EL CRIOLLISMO

HORACIO QUIROGA Y EL CRIOLLISMO-EL HOMBRE MUERTO
Horacio Quiroga fue uno de los iniciadores del criollismo en Hispanoamérica. Sus cuentos, en gran parte, presentan la derrota del hombre ante los peligros de la naturaleza tropical, tema explotado por casi todos los criollistas. Además, la obra de Quiroga se caracteriza por una obsesión por la muerte derivada de su propia vida trágica. Inspirado en Edgar Allan Poe, Quiroga luce una gran maestría técnica.
Aunque el tema de “El hombre muerto” podría ser el poco valor de la vida humana en el trópico, en realidad, sería más acertado señalar como tema la tremenda fuerza de la casualidad en la vida humana, dentro o fuera del trópico. Así es que el hecho de que Quiroga sea criollista no quiere decir que todos sus cuentos sean criollistas. A diferencia de “A la deriva” (1912) y “Los mensú” (1914), el protagonista de “El hombre muerto” no es peón mestizo ni muere como consecuencia de haber sido mordido por una víbora o de haber sido explotado por empresarios extranjeros. Lo inesperado está en que después de luchar y triunfar durante unos diez años contra las fuerzas de la naturaleza, el hombre, tal vez colono extranjero, dueño de su propia tierra, muere por casualidad, por un accidente sumamente improbable: al cruzar una cerca de alambre de púa, se resbala y se le clava en el vientre su propio machete. Lo que crea, más que nada, el ambiente magicorrealista es la falta de emoción con que se narra el accidente, la ausencia del dolor, la ultraprecisión temporal y espacial y la indiferencia de la naturaleza. Son estos mismos rasgos que conforman el cuadro pintado en 1928 por el alemán Franz Radziwill, Accidente fatal de Karl Buchstätter. Aunque se trata de la muerte de un famoso piloto alemán, el avión, que ya empezó a caer, parece suspendido en el centro del cielo en la parte superior del lienzo y no turba en absoluto la tranquilidad del paisaje rural pintado con una gran precisión en la parte inferior. Los paralelismos entre la pintura y la literatura respecto a este tema se refuerzan en el “Paisaje con la caída de Ícaro” (1954) del poeta norteamericano William Carlos Williams que describe sin emoción el cuadro pintado en 1555 por Breughel.
El cuento de Quiroga está estructurado con base en los últimos diecisiete minutos en la vida del protagonista. El tiempo avanza con una lentitud increíble marcada por la precisión de la hora: el triple uso de “acababa de”; “no han pasado dos segundos”; “las sombras no han avanzado un milímetro”; “las once y media”; “hace dos minutos”; “las doce menos cuarto”; y “mediodía”. Durante esos diecisiete minutos, el hombre no deja de asombrarse ante la indiferencia de la naturaleza mientras su evocación de algunos detalles del pasado lo humaniza. Su situación resulta aún más trágica y asombrosa teniendo en cuenta la proximidad del muchacho que pasa rumbo al puerto nuevo, del caballo que espera el momento de pasar por el alambrado y de su mujer y sus dos hijos que vienen llegando en el momento de su muerte.
En efecto, el cuento se abre con una oración que deja al lector asombrado. La personificación del machete por el uso de la palabra “y” en vez de “con” hace contraste con la anonimidad del protagonista que, a su vez, hace contraste con la precisión espacial: “El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal”. La anonimidad del protagonista refleja el aspecto arquetípico, junguiano del realismo mágico reforzado por su posición algo fetal después del accidente: “Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho”.
A pesar de que la acción del cuento está ubicada en Misiones cerca del río Paraná, Quiroga, a diferencia de sus propios cuentos criollistas y de los cuentos criollistas de toda Hispanoamérica, no emplea giros regionales. También es irónico que el gran iniciador y divulgador del criollismo haya ubicado sus cuentos en una región tan poco típica o representativa de la Argentina.
No obstante estas anomalías, Quiroga es, sin duda alguna, una de las figuras excelsas del cuento hispanoamericano tanto por haber abierto las sendas del criollismo como por la alta calidad artística de su obra. En sus mejores cuentos, Quiroga se esfuerza por presentar lo universal a través de lo regional; domina completamente la técnica del género y elabora sus relatos con un lenguaje sencillo que desmiente sus orígenes modernistas.

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