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9 de octubre de 2016

Autorreferencialidad y performatividad. Postautonomía.

Autorreferencialidad y performatividad. Postautonomía.

La obra de arte pierde progresivamente su función social en relación con la característica tendencia de la sociedad burguesa hacia la progresiva división del trabajo (l’art pour l’art o el Esteticismo son una clara manifestación de este proceso). Ahora bien, a comienzos del siglo XX, las denominadas vanguardias históricas (el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo, el cubismo, etc.) buscan tramar una nueva relación entre arte y vida que ya no esté signada por la idea de representación. La intención de los vanguardistas era organizar, a partir del arte, una nueva praxis vital, un nuevo principio organizativo de la existencia, que se opusiera a la sociedad burguesa, ordenada por la racionalidad de los fines.

De este modo, con los movimientos vanguardistas de principios de siglo XX la relación entre arte y realidad deja de concebirse a partir de la idea de reflejo o de referencia para pasar a pensarse a partir de la idea de efecto. El arte asume así un carácter revolucionario que no está dado ni por los temas que aborda ni por lo que permite conocer de una realidad anterior sino por las nuevas prácticas, sensaciones y experiencias que habilita un trabajo rupturista con el material en un nivel estrictamente formal. El rechazo de la dimensión expresiva, que caracteriza no solo a la literatura sino a toda la estética moderna, se produjo antes en la literatura que en los estudios literarios. La literatura ya no es un producto de su contexto o de una intención sino de los juegos de palabras y las potencialidades del lenguaje, que se revelan ahora también como una forma concreta de acción.
 En sintonía con este nuevo estatuto que alcanza el arte y capitalizando los aportes de la lingüística estructural y la semiótica, la teoría literaria concebirá al realismo ya no como un reflejo de la realidad sino como un discurso que tiene sus propias reglas y convenciones y que sirve, asimismo, a determinados intereses. Como señala Antoine Compagnon, la crítica al concepto de mimesis es también una crítica al orden capitalista (1998, pp. 122-123). En este sentido, la narración y la descripción (tipos textuales predominantes en la novela) se concebirán como formas singulares de organizar la experiencia en las que se inscriben la cultura, la ideología, la historia y, por supuesto, las relaciones de poder. En la segunda mitad del siglo XX, distintos téoricos estructuralistas como Lévi-Strauss y Roland Barthes insistieron sobre el rol protagónico de la narración en la literatura en contra del realismo literario que encontraba en la descripción el modo de sostener la función mimética del arte, es decir, la idea de que la función primordial del arte es la de representar o imitar la realidad. Ahora bien, las críticas a esta elección formal, que puede parecernos un detalle menor, una cuestión meramente estilística, estuvieron acompañadas de un muy duro cuestionamiento al capitalismo y al régimen burgués de representación que presentaba como “real” o “natural” lo que, en rigor, constituía un modo subjetivo, parcial y arbitrario de apreciación del mundo propio de una determinada clase social. Traemos a colación esta polémica para mostrarles en qué medida hasta los niveles mínimos del relato participan de la construcción del referente y de un punto de vista específico.
 En un trabajo clásico sobre el realismo de 1968, “El efecto de realidad”, Roland Barthes analiza el papel que juegan los detalles insignificantes y las descripciones de elementos que en rigor no participan de la trama narrativa en las representaciones literarias. Allí Barthes se detiene en distintos elementos menores que no pertenecen al orden de lo “anotable”, como por ejemplo la referencia a un barómetro en la descripción de la casa de los Aubain en Madame Bovary de Gustav Flaubert. Su mención, concluirá Barthes, responde a imperativos realistas: la anotación superflua produce el efecto de estar siguiendo el referente de una manera esclavizada como si no mediase entre el registro y la realidad representada principio alguno de selección o jerarquización del material; se trataría de la “realidad en bruto” capturada por la pluma del escritor como por una cámara fotográfica. 
Pero esto es solo un “efecto”, una ilusión de realidad que tiene por finalidad hacer de la anotación el encuentro entre un objeto y su expresión en contra de la naturaleza tripartita del signo (signo, objeto e interpretante o significante, significado y significación). De esta manera, lo que se escamotea, lo que el realismo oculta gracias, entre otros procedimientos, a la descripción- es el punto de vista que organiza y ordena esa selección de los materiales en apariencia irrelevantes o superfluos. En una clara oposición a la utopía realista de una plenitud referencial, la verosimilitud que rige en el presente se funda en el vaciamiento del signo, en hacer retroceder infinitamente su objeto hasta poner en cuestión, de una manera radical, la estética secular de la representación (Barthes, 1994, p. 187).

El estructuralismo y el postestructuralismo ponen en cuestión, de este modo, la posibilidad de que el discurso literario se refiera a asuntos que estén por fuera del propio texto en la medida en que cualquier referencia solo puede ingresar a la literatura al precio de ser organizada y regulada por el código de la lengua, convirtiéndose así en un efecto de lectura, el efecto de un arbitrario juego con el lenguaje. El concepto de texto que maneja el estructuralismo y el postestructuralismo incorpora a la “realidad” pero no ya como causa o disparador del proceso semiótico sino principalmente como su resultante. Asimismo, además de la tendencia a considerar la referencialidad como un producto de la sintaxis de las estructuras literarias narrativas, el postestructuralismo ubicó la referencialidad del lado de la lectura y la interpretación. Es, entre otros, el caso de Jacques Derrida que fue más allá que el estructuralismo al proponer que la anotación se reactualiza incesantemente en distintos contextos donde asume cada vez un sentido diferente. Si la ausencia de referente no es un accidente de la escritura sino lo que constituye la anotación, si la anotación no es el vehículo de la cosa percibida sino su sujeción a una estructura lingüística y si la característica principal del significante es que puede reproducirse, entonces, cada acontecer del significante vale en mismo. En un mismo nivel significante cada lector (o un mismo lector en momentos y contextos diferentes) leerá significados distintos, en otras palabras, cada nueva recontextualización de una misma forma habilita nuevas significaciones.

Dicho todo esto, vale también aclarar que la literatura nunca renuncia a plasmar la experiencia: consciente de la inadecuación fundamental entre el lenguaje y lo real, debe buscar siempre la forma de rehuir de los usos hipercodificados del lenguaje y el lugar común de modo de poder decir la novedad, albergar la singularidad y la contingencia, contar un acontecimiento único. Como bien sintetiza Barthes en su Lección inaugural, “(…) la literatura es categóricamente realista en la medida en que sólo tiene a lo real como objeto de deseo; (…) también es obstinadamente irrealista: cree sensato el deseo de lo imposible” (1998, p. 128).

Postautonomía

En el último tiempo, son cada vez más frecuentes las reflexiones teóricas que apuntan a un fin del ciclo de la autonomía del discurso literario. En el campo de la crítica y la teoría literaria argentinas, el trabajo de Josefina Ludmer “Literaturas postautónomas” lee la narrativa argentina del presente en esta clave. La autora analiza un conjunto de textos contemporáneos que asumen la forma prototípica de los géneros realistas, como la crónica, la autobiografía, el testimonio, etc., pero la realidad cotidiana a la que aluden

(…) no es la realidad histórica referencial y verosímil del pensamiento realista y de su historia política y social [la realidad separada de la ficción], sino una realidad producida y construida por los medios, las tecnologías y las ciencias. Es una realidad que no quiere ser representada porque ya es pura representación: un tejido de palabras e imágenes de diferentes velocidades, grados y densidades, interiores-exteriores a un sujeto, que incluye el acontecimiento pero también lo virtual, lo potencial, lo mágico y lo fantasmático (2007; la negrita es nuestra).

Pese a circular como literatura, estos textos se vuelven refractarios a cualquier análisis a partir de las categorías literarias tradicionales, como autor, obra, estilo, escritura, texto y sentido. Son y no son literatura, son simultáneamente ficción y realidad, porque la realidad a la que aluden es ya una realidad de segundo orden, una realidad “ficcional” construida por una imaginación pública en la que los medios masivos de comunicación juegan un papel destacado. La realidad ya no es la historia de algún país, la biografía de un sujeto determinado o las costumbres y tradiciones de un pueblo en particular si no la realidad que los medios fabrican constantemente.
 En una nueva vuelta de tuerca, la literatura se reencuentra con el mundo, solo que ahora el mundo fuera y dentro del texto son una única y misma cosa: mera representación.

FUENTE:Equipo Especialización (2016). Modulo Didáctica de la Teoría Literaria. Clase 4. El mundo: el problema de la referencialidad y la mediación lingüística. Especialización en Enseñanza de Escritura y Literatura para la escuela secundaria. Ministerio de Educación y Deportes de la Nación.

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