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22 de octubre de 2011

Ulises narra su aventura con el Ciclope

Ulises narra su aventura con el Ciclope

(Se trata de una de las clásicas historias en que el héroe cae en poder de un ogro y éste es finalmente burlado por un golpe de astucia y valor. Un relato similar se encuentra en el tercer viaje de Simbad el Marino (Las 1001 Noches). La treta de cambiar de nombre para desorientar al oponente figura en un cuento español, "Yo mismo", recogido por Llano.

Fuente: La Odisea (siglo VIH A.C.?), Canto IX. Traducción de Luis Segalá y Estalella, Buenos Aires, Losada, Biblioteca Clásica y Contemporánea, 1968, p. 131.)

"No bien se mostró Eos, de rosados dedos, hija de la mañana, recorrimos el islote, absortos de ad­miración. En esto las ninfas, prole de Zeus que lleva la égida, levantaron montaraces cabras para que comieran mis compañeros. Al instante, pues, requerimos de las naves los corvos arcos y los ve­nablos de larga punta, nos distribuimos en tres grupos y comenzó el ojeo otorgándonos un dios cobrar abundante caza. Seguíanme doce bajeles y a cada uno le cupo en suerte nueve cabras y diez al mío. Así, todo el día, hasta que se ocultó el sol, permanecimos sentados, comiendo de la abundosa carne y bebiendo rojo vino, pues aún nos queda­ba de las innúmeras ánforas cogidas en la sacra ciudad de los Cicones.

. Y en tanto, veíamos el hu­mo de la próxima tierra de los Ciclópeos y nos lle­gaban su voz y el balar de las ovejas y cabras. Al ponerse el sol y sobrevenir la noche, nos acosta­mos en la playa. No bien se mostró Eos, de rosa­dos dedos, hija de la mañana, convoqué el ágora y dije a todos mis amigos: –'Permaneced aquí, ca­ros compañeros. Con mi nave y mi gente iré a en­terarme de quiénes son esos hombres, si sober­bios, salvajes e injustos u hospitalarios y temero­sos de los dioses'.

"Dije, y subí a mi nave, ordenándoles a los míos que hicieran lo propio y soltasen las amarras. Obe­decieron al punto, y apercibidos y por orden en los bancos azotaron con los remos el espumoso mar. Y llegado que hubimos a la cercana tierra, se nos mostró en una extremidad, frontera a las aguas, alta gruta a la sombra de algunos laureles. Numerosos hatos de ovejas y cabras sesteaban en sus inmediaciones. Ceñíanla, alto muro de piedras labradas y grandes pinos y encinas de elevada co­pa. Allí tenía su asiento un varón de gigantesca talla. Solo y apartado de todos, llevaba a pastar su grey, sin cuidarse de los demás. Pero su desvío era para urdir cosas inicuas. Era un monstruo ho­rrible, en nada parecido al hombre que come pan, pero sí a una umbrosa cumbre de ingente monta­ña, que descuella sola, entre las cimas que la rodean.

"Entonces ordené a mis fieles compañeros que se quedasen a guardar la nave; escogí a los doce mejores y echamos a andar juntos, llevándome un odre de piel de cabra rebosante de dulce negro vino, presente de Marón, vástago de Evanteo, y sacerdote de Apolo, dios tutela de Ismaro. A él, jun­tamente con su esposa e hijos, que moraban en el sacro bosque de Febo Apolo, perdonamos por respeto. Hízome grandes presentes, pues me dio siete talentos de oro bien labrado, una cratera de plata maciza y doce ánforas de un vino dulce y puro, bebida de dioses, no conocido en su palacio ni de sus siervos ni de sus esclavas, antes sólo de él, de su esposa y de la despensera. Cuando a gustarse iba este dulce rojo licor, dulce como la miel, mezclábanse a cada copa otras veinte de agua, y aún su perfume trascendía en la crátera, de tal suerte, que fuera difícil sustraerse al deseo de probarlo. De este vino llevaba un gran odre, y a más bastimentos en un zurrón, porque mi vale­roso ánimo impelíame a acercarme a aquel hombre gigantesco, dotado de extraordinaria fuerza, salva­je y desconocedor de la justicia y las leyes.

"Pronto llegamos a la gruta; mas no dimos con él, porque estaba apacentando las pingües ovejas. Irrumpimos en su mansión y miramos absortos lo que allí había: los zarzos gemían bajo la pesadumbre de los quesos; los establos rebosaban de corderos y cabritos –en grupos y separadamen­te–: a una parte los que ya garbeaban, a otra los recentales, y más allá los recién nacidos. En las ahítas colodras flotaba la crema de sobre el suero. Instóme mi gente, deseosa de tomar algunos que­sos y llevarse del aprisco corderos y cabritos, para que regresáramos a la nave y huir al punto a tra­vés del salobre mar. Mas yo no me dejé persuadir –y en verdad ello hubiera sido lo más prudente– en mis ansias de ver a aquel hombre y de que me hiciera los dones hospitalarios. Empero, bien pron­to su presencia no debía serles muy agradable a mis gentes.

"Encendimos fuego, ofrecimos un sacrificio a los dioses, comimos de los quesos y nos sentamos en espera de su retorno. Al regresar traía un enor­me haz de leña para preparar su comida, y a la entrada de la gruta lo arrojó con gran estruendo. Presas de horrible temor, huimos al fondo de la gruta. Hizo que entrasen las cabras y ovejas de pingües ubres, que debía ordeñar y dejó fuera, en el espacioso recinto, los cabrones y los moruecos. Y alzando grandísimo pedrusco, tan grande que veintidós carros de cuatro ruedas no lo habrían movido, lo acomodó a guisa de puerta. ¡Tan inmen­so era el peñasco que colocó en la entrada! Se sentó enseguida, ordeñó las ovejas y las baladoras cabras, todo como debe hacerse, poniéndole deba­jo a cada madre su hijuelo. La mitad de la blanca leche cuajó a punto, depositándola en trenzados cestillos, y vertió la otra parte en las colodras, con el propósito de trasegarla a su estómago en la ce­na. Y dando fin con toda premura a tales faenas, encendió fuego y al vernos nos hizo estas pregun­tas: –¡Forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde venís por el ponto? ¿Os lleva algún negocio o va­gáis a la ventura, como los piratas que, exponien­do su vida, recorren los mares y acarrean desgra­cias a los demás hombres? "Así dijo. Nos quebraba el corazón el temor que nos produjo su voz grave y su aspecto monstruoso. Con todo, le respondí de esta manera: -'So­mos aqueos a quienes extraviaron, al salir de Tro­ya, vientos de todas clases que nos llevan por el gran abismo del mar: deseosos de volver a nues­tra patria, llegamos aquí por otros caminos, porque de tal suerte debió ordenarlo Zeus. Nos preciamos de pertenecer a las huestes del Atrida Agamenón, cuya gloria es inmensa debajo del cielo, pues ha abatido a una gran ciudad y sojuzgado a innúme­ros hombres. Suplicantes nos postramos a tus ro­dillas, para que nos acojas con bondad y hagas los dones que se usan entre huéspedes. Respeta, pues, a los dioses, varen excelente; que nosotros somos ahora tus suplicantes. Y a suplicantes y forasteros nos venga Zeus hospitalario, el cual acompaña a los venerados huéspedes'.

"Así le hablé, y respondiéndome enseguida con ánimo cruel: –'Insensato eres, oh forastero, o de muy remoto vienes para instarme a que tema a los dioses y los acate! Nada se nos importa a los Cíclopes de Zeus que lleva la égida, ni de los dio­ses felices, porque somos más fuertes que ellos; y yo no te perdonaría ni a ti ni a tus compañeros por temor a la enemistad de Zeus, si mi ánimo no me lo ordenase. Pero dime en qué sitio, al venir, dejaste la bien construida embarcación: si fue, por ventura, en lo más apartado de la playa o en un paraje cercano, a fin de que yo lo sepa'.

"Así me dijo para tentarme. Pero su intención no me pasó inadvertida, a mí, con mi experiencia, y de nuevo le hablé con engañosas palabras: –'Poseidón, que sacude la tierra, rompió mi nave llevándola a un promontorio y estrellándola contra las rocas, en los confines de vuestra tierra; el vien­to que soplaba del ponto se la llevó y pude librar­me junto con éstos, de una muerte terrible'.

"Así le dije. El Ciclope, con cruel talante, no me dio respuesta; pero, revolviéndose de súbito, ex­tendió las manos sobre mis camaradas, agarró a dos y, cual si fuesen cachorrillos, arrojólos en tierra con tamaña violencia que el encéfalo fluyó al suelo y mojó el piso. Seguidamente despedazó los miembros, se aparejó una cena y se puso a cernir cual montaraz león, sin perdonar las entrañas, ni la carne, ni los medulosos huesos. Ante tal horror alzamos las manos gemebundos en oración a Zeus, invadida el alma por cruel desesperanza. El Cíclope, tan luego como hubo llenado su enorme vientre, devorando carne humana y bebiendo en­cima la leche que le plugo, se acostó en la gruta tendiéndose en medio de las ovejas. Entonces for­mé en mi magnánimo corazón el propósito de acercarme a él y, sacando la aguda espada que colgaba de mi muslo, hundírsela en el pecho donde las entrañas rodean el hígado, palpándolo previa­mente; mas otra consideración me contuvo: todos hubiéramos perecido allí de espantosa muerte, a causa de no poder apartar de nuestras manos el pesadísimo pedrusco que colocara el monstruo en la alta entrada. Así, pues, aguardamos gimiendo que apareciera la divina Eos.

"Cuando se descubrió la hija de la mañana, Eos, de rosáceos dedos, encendió lumbre el Cíclope, y ya sentado, comenzó a ordeñar mañosamente su insigne hato, poniéndole debajo a cada madre su hijuelo. Acabadas con prontitud tales faenas, echó mano a otros dos de los míos, y con ellos se apa­rejó el almuerzo. En acabando de comer, sacó de la cueva los pingües ganados, removiendo con fa­cilidad la enorme peña de la puerta; pero al ins­tante tornó a colocarla del mismo modo que si en­cajase la tapadera a un carcaj, y se fue, guiando sus animales con gran estrépito. Allí quedé, em­pleada la mente en trazar horribles propósitos, por si de algún modo pudiese vengarme y Atenea me otorgara la victoria. Al fin parecióme que la mejor resolución sería la siguiente. Echada en el suelo del establo veíase una gran clava de olivo verde, que el Cíclope había cortado para llevarla cuando se secase. Nosotros, al contemplarla, la compará­bamos con el mástil de un negro y ancho bajel que tiene veinte remos y atraviesa el dilatado abismo del mar: tan larga y tan gruesa se nos presentó a la vista. Corté de ella un trozo, no mayor de una braza, que di a los compañeros mandándoles que lo puliesen. Una vez alisado, agucé uno de sus ca­bos, lo endurecí, pasándolo por el ardiente fuego, y lo oculté cuidadosamente debajo del abundante estiércol esparcido por la gruta. Ordené entonces que se eligieran por suerte los que, uniéndose con­migo, deberían atreverse a levantar la estaca y clavarla en el ojo del Ciclope cuando de él se en­señorease el dulce sueño. Cayóle la suerte a los cuatro que yo mismo hubiera escogido en tal oca­sión, y me junté con ellos formando el quinto. Por la tarde volvió el Ciclope con el rebaño de hermo­so vellón, que venía de pacer, e hizo entrar en la espaciosa gruta a todas las pingües reses, sin de­jar a ninguna fuera del recinto; ya porque sospe­chase algo, ya porque algún dios así lo ordenara. Cerró la puerta acomodando la enorme piedra, que llevó a pulso; se sentó, y comenzó a ordeñar ma­ñosamente las ovejas y baladoras cabras, todo como debe hacerse, poniéndole debajo a cada madre su hijuelo. Acabadas con prontitud tales cosas, agarre otros dos de mis compañeros y apa­rejó la cena. Entonces me acerqué al Cíclope, y, teniendo en la mano una copa de negro vino, le hablé de esta manera: –¡Cíclope! Ya que comiste carne humana, toma y bebe este vino, y sabrás qué licor encerraba nuestro bajel. Para ti lo traía, deseoso de ofrecértelo, si apiadándote de mí dispondrías mi regreso a la patria. Mas a nadie te igualas en la cólera. ¡Insensato! ¿Cómo se acercará a ti ningún nacido, en adelante, si careces de com­pasión?'

"Así le hablé. Tomó el vino y bebióselo. Y le gustó tanto el dulce licor, que me pidió más: –'Dame de buen grado más vino y hazme saber inmediatamente tu nombre para que te ofrezca un don hospitalario con el cual te huelgues. Pues tam­bién a los Cíclopes la fértil tierra les proporciona vino en gruesos racimos, que crecen con la lluvia enviada por Zeus; pero éste está hecho con ambrosia y néctar'.

"De tal suerte habló, y volví a servirle el negro vino: tres veces se lo presenté y tres bebió incau­tamente. Y cuando los vapores del vino envolvie­ron la mente del Ciclope, le dije con lisonjeras pa­labras: –'¡Cíclope! Pregunta cuál es mi nombre ilustre, y voy a decírtelo; pero dame el presente de hospitalidad que me has prometido. Mi nombre es Outis (nadie), y Outis me llaman mi padre, mi ma­dre y mis compañeros todos'.

Así le hablé; y enseguida me respondió, con cruel talante: –'A Outis me lo comeré el último, después de sus compañeros, y a todos los demás antes que a él: tal será el don hospitalario que te ofrezca'.

"Dijo, se echó hacia atrás y cayó de espaldas. Así echado dobló la gruesa cerviz y rindióle el sueño, domador de todo. Harto de bebida, eructa­ba de modo horrible, a par que de su garganta fluía el vino, revuelto con carne humana. Entonces metí la estaca debajo del abundante rescoldo, para calentarla, y animé con mis palabras a todos los compañeros, temeroso de que me abandonasen aterrorizados. Mas cuando la estaca de olivo, con ser verde, estaba a punto de arder y relumbraba intensamente, fui y la saqué del fuego; rodeáron­me mis compañeros, y una deidad nos infundió gran audacia. Ellos, tomando la estaca de olivo, hincáronla por la aguzada punta en el ojo del Cí­clope; y yo, alzándome, la hacía girar por arriba. De la suerte que cuando un hombre taladra con el barreno el mástil de un navío, otros lo mueven por debajo con una correa, que asen por ambas extre­midades, y aquél da vueltas continuamente: así nosotros, asiendo la estaca de ígnea punta, la ha­cíamos girar en el ojo del Cíclope y la sangre bro­taba alrededor del caliente palo. Quemóle el ardo­roso vapor párpados y cejas, en cuanto la pupila estaba ardiendo y sus raíces crepitaban por la acción del fuego. Así como el broncista, para dar el temple que es la fuerza del hierro, sumerge en agua fría una gran segur o un hacha que rechina grandemente: de igual manera rechinaba el ojo del Cíclope en torno de la estaca de olivo. Dio el Cíclope un fuerte y horrendo gemido, retumbó la roca, y nosotros, amedrentados, huimos presta­mente; mas él se arrancó la estaca, toda mancha­da de sangre, la arrojó furioso lejos de sí y se puso a llamar con altos gritos a los Cíclopes que habitaban a su alrededor, dentro de cuevas, en los ventosos promontorios. En oyendo sus voces acu­dieron muchos, quién por un lado y quién por otro, V parándose junto a la cueva, le preguntaron qué le angustiaba: –'¿Por qué tan enojado, oh Polifemo, gritas de semejante modo en la divina no­che, despertándonos a todos? ¿Acaso algún hom­bre se lleva tus ovejas mal de tu grado? ¿O por ventura, te matan con engaño o con fuerza?'

"Respondióles desde la cueva el robusto Polifemo: '¡Oh amigos! Outis (nadie) me mata con en­gaño, no con fuerza'.

"Y ellos le contestaron con estas aladas pala­bras: –'Pues si nadie te hace fuerza, ya que es­tás solo, no es posible evitar la enfermedad que te envía el gran Zeus; pero ruega a tu padre, el soberano Poseidón'.

"Apenas acabaron de hablar, se fueron todos; y yo me reí en mi corazón de cómo mi nombre y mi excelente artificio les había engañado. El Cíclope, gimiendo por los grandes dolores que padecía, an­duvo a tientas, quitó el peñasco de la puerta y se sentó en la entrada, tendiendo los brazos por si lograba echar mano a alguien que saliera con las ovejas: ¡tan mentecato, esperaba que yo fuese! Mas yo meditaba cómo pudiera aquel lance acabar mejor, y si hallaría algún recurso para librar de la muerte a mis compañeros y a mí mismo. Resolví toda clase de engaños y de artificios, como que se trataba de la vida y un gran mal era inminente, y al fin parecióme la mejor resolución la que voy a decir. Había unos carneros bien alimentados, hermosos, grandes, de espesa y obscura lana; y, sin desplegar los labios, los até de tres en tres, entrelazando mimbres de aquellos sobre los cuales dor­mía el monstruoso e injusto Cíclope: y así al del centro llevaba a un hombre y los dos iban a en­trambos lados para que salvaran a mis compañe­ros. Tres carneros llevaban, por tanto, a cada va­rón; mas yo, viendo que había otro carnero que sobresalía entre todas las reses, lo rasgo por la espalda, me deslizo al vedijudo vientre y me que­do agarrado con ambos manos a la abundantísima lana, manteniéndome en esta postura con ánimo paciente. Así profiriendo suspiros, aguardamos la aparición de la divinal Eos.

"Cuando se descubrió la hija de la mañana, Eos, de rosáceos dedos, los machos salieron presuro­sos a pacer y las hembras, como no se las había ordeñado, balaban en el corral con las ubres re­tesadas. Su amo, afligido por los dolores, palpaba el lomo a todas las reses, que estaban de pie, y el simple no advirtió que mis compañeros iban atados a los pechos de los vedijudos animales. El último en tomar el camino de la puerta fue mi car­nero, cargado de su lana y de mí mismo que pensa­ba en muchas cosas. Y el robusto Polifemo lo pal­pó y así dijo: –¡Carnero querido! ¿Por qué sales de la gruta el postrero del rebaño? Nunca te que­daste detrás de las ovejas, sino que, andando a buen paso, pacías el primero las tiernas flores de la yerba, llegabas el primero a las corrientes de los ríos y eras quien primero deseaba tornar al es­tablo al caer la tarde; mas ahora vienes, por el contrario, el último de todos. Sin duda echarás de menos el ojo de tu señor, a quien cegó un hombre malvado con perniciosos compañeros, perturbán­dole las mientes con el vino, Nadie, pero me figuro que aún no se ha librado de una terrible muerte ¡Si tuvieras mis sentimientos, y pudieses habla-, para indicarme dónde evita mi furor! Pronto su cerebro, molido a golpes, se esparciría acá y allá por el suelo de la gruta, y mi corazón se aliviaría de los daños que me ha causado ese despreciable Nadie'.

"Diciendo así, dejó el carnero y lo echó afuera. Cuando estuvimos algo apartados de la cueva y del corral soltéme del carnero y desaté a los ami­gos. Al punto recogimos aquellas gordas ovejas de gráciles piernas y, dando muchos rodeos, llegamos por fin a la nave. Nuestros compañeros se alegra­ron de vernos a nosotros, que nos habíamos libra­do de la muerte, y empezaron a gemir y a sollozar por los demás. Pero yo, haciéndoles una señal con las cejas, les prohibí el llanto y les mandé que cargaran presto en la nave muchas de aquellas re­ses de hermoso vellón y volviéramos a surcar el agua salobre. Embarcáronse enseguida y, sentán­dose por orden en los bancos, tornaron a herir con los remos el espumoso mar. Y, al estar tan lejos cuanto se deja oír un hombre que grita hablé al Cíclope con estas mordaces palabras: –'¡Cíclope! No debías emplear tu gran fuerza para comerte en la honda gruta a los amigos de un varón indefen­so. Las consecuencias de tus malas acciones ha­bían de alcanzarte, oh cruel, ya que no temiste devorar a tus huéspedes en tu misma morada: por esto Zeus y los demás dioses te han castigado'. "Así le dije; y él, airándose más en su corazón, arrancó la cumbre de una gran montaña, la arrojó delante de nuestra embarcación de acijada proa, y poco faltó para que no diese en la extremidad del gobernalle. Agitase el mar por la caída del peñasco, y las olas, al refluir desde el ponto, em­pujaron la nave hacia el continente y la llevaron a tierra firme. Pero yo, asiendo con ambas manos un larguísimo botador, lo eché al mar y ordené a mis compañeros, haciéndoles con la cabeza silenciosa señal, que apretaran con los remos a fin de librar­nos de aquel peligro. Encorváronse todos y empe­zaron a remar.


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