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20 de agosto de 2011

CUENTO POPULAR: El ermitaño y el carnicero

CUENTO POPULAR: El ermitaño y el carnicero

Versión catalana recogida a comienzos del siglo XX y citada por Ramón Menéndez Pidal en Estudios Literarios, 1952.El tema de este cuEnto se encuentra hacia los siglos V a IV A.C. en si Mahabarata ¡("Historia del monje Causica") y posterior­mente en la colección india Cukasapati, en la tradición judía ("Relato del sabio Rabí Josua ben Illén y el carnicero”, versión hebrea en el Hibhur Vafe Mehayeschua de Rabí Nisim, siglo XII), en las Vitae Patrum ("San Antonio y el curtidor de Alejandría"), en el Infante Juan Manuel (Ejemplo III del Conde Lucanor, año 1335) y en El conde­nado por desconfiado (año 1627) de Tirso de Molina.

En la tradición oral cfr. "El ángel y el ermitaño" en Cuentos Populares de Castilla, de Aurelio Espinosa (h.).

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Pues señor, dice que era un santo ermitaño que en una áspera caverna hacía dura penitencia para ganarse el Cielo. Un día se le presenta Nuestro Señor y él le pregunta: "¿Señor, habrá alguien en este mundo que os dé más gusto que yo? Os lo pregunto para que me digáis quién es y yo pueda aprender de él a hacer más de lo que hago para complaceros". "Sí que lo hay", le respondió el Señor. "Decidme quiénes", lo apremió el peniten­te. "El carnicero de tal pueblo", contestó Nuestro Señor, y desapareció.

De inmediato el buen ermitaño tomó su cayado y emprendió el camino, camina que caminarás.

Al cabo de algunos días entró en el poblado y se dirigió a la casa del carnicero, a quien consi­deraba un gran santo, y quedó escandalizado al oír los vocablos que soltaba por su boca al des­pachar a las dientas.

El pobre ermitaño quedó atónito oyendo aque­llo, y se preguntó: "¿Me habré equivocado? ¿Có­mo puede ser que este lengua de trapo pueda complacer al Señor más que yo?".

Al atardecer, el carnicero despachó a la última parroquiana y se dedicó a guardar los utensilios de su oficio, mas reparando en el ermitaño y dul­cificando el tono le inquirió si deseaba alguna cosa. "Haceros una pregunta", le contestó el pe­nitente. "Puedes hacérmela", le retrucó el carni­cero.

–Yo soy un pobre ermitaño que pasa el tiempo en el fondo de una cueva en permanente oración y penitencia, a fin de ganar la Gloria Eterna. Un día se me apareció Nuestro Señor y le pregunté si había en el mundo alguien que le agradase más que yo, y si lo había que me lo dijera para apren­der de él a hacer más méritos ante sus ojos divi­nos; y el Señor me respondió que sí, y que ese hombre erais vos; de modo tal que os demando humildemente y de todo corazón me digáis qué habéis hecho para agradar a Dios en tal medida. Las palabras del ermitaño sorprendieron al car­nicero, quien, abriendo una puerta, le mostró a un viejo de grandes barbas blancas que reposaba so­bre un catre. Luego, dirigiéndose al ermitaño, le dijo:

–Este hombre mató a mi padre, y huyendo de la justicia se refugió en mi casa. Yo lo amparé, y desde entonces lo mantengo, lo visto, lo lavo y hago por él, en fin, cuanto haría por mi padre.

El ermitaño quedó sorprendido por lo que oía y, encarándose con el carnicero, le dijo:

–¡Así, hermano, es verdad que tú haces más que yo! Ciertamente que a los ojos de Dios es más meritoria tu obra que la mía.


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