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24 de enero de 2013

Análisis de la narrativa de Jane Austen


Análisis de la narrativa de Jane Austen
Orgullo y prejuicio – Estudio preliminar

"Tres o cuatro familias en una aldea rural es el material apropiado en el que trabajar", escribía Jane Austen a una sobrina que se iniciaba en la literatura de ficción. Y también: "Si quieres enviar a tus personajes a Irlanda, hazlo; pero no los acompañes, pues como nunca has estado en ese país, corres el riesgo de ofrecer una visión falsa de sus maneras y cos­tumbres."

Estas propuestas, en cierto modo recapituladoras de una poé­tica, permiten extraer toda una visión propia frente a la crea­ción literaria a la par que brindan una serie de lineamientos básicos a los que Jane Austen ciñó su obra: un reducido ámbito geográfico e histórico y. por ende, caracterológico, con la consiguiente restricción en cuanto a los personajes —una galería no muy nutrida do tipos—: verosimilitud; ausencia de premura o de resortes exteriores aceleradores de la acción; agudeza psi­cológica apoyada en este mismo retardo de !a acción en bene­ficio de la profundidad descriptiva; y una sobria, decantada, sutil ironía, apuntando algunas veces a una suave crítica social, otras a los aspectos ridículos o grotescos de los personajes.

A las innegables dotes personales de esta singular, notable narradora, cultora asidua de la observación y la mesura, cabe agregar una carga no menos decisiva o definitoria: la herencia literaria del siglo XVIII inglés, de la que ella hizo, al ini­ciarse en las letras, justamente en su culminación, una síntesis equilibrada y rotunda: figuras de primera línea como Daniel Defne (circa 1660-1731). Samuel Richardson (1689-1761), Henry Fielding (1707-1764) y Laurence Sterne (1713-1768) con­fieren a la época una riqueza y variedad narrativas —de la que debe señalarse como rasgo distintivo el profundo sentido crítico— tal vez nunca igualada en la historia de la literatura inglesa.

En la nutrida biblioteca de su padre, un ministro anglicano graduado en Oxford, de sólida formación y perteneciente a la alta burguesía, Jane Austen (1775-1817) tuvo acceso a la narrativa de estas representativas figuras del momento, así como A la novela gótica, género que conoció un gran éxito de público, y del cual hace una amable sátira en una de sus novelas.   Fiel a sus premisas (restricción del material narrativo a lo conocido y vivenciado), Jane Austen sólo contó lo que vio de la vida social, los amores de terratenientes, medianos y grandes propietarios rurales, rozando a veces los estratos inferiores de la nobleza; nunca más allá de un lord o un baronet; la de los párrocos de pueblo; los comerciantes prós­peros; también militares y marinos a los que su fortuna hecha en guerras recientes permitía un ascenso social, circunscribiendo esto al tranquilo, estático ambiente provinciano en que vivió, cuyo eje era la vida familiar y social.

Circunstancialmente esta quieta existencia se veía interrumpida por temporadas en Bath —un sitio elegante de veraneo, de concurrencia ineludible para la mediana y alta burguesía— o en Londres, centro más ineludible aun de la vida mundana. De todo ello brinda aca­bado testimonio Jane Austen en sus seis novelas completas; Sentido y sensibilidad (Sense and Sensibility, 1811); Orgullo y prejuicio (Pride and Prejudice, 1813); El parque Mansfieu (Mansfield Park, 1814); Emma (Emma, 1816); La abadía de Northanger (Northanger Abbey) y Persuasión (Persuasión), estas dos últimas aparecidas en 1818, después de su muerte. También se publicaron algunos fragmentos de novelas incon­clusas y su regocijante correspondencia.

Esto en cuanto a los hechos; poco más puede decirse en ese sentido de esta calma, silenciosa escritora de provincias, que hizo de la sobriedad y el equilibrio un culto, que empezó a escribir muy joven —aunque publicó en forma relativamente tardía— tras haber recibido una esmerada educación, al igual que sus siete hermanos mayores, y que permaneció soltera.

 No obstante —o, tal vez, precisamente por eso— el matrimonio fue el centro de las novelas de Jane Austen. La vida de sus heroínas transcurre —como la suya propia— en el estático ámbito rural inglés de fines del siglo XVIII y principio del XIX, en lenta progresión hacia el matrimonio o la muerte. Todo parece acelerarse, modificarse, iluminarse, insuflarse de una acción transformadora cuando en el camino de éstas apa­rece la posibilidad del matrimonio.
Este tema ya se había presentado en las novelas de Fanny Burney (1753-1840), una escritora sentimental y moralizadora; en la Pamela (1741) de Richardson, y en la Amelia (1751) de Fielding, pero es en manos de Austen que se presenta escudriñado con mayor morosidad e intensidad, jerarquizado y convertido sin ninguna duda en punto crucial y de convergencia de posibilidades pa­ra la existencia femenina. O, en realidad, de única posibilidad de cambio y, en ocasiones, de ascenso y/o movilidad social para la mujer. No obstante, Jane Austen no es feminista: respeta demasiado al amo de ese cambio social, al que tiene todas las claves, todos los resortes económicos, el poder de decisión, la autonomía de la acción, todo lo que la mujer no tiene y, tal vez, no quisiera tener; y respeta también demasiado al orden vigente como para rebelarse contra ellos; más bien la espera hacia la gran Meta del matrimonio es pasiva o sólo discretamente vigilante.

Única posibilidad de cambio para la mujer, pues ¿acaso ha­bía otra para estas heroínas de provincia que sofocaban toda aspiración o rebeldía o añoranza de otra vida en el bordado, la música, el baile, la lectura de alguna novela de moda, o el intercambio de estas experiencias en los salones? Jane Alisten no era tan ingenua como para suponer que este cambio era ambicionado únicamente como vía de acceso al amor y a la maternidad en el seno de una sociedad rígidamente moralista. Las señoritas de buena familia, en efecto, podían tener otros motivos para desearlo, además de estos y la consideración so­cial que en todas las épocas dispensó: se trataba también de un porvenir económico. A menudo pertenecientes a la familia de algún hidalgo rural prestigioso pero no rico, dueño de unas pocas propiedades que, a su muerte, serían repartidas entre la viuda y una prole con frecuencia numerosa o, peor aun, pasarían, por la restrictiva ley de mayorazgo, al pariente va­rón más cercano (como el fastidioso Mr. Collins de Orgullo y prejuicio), su soltería potencial podría ser sinónimo de es­trechez o de miseria en los años futuros.

Así, el amor guiará los pasos de las bellas y discretas hermanas Bennett (Orgullo y prejuicio), pero también será un motor de ascenso social al acceder a una esfera económica superior, la de los señores Bingley y Darcy. Casos similares son el de Catherine, en La abadía de Narthanger, y el de Anne (Persuasión), que rechaza a Wentworth cuando es un desconocido sin prestigio ni arraigo, y con sólo un buen pasar, para amarlo en silencio sufriente durante ocho años y concretar su unión cuando el azar los reúna nuevamente, pero, ahora sí, habiendo puesto en sus manos prestigio y fortuna.

Esta lucidez para captar los aspectos económicos de la cues­tión matrimonial proviene indudablemente del agudo poder de observación de Jane Austen, poder que pasa, en primera ins­tancia, por lo descriptivo. Pero resulta un testimonio claro de las circunstancias que vivía Inglaterra en la época. En el um­bral de la revolución industrial, la sociedad inglesa se mostraba permeable a cierta movilidad social: si bien lo importante se­guía siendo el dinero, la propiedad y el abolengo, no se excluía como posible y socialmente aceptado el ascenso debido al propio esfuerzo, al trabajo, a las profesiones liberales.

Algunos sectores aceptaban estos hechos con menos reticencia que otros. Así. el general Tilney (La abadía de Northanger) afirma, aunque en realidad su convicción no es muy grande y se trata, además,  de una estratagema para cazar para su hijo a quien él cree una rica heredera: "El dinero no es nada, es un objeto: lo que importa es el trabajo. Hasta Frederick, mi hijo mayor, que heredará la finca más extensa del condado, tiene su profesión".

Momento de transición, que mezcla y confunde aspiraciones económicas con pretensiones de abolengo y, con mayor o me­nor apertura, muestra sus resistencias o su aceptación al cam­bio. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que Austen no manipula a la verdadera nobleza, sino a hidalgos rurales más o menos poderosos, o, como en el caso de Darcy (Orgullo y prejuicio), a propietarios muy encumbrados, vagamente aristocráticos, al­taneros y presuntuosos (a la despótica tía de Darcy se alude como a lady Catherine, aunque nunca se especifique su linaje ni se expliciten sus orígenes y vinculaciones). El fatuo padre de Anne, de Persuasión, es sir Walter Elliott, pero nada más, ya que su estupidez y la limitación de sus recursos, dilapida­dos neciamente, lo han empobrecido en forma ostensible.

En Orgullo y prejuicio, al comienzo de sus relaciones con Elizabeth, Darcy lucha contra la atracción que ésta ejerce sobre él, ya que la joven pertenece a una familia no muy acaudalada, su madre no sabe condu­cirse convenientemente en sociedad (es vulgar, indiscreta y charlatana), dos de sus hermanas flirtean entusiasta y desca­radamente con los oficiales de un cuartel cercano, entre sus parientes se cuentan comerciantes y notarios. No obstante, se aclara que Bingley, su mejor amigo, un joven notablemente refinado, debe su actual fortuna al comercio. Más adelante, Darcy traba relación con los tíos de Elizabeth, comerciantes, y, aunque viven en un sector londinense muy poco aristocrá­tico y carente de todo prestigio, los encuentra aceptables porque son personas bastante distinguidas y de un trato social que permite, si no olvidar, al menos soslayar el origen de su for­tuna. Finalmente, su amor por Elizabeth, unido a una visión autocrítica, duramente obtenida sobre su desmedido orgullo de casta, y lo infundado y/o necio y exagerado de sus prejuicios, posibilite la unión. Unión que, dejando de lado aspectos afec­tivos, resulta sumamente conveniente para Elizabeth y su fa­milia, ya que su padre, un discreto propietario rural, que contempla con ironía y escéptico desdén los manejos casamen­teros de su mujer, sólo podría darle una muy modesta dote y, a su muerte, ademas, su magra propiedad pasaría a manos de su sobrino, único heredero varón de la familia ("¡Dios mío! ¡Dios me bendiga! ¡Oh, qué cosa, querida mía! ¡El señor Darcy! ¡Quién lo habría pensado! ¡Oh, mi queridísima Isabel, qué rica y qué grande vas a ser! ¡Qué bolsillo, qué joyas, qué carruajes tendrás! ¡Estoy tan contenta, soy tan feliz! ¡Qué hom­bre tan encantador, tan hermoso, tan buen mozo! ¡Oh, mi querida Isabel, dispénsame porque me haya disgustado tanto antes!; supongo que él me dispensará. ¡Querida, queridísima Isabel! ¡Una casa en la capital! ¡Todo lo apetecible! ¡Diez mil libras anuales! ¡Oh, Dios mío! ¿Qué va a ser de mí? Voy a enloquecer", .afirma acertadamente la señora Bennett al anunciarle Elizabeth su ventajoso casamiento).

Bellas, razonables, discretas, sensibles, a veces inteligentes, conocedoras de todas las cortesías y rituales apropiados, dota­das en algunos casos de cierto ingenio, así progresan las heroí­nas de Jane Austen hacia la Meta (jamás cuestionada, por otra parte, salvo en el caso de Emma, que afirma desea per­manecer soltera para acompañar a su padre, el achacoso señor Woodhouse, aunque cambia de parecer ante la proposición del rico y elegante señor Knightley, de su misma condición).

Casi podría decirse que esta progresión, con su trasfondo descriptivo, constituye la trama de sus novelas, cuyo desenlace, tras algunos modestos, discretos avatares —jamás teñidos por la pasión y la tragedia, siempre excluyentes de la rebeldía, la desobediencia, el desacato a la moral o a las costumbres vi­gentes—, se vislumbra desde el comienzo, y no es otro, naturalmente, que el matrimonio de la pareja protagónica, cuyos razonables sentimientos se conjugan siempre con convenientes  intereses económicos o sociales.

Por último, la ironía: es la gratificación final, el premio que Jane Austen reserva a los personajes excesivamente ridículos o mezquinos, y la utiliza tanto por medio de los otros personajes como en su papel de narradora: el tratamiento permanente­mente irónico que otorga el señor Bermett a su esposa en Orgullo y prejuicio es estupendo, un verdadero hallazgo; el que la misma Jane Austen brinda a lady Catherine, en la misma novela; los contornos grotescos que alcanza el señor Collins, exclusivamente a través de sus propias palabras; la señora Elton, modelo de cursilería y presunción; la grosería de John Thorpe, la actitud siempre quejumbrosa de Mary Elliot, la necia fatuidad de sir Walter: todo esto es logrado a través de las propias palabras de los implicados, sin que la narra­dora añada la menor observación. Así, con extrema sutileza, sucumben todos bajo los aspectos ridículos, risibles, de su pro­pia condición.
La ironía de Jane Austen resulta un elemento fundamental de equilibrio; si bien no es directamente enjuiciadora de la sociedad, lo es de una manera menos explícita a través de la crítica que formula a determinados personajes; y está formulando también, si no un consenso, al menos el reconocimiento de esas modificaciones estructurales de la estática campiña in­glesa que ella supo detener, apresar y congelar en el tiempo con tanta dignidad, con tanta eficacia, a través de su narrativa.

Nora Dottori
CEAL, BS.AS., 1979

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