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11 de diciembre de 2016

Cultura y sociedad en los años sesenta y setenta en Argentina



A fines de la década de 1960 se desarrollaron movimientos de agitación social y política protagonizados por jóvenes en distintos lugares del mundo. El movimiento conocido como "el Mayo Francés", en el que los estudiantes y trabajadores de París, en 1968, se rebelaron violentamente contra el gobierno de De Gaulle y contra el orden social burgués, fue el que más influyó en las ideas y en las actitudes  de los estudiantes argentinos.
Las consignas de los universitarios franceses- Seamos realistas, pidamos lo imposible;  La imaginación al poder o Prohibido prohibir, reflejaron los ideales libertarios y los deseos de cambios radicales de muchos jóvenes de esta generación. También tuvo una gran trascendencia la llamada "Primavera de Praga", un movimiento del pueblo checoslovaco que intentó construir un socialismo con rostro humano, democrático y autogestionario, y que fue reprimido  por tropas enviadas por gobierno de la URSS. En  México, una protesta estudiantil fue reprimida violentamente en el estadio de Tlatelolco y murieron cientos de estudiantes.

Las décadas de 1960 y 1970 estuvieron marcadas por la internacionalización de la cultura y el desarrollo de la industria cultural. Las pro­ducciones generadas en el centro del sistema capitalista se propagaron rápidamente hacia la periferia. En la Argentina, algunas de esas produc­ciones —como la minifalda, los Beatles, los Rolling Stones, el cine "de protesta" y el "de reflexión"— tuvieron un vigoroso impacto entre los sectores juveniles.
Estos años estuvieron signados por el protagonismo de los jóvenes. El deseo de cambios revolucionarios y la necesidad de adoptar actitudes ra­dicales, vanguardistas y de ruptura con el sistema fueron las notas distin­tivas de la cultura de una gran parte de la sociedad en aquellos años. Ca­si ninguna esfera de la vida cultural estuvo ajena a ese espíritu cuestionador y de transformación de todo lo existente, en el que se entremezclaron las influencias procedentes del exterior con posiciones que reivindicaban las raíces nacionales y populares. Una generación joven de rockeros, folcloristas, artistas de vanguardia, intelectuales y militantes políticos fue la expresión de esos anhelos y utopías.

LA CULTURA NACIONAL Y POPULAR

Hacia mediados de la década de los años sesenta, entre los intelectua­les y los estudiantes —y también en una parte de los sectores medios— se fue conformando una corriente de pensamiento crítica de la tradición liberal, a la que calificaban de "europeizante" y "colonialista".
Los intelectuales que acordaban con esta corriente plantearon como al­ternativa un pensamiento antiimperialista, que debía buscar sus raíces e identidad en la cultura latinoamericana. El resultado de esta reorientación ideológica fue la formación de una corriente de pensamiento que se co­noció como "izquierda nacional".
En esta nueva corriente confluyeron escritores, poetas, novelistas y pe­riodistas, entre otros Leopoldo Marechal, Rodolfo Walsh, Francisco Urondo, Juan Gelman, Humberto Constantini, los hermanos Cedrón; fi­lósofos, historiadores y ensayistas, como Juan José Hernández Arregui, Arturo Jauretche, Rodolfo Ortega Peña, Eduardo L. Duhalde, Jorge A. Ramos. Todos ellos provenían de distintas corrientes ideológicas y polí­ticas, pero compartían la necesidad de expresar un ideal revolucionario "nacional y popular", que se integrara con las "luchas por la liberación de los pueblos". La noción de "socialismo nacional" fue la fórmula que ex­presó de manera sintética sus anhelos de vincular el pensamiento y la teo­ría marxista con la experiencia política peronista de la clase obrera argen­tina, a la que consideraban el sujeto revolucionario.
Desde esta perspectiva, los intelectuales revisaron la histo­ria argentina buscando las cla­ves de interpretación en las lu­chas populares contra la domi­nación colonial. La revisión de la experiencia peronista incluyó la valoración de la figura de Eva Perón, que se transformó en un mito revolucionario. Su figura combativa fue asociada a la de líderes guerrilleros como Ernes­to Che Guevara. La izquierda peronista la exaltó en sus ban­deras con la consigna "Si Evita viviera sería montonera".

Las revistas Cristianismo y Revolución —dirigida por Juan García Elorrio— y Crisis —dirigida por el escritor uruguayo Eduardo Galeano— fueron algunos de los más im­portantes vehículos de difusión de estas ideas. El ensayo histórico Las venas abiertas de América latina, de Galeano, y La formación de la con­ciencia nacional, de J. J. Hernández Arregui, fueron dos de los libros que más contribuyeron a expandir el ideario revolucionario. También tu­vieron una gran influencia en los ámbitos intelectuales las obras del pe­dagogo brasileño Paulo Freire —sobre todas, la Pedagogía del oprimi­do—, las del argelino Franz Fanón —autor de Los condenados de la tie­rra— y los escritos del líder comunista chino Mao Tse-tung. Muchas de estas obras circulaban más allá de los reducidos ámbitos académicos de las universidades y eran leídas por los militantes políticos, entre quienes también estaban muy difundidas las obras de la chilena Marta Harnecker —consideradas como manuales de marxismo— o el Diario del Che,  escrito por Ernesto Guevara durante su trunca y fatal experiencia guerrillera en Bolivia.
La radicalización política que se intensificó en la década de 1970  y este conjunto de influencias ideológicas favorecieron la aceptación de la violencia como un camino legítimo para transformar un orden social considerado injusto. La violencia constituyó un elemento constante en la cul­tura política argentina de aquellos años, al mismo tiempo que la democracia política aparecía desjerarquizada —se hablaba despectivamente de la "partidocracia liberal"—, luego de muchos años de proscripciones y gobiernos militares y civiles ilegítimos.
Para amplios sectores de la sociedad argentina, la violencia política era un fenómeno cotidiano, al que se aceptaba como normal e inevitable. Se hizo de uso frecuente la expresión la violencia de arriba engendra la violencia de abajo, para justificar el derecho del oprimido a liberarse del represor. La violencia en manos del pueblo fue considerada por muchos como sinónimo de justicia.

EL TEATRO POPULAR Y EL CINE NACIONAL

La polarización social y política de los años setenta aceleró la reacción contra "la cultura del consumo y la frivolidad". Muchos artistas intenta­ron generar formas autogestionarias y comunitarias de arte popular.
En el ámbito teatral comenzaron a representarse obras con temáticas sociales, como La flaca, de Ricardo Talesnik —estrenada en 1968— o decididamente políticas como El avión negro, referida al regreso de Pe­rón, escrita en colaboración por Carlos Somigliana, Roberto Cossa, Ger­mán Rozenmacher y Talesnik, en 1970.
También surgieron propuestas como la del Grupo Octubre, creado por Norman Brisky, que impulsó la difusión del teatro callejero en los barrios populares. En 1973, a tono con el clima de movilización política que pro­vocó el retorno del peronismo al gobierno, muchos actores hicieron ex­plícita su filiación política y se definieron como "artistas peronistas". Di­rigido por el actor Juan Carlos Gene, se formó el Centro Cultural Nacio­nal José Podestá, que llevó el teatro a los clubes de barrio, las unidades básicas peronistas y las villas miseria.
La difusión de estas tendencias culturales en las que se abrían paso los planteos "nacionales y populares" también se manifestó en el cine. Por esos años, cobró un gran impulso el cine argentino. En septiembre de 1974, la revista Panorama comentaba el renacimiento del cine argentino: "Después de muchos años, la calle Lavalle y decenas de salas de barrio aparecieron pobladas de títulos nacionales, relegando al cine extranjero a un inusitado segundo plano. Temerosos, pero con esperanzas, directores y público se preguntan cuánto durará el fenómeno"
Películas como La Patagonia rebelde —dirigida por Héctor Olivera con libro de Osvaldo Bayer— y Quebracho —de Ricardo Wülicher— fueron las primeras grandes producciones que abordaron temas históricos con una intencio­nalidad política. Juan Moreira, dirigida por Leonardo Favio, también buscaba rescatar temáticas populares del pasado no registradas por la historia oficial y llegó a ser un éxito de público.
El proyecto más audaz e integral para construir un cine políti­co fue el emprendido por el Grupo Cine Liberación, dirigido por Fernando "Pino" Solanas y Octavio Getino. Los realizadores de este grupo trataron de reflejar en el cine las luchas de la resisten­cia peronista y de extender "la lucha por la liberación" al campo de la cultura. Fueron los responsables de La hora de los hornos (1966), una película de tono militante y estilo documental, y de Actualización política y doctrinaria para la toma del poder y Perón y la revolución justicialista, filmadas en Madrid y basa­das en extensos reportajes al exiliado líder del justicialismo. Es­tas películas no pudieron exhibirse en las salas comerciales y de­bieron difundirse semiclandestinamente en circuitos organiza­dos por los militantes del peronismo revolucionario.

A principios de la década de 1970, se expandió notablemente la venta de televisores —800.000 en 1960 y 3.700.000 en 1971—, arreció la publicidad que incitaba al consumo por medio de cortos publicitarios y jingles y comenzó a difundirse la noción de marketing. Aunque en esos años la televisión fue cuestionada por los sectores más radicalizados como medio de penetración de las pautas de la sociedad de consumo, también permitió la difusión masiva de obras de autores de teatro y directores cinematográficos militantes de las nuevas corrientes. Uno de los más importantes grupos de teatro que tuvieron difusión televisiva fue el llamado "Clan Stlvel", creado y dirigido por David Stivel y del que formaban parte, entre otros, Sergio Renán, Norma Aleandro, Alfredo Alcón y Bárbara Mujica.

Fuente: 
M. E. Alonso y E. C. Vázquez
Historia : la Argentina contemporánea (1852-1999)
Ed.Aique, Bs.As; 2006




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