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22 de octubre de 2011

CUENTO POPULAR: El niño bueno y el niño malo

CUENTO POPULAR: El niño bueno y el niño malo

(Se destaca en este relato de origen hitita (siglo XVII A.C.) los siguientes elementos: el tipo del héroe "simple", los mellizos enemigos, el héroe nacido de un animal, el ni­ño expósito, el expósito criado por campesinos. Interesa confrontar esta historia con el cuento egipcio de "los dos hermanos" y con los relatos míticos de Edipo, Ciro, Rómulo y Remo, Paris, Fernán González, Moisés, etc.)

Sucedió hace mucho tiempo, en la ciudad de Shudul, allá lejos, en la tierra de Lulluwa. Vivía en aquella ciudad un hombre llamado Appu. Era rico y próspero: sus rebaños y sus majadas cubrían las praderas circundantes, y en sus depósitos guarda­ba montones de oro y gemas tan altos como par­vas. Pero con todas sus riquezas y bienes terrenos se sentía muy infeliz, pues no tenía ningún hijo. Cada vez que los grandes de la ciudad se reunían en banquete, cada uno llevaba a su hija y lo sen­taba a su lado, mientras que el pobre Appu tenía que sentarse solo.

Durante mucho tiempo rumió su dolor en secre­to, sepultándolo en el fondo de su corazón, para que nadie supiera de él. Pero a la larga se sintió incapaz de seguir soportándolo, de modo que una mañana, en cuanto amaneció, se levantó, se diri­gió al templo de los dioses, y les contó franca­mente su pena, rogándoles lo favorecieran con su gracia.

–Vuélvete a tu casa –contestaron los dioses– y duerme con tu mujer. No hay duda que así lle­garás a tener un hijo.

Pero Appu era un simplote, de manera que en cuanto oyó estas palabras corrió a su casa a todo lo que daban sus piernas, y sin sacarse siquiera los zapatos se arrojó sobre su lecho y llamó a su esposa.

Cuando la mujer de Appu vio el extraño proce­der de su marido, se sorprendió grandemente. Pe­ro enseguida supo qué hacer. Llamó a las sirvien­tas de la casa y las fue interrogando una por una.

–Dime –preguntaba–, ¿se ha puesto así al­guna vez contigo?

–¡Por cierto que no! –contestaban sucesiva­mente las interrogadas, reprimiendo apenas la risa.

En vista de ello, y sin hacer el menor alboroto, la mujer de Appu se fue a la cama y se acostó junto a él, completamente vestida.

–¿Qué te pasa? –le preguntó–, ¿Qué signifi­ca todo esto?

Pero Appu no estaba dispuesto a admitir inte­rrogatorios.

–¡Silencio! –replicó bruscamente–. ¡Haz lo que te digo! ¡Las mujeres nada saben de estas cosas! –Y con estas palabras se dio vuelta y se quedó profundamente dormido.

En cuanto amaneció, el simplote de Appu se despertó lleno de ansias, miró a su alrededor, luego se frotó los ojos y volvió a mirar. ¡Pero el niño no aparecía por ninguna parte!

–Algo anda mal –se dijo–. Esto no es lo que los dioses prometieron.

De modo que se levantó, tomó un cordero blan­co como la nieve, y se dirigió al templo del Dios-Sol para exponerle su queja y pedir su consejo. Pero cuando todavía se hallaba en camino el Dios-Sol miró desde el cielo y vio a Appu caminando fatigosamente, con aspecto cariacontecido. Enton­ces el dios se convirtió en un apuesto mancebo, y se apareció ante Appu en medio de la carretera.

–Buen día –le dijo amablemente, al verlo acer­carse–. ¿Qué te trae al templo tan temprano? Di­me qué preocupación te aqueja, y tal vez yo pueda subsanarla.

Appu sonrió muy alicaído.

–Amigo –le contestó–, mis pesares son de tal naturaleza que ningún mortal puede curarlos, pues son los dioses quienes me han engañado. Ayer, sin ir más lejos, me dijeron claramente que durmiendo con mi mujer llegaría a tener un hijo. Pues bien, lo hice; pero cuando me desperté esta madrugada el niño no había aparecido.

Al oír estas palabras el Dios-Sol contuvo la risa a duras penas, y en sus ojos se vio un destello de picardía.

–Señor –le dijo–, eso puede solucionarse muy pronto. Vuélvete a tu casa, y esta noche acuéstate con tu esposa, abrázala y disfruta de ella. Enton­ces sí que llegarás a tener un hijo.

De manera que Appu volvió sobre sus pasos, mientras el Dios-Sol retornaba al cielo con el fin de pedir la gracia de Dios para el tonto y desdi­chado mortal.

Pero en cuanto Dios lo vio aproximarse se alar­mó al extremo, y mandó llamar enseguida a su visir.

–Mira –exclamó–, el Dios-Sol viene corriendo hacia nosotros. ¿Qué lo trae con tanta prisa? Tal vez algo ande mal sobre la tierra, algún desastre ha sobrevenido a las ciudades de los hombres, o quizás ha estallado una guerra.

Sobreponiéndose empero a sus temores, ordenó que se agasajara al visitante con manjares y bebi­das, y que se lo introdujera a su presencia. Enton­ces el Dios-Sol se inclinó ante Dios, y explicó que había venido a interceder por Appu.

–Muy bien –dijo Dios cuando oyó la súplica–. Por cierto que Appu tendrá un hijo.

Entretanto, Appu había llegado a su casa. Duran­te todo el camino había estado cavilando sobre lo que el extranjero le había dicho. "Tal vez –pen­só– sepa más que los dioses acerca de estas cosas."

En vista de ello, cuando cayó la noche se acos­tó con su esposa, la abrazó, y disfrutó de ella.

Pues bien, antes de que retornara nuevamente la misma estación del año, Appu era padre de un robusto chiquillo. La comadrona vino enseguida y colocó al niño en su regazo.

–Señor –le dijo–, ahora tiene que darle un nombre.

Appu meció al niño, y lo besó y acarició, mien­tras se rompía la cabeza pensando qué nombre le pondría. Finalmente, una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.

–¡Ya lo tengo! –exclamó–. ¡El nombre perfec­to! Lo llamaré Malo.

–¿Por qué Malo? –preguntó la partera.

–Sencillamente –replicó con toda tranquilidad el bobo–, porque antes de tenerlo los dioses me jugaron una mala pasada.

Mas he aquí que las bendiciones no llegan so­las, y así fue cómo en cosa de minutos, el niño tuvo un hermano gemelo. Volvió, pues, la partera, y poniendo a la nueva criatura en brazos de su pa­dre, dijo a éste:

–Señor, tienes que darle un nombre.

Nuevamente Appu meció al recién nacido, y lo besó y acarició, mientras se rompía la cabeza pensando un nombre. Finalmente su cara se iluminó con una sonrisa.

–¡Ya lo tengo! –exclamó–. ¡El nombre perfec­to! ¡Lo llamaré Bueno!

–¿Por qué Bueno? –preguntó la partera.

–Sencillamente –replicó el bobo con toda tranquilidad–, ¡porque ahora los dioses me han jugado una buena pasada!

Pasó el tiempo, los chicos crecieron, y cuando llegaron a la pubertad ya su padre y su madre ha­bían pasado a mejor vida, dejándoles sus propie­dades. Un buen día el Niño Malo hizo una propo­sición a su hermano.

–Hermano –le dijo–, ¿para qué mantenernos siempre juntos? ¡Separémonos, y que cada uno se valga por sí mismo!

El Niño Bueno se sorprendió sobremanera.

–¿Por qué me dices semejante cosa? –con­testó, sin poder creer lo que oía.

–Porque así lo exige la vida –respondió tranquilamente su hermano–. Recuerda la vieja canción:

"Aunque cadenas forman las montañas, los valles entre ellas, las separan. Aunque todos los ríos van al mar, por cauces separados hasta él van. ¡Aunque los dioses están todos emparentados, se atrincheran en castillos separados!"

En cuanto oyó la letra de la canción familiar, el Niño Bueno se convenció fácilmente, y a renglón seguido ambos hermanos se pusieron a repartirse sus bienes. Así fue como llegaron al ganado, y és­te era el momento que esperaba el Niño Malo.

–Esta para mí –dijo osadamente, tomando pa­ra sí la más rolliza de las vacas–. Y ésta para ti –indicando la más flaca. Y luego, agitando la ma­no alegremente, se dispuso a marcharse por su lado.

–¡Más despacio! –gritó su hermano, estremeciéndose de furor–. ¡Parte y reparte por igual! ¿No somos acaso mellizos?

–Al que madruga, Dios lo ayuda –respondió el Niño Malo–. ¿No soy acaso el mayor? ¿Y qué dice la ley? "La mayor parte corresponde al pri­mogénito; la menor, a los demás hijos."

Al oír esto, el Niño Bueno estalló en un acceso de cólera.

–¡Tramposo, embustero! –gritó–. ¡Me las pa­garás! ¡Vamos al palacio de justicia, y pidámosle al Dios-Sol que decida!

–Como tú quieras –replicó muy orondo su her­mano–. Pero nada ganarás con eso. La ley es la ley.

Esto dicho, se fueron al palacio de justicia y presentaron su pleito al Dios-Sol.

Este los escuchó gravemente. Luego se acarició la barba.

–En mi opinión –dictaminó al fin– el Hermano Bueno ha sido defraudado, y debe pagársele una indemnización.

–¿Defraudado? –aulló el Niño Malo–. ¿Y qué hay de la ley? La ley dice claramente que el pri­mogénito ha de recibir la mayor parte, y yo me nie­go a entregar la vaca. ¡Si el Hermano Bueno no está de acuerdo, sometamos el asunto a una corte superior, y apelemos a la reina de los cielos! –Y con estas palabras se mandó mudar del palacio.

El Dios-Sol nada dijo, pero las comisuras de su boca se contrajeron en una sonrisa astuta y mali­ciosa.

Pues bien, como habíamos dicho, la vaca que había quedado en poder del Niño Bueno era un animal flaco y hambriento. Cierto día el Dios-Sol miró desde el cielo, ¡y cuál no sería su sorpresa cuando vio que había devorado toda la hierba de la pradera!

–Señora Vaca –le dijo–. ¿Por qué no dejas de mascar un momento? ¡A este paso, no va a quedar alimento para nadie!

–Señor mío –replicó la vaca con voz de duelo–, puedes ver por ti mismo cuan demacrada es­toy. Trato de ponerme más rolliza, para poder ser­vir de algo a mi dueño.

Al oír estas palabras, el Dios-Sol sintió com­pasión.

–Nada temas –le dijo cariñosamente– pues va a suceder algo maravilloso, y tú serás exaltada por encima de todas las de tu especie. –Entonces se mostró en todo su esplendor: la vaca quedó ba­ñada en una luz gloriosa, y de súbito sintió el peso de la preñez.

Nueve meses más tarde le llegó el momento, y una vez que alumbró, resultó que en vez de un ternero había traído al mundo un niño humano.

Cuando posó su vista en el recién nacido, se sintió llena de alarma, y pronto colmó el aire con sus gritos de angustia.

–¡Ay de mí! –sollozaba, frenética de pena y asombro–. ¡Qué monstruo he dado a luz! ¡Tiene dos patas en vez de cuatro! –Finalmente bajó la cabeza como una ola en la rompiente, y cargó co­mo un león para devorar al niño.

Pero en ese momento el Dios-Sol descendió del cielo y con su resplandor la cegó de tal modo que no pudo soportarlo, así que huyó presa de pánico. Entonces el Dios-Sol hizo brotar verdes retoños para que el niño comiera, y encomendó a los manantiales y a los arroyos que lo lavaran.

Pasaron unos días, y cuando el Dios-Sol volvió a mirar desde el cielo y vio al niño yaciendo in­defenso en la pradera, llamó enseguida a su sir­viente, y le ordenó que descendiera a la tierra y lo colocara al borde de una roca.

–Que ningún daño le sobrevenga –exclamó–. ¡Si algún águila o algún buitre quieren arrebatar­lo, que el viento de las tormentas les quiebre las alas! ¡Y que ninguna serpiente se atreva a atacarlo!

De manera que el sirviente del Dios-Sol descen­dió a la tierra, tomó al niño, y lo colocó al borde de una roca.

Pues bien, sucedió que junto a la roca pasaba un río, y en éste se hallaba un hombre pescando. Había llegado allí por la madrugada, y había deja­do su canasta sobre el borde de la peña mientras vadeaba la corriente. Finalmente, cuando las som­bras comenzaban a alargarse y cuando estaba ya preparándose para volver a su casa, levantó ca­sualmente sus ojos hasta la roca, y allí, al resplan­dor del sol poniente, vio un objeto extraño, inusi­tado, que parecía moverse. Con paso pronto el pescador corrió hacia ese lugar, y he aquí que en lugar de la canasta que esperaba encontrar dio con un infante que se retorcía y lloraba sobre la dura piedra.

El bondadoso pescador tomó enseguida al niño en sus brazos y lo meció, mientras pensaba:

"¡Cuántas veces he rogado en el fondo de mi corazón que sucediera un milagro como éste, y que el Dios-Sol convirtiera mi canasta en un hijo y heredero! ¡Por fin el dios ha escuchado mi ple­garia!" –Y apretando al niño contra su pecho, ya no se preocupó de recobrar la canasta.– "¡Qué importa de los víveres! –suspiró–. ¡El Señor sabe qué alimento conviene más a sus criaturas!"

Suavemente y con medidos pasos se llevó el niño consigo a su casa en la ciudad de Urma. Cuando llegó estaba cansado al extremo, de ma­nera que se dejó caer en una silla muerto de fa­tiga, y llamando a su esposa le mostró la criatura.

–Escucha bien –le dijo–. Toma este niño, vete con él al dormitorio, acuéstalo contigo en nuestra cama, y comienza a gritar como si sufrieras. Toda la ciudad te oirá, y todos dirán al unísono: "La mujer del pescador está teniendo familia", y ven­drán corriendo con alimentos y otros regalos. Haz exactamente lo que te digo, por raro que parezca. ¡Las mujeres pueden tener ingenio agudo, pero a veces necesitan que las guíen, y aunque los dioses las hayan dotado de buenas cabezas, siempre les viene bien un consejo de sus maridos!

La mujer hizo lo que su marido le decía: tomó el niño, se fue con él al dormitorio, lo acostó a su lado, y comenzó a proferir alaridos da dolor. Por supuesto que toda la ciudad la oyó, y todos se di­jeron:

–La mujer del pescador está teniendo familia –y corrieron hacia la casa, llevando provisiones y otros regalos.

El resto del cuento no ha llegado hasta noso­tros. Pero ¿quién puede dudar que el niño que vi­no al mundo de modo tan extraño haya de haberse convertido al llegar a la edad adulta en el jefe y héroe de su pueblo, y que haya de llegar, luego de muchos aventuras, a vengar al Niño Bueno de su malvado y codicioso hermano?

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