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23 de enero de 2013

Análisis y resumen de la novela La casa de Manuel Mujica Lainez


Análisis y resumen de la novela La casa de Manuel Mujica Lainez


A juicio de Manuel Mujica Lainez, La casa es uno de sus libros más logrados "por lo que tiene de imaginativo y de poético y, al mismo tiempo, porque está muy adherido a la historia de nuestro país".
El escritor reconoce que no habría podido escribir esta novela sin haber asistido en su juventud a esos bailes que organizaba la frivolidad mundana. Por eso, la residencia de la ficción es un símbolo, la síntesis de otras casas en las que el dinero permite una vida de suntuosas comodidades.







El tema de la obra es el apogeo y la decadencia de una clase social argentina, la aristocracia del ochenta, a través de la visión de una vieja casa.

Resumen del argumento

La casa, personificada, evoca, mientras la demuelen, su época de esplendor, a fines del siglo XIX:

Yo, que he sido una de las casas más hermosas de Buenos Aires, contemplo cómo me despedazan después de avergonzarme. (II)

Ubicada en la elegante calle Florida, sus dueños, el senador don Francisco, íntimo amigo del presidente Juárez Celman, y su mujer, Clara, contribuyen, con sus adquisi­ciones y con regalos que reciben, a que despierte la admiración de todos cuantos la visitan:

Yo era entonces muy joven y —¿por qué negarlo?— bastante frívola. Me encantaba que me adornaran, que me decoraran. La llegada de un bulto nuevo, un poco grande, constituía para mí un motivo de deliciosa inquietud, y cuando lo abrían y sacaban de él una estatua o una pintura, gozaba como una mujer a quien le regalan una alhaja y que la ensaya ante el espejo, mientras mis dueños le buscaban ubicación... (II)

Los múltiples adornos que van poblando la casa, cobran vida junto a quienes la habitan:

En el comedor, las doce figuras italianas del techo que trenzaban allí su guirnalda de acti­tudes barrocas y que no cesaban de charlar y discutir... (I)

El matrimonio tiene cuatro hijos: Paco, Gustavo, Benjamín y Tristán. Un día de Car­naval de 1888, el 12 de febrero, el mayor de ellos, Paco, se aparta del grupo familiar que festeja desde el balcón la mascarada, y mata a Tristán arrojándolo al vacío desde su cuarto. El homicidio es considerado un accidente. A partir de este momento, Tristán deambula por la casa como un fantasma junto al Caballero, otro fantasma, cuyo origen se desconoce .
Paco se recluye, entonces, en su habitación, rodeado de pisapapeles que lo obsesionan, hasta que, declarado insano, es internado en un sanatorio.
En 1889 muere el senador y su mujer, abatida emocionalmente, se entrega a los placeres de la gula. Ya no abandona el piso superior de la casa y, menos aún, su cuarto japonés. Desde allí participa de las fiestas que organizan su nuera María Luisa  ysu hijo Gustavo. Sólo baja una vez, cuando celebran el centenario del nacimiento de su esposo.
Clara emplea como criadas a dos hermanas, Rosa y Zulema. Rosa se transforma en amante de Benjamín, futuro heredero de la casa.
Después de la muerte de Clara, en 1922, la familia comienza a desintegrarse eco­nómica y socialmente. Benjamín y Gustavo riñen de continuo, pero, a pesar de ello, permanecen allí hasta que lo pierden todo. María Luisa parte hacia Europa. Gustavo muere años después.
Benjamín teme que Rosa lo abandone; ésta, ya cansada de él, refugia su amor en Leandro, un compadrito malevo, amante de Zulema.
Benjamín muere y Rosa hereda la casa. Leandro y Nicanor, sobrinos de las hermanas, la saquean sin piedad. Los sirvientes se van.
Pasan los años. Zulema queda sola. Un día, su sobrino la encuentra muerta. Cum­plidos los trámites legales para gozar de la herencia, Nicanor decide vender la casa.
La historia concluye con la demolición total de la residencia para construir un edificio moderno.

Y entonces sí, hasta que comenzaron a demolerme, o sea durante tres años, viví total­mente sola. No permanecieron en mi interior —y eso porque era imposible arrancarlos sin destruirlos— más que los personajes del techo de Italia. Descoloridos, adquirieron tintes espectrales, como si ellos también fueran fantasmas en lugar de una alegre compañía [...].
¡Qué soledad!, ¡qué soledad, Dios mío! Nadie, ni el ermitaño más austero, vive tan solo como una casa abandonada. (X)

El narrador

La novela es un monólogo de la casa. Ella es la que cuenta, la protagonista, mien­tras agoniza, pues están demoliéndola. Oye a sus moradores y a los objetos que la adornan. No sólo es testigo de los episodios que involucran a toda la familia del sena­dor, sino también de esos otros que ve únicamente ella y de los que se siente casi cómplice:
.. .yo, la casa, la enorme casa... (III)
Yo fui una gran dama opulenta, decorativa, caprichosa, con muchos defectos y algunas virtudes, indudablemente "personal"... (VIII)
Y la narradora es, al mismo tiempo, el espacio en el que se desarrollan los aconte­cimientos, la casa-madre que refugia a los que lleva en su seno:
Clara dedicaba las "noches de comida a andar dentro de mí, a recorrer en secreto mi planta alta, segura de que en esas ocasiones no se encontraría ni con María Luisa ni con Gustavo ni con la señora Dolores, el ama de llaves, quienes siempre tenían algo concre­tamente desagradable que comunicarle. (II)

Dentro de ella, otras habitaciones se convierten en pequeños mundos atiborrados de objetos, donde los personajes esconden celosamente sus sueños: el cuarto japonés de Clara (II); el de su hijo Paco, "un cuarto de Barba Azul" (IV); el de su nieto, el en­fermizo Francis (II).

La preeminencia del espacio cerrado contribuye a intensificar gradualmente esa atmósfera de soledad agobiante y de destrucción inevitable que se apodera de todo.

Dice Mujica Lainez que esta casa de su ficción es la suma de muchas casas que él ha conocido.

Estructura de la novela

De acuerdo con su autor, el libro presenta "una serie de planos que lo hace bastante curioso: primero, el plano humano y corriente; segundo, el plano de los objetos; tercero, el plano de los fantasmas que habitan la casa".
El diseño de la obra es casi matemático. Está constituida por once capítulos, en los que la evocación de los acontecimientos pasados se halla enmarcada por el hecho concreto de la demolición (comienzo del capítulo) y por la soledad y paulatino derrumbe de la casa (final del capítulo). Este esquema se repite casi sistemáticamente.

Se advierte, además, la perfecta armonía que existe entre el principio y el desenlace de la novela, a través de esa antítesis que es el símbolo doloroso del fin de una casa y del irremediable fin de una época y de una clase social:

Soy vieja... (I)
Ya... no... soy... (XI)

La casa cuenta, durante los pocos días que dura su demolición, sesenta y ocho años de su vida, aproximadamente desde 1886 hasta 1954:

Soy vieja, revieja. Tengo sesenta y ocho años. Pronto voy a morir. (I)
Prefiere, en general, el reposo de la noche para referir su historia y la de sus habi­tantes, cuando "sus muros no tienen fin" y le "renacen intrincados fragmentos".

En la novela alterna, pues, el presente (" .. .me están matando día a día." —I—) con el pasado ("Retrocedamos hasta los primeros tiempos..." —III—).

Los hechos que recuerda la casa surgen en un orden natural, desligado de cronologías —aunque precise fechas—, como los dicta su memoria, con la misma nostalgia con que evo­can los ancianos los tiempos que fueron. De ahí la aparición de algunas digresiones.

Los personajes

Mujica Lainez considera que esta novela está ligada a la historia de su familia:
Ese senador, que aparece en primer término, es igual a mi bisabuelo, y el hecho de que recite esos poemas de Núñez de Arce  proviene de mi padre, que se afeitaba recitando Núñez de Arce y Campoamor . Hasta la historia de la decadencia es también la historia de mi familia, que fue decayendo y pasando por muchos estadios, con un cierto fondo de gloria o de suntuosidad [...] que ayudó a vivir a las generaciones siguientes.

Hay personajes humanos, con sus virtudes, sus pasiones y sus vicios, y hay objetos personificados que completan ese universo sombrío y que "padecen", desde su aparen­te estatismo, la involución de la aristocrática familia con su "egregia mitología".

El estilo

Ha dicho nuestro autor que todo lo que escribe es "muy visual y claro. Siempre he tenido la preocupación de que el lector me entienda".
El arte de su prosa tiene sus fuentes en los prosistas del Modernismo y, sobre todo, en Enrique Larreta. A partir de sus biografías, de Aquí vivieron y de Misteriosa Buenos Aires, el estilo de Mujica adquiere personalidad, sin dejar a un lado su inclinación esteticista. Es esteta  cuando describe objetos, situaciones. De ahí su preferencia por las imágenes visuales, auditivas, táctiles y térmicas que transmiten, más que otros recursos estilísticos, su afán inconmensurable de belleza.

Mujica Lainez ha transformado la prosa modernista; gradualmente la ha tornado más barroca o, como bien dice Jorge Cruz, "algo más virtuosa" .

Dice María Emma Carsuzán:

Precisamente es La casa la novela de Mujica Lainez donde el ultramundo absorbe más la realidad —la realidad del novelista— o la atraviesa, con un pro­digioso juego artístico. Es que el autor está exhalando, a través de las quejas de la casona en ruinas, su propio dolor por el tiempo pasado y perdido, tiempo de­leznable y vano, trágico y corruptible, pero el tiempo de su predilección.

Dice Eduardo Font :
 La constante de lo sobrenatural en­vuelve los cuentos y las novelas en un clima de misterio donde actúan fuerzas ocultas inexplicables que nos permiten escapar, placenteramente, de la realidad rígida e implacable e introducirnos en otra que aspira a no ser menos válida.

Fragmentos de la novela La casa de Manuel Mujica Lainez

Y en eso me parezco a Clara, en esa ur­gencia de tejer mis recuerdos como un tapiz, con hilos negros y con hilos de oro, hasta que el incendio que crepita dentro de mí, escondido entre las cenizas por las sombras de la noche, crezca y se apodere de ese tapiz también y consuma mis recuerdos en una efímera llama.
La casa, Cap. VI.

Era el "cuarto japonés", el cuarto de los paneles bordados con siluetas de geishas que corrían bajo la lluvia con sus sombrillas de colores; el de los biombos en que los dra­gones encrespaban sus lomos de nácar irri­tante; el de los farolitos, los árboles enanos, las teteras de esmalte diseminadas sobre las mesas rojas; las máscaras, los Budas, las pa­godas de madera dorada, los libros con tapas de cuero repujado que repetían el motivo de la cigüeña y del mono; los abanicos clavados en las paredes como enormes mariposas muertas: un cuarto inspirado por la moda de los hermanos Goncourt50 y que miraba a Florida por un balcón encerrado en una caja de cristales blancos y azules. . .
La casa, Cap. II.

Ahora no hablo más que de noche... Me paso la noche entera hablando sola. .. ha­blando . .. postergando mi muerte. Soy mi propia Sheherazada y me cuento mis cuentos a mí misma, noche a noche. Cuando cese de hablar habré muerto, porque todo lo que dentro de mí tenía, todo lo que era mi alma, se habrá escapado. Voy entregando mi pobre cuerpo martirizado por los verdugos y mi pobre alma que huye de mí con mis relatos, cada uno de los cuales se lleva algo mío y me deja más vacía. Al final habré agotado todo lo que contuve y habré muerto. Me habré depurado.

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