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22 de octubre de 2011

CUENTO POPULAR: Gilgamesh busca el secreto de la inmortalidad


CUENTO POPULAR:
Gilgamesh busca el secreto de la inmortalidad
( Fuente: Theodore Gaster, Los más antiguos cuentos de la humanidad, Bs. As., Hachette, 1956. Trad, de Hernán Rodríguez. Otras fuentes en español: cfr. O. A. Hyland, Los orígenes de la filosofía en el mito y los presocráticos.Una de las versiones más completas de la saga sumeria de Gilgamesh fue redactada, hacía el siglo Vil A.C., por un escriba de la biblioteca del rey asirio Asurbanipal, pero algunos autores señalan rastros y fragmentos de la historia entre los siglos XX y XII A.C., y no dudan en ubicarla junto a las más antiguas que conserva el hombre.)

En una isla situada en los confines de la tierra vivía –según se comentaba– el único mortal del mundo que había podido escapar a la muerte: un hombre muy, muy viejo, cuyo nombre era Utna-pishtim. Gilgamesh decidió buscarlo y aprender de él el secreto de la vida eterna.
En cuanto amaneció se puso en viaje, y finalmente, luego de haber caminado mucho tiempo, recorriendo una gran distancia, llegó hasta los confines de la tierra, y vio ante sí una inmensa montaña, cuyos picos gemelos tocaban el firma-mento, y cuyas raíces llegaban hasta los más profundos infiernos. Delante de la montaña había un enorme portón, guardado por terribles y peligrosas criaturas, mitad hombre y mitad escorpión.
Gilgamesh vaciló un momento, y se llevó las manos a los ojos para protegerlos de tan horrible visión. Pero luego se recobró y avanzó resueltamente hacia los monstruos. Cuando éstos vieron que no se asustaba, y cuando contemplaron la belleza de su cuerpo, advirtieron de inmediato que no tenían ante sí a un mortal común. Pese a ello, le cortaron el paso y le preguntaron cuál era el objeto de su viaje.
Gilgamesh les dijo que se había puesto en ca¬mino para encontrar a Utnapishtim, a fin de co¬nocer el secreto de la vida eterna.
–Eso –le respondió el capitán de los monstruos– es algo que nadie alcanzó a saber, ni hubo jamás mortal alguno que haya podido llegarse hasta ese sabio inmune al tiempo. Pues el camino que nosotros guardamos es el camino del sol, sombrío túnel de doce leguas; un camino que no puede ser hollado por la planta humana.
–Por largo y obscuro que sea –contestó el hé¬roe–, por grandes que sean las fatigas y los peligros, por más tórrido que sea el calor y por más glacial que sea el frío, yo estoy firmemente resuelto a darle cabo.
Al oír estas palabras, los centinelas tuvieron por cierto que se las habían con algo más que un mortal, y enseguida le abrieron el portón y le franquearon el paso.
Audaz e intrépidamente penetró Gilgamesh en el túnel, pero a cada paso que daba el camino se volvía más obscuro, de modo que muy pronto se vio privado de la visión, tanto hacia adelante como hacia atrás. Sin embargo, continuó avan-zando y cuando ya le parecía que su ruta era interminable, un soplo de viento acarició su rostro, y un tenue rayo de luz atravesó las tinieblas.
Cuando salió a la luz, un maravilloso espectácu¬lo se ofreció a su vista, pues se encontró en me¬dio de un jardín encantado, cuyos árboles esta¬ban cuajados de pedrería. Y cuando todavía esta¬ba absorto en la contemplación de tanta belleza, la voz del Dios - Sol bajó hasta él desde el cielo.
–Gilgamesh –le dijo– no avances más. Este es el jardín de las delicias. Quédate en él un tiempo y disfrútalo. Nunca antes habían los dio¬ses concedido tal gracia a un mortal, y no debes esperar nada más grande. La vida eterna que buscas, nunca la podrás encontrar.
Pero ni siquiera estas palabras pudieron desviar al héroe de su rumbo, y dejando detrás de sí el paraíso terrenal, siguió adelante en su camino.
Al fin, fatigado y con los pies doloridos, llegó a un gran edificio con apariencia de posada. Arrastrándose hasta él lentamente, pidió que se le permitiera la entrada.
Pero la posadera, cuyo nombre era Siduri, lo había visto venir desde lejos, y juzgando por su desastrada apariencia que no era sino un vagabun¬do, ordenó que la puerta fuera atrancada ante sus propias narices.
En un primer momento, Gilgamesh se enfureció, y amenazó con quebrantar la puerta, pero cuando la señora le habló desde la ventana y le explicó la causa de su alarma, su cólera se enfrió, y tranquilizándola, le dijo quién era, la naturaleza de su viaje, y por qué razón estaba tan desgreñado. Entonces, ella abrió los cerrojos y le dio la bienvenida.
Al caer la noche se hallaban en franca conversación, y la posadera trató de disuadirlo de su empresa:
–Gilgamesh –le dijo–, nunca encontrarás lo que buscas. Pues cuando los dioses crearon al hombre, le dieron la muerte por destino y ellos se quedaron con la vida. Deléitate, pues, con lo que se te concede. ¡Come, bebe, y diviértete, que para eso has nacido!
Pero ni aun así se inmutó el héroe, sino que, por el contrario, se puso a preguntar a la posadera por el camino a Utnapishtim.
Ella le respondió:
–Vive en una isla lejana, y para llegar deberás cruzar un océano. Pero ese océano es el océano de la muerte y ningún hombre viviente ha navega¬do por él. Sin embargo, se encuentra ahora en esta posada un hombre llamado Urshanabi. Es el bo¬tero del anciano sabio, y ha venido aquí por un mandado. Tal vez puedas persuadirlo para que te cruce.
De modo que la posadera presentó a Gilgamesh al batelero, y éste accedió a conducirlo hasta la isla.
–Pero con una condición –le dijo–. No debe¬rás permitir que tus manos toquen las aguas de la muerte, y una vez que la pértiga que utilices se haya sumergido en ellas, deberás soltarla de inmediato y usar otra, para que ninguna gota moje tus dedos. De manera que toma tu hacha y corta ciento veinte pértigas, pues es un largo viaje, y las necesitarás todas.
Gilgamesh hizo lo que se le aconsejaba, y poco después ambos se hacían a la mar en el bote.
Pero al cabo de algunos días de navegación las pértigas se acabaron, y pronto hubieran quedado a la deriva y hubieran fondeado, si Gilgamesh no se hubiera arrancado su camisa para mantenerla en alto como si fuera una vela.
Entretanto, Utnapishtim estaba sentado en la ribera de la isla, contemplando las olas, cuando de pronto sus ojos percibieron a la familiar embarcación balanceándose precariamente sobre las aguas.
–Algo anda mal –murmuró–. Me parece que se ha roto el aparejo.
Pero cuando el bote se aproximó, vio la extraña figura de Gilgamesh manteniendo alzada su cami¬sa contra el viento.
–Este no es mi botero –murmuró–. Con se¬guridad que algo anda mal.
Cuando tocaron tierra, Urshanabi llevó de inme¬diato a su pasajero ante Utnapishtim, y Gilgamesh le dijo por qué había venido, y lo que buscaba
–¡Ay, joven –le dijo el sabio–, nunca encon¬trarás lo que buscas! Pues nada hay eterno en la tierra. Cuando los hombres firman un contrato, le fijan término. Lo que hoy adquieren, tendrán que dejárselo mañana a otros. Las viejas rencillas terminan por extinguirse. Los ríos crecen y se desbordan, pero al fin vuelven a bajar sus aguas. Cuando la mariposa sale de su capullo no vive sino un día. Todo tiene su tiempo y su época.
–Cierto –le contestó al héroe–. Pero tú mismo no eres sino un mortal, en nada diferente de mí; y sin embargo, vives perennemente. Dime cómo has encontrado el secreto de la vida, para llegar a ser semejante a los dioses.
Los ojos del anciano adquirieron un matiz de lejanía. Pareció como si todos los días de todos los años estuvieran pasando en procesión ante él. Finalmente, al cabo de una larga pausa, levantó su cabeza y sonrió.
–Gilgamesh –dijo lentamente–, te diré el se¬creto, un secreto noble y sagrado, que nadie conoce fuera de los dioses y de mí mismo. –Y le relató la historia del gran diluvio que los dioses habían enviado sobre la tierra en época remota, y cómo Ea, el benévolo dios de la sabiduría, le había advertido de antemano por medio del silbido del viento que gemía entre los juncos de su cabaña. Obedeciendo las órdenes de Ea había construido un arca, la había calafateado con alquitrán y as-falto, había embarcado en ella a su familia y su ganado, y había navegado durante siete días y siete noches mientras las aguas crecían, las tormen¬tas rugían desencadenadas, y los relámpagos centelleaban. Y al séptimo día el arca había encallado en una montaña en los confines del mundo, y él había abierto una ventana en el arca, soltando una paloma, para ver si las aguas habían descendido. Pero la paloma había regresado, por falta de lugar donde posarse. Luego había soltado una golondrina, y ella también había retornado. Por último, ha¬bía soltado un cuervo, y éste no regresó. Entonces había desembarcado a su familia y a su ganado, y había hecho ofrendas a los dioses. Pero repentina¬mente el dios de los vientos descendió del cielo, lo volvió a conducir al arca, junto con su esposa, y lo hizo navegar sobre las aguas nuevamente, hasta llegar a la isla del lejano horizonte, donde los dioses lo habían colocado para morar en ella eternamente.
Cuando Gilgamesh oyó este relato, se dio cuenta enseguida de que su búsqueda había sido vana, pues ahora era evidente que el anciano no tenía fórmula alguna que darle. Se había vuelto inmortal, como acababa de revelarlo, por gracia especial de los dioses, y no, como Gilgamesh había imagina¬do, por la posesión de algún conocimiento oculto. El Dios-Sol tenía razón, y también la tenían los hombres-escorpiones, al igual que la posadera; lo que buscaba, nunca lo encontraría; al menos, de este lado de la tumba.
Cuando el viejo hubo terminado su historia, miró fijamente el rostro ajado y los ojos fatigados del héroe.
–Gilgamesh –le dijo bondadosamente– debes descansar un poco. Acuéstate, y duerme durante seis días y siete noches. –Y no bien hubo pronun¬ciado estas palabras, he aquí que Gilgamesh se durmió profundamente.
Entonces Utnapishtim se volvió hacia su mujer:
–Ya ves –le dijo–, este hombre que quiere vivir eternamente, ni siquiera puede estarse sin dormir. Cuando despierte, por supuesto que lo negará –los hombres siempre han sido mentirosos– de modo que quiero que le des una prueba de su sueño. Por cada día que duerma, cuece una hogaza de pan y colócala junto a él. Día tras día esas hogazas se pondrán duras y se enmohecerán, y al séptimo día, cuando las vea en hilera ante sí, comprobará, por su estado, cuánto tiempo ha pa-sado durmiendo.
Así fue cómo todas las mañanas la esposa de Utnapishtim coció una hogaza, e hizo una marca en la pared para llevar cuenta de que otro día ha¬bía pasado; y, naturalmente, al cabo de seis días, la primera hogaza se había secado, la segunda es¬taba como cuero, la tercera estaba empapada, la cuarta tenía manchas, la quinta estaba llena de moho, y sólo la sexta parecía fresca.
Cuando Gilgamesh se despertó, pretendió por supuesto que nunca había dormido:
–¿Qué es esto? –le dijo a Utnapishtim–. En el momento en que voy a echarme una siestita me empujas el codo ¡y me despiertas! –Pero Utna¬pishtim le mostró los panes, y entonces Gilgamesh comprendió que había dormido durante seis días y siete noches.
Entonces Utnapishtim le ordenó lavarse y lim¬piarse, y prepararse para el viaje de regreso. Pero cuando el héroe subía ya a su bote, listo para partir, la esposa de Utnapishtim se acercó.
–Utnapishtim –dijo–, no puedes enviarlo de vuelta con las manos vacías. Ha cumplido un largo viaje, con gran esfuerzo y fatiga, y debes hacerle un regalo al partir.
El anciano alzó la mirada, y contempló detenida¬mente al héroe:
–Gilgamesh –le dijo–, te diré un secreto. En las profundidades del mar hay una planta que parece una estrellamar y tiene espinas como una rosa. ¡El hombre que de ella se apodere y la saboree recuperará su juventud!
Cuando Gilgamesh oyó estas palabras ató pesadas piedras a sus pies v se sumergió en las profundidades del mar, y allí, en el lecho del océano, encontró a la espinosa planta. Sin cuidarse de sus pinchazos la asió con sus dedos, cortó los lazos que sujetaban las piedras a sus pies, y esperó que la marea lo llevara hasta al costa.
Entonces mostró la planta a Urshanabi el botero:
–Mira –le dijo–, ¡ésta es la famosa planta lla¬mada "Rejuvenece-barba-gris!" ¡Aquel que la prueba renueva su plazo de vida! La llevaré conmigo a Erech y haré que el pueblo la coma. ¡Al menos así tendré alguna recompensa por mis fatigas!
Luego de haber cruzado las peligrosas aguas y de tocar la tierra, Gilgamesh y su compañero iniciaron el largo viaje a pie hasta la ciudad de Erech. Cuando hubieron recorrido cincuenta leguas el sol comenzó a ponerse, y buscaron entonces un lugar donde pasar la noche. De súbito dieron con un fresco arroyuelo.
–Descansaremos aquí –dijo el héroe–. Yo voy a bañarme.
Se quitó enseguida sus ropas, depositó la planta en el suelo, y se sumergió en las frescas aguas del arroyo. Pero en cuanto volvió sus espaldas, una serpiente salió del agua, y al olfatear la fragancia de la planta se la llevó consigo. Y apenas la probó, se desprendió de su vieja piel y recuperó su juventud.
Cuando Gilgamesh vio que la preciosa planta había escapado de sus manos para siempre, se sentó y lloró con amargura. Pero pronto volvió a levantarse, y resignado finalmente a compartir la suerte de toda la humanidad, volvió a la ciudad de Erech, retornando a la tierra de donde había venido.

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