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10 de enero de 2013

La Celestina o tragicomedia de Calisto y Melibea- Análisis de sus personajes


La Celestina  o tragicomedia de Calisto y Melibea: Análisis de sus personajes: Celestina; Calisto y Melibea- Pleberio y Alisa- Sempronio y Pármeno





Si algo distingue a los personajes creados por Rojas es,  a no dudarlo, su carácter de individuos frente a los tipos más o menos prefijados que les sirvieron de base. Ni su accionar ni su hablar responden a pautas previsibles. Absolutamente originales, no se parecen más que a sí mismos, y los modelos de los cuales pudieron nacer no son sino el punto de apoyo a partir del cual habrán de recorrer su trayectoria personal. Su misma imprevisibilidad es lo que los aleja de los tipos esquemáticos cuya conducta queda fijada desde el primer momento. Por ello, su enorme riqueeza tomada de la vida misma, nos los presenta "haciéndose" incesantemente, naciendo a la vista del lector, de sus hechos y palabras, de sus reacciones y, como bien anota Stephen Gilman, de sus a veces diversos y contradictorios retratos (como sucede por ejemplo con el de Melibea, idealizada por Calisto en el pri­mer acto y desvalorizada por las prostitutas en el noveno). Todo esto, que exige por parte del lector un continuo esfuerzo de reacomodación, no desdibuja los personajes ni los vuelve inasi­bles sino que, por el contrario, pone en evidencia el talento de Rojas que utiliza esa variedad de materiales para componer seres artísticamente coherentes dentro de su propia evolución.

Por lo general, los personajes de la Tragicomedia se reúnen en parejas: los enamorados Calisto y Melibea, los padres de ésta, : Pleberio y Alisa, los criados Sempronio y Pármeno, Tristán y Sosia y las prostitutas Elida y Areúsa. Uno solo se mantiene al margen de esta distribución: la vieja Celestina, figura que por sobre todas las restantes ha quedado fijada como arquetipo a lo largo de los siglos. Sus características parecen alejarla formalmente de los de­más y su silueta aislada se convierte en eje en torno del cual gira­rán los personajes cuyas vidas dirige y condiciona. En ella, según la acertada expresión de Menéndez y Pelayo, "todo es sólido, ra­cional, consistente". A diferencia de los demás caracteres, cuya evolución se va cumpliendo ante los ojos del lector, Celestina tie­ne una historia, aspecto, edad y trayectoria que conocemos con detalle: su rostro desfigurado por una cicatriz, sus ropas raídas, las mil modalidades de su oficio y su sórdida morada "al cabo de la ciudad, allá cerca de las tenerías, en la cuesta del río, una casa apartada, medio "caída", repleta de toda suerte de instru­mentos, hierbas, ungüentos y bebedizos destinados a secundarla en sus artes. Señalemos al pasar que estas pormenorizaciones no se extienden a la ciudad en que vive Celestina. Mucho se ha debatido acerca de ello y se propusieron diversas localizaciones: Salamanca, Sevilla, Toledo. Pero los detalles que, en este sentido, nos brinda la obra (monumentos, nombres de calles) no son ex­clusivos de ninguna de ellas. Lo más verosímil es que se trate de una ciudad imaginada sobre la base de rasgos comunes a mu­chas otras.
La misma "solidez" de los rasgos exteriores, puede aplicarse a su carácter: no existe en ella el menor conflicto interior; im­buida de orgullo profesional desempeña su oficio con plena conciencia (de ahí, por ejemplo, su      lealtad hacia Calisto, su “cliente"), y su sentido de la honra se apoya precisamente en la dignidad con que cumple su vocación. Su religiosidad tampoco ha de sonar a falsa: sincera en sus ritos y devociones no siente contradicción alguna entre ello  y su desempeño en la vida.
Pero de este complejo personaje surge una nota con peculiar nitidez: su extraordinario ingenio aplicado a las artes de la seducción. Dotada de aguda inteligencia práctica, conoce todas las técnicas que le franquean el acceso hacia sus víctimas. Gracias a su lucidez puede penetrar en ellas, conocer sus debilidades y atacar sus puntos más débiles; es capaz de acomodar su actua­ción y su habla a las modalidades de su interlocutor y desplegar, a partir de estos elementos, su infalible estrategia. Sabe así que hará caer las defensas de Melibea apelando a su piedad por Ca­listo, y las de Pármeno recurriendo a su sensualidad.
Otro rasgo, su codicia, corre paralelo con el anterior. El interés es el móvil de todas sus acciones,  no da un paso si no obtiene recompensa de ello. Con genial intuición, Rojas utilizó esta nota con sentido ejemplar: su codicia es precisamente lo que la lle­vará a la muerte. En la escena 2 del acto XII (disputa con Pármeno y Sempronio por la posesión de una cadena que le entregara Calisto) su habilidad y astucia  la  abandonan: no puede ya salir de la red de mentiras que ha tejido  y muere en manos de sus cómplices.

Calisto y Melibea
Lejos de ser mera réplica uno de otro,  presen­tan rasgos bien distintivos. Al Calisto soñador, que, encerrado en su cámara, se complace en el análisis introspectivo, absorbido por ensueños y cavilaciones (más proclive a la meditación que a la acción) se opone una Melibea activa, resuelta , segura de sí misma. A diferencia de su enamorado, no necesita de los con­sejos de criados ni terceras y, una vez entregada a su pasión, se consagra a ella sin dudas ni vacilaciones. Esto no significa por cierto, que haga a un lado su pudor -nada melindroso- ni su honra. Como artista genial, Rojas no minimiza el conflicto de su heroína (actos X, XII, XIV), para la cual ni la "fama' , ni el"honor" son palabras huecas, sino conceptos profunda y sinceramente arraigados en su ser. Cuando vencida su resistencia consigue  superarlos, descubre, junto con el goce pleno de su pasión, un sentido nuevo, más íntimo y personal -pero no menos exigente-del honor.
Melibea está sólidamente arraigada en un medio social v fa­miliar cuyas imposiciones condicionan en buena parte su con­ducta. La opinión de la sociedad, el dolor que puede causar a sus padres, su proceder, son elementos que aparecen una y otra vez. Nada sabemos, en cambio, del medio familiar de Calisto, no hay mención alguna de padres ni parientes. Rojas subraya su  carácter de individuo aislado, desprovisto de todo vínculo con la  sociedad y sólo en contacto con sus criados y Celestina. Éstos son transformados en instrumentos para satisfacer su pasión y él asiste a sus esfuerzos con relativa pasividad. Su falta de confianza en sí mismo, probable causa de su actitud, es subrayada por Sempronio al comienzo del acto XI. Hay una circunstancia, sin embargo, en que Calisto  parece superar esa disposición y asume responsabilidad frente a los suyos: el momento en que acude en defensa de sus criado (acto XIX) y encuentra la muerte.
Este desenlace no podía dejar de repercutir hondamente en Melibea. "El amor no admite sino el amor por paga" —dice en el acto XVI-. La apasionada figura de Melibea perdería mucho de su fuerza dramática si no tomara la decisión de poner fin a sus días. Melibea, celosa de su fama, de su honra, del secreto de su amor, no teme ya proclamar a gritos su dolor ni confesar a su padre, en un discurso de profundas resonancias, su amor por Calisto. Esta actitud implica —como afirma María Rosa Lida— "una grandeza humana elemental por sobre las convenciones, única en la literatura española".
La simpatía de Rojas por su heroína es evidente, pero es pre­ciso recordar que desde el punto de vista de la intención, la obra tiene un sentido ejemplar: la Tragicomedia fue compuesta, según el propio autor, "en reprehensión de los locos enamorados" y la muerte de Calisto y Melibea asume, también, las características de una enseñanza.

Pleberio y Alisa

La figura de los padres adopta en el enfoque de Rojas, una caracterización enteramente nueva. Ello se aplica, sobre todo, al padre de la heroína. Atento a la seguridad de su hija, solícito por su futuro, todas sus palabras trasuntan un amor verdadero. Pero Pleberio alcanza verdadera grandeza ante la confesión de Melibea: no hay hacia ella un solo reproche, un solo reto.
La relación Pleberio-Melibea, tan moderna en su concepción, hecha de amor, confianza, comprensión, no tiene antece­dentes en la literatura española. Su desgarrador lamento final pese a su cuantiosa erudición, es una de las páginas más bellas y  conmovedoras de las letras hispánicas.
La madre, Alisa, recibió un tratamiento más convencional y su caracterización no presenta los acabados matices de la de Pleberio. Orgullosa de su posición social, cree que no hay en la ciudad marido de rango suficientemente elevado para su hija. Confía tan ciegamente en ella que sus sospechas ante la segunda visita de Celestina se desvanecen de inmediato. Con patética ironía, Rojas subraya su ignorancia de los hechos cuando, a oídas de Melibea, proclama "que yo sé bien lo que tengo criado en mi guardada hija".

Sempronio y Pármeno
La figura de los criados posee una fisonomía que los aleja de modelos convencionales. Seres dotados de autonomía, tienen propios conflictos y no se limitan a ser simple instrumento de los designios de su amo.
Sempronio, el de mayor edad, surge ante los ojos del lector como un personaje cargado de erudición, más o menos hueca, lugares comunes sobre los defectos de las mujeres, el amor, el paso del tiempo. Pero su proceder dista mucho de sus concejos. Sus propias palabras, en el acto I son, en este sentido,  definitorias : "Haz tú lo que bien digo y no lo que mal hago". Su
 carácter, complejo y lleno de notas diversas, abarca un amplio  registro que va desde sus peroratas doctorales hasta su violenta condición de asesino. A menudo egoísta y cobarde, Calisto es en el fondo su presa. Rojas supo, sinembargo, matizar su personaje ya que, de hecho, y a pesar de cobardía y egoísmo, no abandona a su amo: su preocupación por su salud, su descanso y alimento son frecuentes en él.

Rojas no dejó en ningún momento de subrayar el contraste entre Sempronio y Pármeno. La juventud del último, por ejemplo, es reiterada una y otra vez. Su ingenio agudo, su inteligencia práctica se oponen a la tonta erudición de Sempronio. Su perspicacia no le impide, sin embargo, caer en las redes de la vieja Celestina, quien se sirve para ello de su sensualidad de adolescente. Con todo, y al igual que Sempronio, su fidelidad no termina en el primer acto, cuando el trabajo de convencimiento de Celestina empieza a dar sus frutos. El instrumento de su traición será su relación con Areúsa (acto VII). Pero aun después, quedan en él resabios de fidelidad: no puede, por ejemplo, dejar de preocuparse porque llega tarde al servicio de Calisto (acto VIII).

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