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26 de enero de 2013

La crítica del arte


La crítica del arte

La estética se interesa por el hecho artístico pres­cindiendo completamente del factor técnico y no expresa juicios sobre la obra particular del artista. Pero aparece claro que si es importante especular sobre la esencia y el valor del arte, no es menos necesario juzgarlo en sus realizaciones concretas.

Cuando manifestamos nuestra preferencia por esta o aque­lla obra, cuando decimos, por ejemplo, que Picasso no nos agrada, ¿nos comportamos de un modo crítico? Reconoz­camos honradamente que, en la mayoría de las ocasiones, nos limitamos a expresar un juicio personal, o lo que es lo mismo, a dejarnos llevar exclusivamente por nuestro gusto. Y el gusto es algo transitorio, individual y contingente, en tanto que la crítica es una ciencia, al propio tiempo que una forma especial de arte, cuya creación u obra es el juicio crítico. Como ciencia, se apoya en el conocimiento y en el análisis de las diferentes producciones, de las variadas técnicas, de su evolución y de sus influencias recíprocas; como arte, re­quiere un temperamento especial, una aguda sensibilidad.

Un mérito de los griegos fue precisamente haberse ocu­pado del arte y de los artistas con criterios a menudo distintos de los nuestros, pero que ya pueden llamarse científicos, en la medida en que se basaron en el conocimiento de los distintos elementos -técnicos y estilísticos- relativos al hecho crea­tivo. En primer lugar, a partir del siglo IV, surge un vivo interés por la historia del arte, a cargo principalmente de Aristóteles y sus continuadores. Algunos de éstos establecen cuadros «genealógicos», fijando la sucesión y derivación de las distin­tas escuelas e indicando a los autores más importantes, junto con sus seguidores, con un criterio todavía vigente. Otros escritores, como Duris de Samos se ocuparon, en calidad de biógrafos, de los artistas y llegaron a veces a expresar juicios bastante certeros. En la época helenística se fue acentuando este interés y surgieron los críticos puros. El juicio de algunos de ellos, como Senócrates de Sición, escultor de la escuela de Lisipo, y Antígono de Caristia, ambos del siglo II a.C, nos ha sido transmitido por Plinio el Viejo (m. el 79 d. de C.) en su colosal y erudita Naturalis Historia.

Senócrates, basándose en el análisis de la técnica de un determinado artista, logra definirnos su estilo y, consecuentemente, su personalidad artística. Sus conclusiones, como es natural, no siempre son válidas para nosotros y así, por ejemplo, concede menos valor a Fidias que a Lisipo y acusa a Policleto de haber dotado a sus estatuas atléticas de toscas proporciones, errores de apreciación que tal vez deban achacarse al gusto de su tiempo y que son excusables por gozar de vigencia en todas las épocas. Lo importante era plantear por primera vez el problema de la crítica de arte, y esto fue lo que hicieron los griegos de un modo muy vivo y desembarazado e, incluso, a veces, con una sensibilidad sorprendentemente moderna.

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