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22 de enero de 2013

Análisis de El que se llora y Al abrigo de Juan José Saer


Análisis de El que se llora y Al abrigo de Juan José Saer

Los cuentos que se analizan a continuación, "El que se llora" y "Al abri­go", pertenecen al libro de relatos La mayor (1976). Esta obra está integrada por dos relatos extensos -"La mayor" y "A medio borrar"- y por una serie de cuentos breves, agrupados con el título general Argumentos, que han sido escritos entre 1969 y 1975. La elección de este título para nuclear estos rela­tos no es casual dado que para argumentar -parece decir Juan José Saer- pa­ra reflexionar acerca del lugar que el hombre ocupa en el mundo, hay que saltar de la identidad particular a lo universal. La argumentación, o sea, el pensamiento filosófico, sólo puede partir de la identidad particular de cada hombre. Pero son precisamente las experiencias más particulares, aquellas que conforman el núcleo mismo de la identidad de cada individuo, las que le permiten pensar con alcance universal.



"El que se llora" está narrado en primera persona. Hay un yo que des­cribe su entorno más inmediato. De esta forma, el narrador parece dirigir el relato hacia la narración de una experiencia íntima y personal, pero que es tan cotidiana que parece imposible narrarla sin caer en el lugar común: "Se oía el rumor del agua, complejo y monótono -¡cuántas veces se ha dicho lo mismo sobre la lluvia!".
El narrador comienza a contar un sueño, es decir, va desde el plano de la realidad tangible de su entor­no, la habitación donde escucha la lluvia tendido boca arriba en la cama, hasta uno onírico. Sin em­bargo, también en el plano de los sueños, el paisaje le resulta familiar: "el sueño que acababa de tener permanecía en mi mente, obstinado, un sueño en el que había visto a mi tío Pedro, hermano de mi madre que trabajó mucho tiempo en la usina y que después se inde­pendizó y compró una panadería".
La acumulación de datos del entorno inmediato circunscriben la na­rración al plano estrictamente personal: todo lo que el narrador nombra, su "tío Pedro", "la usina" (el hecho de que sea "la" usina y no "una" usina se­ñala que es conocida por todos), "una panadería". Hasta esta instancia de la narración, parece que la experiencia que va a contarse está absolutamente li­gada a la identidad del narrador, que está consti­tuida no sólo por la primera persona de la voz que narra, sino también, por su entorno familiar y por el lugar en que vive. El yo narrativo está absolutamente anclado en una realidad que es la que le confiere su identidad.
Hacia la mitad del relato, hay una frase clave a partir de la cual co­mienza un movimiento de alejamiento desde la realidad inmediata hasta realidades más lejanas: "Me sentí triste esa mañana pensando en mí tío Pedro que vino a morirse justo cuando la panadería empezaba a andar bien pero después -afortunadamente- la curiosidad venció a la tristeza y medité so­bre el significado del sueño hasta cerca de las nueve".
La curiosidad parece ser el motor que aleja al narrador a lugares del pensamiento que están distantes de su realidad inmediata. Ese alejamiento es progresivo. El yo que narra ya no piensa sólo en la muerte de su tío Pedro, sino en la de al­guien que está lejano en el tiempo y en el espacio: "Una chica amiga [...] siempre soñaba que lloraba frente a su propio cajón. Que se miraba muerta y lloraba". A partir de este punto, el yo narrador hace un salto cualitativo y decide que los sentimientos y reflexiones que forman parte de su identi­dad tienen un alcance mucho mayor. Es entonces cuando surge un yo expandido que no lo abarca sólo a él, sino a todos los seres huma­nos: "¿Qué lloramos de nosotros mismos cuando nos lloramos en sueños?". El "nosotros mismos" es una categoría universal. Los sueños, entonces, tie­nen un significado universal que, sin embargo, se construye con lo que es más familiar para el individuo. Es decir, sólo se participa de lo universal a partir de la identidad particular.


"Al abrigo"
A diferencia de "El que se llora", "Al abrigo" está narrado en tercera persona. El protagonista es un co­merciante de muebles que descubre en un sillón de segunda mano un diario íntimo escondido y, a la in­versa de lo que sucede en el cuento anterior, aquí se parte de una experiencia ajena, la de una mujer que esconde un objeto en un mueble, y ese objeto es des­cubierto por otra persona. El descubrimiento que en un principio le resulta algo extraño, poco a poco, re­mite al protagonista a su propia experiencia: "Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido -un diario o lo que fuese-, le pareció extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner orden en su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia".
La experiencia de otro, el hecho de que alguien haya escondido un diario íntimo, lo remite a su propia experiencia de la que él no puede dar cuenta: él guarda en el altillo de su casa un fajo de billetes sin saber bien por qué lo hace. Descubre entonces en él un mundo subjetivo, regido por leyes particulares que es, a la vez, tan propio y ajeno como el mundo de los sueños. Se trata del mundo inconsciente en el que se realizan acciones para las que no pueden darse razones lógicas. Sin embargo, este mundo propio del que no puede dar cuenta es más real o rige en mayor medida su vida que el mundo inmediato: "[...] pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por el rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos sus actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido".
El descubrimiento de algo ajeno lo lleva al descubrimiento de algo propio y, al pasar la experiencia ajena por el tamiz de su propia experiencia, es de­cir, de la propia identidad, comienza a descubrir que lo que él hace (ocultar al mundo algo de lo que ni siquiera puede dar cuenta) puede tener un alcan­ce universal. Recuerda entonces haber encontrado en el dormitorio de su hi­jo una serie de fotografías escondidas en el cajón de la cómoda, y este he­cho corrobora su hipótesis.
El descubrimiento constituye un punto de inflexión en su vida. Ya no puede mirar a su mujer del mismo modo familiar y confiado en que la mira­ba antes. Ahora él sabe que su mujer tiene un lado oculto que él mismo desconoce. Es decir, lo familiar se le ha vuelto extraño, porque ha des­cubierto que la existencia de mundos secretos no es particular de cada individuo, sino común a todos. La identidad propia no es más que una asti­lla de la identidad universal. O, por el contrario, la identidad universal es­tá constituida de identidades particulares, de hechos cotidianos y apa­rentemente intrascendentes.

LA ESCRITURA DE JUAN JOSÉ SAER

El escritor Juan José Saer (n.1937-2005) se considera a sí mismo como un na­rrador perteneciente a la generación de 1960, una década que en la Argenti­na fue particularmente prolífica en lo que se refiere a la literatura y al arte y en la que se discutió con vehemencia acerca de las relaciones de estas dos manifestaciones con la política. La obra de Saer, sin embargo, comenzó a consolidarse y a difundirse intensa­mente en la década de 1980.

La generación a la que pertenece Saer se caracterizó, entre otras cosas, por una nueva toma de posición frente a la litera­tura argentina. En efecto, logró abordar la obra de ciertos escri­tores, como la de Jorge Luis Borges (1899-1986), sin los prejui­cios de lectura que tenían respecto de él quienes lo considera­ban un "escritor de derecha", calificación que no establecía di­ferenciaciones entre sus posiciones ideológicas y su producción literaria. Haciendo caso omiso de esta evaluación sobre Borges, Saer lo reivindicó como escritor, aun cuando políticamente se encontraba en sus antípodas.

Esta generación, además, se destacó por el carácter cosmo­polita de sus lecturas que iban más allá de lo que se producía en el país tanto en la ficción como en el ámbito teórico, multi­plicidad que se reflejó en su producción.

El trabajo sobre la forma


"Mi objetivo -declara el propio Juan José Saer- es combinar el rigor for­mal de la narración moderna con la intensidad de la percepción poética del mundo". Y si algo distingue a su prosa es, precisamente, el rigor for­mal, la insistencia sobre la forma, el trabajo minucioso de la lengua.
En este sentido, puede decirse que toda la obra de Saer está recorrida por un afán experimental, un deseo de investigar qué se puede narrar de la realidad y de qué forma es posible hacerlo. De esta manera, la anécdota pasa a un segundo plano. Su preocupación por liberar a la literatura de lo meramente anecdótico para adentrarse en las posibilidades que brinda la forma acercan su escritura a la de un compositor de música. "Personalmente -dice él mismo- escucho mucha música y, frecuentemen­te, su perfección formal despierta en mí nostalgia de un relato que sea for­ma pura, a lo cual tiende, sin duda, El limonero real que, hacia el final, bus­ca desprenderse de los acontecimientos para desenvolverse poco a poco en forma pura".

Otro relato en el que es posible rastrear de manera muy significativa su experimentación con la lengua es "La mayor". En relación con este texto, Saer dijo en una entrevista publicada en el suplemento Radar del diario Pá­gina -12 en noviembre de 2001: "En 'La mayor' quería probar, por así decir, los límites de mi instrumento narrativo. Creo que 'La mayor' es como un viaje a los orígenes, ver cómo nace una imagen narrativa. Termina con la posibilidad de una imagen empírica que luego va a emerger en forma de pa­labras. En el fondo tenía ganas de experimentar, es una forma de explorar el relato. Sé que es un texto difícil, pero también es una referencia para mí".

Una escritura experimental

Por su carácter experimental, no siempre resulta fácil pe­netrar en un texto de Saer. Oraciones largas, complejas, con un uso particular de los signos de puntuación impiden mu­chas veces acceder fácilmente a su lectura. Por este motivo, para adentrarse en sus textos, es preciso descubrir el juego que proponen. Una vez que se ha hecho este descubrimien­to, la lectura se desliza más fácilmente. Y esta es otra de sus características distintivas: el carácter lúdico de su escritu­ra, cuyas claves se van descubriendo poco a poco.

Además de su preocupación por la forma, por los procedimientos que son propios de la literatura, otra de las particularidades de la obra de Saer es su carácter abierto. Es decir que una historia o un personaje pue­de pasar de un relato a otro, como si ninguna historia se cerrara jamás del todo. Se constituye así un universo saereano perfectamente reconocible, que excede los contornos de cada obra en particular. El río, el pueblo, las reuniones de amigos, los personajes del lugar están siempre en sus relatos; sin embargo, el tratamiento que recibe ese material es totalmente ajeno al costumbrismo realista.

Exilio y literatura
Antes de acercarse a la obra de Saer, es importante tener en cuenta que él escribe desde París, la ciudad que ha elegido para vivir durante su exilio y en la que continúa viviendo hasta la actualidad. En relación con este tema, escribe en El concepto de ficción: "La tendencia a considerar nuestra experien­cia individual y presente como única puede hacernos olvidar que, en la Ar­gentina, el exilio de los hombres de letras, más que la resultante esporádica de un conflicto de personas aisladas con una circunstancia histórica, es casi una tradición. Toda la literatura argentina del siglo xix ha sido escrita por exiliados. Los ejemplos clásicos de Sarmiento y Hernández van más allá de la caracterización biográfica para pasar a la categoría de modelos o arqueti­pos. Sus exilios individuales son más bien un síntoma de las constantes es­tructurales de nuestra sociedad que mostrarían que, en la Argentina, la si­tuación del escritor, y en general del intelectual, es incierta y problemática".
Sobre los cuentos propuestos

Fuente : Literatura argentina y latinoamericana
Ed. Puerto de Palos
Bs.as,2001

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