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9 de mayo de 2008

Análisis-resumen de EL Cancionero de Petrarca



Análisis-resumen de El Cancionero de Petrarca



El cancionero se compone de 366 poemas, la mayoría sonetos o formas más breves. En términos estrictamente métricos, existe una gran homogeneidad y muy escasas innovaciones. La innovación radica en unir piezas dispares en una sola colección coherente y muy trabajada.



La estructura es bipartita: una primera sección (la más extensa) dedicada a su amor por Laura mientras vivía y una segunda que alude a la supervivencia de su pasión luego que ella ya ha muerto.
Una serie de poemas estratégicamente colocados van proporcionando fechas fundamentales; unos veinte sonetos contienen referencias cronológicas precisas que miden el paso del tiempo desde 1327 hasta 1358, doce años después del fallecimiento de Laura.
El primer soneto abarca en sí mismo el tiempo al representar la perspectiva de un poeta mayor y más sabio que mira hacia atrás y contempla los errores de juventud del hombre que fue, expresando arrepentimiento y vergüenza por los vanos sufrimientos y vanas esperanzas.

Pero el tema dominante se hace presente en la segunda parte del cancionero: el amor, que aparece y debilita el instinto moral.
En los primeros siete sonetos, el nombre de Laura da lugar al juego de palabras : su vinculación con los laureles de la poesía queda clara como así también su papel como transfiguración de Dafne, la ninfa que según Las Metamorfosis de Ovidio había sido amada y perseguida por el dios del sol, Apolo, y transformada en laurel justo a tiempo para escapar de él.

Cerca del final del Cancionero, ella se le aparece en una de las muchas visiones y le ofrece los laureles del triunfo, recordándole que aún esta ligado por el nudo dorado de su amor.
Sin salir de su marco comienza a desarrollarse un deseo que es todo sufrimiento, destinado a no ser correspondido jamás.
El poeta, como su poesía, se encuentra en un fluir perpetuo. Nos presenta los conocidos temas:
  • el paso del tiempo,
  • la fragilidad de todo lo mortal,
  • la vanidad de todas las alegrías,
  • el movimiento hacia adelante del viaje de la vida,
  • la huida de la muchedumbre vulgar en pos de la soledad,
  • la influencia de Ovidio, no sólo en cuestiones de metamorfosis y laureles, sino también en la metáfora de Cupido disparando flechas a los ojos del amante,
  • el tópico del Ubi sunt (dónde están),
  • el paso de los grandes hombres y sus hazañas y
  • el paso de la belleza, aspectos todos ellos que reconocemos como típicos de Petrarca.
En la segunda parte, el sufrimiento deja paso a la desesperación y ésta al arrepentimiento. Se da cuenta de que su amor, en la medida en que estaba dedicado a un ser mortal, era erróneo y que la virtud de Laura, que se resistió a sus requerimientos, actuó por el bien de él. El deseo de muerte aumenta, y con él la esperanza piadosa de poder seguirla al cielo.

En las dos últimas Canciones del ciclo, lleva a cabo un acto de contrición definitivo, depositando todas sus esperanzas en Dios y rezándole a al Virgen María, a quien ofrece una prenda de amor pidiéndole misericordia y buen consejo, el fin de sus sufrimientos y un comienzo de salvación.

En el Cancionero, hay otros poemas que hacen referencia sobre su regreso a Roma y en alabanza de Italia; otros versan sobre la fama y la virtud, la muerte de amigos y mecenas, la campiña y los goces de la soledad.

Cada uno de los fragmentos del Cancionero tiene consistencia por sí mismo y sin embargo forma parte de un conjunto polimorfo, una estructura que inventó Petrarca y que tal vez constituya su legado más original a la posteridad poética.

El protagonista de una obra lírica suele ser el enamorado. En la mayoría de los casos, este papel está representado por el propio poeta; pero hay que considerar que no se trata de una persona real. En efecto, en los poemas, el poeta se representa a sí mismo por medio de la "voz poética", una pri­mera persona que expresa sus sentimientos más profundos. Estos rasgos de escritura pueden confirmarse en los cuatro sonetos de Petrarca. En ellos, se ve la figura de un individuo atormentado por tensiones permanentes. La necesidad de amar un imposible define su condición heroica, ya que la sufre como un destino inevitable al que celebra y, al mismo tiempo, lamenta.



Un poeta solo y desamparado

Soneto l. El soneto número 1 inaugura la colección. En realidad, Pe­trarca lo escribió a manera de prólogo de la segunda redacción del Cancione­ro, es decir que, a pesar de encabezar la obra, es posterior a muchas de las composiciones que hay en ella.
En este texto, el poeta se muestra reflexivo y dudoso acerca de su ac­tividad. Se dirige a un destinatario que conoce las cuestiones del corazón y a él le pide comprensión, piedad y perdón por algo que el poeta hizo en el pasado. No reniega de su amor, sino de haber escrito acerca de él. La expe­riencia del sufrimiento amoroso debe ser callada y silenciosa (esto se expresa en el primero y en el segundo verso del primer terceto) y, como el poeta ha divulgado esa experiencia, ahora se arrepiente. Esta actitud de me­ditación sobre el propio pasado, esta capacidad de reconocimiento de los cambios que su modo de existencia produjo en él, la admisión del error y el arrepentimiento le otorgan a este protagonista rasgos de madurez.

Soneto XIX. Este soneto expresa el carácter de ineludible que el desti­no les depara a los poetas de la lírica renacentista en la figura del amor por una dama inalcanzable. La comparación con la atracción que ejerce la luz hacia algunos animales intenta expresar la imposibilidad de evitar ese desti­no. Así como el fatal encantamiento del brillo conduce a las mariposas ha­cia el fuego en el que rápidamente mueren, el amante es dominado por la luz de su amada, incapaz de resistirse a ella, aunque conoce el trágico fin al que esto lo lleva: el sufrimiento por algo que no puede realizarse.
El poema trabaja una serie de opuestos relacionados con la luz y la os­curidad ("sol", "luz", "brilla", "enciende"/ "noche", "oscuro lugar") a los que se suman las alusiones a la vista, a la mirada (para ver, se hace nece­saria cierta cantidad de luz, ni demasiada ni escasa): "la luz los ciega", "con ojos enfermos y llorosos", "mi destino a mirarte me conduce". Con todos estos elementos, se pone de manifiesto el dolor de la contemplación de esa ama­da imposible de alcanzar.

Soneto 298. Esta composición también resulta de una actividad de in­trospección reflexiva, pero asociada a un sentimiento mucho más doloroso. En este caso, la observación de sí mismo le devuelve al poeta el reflejo de un ser solitario y desamparado ("yo vuelvo en míly me encuentro tan desnu­do / que envidia siento de toda otra suerte). La desgarradora realidad de la pérdida definitiva de su amada quiebra su confianza en el amor y le arreba­ta su inspiración poética.







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