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2 de agosto de 2008

La narrativa de la tierra o regionalista por Guillermo García

Por Guillermo García
La narrativa llamada ‘de la tierra’ o regionalista que floreció en el subcontinente entre 1915 y 1930 aproximadamente, llegará a adquirir en el área andina unas características muy particulares al entrar en contacto con una problemática sociohistórica privativa de la región: la presencia del indio. De esta manera es como se conforma en el campo cultural de, básicamente, Perú, Bolivia y Ecuador, un movimiento de perfiles ideológicos, políticos y literarios bastante homogéneo que, en líneas generales, puede ceñirse bajo el rótulo de ‘indigenismo’.
Un antecedente de esta tendencia puede ser rastreado, ya avanzado el siglo XIX, en los exponentes más sobresalientes de la llamada ‘narrativa indianista’: Clorinda Matto de Turner (Perú, 1854-1909), autora de la novela Aves sin nido (1889), y Juan León Mera (Ecuador, 1832-1894), responsable de Cumandá o un drama entre salvajes (1879). Marcadamente influidos por la prosa de Chateaubriand y la estética romántica, los textos indianistas transmiten una visión sumanente idealizada del indio. Esto no ocurrirá con el indigenismo.
Elaboradas a la luz de las estéticas realista y, sobre todo, naturalista, las novelas indigenistas se caracterizarán por presentar una perspectiva directa, cruda y no pocas veces truculenta de la realidad aborigen. Asimismo, su propósito se centra en la denuncia comprometida de las injusticias que padecen los miembros de esas comunidades relegadas por parte de los grupos de poder (ya sean los dueños de las tierras, las fuerzas gubernamentales, etc.).
El escritor boliviano Alcides Argüedas a propósito de su libro Pueblo enfermo (1909), ensayo que, bajo una óptica cientificista, intentaba una explicación -por cierto que insuficiente- de las causas del problema social del indio. El mismo autor despliega en la novela Raza de bronce (1919) concepciones similares: los personajes carecen de voz propia, de espesor interior y el narrador parece incapaz de concluirlos como no sea superficial y exteriormente. De todos modos la novela vale por la presencia y el tratamiento que se hace del imponente paisaje andino.
Dueño de un estilo depurado y poseedor de una refinada formación intelectual, Ventura García Calderón (Perú, 1885-1959) fue un eximio divulgador de la cultura americana. Su texto más relevante, La venganza del cóndor (1924), está integrado por cuentos que responden claramente a la estética indigenista.
El historiador y narrador Luis E. Valcárcel (Perú, 1891-1965) se interesó vivamente por los pasados esplendores de la cultura incaica -Cuentos y leyendas incas data de 1933-. No obstante acometió una potente denuncia de la situación presente del indio con su libro Tempestad en los Andes.
Con Huasipungo (1934), Jorge Icaza (Ecuador, 1904-1978) se convierte en uno de los exponentes fundamentales de esta corriente. La novela cuenta desde una perspectiva realista los avatares de una rebelión indígena brutalmente reprimida. La narrativa de Icaza constituye una riquísima y precisa galería tipológica de la sociedad ecuatoriana. Huairapamushcas (1948) y El chulla Romero y Flores (1948) son otras novelas destacadas de su producción.
Otro nombre insoslayable es el de Ciro Alegría (Perú, 1909-1967), quien supo imbricar magistralmente los postulados del realismo con recursos propios de la narrativa contemporánea. Por ejemplo, en la novela Los perros hambrientos (1938) no dejan de llamar la atención los vaivenes a los que está sometido el punto de vista narrativo, alternativamente fluctuante entre la perspectiva animal y la humana. Pero la obra más ambiciosa de Alegría es El mundo es ancho y ajeno (1941), novela que a través de la descripción de una comunidad indígena a lo largo de casi dos décadas, intenta una panorámica de la realidad peruana.
Jesús Lara (Bolivia, 1898-1980) conoció íntimamente la cultura quechua. La explotación del indio unida a la penosa experiencia de la Guerra del Chaco son marcas centrales de su narrativa. También fue investigador, lingüista y ensayista.
La crítica que se le podría efectuar a la primera etapa del indigenismo apunta, paradójicamente, a la carencia de una comprensión profunda de los problemas del indio; falencia esta que, en el plano estrictamente literario, habrá de traducirse en ausencia de una expresión genuina -esto es: nacida del interior- de aquéllos.

La literatura indigenista no puede darnos una versión rigurosamente verista del indio. Tiene que idealizarlo y estilizarlo. Tampoco puede darnos su propia ánima. Es todavía una literatura de mestizos. Por eso se llama indigenista y no indígena.” José Carlos Mariátegui


Sin embargo, a partir de la década de 1950, una segunda fase de esta serie intentará un acercamiento sincero, un cambio de perspectiva radical y, por ende, una elaboración artística mucho más meditada y compleja.
Poeta y narrador fue Gamaliel Churata (Perú, 1894-1969). Renovó la poesía andinista en su país y colaboró asiduamente en la revista Amauta. Por sus actividades en favor de los derechos de los indios debió exiliarse en Bolivia. En El pez de oro (1957) fusiona prosa y poesía al tiempo que combina la lengua castellana con el aymará, obteniendo resultados artísticos de una elevada sugestividad.
Pero es con José María Arguedas (Perú, 1911-1969) que la corriente indigenista alcanza su punto cenital. De origen mestizo, Arguedas habló antes el quechua que el castellano. La experiencia vital del bilingüismo, central en lo que respecta a su proyecto narrativo posterior, lo vincularía además con esa categoría de escritor tan propia del siglo XX: el extraterritorial.

La terminación quechua yllu es una onomatopeya. Yllu representa en una de sus formas la música que producen las pequeñas alas en vuelo; música que surge del movimiento de objetos leves. Esta voz tiene semejanza con otra más vasta: illa. Illa nombra a cierta especie de luz y a los monstruos que nacieron heridos por los rayos de la luna. (...) Illa no nombra la fija luz, la esplendente y sobrhumana luz solar. Denomina la luz menor: el claror, el relámpago, el rayo, toda luz vibrante. Estas especies de luz no totalmente divinas con las que el hombre peruano antiguo cree tener aún relaciones profundas, entre su sangre y la materia fulgurante”. Los ríos profundos, frag.

El cometido de su literatura es por demás ambicioso y puede resumirse en términos de ‘traducción’. Así, lo que se intenta traducir es la complejidad de la cosmovisión indígena a las formas de pensamiento propiamente occidentales. Este hecho, en el plano estricto del lenguaje, se comprueba mediante la incorporación de estructuras sintácticas del quechua al idioma castellano. Por otra parte, aquí radica el peculiarísimo carácter de una prosa sin equivalentes. En contraposición con la narrativa indigenista previa, la mirada de Arguedas parte genuinamente ‘desde adentro’ de la cultura aborigen. Los ríos profundos (1959) es su novela más importante. También los cuentos de Agua (1935) y la novela Yawar Fiesta (1940), aunque anteriores, operan según las técnicas del hibridaje lingüístico-cultural.

“José María Arguedas no sólo ha sido, en los últimos treinta años, un escritor, sino toda una literatura, un modo integral de ver, sentir y expresar la realidad peruana.” José Miguel Oviedo

Si El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971), la novela póstuma de Arguedas, significó un intento por acercar esta literatura a formas más experimentales, le tocará a Manuel Scorza (Perú, 1928-1983) conjugar la tradición indigenista con los procedimientos narrativos propios del boom de la literatura latinoamericana de los años ‘60. Redoble por Rancas (1970), Garabombo, el invisible (1972), El jinete insomne (1976), El cantar de Agapito Robles (1976) y La tumba del relámpago (1978), integran el ciclo denominado “La guerra silenciosa”.
También un narrador como Nestor Taboada Terán (Bolivia, 1929) incursiona en la serie con la novela Indios en rebelión (1968).
Por último, y aunque no pertenezca al área andina, es un caso curioso el del antropólogo Ricardo Pozas (México, 1912). Autor de un texto notable que cruza la biografía, la investigación cultural y la novelística, Juan Pérez Jolote, biografía de un tzotzil (1948) bien puede encuadrarse dentro de esta vertiente por ser un valioso testimonio de la cultura chamula de Chiapas a la vez que una denuncia de las injusticias sufridas por su protagonista.

Libros como La vorágine, Doña Bárbara, El mundo es ancho y ajeno, Don Segundo Sombra, Raza de bronce o La bahía del silencio, honrarían a cualquier literatura, pero mucho más honran a la de nuestra América, porque expresan fielmente su realidad y su espíritu, sus hombres y su paisaje, todo ello visto con sinceridad y dicho con lisura, sin pretender ocultar hipócritamente las lacras sociales y morales que entorpecen su vida sin agobiar, sin embargo, la confianza. Y acaso sea éste el modo más legítimo, más dinámico, más sabio, de ese americanismo callado que no sabemos si estará más aquí o más allá de las conferencias internacionales, de los tratados, del empaque que tanto agrada al periodismo comercial, pero que está sin duda en la esperanza virtual de cada uno”.
Mario Benedetti

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