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11 de octubre de 2011

CUENTO POPULAR: El leñador Bunyan


CUENTO POPULAR: El leñador Bunyan

Se trata de un tall tale o "cuento de exageraciones" resumido por Ralph Steele Boggs en El folklore de los Es­tados Unidos de Norteamérica, Bs. As., Raigal, 1954, p. 22.

Estas historias son frecuentes en el folk americano, e inclusive pueden citarse formas equivalentes enmarcadas en la novelística de William Faulkner, v. gr. en Mosquitos: his­toria de las posesiones fantásticas del viejo Hickory.

Paul Bunyan es el prototipo del moderno héroe folklórico americano, como en cierta medida lo son otros grandes "acopladores" de anécdotas y rasgos míticos como Jesse James, Billy the Kid, Sam el de Lufkin, Jonathan Chapman,etc.

Boggs se apoya, para confeccionar este texto, en un poema narrativo de Douglas

Maíloch, publicado en el American Lumbreman de Chicago en 1914

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Paul Bunyan, el poderoso cortador de leña, y sus compañeros acamparon para pasar el invierno y recogieron troncos de árboles cerca de un manantial de agua caliente del cuál brotaba vapor aun en pleno invierno. Un día, el hombre que traía las provisiones llevaba una carga enorme de chí­charos. Al lado del camino, cerquita del manantial, se volcó la carreta y cayeron todos los drenaros en el agua hirviendo del manantial. Joseph, el co­cinero francés, dijo: "Paul, me parece que hemos tenido buena suerte. Con esa agua caliente pode­mos hacer sopa de chícharos allí mismo". Dicho y hecho: el cocinero llevó la cantidad suficiente de pimienta, sal y carne de cerdo, y echó todo en e¡ manantial, entre los chícharos, que les dio sopa buena durante todo el invierno. Todos estaban contentos con la caída de los chícharos menos los mozos del comedor, que se quejaban porque to­dos los días tenían que hacer un viaje de cinco kilómetros a pie para traer la sopa. Ahora bien, Joseph, el cocinero, tenía una estufa tan enorme que cuando ponía la masa en el horno para hacer pan e iba al otro lado para mirarla, el pan ya es­taba quemado antes que él pudiera llegar. Había en el campamento dos mozos negros, Sam y Tom, a quienes el cocinero Joseph les amarraba a los pies unos jamones, y entonces los hacía patinar una o dos horas sobre la estufa cada mañana pa­ra engrasarla y así poder hacer los panqueques. Un día el viejo Martin, el de los ojos enrojecidos, y que no veía bien, puso en la masa pólvora ex­plosiva en vez de polvo de levadura. Los dos ne­gros, Sam y Tom, nunca más volvieron. Como un relámpago salieron por el techo Todo el mundo los buscó por un mes, pero nunca los halla­ron. Aquel fue el año de la nieve negra. Cien millones de pies de madera se cortaron aquel in­vierno, los cuales se amontonaron en una pirámi­de tan alta como el cielo y tan ancha que no la rodeaban veinte hombres. Al principio de la pri­mavera se descubrieron unas huellas de venado tan grandes como las de un oso. El viejo Cuarenta Jones, el segundo patrón, se calló, pero ideó un plan. Puso un tronco clave en un montón y aquella noche veló hasta que llegaron los venados a beber en el riachuelo. Entonces sacó el tronco clave y mató a doscientos que dieron bastante carne para todo un año. Paul Bunyan tenía el buey más grande del mundo: Bebé, el buey azul. Este buey pesaba cinco mil libras y podía tirar más que nueve caballos. El patrón del corral hizo guarni­ciones para este buey de los cueros de los dos­cientos venados que se habían matado. Martin, el de los ojos enrojecidos, siempre traía con este buey la leña para la estufa. Un día empezó a llo­ver cuando traía leña. Siguió guiando al buey has­ta llegar al campamento, pero cuando llegó no se veía la leña por ninguna parte. El cuero mojado de las guarniciones se había estirado; dejando atrás la carga de leña. Cuando Martin entró a comer, salió el sol, secó el cuero, el cual se en­cogió y arrastró la leña hasta el mismo campa­mento. Talan, el de la quijada doble, tenía dos dentaduras que eran capaces de cortar y moler cualquier cosa. Una noche, cuando en su sueño caminaba, chocó con un pilón y se enojó tanto que antes de despertar, con sus dentaduras había hecho pedazos el pilón de piedras. James Liver­pool apostó a que él podía cruzar el río a brin­cos. Todo el mundo se rió porque parecía cosa imposible, pero él lo hizo Dos veces cuando es­taba en el aire se paró, dobló las rodillas y volvió a brincar. Así fue cómo cruzó el río en tres brin­cos. Un día, cuando el segundo cocinero estaba pelando papas, oyó un sonido como un silbido y se dio cuenta de que las cáscaras de las papas esta­ban en fermentación. Murphey, el avinagrado, es­taba parado en la puerta y el cocinero comprendió que con su mirada agria las había fermentado y así pudo sacarse de la cazuela un litro de licor ir­landés. De ahí en adelante hicieron a Murphey el destilador del campamento. En la primavera, cuan­do la nieve se derritió y la lluvia inundó los ríos, echaron a flotar los cien millones de pies de ma­dera que se habían cortado río abajo para llegar a un aserradero. Nadie sabía cómo se llamaba ese río, pero calcularon que conduciría a algún lugar poblado, y así algunos salieron a explorar hasta dónde llegaba. Después de viajar dos semanas, pasaron una pirámide de madera muy parecida a la que habían dejado y después de otras dos se­manas pasaron un campamento muy parecido al de ellos. Entonces, Paul Bunyan convocó una jun­ta en la ribera del río y comprendieron que el cam­pamento que habían pasado era efectivamente el propio, por lo cual sacaron como consecuencia que habían viajado en forma circular y que el río era redondo.













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