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1 de diciembre de 2011

Emile Cioran : itinerario de un pensamiento desgarrado


Emile Cioran : itinerario de un pensamiento desgarrado

 “Pocas cosas más terribles que haber na­cido”, solía pensar Emile Cioran, a quien esa “desgracia” le ocurrió el 8 de abril de 1911,  en un pueblito de Rumania. Pocas, pero algunas había: la migración indeseada, por ejemplo, que le tocó a los 10 años, cuando se mudó a Transilvania. Allí empezó a leer. Leyó a Diderot y a Balzac, al aforista Lichtenberg y a Tagore. Y cuando entró en la universidad a estudiar Filosofía, leyó a Kierkegaard y Bergson, a Scho­penhauer y Nietzsche. Sobre todo a Nietzsche, de quien aprendió que nihi­lista es "un hombre que piensa que el mundo, tal como es, no tiene sentido; y tal como debería ser, no existe”.
"Considero el acto de escribir como una terapéutica -decía-: al cabo de unos minutos de escribir se debilita la angustia de existir." Una terapéutica que lo mantuvo vivo hasta el 20 de ju­nio de 1995, cuando murió en París.

En 1949 publicó su Breviario de po­dredumbre, el primero de sus libros es­crito en francés. El impacto fue inme­diato. Acusado de ateo y blasfemo, de  pesimista radical y masoquista. Hoy está considerado el mayor prosista en francés desde Paul Valery. Otras obras suyas son: Silogismos de la amargura (1952), La tentación de existir (1956), El aciago demiurgo (1960) , Del inconve­niente de haber nacido (1973).

 A1 morir, Cioran dejó treinta y cuatro cuadernos manuscri­tos con letra grande y nerviosa, cada uno de los cuales llevaba la fecha escrita en la tapa: comenzaban en 1957 y concluían en 1972. Algunos tenían la ins­cripción "A destruir". Pero a todos, Cioran los guardó celosamente durante largos años, por lo que su compañera Simone Boué los transcribió y los entregó a la edi­torial Gallimard.
Estos Cuadernos no son estrictamente un diario. Son anotaciones, observaciones, escenas vividas y perfiles de personas que Cioran conoció; algunos de los fragmentos tienen la forma de afo­rismos Y otros de pequeños ensayos y tam­bién reseñas de los libros que Cioran leía o releía. Incluyen estremecedoras páginas autobiográficas que iluminan con nueva luz lo que se sabía de su vida.
Emile Cioran nació en 1911 en una al­dea de Rumania. Su padre era pope de la Iglesia Ortodoxa y la familia vivía en plena campo y la montaña (...) Aquel paraíso concluyó cuando al joven Emile lo pusieron en un coche rumbo a Bucarest para que cursara el liceo: "fue el final de mis sueños, la ruina de mi mundo." En la ciudad se doctoró en Historia, escribió varios libros y comenzó a padecer el flagelo del insomnio, que se convertiría en un tema central de sus libros. Un día, desesperado, fue a la casa de su madre y se desplomó ante ella clamando por su ayuda. "Ojalá hubiera abortado", le dijo su madre, y esa frase, extrañamente, lo calmó.
El viaje de Cioran de Bucarest a París, y su viaje lingüístico entre el rumano y el francés, recuerda a tantos otros ejemplos de este siglo de literatura nómade y extraterritorial. Es Comad, es Beckett, es Nabokov, es Wilcock.
Cioran llegó a París en 1934 pero estuvo diez años sin escribir. Intentó hacerlo en rumano, infructuosamente, hasta que se olvidó de su lengua natal. Su primer libro en francés, el Breviario de po­dredumbre, lo escribió de un tirón, pero lo reescribió muchas veces. Ese esfuerzo de depuración, esa necesidad de afinar el instrumento por el cual se siente desconfianza porque es ajeno, está en la raíz de la forma de escribir de Cioran: en él la concisión es siempre condensación.
Cioran inició en París vagos estudios de pos-grado. Tenía una beca de un Instituto de Estudios para rumanos en el extranjero, a cambio de la cual debía escribir una tesis
 sobre Nietzsche, que nunca com­pletó. Hasta los cuarenta años estuvo ins­cripto en la Sorbona como alumno, lo que le permitía comer barato en los comedores universitarios. Entonces, un nuevo regla­mento estableció que sólo podían gozar de los beneficios universitarios los menores de veintisiete años. Su salvación fue acomodar­se en una chambre de bonne con baño en el pasillo común, esas habitaciones de servi­cio que coronan los edificios del centro pa­risino. Así sobrevivió, haciendo pequeños trabajos o cobrando magros honorarios por sus artículos.
En París, Cioran integró un grupo de importantes escritores rumanos exiliados:
Eugene lonesco, creador del teatro del ab­surdo, el dramaturgo Arthur Adamov ("hombre encantador, profundo y sin ta­lento"), el filósofo, historiador de las reli­giones y narrador Mircea Eliade, y el poeta Paul Celan, rumano de expresión alema­na. Cioran , en sus libros, se ha referido a algunos de estos hombres. Su visión es cruda, a veces dura, porque Cioran los conoce a fondo, los sigue con la mirada atenta y curiosa de quien hace de la obser­vación un tema de escritura pero también de aprendizaje: para Cioran, los amigos sirven para mirarlos, y aprender de ellos, de sus errores. De Eliade, por ejemplo, destaca la contradicción entre el sentimiento religioso y la profesionalidad de su dedicación al tema. De Celan, bajo cuya fascinación cayó, revela algunos de los tormentos que concluyeron con el suicidio del poeta. Sobre Ionesco, Cioran trata sin tapujos ese pecado de los rumanos: en su juventud ambos fueron adictos al movi­miento fascista Guardia de Hierro. Cioran confiesa su "vergüenza intelectual”.
Los libros que publicaba Cioran, cortos de páginas, densos de contenidos, brillantes en su escritura, no pasaron inadverti­dos para los paladares finos, y el exigente comité de selección de Gallimard los avaló, pero lo mantuvieron cómodamente instalado en una nebulosa que se parecía al anonimato. Por eso sus Cuadernos, que comenzó a escribir a los 46 años y dejó a los 61, en las vísperas de su admisión co­mo uno de los grandes escritores del siglo por pares como Samuel Beckett, Susan Sontag, Octavio Paz o Saint John Perse, es una larga letanía de un escritor que se sa­be talentoso, pero al que el mundo no presta atención. 

Frente a esta situación, Cioran usa la ironía, el escalpelo, desme­nuza la situación, mira a su alrededor, se escruta sin piedad: tiene en claro el letal veneno que el narcisismo inyecta en el creador. Solo la modestia habilita a ser li­bre porque las cadenas del yo minan las fuentes del vigor de un artista: la conexión profunda con sí mismo y la curiosidad in­saciable de su mirada hacia los demás se­res y hacia el mundo.

Pero Cioran no deja de advertir la paradoja: sólo el yo permite edificar una obra de arte, el mismo yo que, a la menor señal de hipertrofia, aplastará al artista. Escribiendo sobre Borges, había dicho en Ejercicios de admiración que "la desgracia del reconocimiento había caído sobre él. Merecía más". Cioran, confeso tanguero, hizo esta profesión de fe: "Llevo en mí una Argentina secreta".
Mientras tanto, ese peatón incansable que siente a Baudelaire (el padre de los fl-neurs) como a un prójimo, aprovecha a  fondo la oportunidad que le ofrece París.
Tiene en su cerebro una cámara lúcida y con ella recorre la ciudad ("Si hay que fra­casar, más vale hacerlo en París") y nos ofrece una galería de tipos, situaciones, observaciones que no desdeñan la mirada feroz sobre sí mismo.
Cioran es un espíri­tu sin ataduras. Su situación precaria, su ascetismo, la embriaguez del no reconoci­miento lo convierten en una conciencia insobornable. No tiene nada que perder, por lo tanto puede ser libre.
Hay dos aspectos en los que Cioran va hasta el fondo. Uno, es la descripción mi­nuciosa y cruel de la decadencia física, los síntomas que día a día van testimoniando el declive del cuerpo, con la consiguiente humillación. Irritación de la vista, sinusi­tis, dolores en la espalda y las piernas, y también las angustias de un fumador in­corregible (tres paquetes al día) que, tras una batalla que dura cinco años, durante los cuales varias veces recae en el cigarillo, finalmente consigue dejar el tabaco. En­tonces dice, en una de las tantas frases co­mo estacadas que enhebran su prosa: "Hay tres acontecimientos en mi carrera: mi nacimiento, mi renuncia al tabaco y mi muerte".
Luego, la narración de la muerte de su madre, que conoce a la distancia, en París. La lejanía, que amplifica la imaginación, duplica el sufrimiento. Todo el que haya perdido a un ser amado lejos de sí revivirá lo amargo de ese (doble) sentimiento de pérdida.
Es un lugar común que a Cioran se le achaque su pesimismo  y muchos lectores    le huyen porque lo consideran un depresor. Qué error. Doy mi propio testimonio: siempre que atravieso malos momentos, leo a Cioran. No conozco mejor tónico. Cioran nunca puede ser depresor porque está poseído por la pasión de pensar y es­cribir, y por lo tanto en su prosa hay una alegría profunda, la alegría reconstituyen­te del que combate aun aceptando que la batalla está perdida de antemano, pero sa­biendo que la dignidad de la derrota com­pensa su inevitabilidad.
En Cioran la an­gustia de la muerte, ese tema recurrente, disipa la angustia de la vida. El suicidio, afrontado cara a cara como el problema fi­losófico crucial, es reducido por la luz del pensamiento. El poeta Jules Supervielle confesó que en sus últimos años la lectura de Cioran le hizo superar amargos trances y muchos lectores han aceptado que este radiógrafo del suicidio los salvó cuando estaban cerca de dar el paso fatal.

Fuente:
Álvaro Abos
Suplemento CULTURA Y NACIÓN
Diario Clarín-
Fecha de edición: sin datos

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