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14 de diciembre de 2011

La princesa Casamassima de Henry James

La princesa Casamassima de Henry James se publicó en 1886, y forma, junto con Las bostonianas, de 1885, y La musa trágica, de 1890, la parte cen­tral de una especie de tríptico novelesco que James dedicó a cuestiones sociales. De estas tres obras La princesa Casamassima es la que tiene un tema más audaz para a época: es  una historia de clases bajas londinenses, de conjurados que quieren subvertir el orden establecido por medio de  la violencia, desheredados de la fortuna que habitan en sórdidos cuchitriles, malvi­viendo de trabajos manuales y deambulando por un Londres oscuro y tristísimo en el que fermenta la conspiración.


James nos presenta el mundo de las cárceles, de sucias tabernas y barrios humil­des y personajes populares: costureras, encuadernadores, una dependienta, un vio­linista de teatro popular , gente modesta y pobre que vive en estrecheces, pero sin hambre ni andrajos, instruida dentro de su esfera, y sobre todo sensible e inteligente, porque tenían que ser así. El libro se ocupa de lo que les pasa por dentro mu­cho más que de su situación laboral.
En el prólogo el narrador  ya nos anuncia que la novela surgió de sus frecuentes paseos por las calles de Londres; no será, pues, una novela de salón (su máxima especialidad) sino algo que brota de la calle, y no de calles distinguidas. Y en efecto, las calles malolientes, húmedas, neblinosas, sucias, serán parte principal del relato, aunque el autor nos con­duzca una y otra vez a su terreno preferido, los interiores, donde unos personajes hablan y hablan, trazando lentos círculos ver­bales en torno a lo que les obsesiona, pero que no parecen tener derecho, o posibilidad íntima, de decir. En el centro de sus lar­gos coloquios con medias palabras suele estar lo misterioso e indecible, que asegura ese toque inquietante que es tan suyo.
El primer misterio que se rodea de ambigüedades es en la no­vela el extraño origen del protagonista : Hyacinth Robin­son, el joven encuadernador pobre pero con alma de artista (no escribe libros, pero los viste de belleza y de lujo, como quedándose, simbólicamente,  en la corteza de sus aspiraciones artísticas), es hijo natural de un lord inglés y de una francesa que al verse abandonada apuñaló a su amante, por lo cual pasó el resto de su vida en prisión.
El personaje  reúne el brillo lejano y seductor de Francia -vista desde la severa Inglaterra victoriana- y la tragedia. Así se nos regala un episodio al estilo de Dickens : la visita de Hyacinth niño a la cárcel, donde su madre moribunda solo habla francés a aquel hijo que no sabe quién es y que no la entiende. En este episodio se expone la personalidad híbrida e inestable del protagonista, y le da un trasfondo de misterio, pero sobre todo sirve para presentárnoslo en su perenne condi­ción de niño, de niño huérfano.
Niño que va a crecer sin haber conocido a sus padres -o me­jor, habiéndolos reemplazado por una sugestiva leyenda de horro­res y grandezas-, y que se verá rodeado de una multitud de fi­guras paternas y maternas, sin duda porque su modo de ser las atrae, las crea; de personas que harán las veces de padre y de madre, amparando lo" que es su cualidad y su debilidad más vi­sibles, la inocencia”.
Hyacinth es un inocente arquetípico en todas las acepciones de la palabra, la de candidez, la de innocui­dad y la de estar libre de culpa.
La novela va desarrollando en torno al huérfano una nume­rosa y heterogénea familia artificial:
 Madres: la costurera, la princesa, madame Poupin, madame Grandoni.
Padres:  mister Vetch -el más “padre” de todos, has­ta el sufrimiento de intuir por adivinación las verdades más terribles-, Eustache Poupin y sobre todo alguien a quien no vemos nunca, Hoffendahl, el padre invisible contra el que uno se rebela, pero que tiene toda la razón y la autoridad moral, y al que no se puede desobedecer.
Luego está una buena colección de hermanos, admirados y envidiados, objeto de amistad, curio­sidad, celos, amor: Millicent, Paul Muniment, el capitán Sholto, Rosy, lady Aurora ... Hermanos que hacen concebir grandes ilu­siones y que defraudan, que traicionan casi sin darse cuenta.
Y detrás de todos ellos una sociedad a la que hay que combatir, que somete a la mayoría a una vida misera­ble y embrutecedora, y además cierra el camino a unos jóvenes pobres y ambiciosos.
James sigue el hilo de las reacciones de Hyacinth y Paul, y toca uno de los temas novelescos clásicos del siglo XIX, el del oscuro joven que se abre paso como puede hasta las alturas que le señala su ambición. Hyacinth tiene más de primo hermano de Julien Sorel o de Rastignac que de hijo de Marx o de Bakunin, pero es un Rastignac inocente, que cree que el  mundo puede ser suyo sin que los medios para lograrlo le destruyan a él.
El azar, que le deparó un nacimiento singularísimo, reaparece para romper el estrecho círculo de relaciones al que le conde­naba su situación social. E irrumpe en la historia como llovida  del cielo la princesa Casamassima, «un ángel radiante» que es además «una de las mujeres más notables de Europa». Bellísima y  refinadamente elegante, con todas las gracias de la distinción, el talento y la simpatía, y un indeciso papel entre la amante y la madre, ha de ser para Hyacinth el desquite de lo que el destino le arrebató apenas nacer: alcurnia, cosmopolitismo, riqueza, la soñada plenitud de la vida que él había cifrado en el mito de los padres que no conoció; y además sin renegar de sus idea­les, porque la princesa quiere ponerse al servicio de la causa de los oprimidos, e incluso renuncia a sus privilegios para compar­tir su existencia.

La princesa, en quien el lector de James reconocerá a un an­tiguo personaje de una de sus novelas anteriores, la Christina Light de Roderick Hudson, es uno de los tipos más asombrosos que haya imaginado nunca el escritor; claro e indefinible, como sólo sabía dibujarlos James, algo esnob y cabeza de chorlito, caprichosa, encantadora, excéntrica, jugando a vivir una mala imitación de la pobreza; pero también muy sincera en sus con­vicciones, sacrificada a su modo, que es a un tiempo inconsciente y lúcido.

Sin ser su protagonista la princesa da nombre al relato, tal vez porque es la clave de ese entrecruzamiento de sueños que forman el horizonte de Hyacinth. Los sueños de su origen pro­digioso, el sueño humanitario de la redención de la humanidad por la violencia, finalmente los deslumbrados sueños de su des­cubrimiento de las maravillas de la civilización, encarnadas por París y Venecia (“el brillo de París le hizo ver las cosas más claras»). Todos los sueños que alimentan su vida confluyen en la princesa, compendio de todas sus ilusiones en una mujer que parece amarle; lo soñado se hace realidad y entonces empiezan a surgir las contradicciones que no eran visibles en el estado puro de la imaginación.

Cómo conciliar su modesta vida de artesano con el destello de la aristocracia; cómo conciliar «la gran rectificación final», la destrucción del mundo y sus injusticias, con la irresistible belle­za que ofrece a los sentidos, engaño a los ojos quizá, pero tam­bién necesidad ineludible de unas formas de civilización que si desaparecieran dejarían más pobre a la humanidad (y Hyacinth acaba preguntándose si la futura democracia sabrá apreciar las maravillosas encuadernaciones que salen de sus manos); cómo conciliar el amor sublime, ahora casi a su alcance, con la posi­bilidad tan real de que ella prefiera a otro. Cuando los sueños de que vivía se hacen realidades engendran la angustia de las contradicciones, y éstas matarán al soñador, que ya no es dueño de sus quimeras, sino su esclavo.


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