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9 de agosto de 2011

HISTORIA ARGENTINA :La desunión de las provincias. (1820-1835)

HISTORIA ARGENTINA :La desunión de las provincias. (1820-1835)

Desaparecido el régimen que las unía, cada una de las provincias buscó su propio camino. Los grandes propietarios, los fuertes caudillos, los comerciantes poderosos y los grupos populares de las ciudades que gravitaban en la plaza pública procuraron imponer sus puntos de vista y provocaron, con sus encontrados intereses, situaciones muy tensas, hasta que alguien logró imponer su autoridad con firmeza. Y según quién fuera y qué intereses representara, cada provincia adoptó un modo de vida que definiría con el tiempo sus características y su papel en el conjunto de la nación: porque en 1820 había desaparecido el gobierno de las Provincias Unidas, pero no la indestructible convicción de la unidad nacional.

Sólo en la provincia de la Banda Oriental predominaron circunstancias desfavorables a su permanencia dentro de la comunidad nacional argentina. La incomprensión de que Artigas había sido víctima por parte del gobierno de Buenos Aires, convertida luego en abierta hostilidad, predispuso el ánimo de los orientales a la separación; pero aun así no se hubiera consumado a no mediar más tarde los intereses británicos que deseaban un puerto en el Río de la Plata que fuera ajeno tanto a la autoridad del Brasil como a la de la Argentina. Cuando Artigas fue derrotado por los invasores portugueses en 1820 en la batalla de Tacuarembó, buscó el apoyo de los caudillos del litoral sin lograrlo. Desapareció entonces de la escena política, y la Banda Oriental quedó anexada a Portugal, primero, y al Imperio del Brasil, cuando éste se constituyó en 1822.

Un sector importante, sin embargo, apoyaba el mantenimiento de la provincia oriental dentro del ámbito de las antiguas Provincias Unidas. En abril de 1825 treinta y tres orientales reunidos en Buenos Aires a las órdenes de Juan Antonio Lavalleja desembarcaron en la Banda Oriental, sublevaron la campaña contra los brasileños y pusieron sitio a Montevideo. Poco después, los rebeldes reunían un congreso en La Florida y el 25 de agosto declaraban la anexión de la Banda Oriental a la República de las Provincias Unidas. El congreso nacional, que por entonces estaba reunido en Buenos Aires, aceptó la anexión, cuyas consecuencias fueron graves: el Imperio del Brasil declaró la guerra al gobierno de Buenos Aires.

Para esa época, la suerte de los caudillos triunfantes en Cepeda había cambiado mucho, y con ella la de las provincias que les obedecían. Francisco Ramírez, vencedor de Artigas, había declarado la independencia de la "República de Entre Ríos" en septiembre de 1820, y acariciaba sueños de predominio sobre vastas regiones y acaso sobre el país entero. Pero ni siquiera logró dominar a Estanislao López, que se le opuso en Santa Fe. Con la ayuda del chileno José Miguel Carrera, jefe de una partida de indios que asolaba la campaña bonaerense, pretendió lanzarse sobre Buenos Aires; pero tuvo que enfrentar primero a López y fue derrotado. Bustos, gobernador de Córdoba, que también soñaba con su propia hegemonía, lo volvió a derrotar, y en la retirada, fue muerto Ramírez cuando se detuvo para defender a su amante, que lo acompañaba en sus entreveros. Desde entonces, Entre Ríos se mantuvo dentro de sus límites y, en las luchas por el poder, tuvo menos peso que Santa Fe, donde Estanislao López afirmaba su dominio y organizaba a su modo la provincia con la habilidad necesaria para no perder su autoridad local ni atraerse la cólera de sus rivales vecinos.

Entre ellos, Bustos parecía el más peligroso, porque desde Córdoba podía aglutinar fácilmente el interior del país contra Buenos Aires. Pero sus esperanzas se vieron frustradas por otras aspiraciones semejantes a las suyas en comarcas vecinas. En Santiago del Estero, Felipe Ibarra se había separado de Tucumán y luchaba al lado de Juan Facundo Quiroga, que desde 1891 dominaba la provincia de La Rioja. Juntos, se enfrentaron con Catamarca y con Tucumán, partidarias por entonces de la unión con Buenos Aires, en una sucesión interminable de luchas en las que se disputaba la hegemonía del norte del país. Algunas provincias se dieron constituciones o reglamentos provisionales para fundar un orden dentro de sus límites, generalmente henchidos de declaraciones no menos utópicas que las que habían caracterizado los documentos de los grupos porteños, porque no condecían con la pobreza y el escaso desarrollo económico, social y cultural que las provincias habían alcanzado. Y, de hecho, quienes lograron mantener la autoridad fueron sólo aquellos que recurrieron a la fuerza y la mantuvieron por medios despóticos, vigilando estrechamente tanto a sus adversarios dentro de su área de influencia como a sus rivales de las provincias vecinas.

No menos grave era la situación de Cuyo. En Mendoza, las montoneras agitaron la vida de la provincia hasta que Juan Lavalle impuso su autoridad en 1824. Pero fue grave para ella la separación de San Juan, donde el gobierno autónomo ejerció una acción esclarecedora durante el gobierno del general Urdininea y los ministerios de Laprida y Del Carril. Elevado este último a la gobernación, sancionó en 1825 una constitución provincial conocida con el nombre de Carta de Mayo, que estableció principios liberales y progresistas, a los que se opusieron los elementos reaccionarios. Pero Del Carril triunfó sobre ellos y dejó el recuerdo de una administración ejemplar.

Entre tanto, Buenos Aires, reducida ahora su influencia, desarrollaba dentro de las fronteras provinciales lo que había sido su ilusorio programa para toda la nación. Los meses que siguieron a la derrota de Cepeda fueron duros, y en la lucha por el poder hubo un día en que se sucedieron tres gobernadores. Estanislao López pretendía influir en los conflictos políticos, pero finalmente la aparición de las fuerzas de la campaña que mandaba Juan Manuel de Rosas permitió al gobernador Martín Rodríguez mantenerse en el poder desde fines de 1820.

Fue un período de paz y de progreso que duró hasta mayo de 1824. El triunfo de la revolución liberal de Riego en España, que garantizaba la independencia, favorecía las posibilidades de una política ilustrada que encontró en el ministro de gobierno, Bernardino Rivadavia, un brillante ejecutor. Muy pronto se sancionó una ley de elecciones que consagraba el principio del sufragio universal y otra que suprimía el Cabildo y reorganizaba la administración de justicia. Otras medidas siguieron luego. La Ley de Olvido procuró aquietar las pasiones desatadas por la lucha entre las facciones, y la que consagraba la libertad de cultos facilitó la radicación de inmigrantes extranjeros de credo protestante.

En la nueva situación internacional Portugal, el Brasil, los Estados Unidos y luego Inglaterra reconocieron la independencia de las Provincias Unidas —cuyas relaciones internacionales asumió Buenos Aires— y establecieron con ellas relaciones consulares que permitieron desarrollar el comercio exterior. Era ésta una de las preocupaciones del gobierno, que contemplaba los intereses de la campaña, dedicada a la cría de ganado, y los de la ciudad, donde predominaba la actividad comercial y artesanal. Se procuró atraer técnicos para desarrollar algunas industrias y se crearon los instrumentos necesarios para el desarrollo de la economía: un Banco de Descuentos, una Bolsa de Comercio y una serie de medidas para atraer capitales y obtener préstamos; en 1824 la casa Baring Brothers de Londres otorgó al gobierno argentino un millón de libras esterlinas. Al mismo tiempo se introdujeron animales de raza para cruzarlos con los ganados criollos y semillas para mejorar los cultivos.

Estas últimas medidas se relacionaban con las que el gobierno adoptó con respecto a la tierra pública. Grandes extensiones de tierras pertenecientes al Estado solían entregarse a particulares influyentes. Rivadavia elaboró un plan para otorgarlas, según el sistema de la enfiteusis, a pequeños colonos que quisieran radicarse en ellas y explotarlas mediante el pago de una reducida tasa de acuerdo con su valor. Así debían incorporarse a la explotación agrícola —en manos de pequeños productores— las zonas de la provincia que se extendían hasta el río Salado, no sin resistencia de los grandes estancieros del sur, acostumbrados a no reconocer límites a sus establecimientos.

Entre tanto, la situación interprovincial tendía a normalizarse en el litoral. El 25 de enero de 1822. Los gobernadores de Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires suscribieron el tratado del Cuadrilátero, que establecía una alianza ofensiva y defensiva entre las cuatro provincias. La gravedad del problema aconsejó sortear el tema de la organización nacional, previéndose solamente la convocatoria de un congreso para que resolviera sobre la cuestión. En cambio, se establecía categóricamente la libertad de comercio y la libre navegación de los ríos, cuestiones que tocaban al fondo de las disensiones entre las provincias litorales y Buenos Aires. Era un triunfo del federalismo, pero era, al mismo tiempo, un paso decisivo para dilucidar las cuestiones previas a la organización nacional.

Inspirado por Rivadavia, el gobierno de Buenos Aires adoptó otras decisiones no menos importantes. Dispuso abolir los fueros de que gozaba el clero y el diezmo que recibía la Iglesia; además fueron suprimidas algunas órdenes que habían caído en el descrédito y se establecieron reglas muy estrictas para las demás. No menos enérgicas fueron las reformas que introdujo en el ejército para restablecer la disciplina y aumentar la eficacia de la oficialidad. Naturalmente esta política desató una fuerte reacción de los elementos retrógrados que acusaron a Rivadavia de enemigo de la religión. El padre Castañeda lanzó los más terribles denuestos desde los periódicos satíricos que inspiraba —El desengañador gauchipolitico, El despertador teofilantrópico—, y el doctor Tagle se atrevió a organizar un motín que fue sofocado enseguida. Pero Rivadavia quedó transformado en símbolo de la política progresista.

No menos decidido se mostró Rivadavia en la política social y educacional. La creación de la Sociedad de Beneficencia llenó un vacío en la vida de la ciudad y de la campaña. Las escuelas primarias se multiplicaron, y la aplicación del método de educación mutua permitió superar las limitaciones de los recursos. Para los estudios medios estimuló y modernizó el Colegio de la Unión del Sur, a cuyos planes de estudio se incorporaron las disciplinas científicas, según el ejemplo de los países más desarrollados. Fundó un colegio de agricultura con su jardín botánico y un museo de ciencias naturales; trajo de Europa instrumentos de física y de química, y como culminación de su obra educacional creó la Universidad de Buenos Aires, inaugurada el 12 de agosto de 1821. Rivadavia pronunció el discurso de apertura y fue designado rector el doctor Antonio Sáenz. La cátedra de filosofía fue encomendada a Juan Manuel Fernández Agüero; y la enseñanza universitaria se dividió entre el departamento de estudios preparatorios y los departamentos de ciencias exactas, medicina, jurisprudencia y ciencias sagradas; poco después se iniciaba el primer curso de física experimental que dictó el profesor italiano Pedro Carta Molina.

Esta obra intensa y variada tenía el apoyo de un sector intelectual vigoroso aunque minoritario. Lo encabezaba Julián Segundo de Agüero y formaban parte de él, además del poeta Juan Cruz Varela, Esteban de Luca, Manuel Moreno, Antonio Sáenz, Juan Crisóstomo Lafinur, Diego Alcorta, Cosme Argerich, todos miembros de la Sociedad Literaria, cuyo pensamiento expresaron dos periódicos, El Argos y La Abeja Argentina. En el interior del país repercutía débilmente esta acción y Rivadavia quiso que en el Colegio de la Unión se recibieran estudiantes de las provincias, porque aspiraba a que se difundieran en ellas las reformas que se introducían en la de Buenos Aires. Pero los caracteres del interior del país diferían de los que predominaban en ella. Buenos Aires pasaba ya de los 55.000 habitantes y estaba en permanente contacto con Europa a través de su puerto. Las provincias del interior, en cambio, sólo contaban con unas pocas ciudades importantes y era escasa en ellas esa burguesía que buscaba ilustrarse y prosperar al margen de la fundamental actividad agropecuaria en la que se reclutaban las minorías locales. Un poeta como Varela, henchido de entusiasmo progresista, filósofos como Agüero o Lafinur, formados en las corrientes del sensualismo y de la ideología, hallaban ambiente favorable en la pequeña ciudad cosmopolita que comenzaba a abandonar los techos de tejas y veía aparecer las construcciones de dos pisos. Pero el ambiente de las ciudades provincianas, y más aún el de las zonas rurales, se resistía a toda innovación y transformaba en un propósito activo la defensa y la conservación de su idiosincrasia colonial. Para oponerse a Rivadavia, Juan Facundo Quiroga izaba en La Rioja una bandera negra, cuya inscripción decía "Religión o muerte". Con todo, la idea de la incuestionable existencia de una comunidad nacional por encima de las divergencias provincianas se manifestó vigorosamente y así pudieron prosperar las gestiones para reunir un congreso nacional en Buenos Aires.

Entre tanto, San Martín había completado su obra. Asegurada la independencia de Chile, había dedicado sus esfuerzos a la preparación de una fuerza expedicionaria argentino-chilena destinada a aniquilar a los realistas en su baluarte peruano. En 1820 embarcó un ejército disciplinado y eficaz a bordo de una flota cuyo mando había asumido el almirante Cochrane, dirigiéndose hacia las costas del Perú. Mientras Arenales ocupaba las regiones montañosas, San Martín se dirigió hacia Lima, donde entró en julio de 1821. Poco después proclamó allí la independencia del Perú y San Martín fue declarado su Protecton Quedaban todavía algunos focos realistas en el continente y los dos grandes jefes americanos, Bolívar y San Martín, se reunieron en Guayaquil, en julio de 1822, para acordar un plan de acción que acabara con la dominación española en América. Falto de recursos militares y de un Estado argentino que lo respaldara, San Martín cedió a Bolívar la dirección de la última campaña que remataría la obra de los dos libertadores.

Mientras proseguía la acción de Bolívar, se procuraba constituir el congreso nacional que debía reunirse en Córdoba; fracasados los primeros intentos, se decidió realizarlo en Buenos Aires y, finalmente, se inauguraron sus sesiones el 16 de diciembre de 1824, poco antes de que llegara la noticia de la victoria que el general Sucre había obtenido en Ayacucho, que ponía fin a la dominación española en América.

Gobernaba ya la provincia de Buenos Aires el general Las Heras, que había sucedido el 9 de mayo de 1824 a Martín Rodríguez, y que mantenía las líneas generales de la política de su antecesor, uno de cuyos rasgos sobresalientes había sido evitar las suspicacias de las demás provincias con respecto a las ambiciones de hegemonía que tanto temían estas últimas. El problema candente era hallar la fórmula para reconstituir la nación, y el conflicto latente con el Brasil tornaba más urgente hallarla para poder oponer un frente unido a la esperada ofensiva del emperador brasileño.

Esa preocupación inspiró la Ley Fundamental sancionada el 23 de enero de 1825. Establecía la voluntad unánime de mantener unidas a las provincias argentinas y asegurar su independencia, afirmando al mismo tiempo el principio de las autonomías provinciales. El Congreso se declaraba constituyente, pero la constitución que dictara sólo sería válida cuando hubiera sido aprobada por todas las provincias. Y mientras se creaba un gobierno nacional se encomendaba al de la provincia de Buenos Aires las funciones de tal.

Cuando el Congreso de La Florida declaró la anexión de la Banda Oriental a las Provincias Unidas, la tensión con el Brasil aumentó y el Congreso reunido en Buenos Aires decidió por su parte la formación de un ejército nacional que estaría a las órdenes del gobernador de la provincia de Buenos Aires. Pero en diciembre de 1825, el Brasil declaró la guerra y las cosas se precipitaron. El 6 de febrero de 1826 el Congreso sancionó una ley creando un poder ejecutivo nacional a cargo de un magistrado que llevaría el título de Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata; al día siguiente fue elegido para el cargo Bernardino Rivadavia.

Agüero en la cartera de Gobierno, del Carril en la de Hacienda, Alvear en la de Guerra y de la Cruz en la de Relaciones Exteriores constituyeron su gabinete. El presidente Rivadavia afrontó en seguida el más grave y antiguo de los problemas políticos del país y solicitó en un mensaje al Congreso que se declarara capital de la República a la ciudad de Buenos Aires. El proyecto suscitó largas y apasionadas discusiones, pero fue aprobado el 4 de marzo. La provincia de Buenos Aires se vio privada de la ciudad que había sido su centro tradicional desde su misma fundación y en diversos círculos se advirtieron enconadas reacciones. El gobernador Las Heras renunció y se polarizaron contra Rivadavia no sólo los sectores tradicionalistas sino también el sector de los ganaderos que, como Juan Manuel de Rosas, comenzaban a definir su política alrededor de la idea de que la ciudad —y el puerto— de Buenos Aires debía servir a los intereses provinciales y no a los del pais.

Mientras procuraba proyectar hacia toda la nación la política civilizadora que había desarrollado como ministro en la provincia de Buenos Aires, Rivadavia se dedicó principalmente a la organización de la guerra contra el Brasil. Bloqueado el puerto de Buenos Aires por la flota brasileña, la situación económica se había hecho angustiosa. Pero en marzo de 1826, con unos pocos barcos, el almirante Brown obligó a los sitiadores a abandonar Martín García; en junio los derrotó en Los Pozos y poco después otra vez frente a Quilmes. Entre tanto, el ejército del general Alvear cruzo el Río de la Plata, despejó de enemigos la Banda Oriental e invadió el Estado de Río Grande.

La administración de Rivadavia permitió acrecentar el esfuerzo militar. En febrero de 1827 los argentinos obtuvieron dos victorias decisivas. Brown derrotó a la flota brasileña en Juncal y Alvear venció al ejército en Ituzaingó. El Canto lírico de Juan Cruz Varela revelaba el orgullo colectivo, y acaso en particular el de los rivadavianos que juzgaban hijo de sus ideas y de su esfuerzo al triunfo militar:

Hija de la Victoria,) ya de lejos os saluda la paz, y a los reflejos) de su lumbre divina,) triunfante, y de ambiciones respetada,) libre, rica, tranquila, organizada,) ya brilla la República Argentina)).

Pero el entusiasmo duró poco. Tras la victoria de Ituzaingó Rivadavia entabló negociaciones diplomáticas con el Brasii en términos que parecieron inadecuados a la posición de las fuerzas vencedoras. Más preocupado, sin duda, por la situación interna del país que por la suerte de su política exterior, Rivadavia creyó que necesitaba la paz a cualquier precio. En diciembre de 1826 el Congreso había concluido el proyecto de constitución, cuyos términos repetían, apenas moderado, el esquema centralista de la carta de 1819. Nada habían valido las sensatas palabras de Manuel Dorrego, federalista doctrinario, que constituían un llamado a la realidad. Cuando, poco después, el proyecto fue sometido a consulta, las provincias comenzaron a manifestar su disconformidad, y sólo la aprobaron algunas, contra las que se lanzaron las demás. Quiroga, gobernador de La Rioja y paladín del federalismo, se enfrentó con Tucumán, cuyo gobernador, Lamadrid, defendía la carta unitaria y amenazaba con extender su autoridad por Catamarca, Salta, Jujuy y todo Cuyo. Lamadrid cayó derrotado en El Tala en octubre de 1826 y Quiroga aglutinó el centro y el norte del país. La guerra civil recomenzaba, los delegados del Congreso no conseguian convencer a los jefes federales de la necesidad de la constitución y el gobierno de Rivadavia se vio amenazado. Necesitaba la paz a cualquier precio y equivocó el camino para lograrla, ofreciendo al Brasil por intermedio del embajador Manuel José García la posibilidad de crear un Estado independiente en la Banda Oriental.

La noticia de la convención firmada en Río de Janeiro por García, que se extralimitó en sus atribuciones y reconoció los derechos brasileños a los territorios disputados, polarizó la hostilidad contra Rivadavia, porque el tratado pareció injustificable frente a las victorias de las fuerzas argentinas. Rivadavia comprendió la debilidad de su posición y presentó su renuncia en junio de 1828 en un documento memorable. El Congreso la aceptó y la experiencia rivadaviana de reunificación nacional quedó concluida en medio de la incertidumbre general.

La provincia de Buenos Aires eligió entonces gobernador a Dorrego, a quien apoyaba en nombre de los estancieros de la provincia Juan Manuel de Rosas, sostenido por la de sus "colorados del Monte". Fue el suyo un gobierno moderado y eficaz; pero las pasiones estaban desencadenadas ante el afianzamiento de la autoridad de Quiroga en el interior del país, los unitarios resolvieron dar otra vez la Ia batalla. La ocasión era propicia. Dorrego firmó en agosto de 1828 la paz con el Brasil reconociendo la independencia de la Banda Oriental —tal como lo deseaba Inglaterra y lo admitía el Emperador— y los ejércitos argentinos comenzaron a regresar. Al mando de su división, Juan Lavalle hizo su entrada en Buenos Aires y poco después, el 1° de diciembre, se sublevó contra Dorrego, lo persiguió con sus tropas y lo fusiló Navarro el 13 de diciembre.

El conficto se generalizó con mayor violencia. Rosas y López empezaron a operar contra Lavalle, que se hizo cargo del gobierno de Buenos Aires, y poco después quedaron delineados

los frentes en que se oponían los unitarios y los federales. Lavalle sostendría la lucha en Buenos Aires mientras José María Paz, que acababa de llegar con sus tropas del Brasil, la empeñaría en el interior para contener la creciente influencia de Quiroga. Pero Lavalle afrontaba una lucha interna en su provincia, cuyo interior le resistía aglutinado por Rosas, de modo que sus recursos se limitaban a los que le ofrecía la ciudad y no tardó en ser vencido en abril de 1829. Paz, en cambios logró derrotar en esos mismos días a Bustos y se adueñó de la provincia de Córdoba. Dos meses después, cuando Lavalle y Rosas llegaban a un acuerdo en Cañuelas, Paz venció en La Tablada a Quiroga fortaleciendo las esperanzas de los unitarios que, sin embargo, no pudieron evitar la elección de Rosas como gobernador de Buenos Aires en diciembre de 1829. Quiroga, entre tanto, había logrado hacerse fuerte en las provincias de Cuyo y Paz buscó una definicion: en Oncativo volvió a vencer al "Tigre de los Llanos" en febrero de 1830 y poco después removió los gobiernos federales del interior; y con los que estableció en su lugar constituyó la Liga del Interior para hacer frente a los federales que predominaban en el litoral. El 31 de agosto quedó constituida la Liga, y el 4 de enero de 1831 respondieron las provincias litorales con la firma del Pacto Federal. Eran dos organizaciones políticas frente a frente, casi dos naciones.

El equilibrio de las fuerzas fue visible y no se ocultaba su significado. Era el interior del país que aspiraba no sólo a un régimen de unidad, sino también a un sistema político en el que las regiones menos favorecidas por la naturaleza compartieran las ventajas de que gozaban las más privilegiadas; y frente al interior, estaban las provincias litorales que defendían su autonomía para asegurar sus privilegios y defender sus intereses. Un suceso fortuito postergó este enfrentamiento radical: el 10 de marzo de 1831 una partida de soldados de Estanislao López consiguió bolear el caballo del general Paz y lo hizo prisionero. La Liga del Interior, que era su obra política pero que carecía todavía de madurez, cedió ante la presión de las oligarquías provinciales, deseosas de asegurar su predominio local y ajenas a la necesidad de adoptar una clara política para la región mediterránea. Una vez más, el predominio económico y político de las provincias litorales quedó consolidado, y el ajuste del equilibrio nacional indefinidamente postergado.

Esas oligarquías provinciales se componían de hombres comprometidos con la riqueza fundamental de sus provincias, estancieros en su mayoría, que vigilaban sus fortunas y las acrecían, con las de sus amigos, al calor del poder político. Y aunque sometían a duro trabajo a un proletariado en el que predominaban criollos, mestizos e indios, manifestaban cierta vaga vocación democrática en la medida en que expresaban el inequívoco sentimiento popular de las masas rurales, amantes de la elemental libertad a que las acostubraba el campo sin fronteras y el ejercicio de un pastoreo queestimulaba el nomadismo. Pero era una concepción paternalista de la vida social que contradecía la necesidad de organización que el país percibía como impostergable.

Entre todos los caudillos, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, se distinguía su personalidad peculiar. Su fuerte ascendiente sobre los hombres de la campaña le proporcionaba una base para sus ambiciones; pero su claro conocimiento de los intereses de los propietarios de estancias y saladeros le permitía encabezar a los grupos más influyentes de la provincia y expresar con claridad la política que les convenía; esa fue precisamente, la que puso en funcionamiento durante su gobierno provincial, desde 1829 hasta 1832, y especialmente en el último año de su administración. La situación política del país se definía rápidamente. Cada una de las tres grandes áreas económicas de la nación contaba con una personalidad inconfundible para representarlas y regir sus destinos. En el interior, Quiroga se había afirmado definitivamente después de su victoria sobre Lamadrid en 1831. En el litoral, López conservaba con firmeza la hegemonía regional. Y en Buenos Aires, Rosas consolidaba su poder y acrecentaba su influencia. Los tres compartían los mismos principios, pero los tres aspiraban a alguna forma de supremacía nacional.

El escenario para dilucidar la contienda hubiera podido ser el congreso que el Pacto Federal obligaba a convocar. Siempre temerosos de Buenos Aires, López y Quiroga —el litoral y el interior— insistían en apresurar su reunión. Celoso de los privilegios de su provincia —esto es, Buenos Aires—, Rosas se oponía a que se realizara, y expresó sus razones y sus pretextos en la carta que escribió a Quiroga desde la hacienda de Figueroa en 1834, después de haber dejado el gobierno de la provincia, en el que le sucedieron Juan Ramón Balcarce primero y Juan José Viamonte después. La opinión de Rosas prevaleció y el congreso no fue convocado.

Entre tanto, en combinación con otros estancieros amigos con dinero propio y tropas levantadas por ellos en la ampaña, Rosas organizó en 1833 una expedición al sur para reducir a los indios pampas que asolaban las estancias y las poblaciones en busca de ganado. Desde su campamento de Monte se dirigió hacia el sur, cruzó la región de los pampas y tomó contacto con las tribus araucanas deteniéndose sus tropas en las márgenes del río Negro. Las poblaciones indígenas fueron acorraladas, destruidas o sometidas. Las tierras reconquistadas, que sumaban miles de leguas, fueron generosamente distribuidas entre los vencedores, sus amigos y partidarios, con lo que se consolidó considerablemente la posición económica y la influencia política de los estancieros del sur.

Poco después del regreso de Rosas, la situación hizo crisis tanto en Buenos Aires —donde había estallado en su ausencia la revolución de los Restauradores— como en el interior, donde la autoridad de Quiroga crecía peligrosamente. El 16 de febrero de 1835, en Barranca Yaco, Quiroga cayó asesinado y poco más tarde la legislatura bonaerense elegía gobernador y capitán general de la provincia, por cinco años y con la suma del poder público, a Juan Manuel de Rosas.

FUENTE: Breve historia de la Argentina -José Luis Romero- Primer tomo

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