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14 de diciembre de 2008

La poesía norteamericana moderna

El punto de partida de la poesía nor­teamericana moderna son dos nom­bres: T.S. Eliot (1888-1965) y Ezra Pound (1888-1971). Ambos ponen en marcha un despertar lírico que no olvi­da las deudas con Walt Whitman y sus Hojas de hierba del siglo pasado.
Pound, «el mejor artesano», funde en su lírica todo tipo de mitos, culturas, lenguas, para así alcanzar una plenitud realmen­te admirable. Supera tanto el vorticismo como el surrealismo y resplandece en los «fragmentos gloriosos» de sus Cantos (1925-1940), donde funde toda su expe­riencia y sabiduría.
Aunque nacido en St. Louis, Missou­ri, T.S. Eliot acabó sus días como britá­nico, dejando en su obra una respuesta intelectual a la neurosis del hombre, a la vida en la gran ciudad y al sentimiento de culpa. Su Tierra baldía (The Waste Land, 1922) está dedicada a Ezra Pound y en sus cinco partes describe la angustiosa vida londinense a través de «imá­genes rotas», componiendo el collage más agresivo de nuestra realidad cotidiana, sin olvidar las deudas a Laforgue o Apollinaire.
Cuando, ya sosegado de esa experiencia, nos entrega los maravi­llosos Cuatro Cuartetos (Four Quartets, 1935-1942) se descubre su talento como poeta metafísico
Otros poetas notables son Wallace Stevens (1879-1955), en quien la armo­nía y el equilibrio son temas redentores. Cuando leemos Harmonium (1923) o Las auroras del otoño (1950), estamos ante un ámbito de serenidad y vigor expre­sivos poco comunes.
Robert Frost (1874-1963) insiste en temas bucólicos y William Carlos Williams (1883-1963) nos entrega en su obra una comunidad, Paterson, que lo mismo nos remite al Winesburg, Ohio, de Sherwood Ander­son como al Spoon River de Edgar Lee Masters.
E.E. Cummings (1894-1962) es abrupto y crítico, pero posee una enorme fuerza, mientras que Harte Cra­ne (1899-1932) en El puente (1930) nos devuelve el patetismo del mundo de Dos Passos.
Los nombres actuales de Robert Lowell, Anne Sexton, John Berryman, Snodgrass, Charles 01son y Arthur Mervyn, por citar unos pocos, no hacen sino insistir en temas que los grandes maestros han señalado de un modo u otro.
Es digno de mención el hecho de que la poesía sea una «tierra baldía», cuyos «cantos» se convierten en la única respuesta de una sociedad que se vuelca en una total incomunicación.
La poesía actual de Norteamérica espera encon­trar sus nuevos grandes nombres. Por el momento, no ha conseguido alcanzar la fama de esos dos exiliados - Pound y Eliot-, y ni siquiera damos el latido poético de Stevens, Frost o Williams. Aunque la lírica sigue su curso y el futuro se muestra prometedor.

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