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20 de agosto de 2011

CUENTO POPULAR: La bruja Baba-Yaga

CUENTO POPULAR: La bruja Baba-Yaga

En este relato coinciden va­rios de los temas y motivos básicas de los cuentos de tipo "maravilloso": la madrastra maligna, el héroe que cae en poder de un ogro o bruja, la recepción de ayudas por parte de animales o amigos providenciales, la imposición de tareas imposibles, la huida mágica (Aarne-Thompson 313-314). Versión recogida por Alexandr Afanasiev (1826-1871) en sus Cuentos Populares Rusos. Múltiples son las versiones de la "huida mágica" existen­tes en el folklore universal, y entre ellas podemos citar las españolas recogidas por Espinosa, las americanas de Andrade y las argentinas de Chertudi (cfr. "Un rey y una reina" en Cuentos Folklóricos, 2da. serie).

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En otros tiempos vivía un comerciante con su mujer, que un día se murió, dejándolo solo con una hija. El viudo se casó con otra mujer; pero ésta, envidiosa de su hijastra, buscaba la forma de librarse de ella.

Cierta vez en que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra dijo a la muchacha:

–Vete a casa de mi hermana y pídele que te dé aguja e hilo para que cosas una camisa.

La hermana de la madrastra era una bruja, y como la muchacha estaba advertida decidió pedir consejo a otra tía suya, hermana de su padre.

–Mi madrastra me ha dicho que vaya a casa de su hermana para pedirle aguja e hilo.

–Acuérdate –le dijo entonces la tía– de que un álamo querrá arañarte; átale una cinta. Una puerta se cerrará para no dejarte pasar; úntale los goznes con aceite. Los perros tratarán de despe­dazarte; tírales pan. Un gato estará encargado de sacarte los ojos; dale un trozo de jamón.

La muchacha se proveyó de pan, aceite, jamón y una cinta, y se puso en marcha en busca de la bruja.

En su cabaña estaba sentada la bruja Baba-Ya­ga sobre sus canillas huesosas, ocupada en tejer. –¿A qué se debe tu visita, sobrina? –Mi madre me manda pedirte aguja e hilo pa­ra coser una camisa.

–Está bien. Siéntate y ponte a tejer mientras busco aguja e hilo.

Mientras la sobrina tejía, la bruja salió del cuar­to y dijo a su criada: ¡Calienta el baño y lava bien a mi sobrina porque me la voy a comer!

Cuando la bruja se marchó, la muchacha –me­dio muerta de miedo– dijo a la criada: ¡No gastes leña, querida; mejor arroja agua al fuego y lleva la que te dijo mi tía en un colador!, y luego de hacerle estas recomendaciones le regaló un pa­ñuelo.

Baba-Yaga se asomó a la ventana, donde tra­bajaba la sobrina y le preguntó: –¿Estás tejiendo, sobrinita? –Sí, tía, estoy trabajando. La bruja se alejó, y la muchacha, aprovechando su ausencia, le dio un pedazo de jamón al gato y le preguntó cómo podría escapar. El gato le dijo: –Sobre la mesa hay una toalla y un peine. Tó­malos y corre lo más rápido que puedas, porque Baba-Yaga correrá tras de ti para comerte. Cuan­do hayas avanzado bastante échate al suelo y pega a él tu oreja; cuando la oigas cerca tira la toalla, que se transformará en un ancho río. Si la bruja consigue pasarlo a nado, todavía habrás ga­nado más distancia, y cuando vuelvas a escuchar­la arroja el peine, que se transformará en un bosque espeso, a través del cual no podrá pasar. La muchacha tomó la toalla y el peine que le indicaba el gato y se puso a correr. Los perros quisieron morderla pero les tiró pan; la puerta se cerró de golpe, pero ella untó sus goznes con aceite y volvió a abrirse. Un álamo quiso arañarle la cara, pero ella ató las ramas con una cinta y logró pasar.

El gato se sentó al telar pero no hacia más que confundir los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:

–¿Estás tejiendo, sobrinita?

–Sí, tía, estoy tejiendo –respondió el gato con su voz ronca.

Baba-Yaga entró en la cabaña, y viendo que no estaba la muchacha se enfadó con el gato y co­menzó a pegarle.

–¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina, viejo goloso?

–Mucho es el tiempo que llevo a tu servicio, y todavía no me has regalado siquiera un hueso, y ella me ha dado un trozo de jamón.

Baba-Yaga se enojó sucesivamente con los perros, con la puerta, con el álamo y con la criada y comenzó a pegar a todos.

Los perros dijeron:

–Te hemos servido largamente, y no nos has dado ni una corteza dura, y ella nos ha regalado pan fresco.

La puerta dijo:

–Te he servido mucho tiempo, sin que me ha­yas engrasado una sola vez, y ella me ha untado los goznes con aceite.

Dijo el álamo:

–Te he servido mucho, sin que me hayas rega­lado ni siquiera una brizna de hilo, y ella me ha dado una cinta.

La criada exclamó:

–Te he servido largo tiempo, sin que me hayas obsequiado siquiera un trapo, y ella me ha dado un pañuelo.

Baba-Yaga se apresuró a saltar sobre el morte­ro, y golpeándolo con el mazo y barriendo sus huellas con la escoba, salió en persecución de la muchacha. Cuando ésta oyó acercarse a la bruja tiró al suelo la toalla, que al instante se transfor­mó en un río muy ancho.

Baba-Yaga llegó a la orilla, y viendo el obstácu­lo volvió a su cabaña, juntó a sus bueyes y los llevó al río; los animales bebieron el agua y la bruja continuó la persecución.

La muchacha arrimó otra vez su oído al suelo y oyó que la bruja estaba muy cerca. Tiró enton­ces el peine, que se convirtió en un espeso bosque.

La bruja, furiosa, se puso a roer los troncos pa­ra abrirse paso, pero no lo logró y debió confor­marse con regresar a la cabaña.

Cuando el comerciante volvió a su casa pre­guntó a la mujer por su hija querida.

–Ha ido a ver a su tía –le respondió la ma­drastra.

Al poco rato regresó la muchacha, con gran sorpresa de la madrastra.

–¿Dónde has estado? –le preguntó el padre.

–Mi madre me ha mandado a casa de su her­mana a pedir aguja e hilo, pero sucede que la tía es la misma bruja Baba-Yaga, que quiso comerme.

La niña contó todo lo sucedido, y cuando el padre se enteró de la mala acción de su mujer la echó de la casa y se quedó con su hija.


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