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19 de junio de 2013

Análisis (exhaustivo) de la Divina Comedia de Dante Alighieri: Infierno y Purgatorio


Análisis (exhaustivo) de la Divina Comedia de Dante Alighieri: Infierno y Purgatorio



A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.
Así comienza la Divina Comedia. Dante, apoderándose de una antiquísima imagen literaria, que figura la vida corno una jornada a través de este mundo, se da cuenta de que a mitad de la misma se ha extraviado en una “selva, áspera y fuerte ". Admitiendo un sentido alegórico personal viene el poeta a decir que después de haber vivido descarriado durante algún tiempo en una vida pecaminosa, se percata de la bajeza de su estado y quiere volver a tomar el camino del bien. En un sentido alegórico universal querrá decir que el hombre se extravía sin darse cuenta en­tre las pasiones y vicios y allí permanece hasta que la gracia divina y la razón le iluminan y le ayudan a salir de tan triste condición. Las tres fieras —pasiones humanas— que le hicieron perder el recto ca­mino le acechan aún: son la pantera de manchado pelaje que repre­senta la lujuria, el león que es la soberbia y la loba, la codicia. Y le seguirán acechando hasta que llegue el veltre, el mastín que ahuyentará a la loba y que es el propio Cristo, a menos que se trate del emperador que efectuará la unidad espiritual y temporal de Italia
Mientras retrocede asustado hacia la selva, divisa el poeta una figura humana, sin que acierte a distinguir si es hombre vivo o mera sombra: se trata de Virgilio, el inmortal cantor de las desdichas de Troya y de la azarosa fundación de Roma, enviado por Beatriz en au­xilio de su protegido.
Virgilio, que sacará a Dante de la selva oscura y le guiará hasta el Paraíso terrenal, figura de la felicidad en esta vida, es símbolo de  la autoridad imperial, a la que incumbe el oficio de guiar al género humano a la felicidad temporal y, por­que es símbolo de la autoridad imperial, representa también la razón humana. Tras haberle dicho que el sendero tomado no es el bueno, le asegura que el único camino de salvación es el viaje por el Infierno y por el Purgatorio. Se presta a conducirle en ese periplo; si después quiera pasar al Paraíso le  guiará el alma aventurada de Beatriz. No acepta de inmediato el florentino, pero se decide cuando el futuro acompañante le revela quién le envía: "Vamos, pues. Que una misma voluntad nos une. Tú eres mi guía, mi señor, mi maestro."
Las puertas del Infierno, en cuyo dintel resalta en negros caracte­res la conocida leyenda: "Por mí se va a la ciudad doliente. Por mí se va a las eternas penas. Por mí se va entre la gente perdida. La Justicia movió a mi autor supremo. Me hicieron el divino Poder, la suma Sabiduría y el Amor primero. Antes que yo no hubo cosa crea­da, sino lo eterno, y yo permaneceré eternamente. Dejad toda espe­ranza los que entráis", se franquean a los dos viajeros, y el Viernes Santo, 8 de abril de 1300, año del solemne jubileo decretado por el papa Bonifacio VIII, penetran en la oscura llanura que sirve de vestí­bulo al Infierno. Allí vagan, incesantes, sin poderse detener jamás, las sombras de personas carentes de carácter, los infelices que nunca estuvieron vivos, los cobardes e indiferentes, obligados a correr tras una bandera, aguijoneados por avispas y moscardones.
A orillas de la triste ribera del Aqueronte ven caer las almas como hojas muertas que se desprenden del árbol. El barquero Caronte los pasa al lado opuesto. Es allí donde propiamente comienza el Infierno, ese tremendo embudo de nueve círculos cada vez más estrechos, cuyo fondo es el centro de la Tierra. Del primer círculo o Limbo sacó Cristo a los Patriarcas; ahora es mansión de los justos que murieron sin cono­cer la verdadera fe. Allí moran, sin llantos ni suspiros, los muertos sin bautizar, y también los grandes sabios, héroes y poetas de la Antigüe­dad que amaron la belleza del ser y fueron ya cristianos en esperanza. "Honrad al altísimo poeta", clama una voz al reconocer al mantuano que habita de ordinario este lugar, y enseguida corren a su encuentro Homero, poeta soberano, el satírico Horacio, Ovidio, Lucano... En un noble y luminoso castillo rodeado de siete muros tienen su residen­cia los héroes que cantaron: Electra, Héctor y Eneas, César, Bruto, Camilo, Pentesilea, Lavinia, Lucrecia, Cornelia. . . También la tienen los grandes filósofos de los tiempos antiguos; Aristóteles "el maestro de los que saben", Sócrates, Platón, Demócrito, Diógenes, Anaxágoras y Tales, Empédocles y Heráclito, Séneca el moralista, Euclides el geómetra, Tolomeo, Hipócrates, Galeno, Avicena y Averroes, "que es­cribió el gran comentario".
Sin aclararnos cómo, pasan los poetas del primero al segundo círcu­lo, donde Minos examina las culpas de los que van llegando. En­vueltos y agitados por un torbellino que no para nunca encuentran a los pecadores carnales: Semíramis, Dido, Cleopatra, Elena, París, Tristan. . . y mil sombras más "a las que Amor hizo salir de esta vida" como la infortunada Francesca que, abrazando con pasión a su Paolo, le asegura que no pudo evitar aquel impulso que la llevó a la muerte y a las eternas penas.
Si en el círculo segundo están los lujuriosos arrastrados por ince­sante torbellino, en el tercero los glotones son azotados en el suelo por una lluvia tenaz y agobiadora y desollados por el Cerbero, monstruo de tres cabezas. Por amor a su ciudad se detiene Alighieri ante su com­patriota Ciacco, que le habla indignado y dolorido de las facciones que desgarran a Florencia y le predice su próximo destierro.
Los pródigos y los avaros, reunidos en el cuar­to círculo, se ven obligados a arrastrar enormes pesos y se mofan unos de otros cada vez que se encuentran. Para bajar al quinto Virgilio hace seguir a Dante el curso de un torrente que va a desembocar en la laguna Estigia. Sumergidos en aquel inmenso lodazal se golpean y desgarran brutalmente los iracundos, mientras que desde el fondo del fango suspiran los perezosos .
Flegias los conduce, mal de su grado, antemuros incendiados de Dite, la ciudad de Dis,  como los antiguos denominaban a Plutón. Los demonios, furiosos y arrogantes, intentan impedir la entrada a Vir­gilio si bien están dispuestos a dejar pasar a Dante, pero llega en el preciso momento un mensajero celeste atravesando a pie enjuto la Es­tigia y abre las puertas, tocándolas con su varita, mientras huyen de estampida por  todas partes los espíritus del mal.
Así, no sin esfuerzo y peligro, franquean los poetas la puerta de Dite. Se encuentran ya en el sexto círculo y ahora les toca bordear una landa sembrada de tumbas ardientes, dentro de las cuales yacen los herejes. Entre ellos están los que creyendo muerta el alma con el cuer­po fiaron exclusivamente en su voluntad e hicieron de ella la medida  de todas las cosas. Dante los llama epicúreos, nos asoma a un ángulo de la Edad Media que suelen pasar por alto los historiadores de aque­lla época, empeñados en esquematizar demasiado las vivencias del Me­dievo. Entre los epicúreos está el magnánimo Farinata degli Uberti, hombre de partido que amó apasionadamente a la patria y la defendió con denuedo, pero que dejó detrás de sí un surco de odios y vengan­zas imposible de colmar; entre los incrédulos el celebrado emperador de Alemania Federico II y el cardenal Ottaviano degli Ubaldini; entre los heréticos, el papa Anastasio, del que el clérigo medieval sospechaba que se había desviado a la herejía.
En el séptimo círculo, dividido en tres escalones, el Minotauro de Creta que se nutría de carne humana, reina soberano sobre los  rebeldes a Dios, creador del orden natural y legislador supremo. Los violentos contra el prójimo y sus cosas, tiranos y homicidas, están su­mergidos en la sangre hirviente del Flegetone, a lo largo de cuyas ori­llas corren, velocísimas fieras, los Centauros, asaeteando a todo aquel que emerge de la sangre más de lo que su cuerpo le permite. Allí se encuentran Alejandro de Tesalia —no Alejandro Magno, al que la Edad Media reverencia—, Dionisio, el tirano de Siracusa, Pirro, Ezzelino y, no podía faltar, Atila, el azote de Dios.
Más lejos se extiende un bosque agreste reseco y desnudo de follaje, morada de las Arpías que rompen las ramas, desoladora y gimiente germinación de las almas de los suicidas que, arrancándose del cuerpo, se encarcelan como plan­tas en su propia naturaleza. En este mismo escalón, perseguidos por hambrientos canes, huyen por el bosque los dilapidadores, que lo fiaron todo a la suerte y al azar. Junto con sus haberes disiparon la sustan­cia de su persona moral, convirtiéndose en fácil presa de las discor­dantes exigencias del instinto. Sobre el tercer escalón se cierne una atmósfera pesada e inmóvil y caen de lo alto amplias bocanadas de fuego. Tendidos en el suelo yacen los que blasfeman de Dios, mientras corren sin descanso los que en sus actos obraron contra la naturaleza, y permanecen sentados, tratando de apartar de sí las llamas, como los perros espantan las avispas, los que en el mundo fueron usureros.
 Nos sorprende hallar en esta última zona a Brunetto Latini, al que Dante llama mi maestro, ya que al señalarle el camino de las letras le enseñó "cómo se inmortaliza el hombre". Si Alighieri le sitúa entre los sodomitas, contradictores de la ley natural, débese a que Latini, que vivió largos años en Francia, redactó y publicó en francés su Te­soro, en el que asegura que "el idioma francés es el más deleitable y  más común a todas las gentes". Dante, lejos de compartir esa ase­veración, le acusa implícitamente de haber obrado contra la natura­leza, al no escribir en su lengua materna, la toscana.
A la grupa de Gerión, el monstruo alado con cabeza y brazos hu­manos y cuerpo y cola de serpiente, llega Dante al octavo círculo de Malebolge male bolgie, malas bolsas o fosas—, diez fosas circulares, concéntricas, donde sufren condena los fraudulentos, repartidos en otras tantas categorías: los alcahuetes y los seductores, terriblemente burla­dos por el diablo; los aduladores, hundidos en el estiércol; los simoníacos, ralea de aquel Simón el mago de Samaria, que quiso comprar a los apóstoles Pedro y Juan el poder de comunicar el Espíritu Santo por la simple imposición de manos con la cabeza metida en un hoyo de piedra, donde sólo les queda agitar las piernas con los pies encendidos; los magos y adivinos, que caminan hacia atrás con el rostro en los riñones; los culpables de malversión, sumergidos en pez hir­viente y vigilados por los demonios —esos demonios truculentos, de denominaciones pintorescas, que tantas veces había contemplado Dante esculpidos en los tímpanos de las catedrales—; los hipócritas, revesti­dos de capas de plomo, doradas por encima, que agobian con su peso; los ladrones, que, espantados, intentan escapar de una masa inmunda de reptiles pululantes en la fosa, aunque en vano, porque las serpientes acaban por morderlos y rodearlos hasta convertirse en las figuras hu­manas que han atravesado; los consejeros pérfidos, envueltos en devoradoras llamas; los sembradores de escándalos y cismas —Mahoma, Alí— lacerados y mutilados, de cuyo vientre hendido brotan las en­trañas; los falsificadores de toda índole, que se presentan con sem­blantes de roñosos, rabiosos, hidrópicos, sedientos y enfebrecidos. Diez fosas en las que se acumulan las más horribles visiones, las fantasías más desatentadas, que con justicia suelen llamarse "dantescas", los suplicios más inauditos y refinados.
Por simoníaco está condenado en la fosa tercera el papa francés Clemente V, que trasladó la sede papal a Aviñón y fue condescendiente en demasía con Felipe el Hermoso, cediéndole no sólo los diez­mos eclesiásticos, sino también los bienes de los templarios inicua­mente, perseguidos; por estafador Ciampolo de Navarra en la quinta por ladrón, en la séptima con otros cinco florentinos Vanni Fucci, que pierde la color al ver a Dante y por despecho le predice os­curamente las calamidades que caerán sobre su partido. Una llama, que termina en doble lengua de fuego, solicita la atención del poeta al pasar por la fosa octava, donde se encuentran los consejeros frau­dulentos: allí gimen los héroes griegos Ulises y Diomedes. Del pri­mero escucha Dante el relato de su postrer viaje y de su muerte, un relato según el cual, Ulises, después del retorno a Ítaca se habría embarcado en una nueva aventura llena de peripecias que ignorara la antigua tradición.
Cuando calla Ulises y queda inmóvil la llama que le cubre, le hace volver los ojos otra que demanda noticias de la Romana: es la voz de Guido de Montefeltro, hombre de armas y políticamente "el individuo más sagaz y más sutil que había en Italia por aquellos tiempos", quien refiere las astucias del papa Bonifacio VIII y se declara víctima consciente de las mismas.
En el último recinto de Malebolge —fosa décima— ayes desgarradores taladran sus oídos, bien habituados ya a los lamentos de los condenados; son de los falsificadores, cuyos espíritus languidecen amontonados en aquel oscuro valle con los miembros gangrenados y cubiertos de pústulas. Dos alquimistas apoyados el uno contra el otro, se arrancan con las garras las costras de sarna que los cubren, del mismo modo que se hacen saltar las escamas de la carpa con un cuchillo. A pocos pasos un falsificador, hábil, como tantos otros, en aligerar el peso del florín, la moneda con la flor de Florencia, que primaba en todos los mercados europeos, pareciera un  laud si hubiese tenido cortado el cuerpo en el sitio donde el hombre se bifurca. Ni las más osadas fantasías de nuestros pintores surrealistas o las que estamparan en sus lienzos Brueghel el Viejo y Jerónimo Bosch pueden parangonarse con las macabras que ha descrito la pluma inmortal  de Dante.        
Y no ha terminado todavía su recorrido por el Infierno. Esta­mos a la altura del canto XXXI cuando arriba al noveno y último círculo, para oír el sonido de un cuerno, que le -recuerda el olifante de Roldán pidiendo ayuda a Carlomagno en los desfiladeros de Roncesvalles, y divisar a lo lejos unas torres altísimas. Virgilio le saca de su error: no son torres sino gigantes, masas brutales e inertes, de los que tan sólo se aprecian las cabezas, hombros, torsos y parte del vientre; el resto permanece sepultado en tierra. Allí está Nemrod, el constructor de la torre de Babel que impidió que el mundo hablase una misma lengua.
El florentino busca en vano a Briareo, encadenado más lejos, pero distingue a Anteo, al que venciera Hércules, levantándole en sus brazos. Por orden de Virgilio alza a los dos viajeros y los lleva hasta el fondo de aquel pozo, donde en cuatro zonas distintas, opri­midos por los hielos del Cocito, reciben su castigo los traidores a sus parientes (la Caína), a su patria (la Antenora), a sus huéspedes (la Tolomca) y a sus bienhechores (la Judaica). Aprisionados por el si­lencio, su existencia es semejante a la de las piedras y su tormento ape­nas puede describirse en una lengua que dice "papá y mamá". Hielos, más gruesos que los del Danubio en el invierno austríaco, los ciñen has­ta la cintura y sus dientes castañetean como las cigüeñas baten sus pi­cos. También el poeta se estremece en aquella algidez eterna. Su pie, al pasar, toca un semblante y su dueño exclama sollozando: "¿Por qué me hablas? Es el mudo dolor de Bocca degli Abbati, que traicionó en Montaperti la causa güelfa y se avergüenza de revelar su nombre a Dante.
Es el dolor del conde Ugolino, el traidor a su patria, que se ensaña brutalmente en el cuerpo de aquel que a su vez le traicionó a él, y que presta voz al instinto de la paternidad herida y da color a la ferocidad del arzobispo Ruggiero, narrando su propia muerte y la de sus hijos en la Torre del hambre. Los dos están congelados en un agujero; la cabeza de uno sirve de sombrero al otro: como quien devora hambriento el pan, así clavaba los dientes en el cuello ajeno, donde el cerebro descansa en la nuca. Ruggiero, arzobispo de Pisa —oprobio de Italia, llama Dante a esa ciudad— encerró al conde en la Torre del hambre, después de haberle traicionado. Y tras haberla descrito el poeta por boca del propio protagonista, ¿quién no ha oído hablar nunca de la horrorosa escena de Ugolino en la famosa Torre, más terrible por lo que insinúa que por lo que expresa? El florentino se retira maldiciendo a la ciudad, teatro de tan gran crimen, dejando a Ugolino que prosiga su macabro yantar en el cráneo miserable de Ruggiero.
'En el centro del universo, en el punto más alejado de Dios, entre los hielos que envuelven las sombras, está Lucifer, emperador del reino del dolor, sacando medio cuerpo fuera de la superficie glacial. Brotan en su espalda dos descomunales alas de murciélago, como velas en el mar sacudidas por el viento. Trinidad material del ciego abismo, mons­truo de tres caras que llora por seis ojos, mientras sus tres bocas mastican a tres pecadores: Judas, traidor a Cristo y Bruto y Casio, traidores a César. En el momento en que Dite o Lucifer despliega sus inmensas alas, agárranse a sus crines los dos poetas, atraviesan el centro de la Tierra y, por un abrupto sendero, suben al hemisferio opuesto para vol­ver al mundo luminoso y divisar de nuevo las estrellas, que ya empe­zaban a brillar en el cielo, en las primeras horas de la noche de aquel Sábado Santo, 9 de abril del año del Señor de 1300.
El Infierno de Dante es una especie de embudo, formado por nue­ve círculos concéntricos, cada vez más estrechos y cada vez más pro­fundos. Está situado bajo la corteza de la tierra, en la parte del hemis­ferio boreal habitada por el hombre. Ese cono invertido se hunde hasta el centro de la tierra, que es también el centro del Universo y el lugar más alejado de Dios. Allí, precipitándose desde el cielo, cayó y está confinado Lucifer. La tierra que se retiró ante su caída y quedó sobresaliendo por encima de las aguas del hemisferio austral, formó el islote del Purgatorio: una montaña alta y escarpada bajo la Cruz del Sur, formada por nueve terrazas superpuestas, en cuya cumbre verdean los frescos y vivos bosques del Paraíso terrenal. De las nueve terrazas, las dos primeras, la playa que limita la montaña y las abruptas pendientes del monte, son el vestíbulo de las almas arrepen­tidas: el Antepurgatorio, donde permanecen en espera las "sombras" de los negligentes; las otras siete constituyen el Purgatorio propiamente dicho, y en cada una de ellas se purga uno de los pecados capitales.


Al alba del Domingo de Pascua de 1300, después de haber atra­vesado de parte a parte el globo terráqueo, arribaron Virgilio y Dante al hemisferio austral, en los antípodas de Jerusalén. Se encuentran en una isla, al pie de la; montaña del Purgatorio, cuya custodia está con­fiada al suicida Catón de Utica, aquel decidido defensor de la libertad contra César. Llevaba una larga barba canosa como sus cabellos, que, dividida en dos mechones, le caía sobre el pecho. Virgilio le pre­senta a su compañero "buscador de la libertad tan amada como bien lo sabe el que por ella desprecia la vida"., y obtiene permiso para visi­tar aquellos reinos; lávase las mejillas con el rocío de la hierba fresca y presta a Dante para que se lo ciña un junco flexible, símbolo de la humildad. Y es el propio Catón quien, en la frescura de la madrugada, bajo un cielo azul en el que brillan Venus y las cuatro estrellas de las virtudes cardinales, señala a Dante el camino que debe seguir, humil­demente, con ojos claros y afecto puro.
Por el mar se aproxima, rauda y esplendorosa en una nave tan rápi­da que apenas roza las olas, una potente luz: es el ángel del Señor. Su barca acarrea las almas exultantes, destinadas a la expiación y a la salvación, que recogió en la desembocadura del Tiber. De entre ellas se destaca un viejo conocido, Casella, el que pusiera música a su poemita: "Amor que dentro de mi mente habla", y que ahora empieza a cantar tan dulcemente que embelesa a las "sombras", y a los peregrinos como si no tuvieran otra cosa en qué pensar.
Sácalos de su embeleso la severa voz del uticense, que censura su conducta y les insta a la as­censión. Ascensión ruda, lenta, porque la montaña es escarpada y como cortada a pico; sus flancos están aserrados por precipicios o cornisas circulares, donde las almas se purifican. Al pie de la montaña, fuera todavía del verdadero Purgatorio, Dante encuentra temporalmente re­tenidas, las "sombras" de los negligentes. Entre esas almas, que vivie­ron en este mundo, difiriendo para más tarde el cuidado de su salvación, distingue tres grupos: los que vivieron excomulgados por la Iglesia, y los perezosos propiamente dichos, que murieron de muerte violenta y se arrepintieron in extremis. Con los primeros divisan un joven rubio y gallardo, mostrando una reciente herida en la garganta. "Yo soy Manfredo, dice, nieto de la emperatriz Constanza." Hijo natural de Federi­co II, ha pecado mucho. Sufriendo la persecución del papa, pero confiando en la infinita Bondad reclama la sepultura que le negó el obispo de Cosenza después de la batalla de Benevento, donde Carlos de Anjou le arrebató su reino.
Los dos compañeros suben el acantilado por una estrecha grieta de la roca. Arriba, en una especie de plataforma, Virgilio se orienta por medio de las constelaciones y del ecuador y nos da, de paso, una lección de cosmografía medieval. Sentados a la sombra de los peñascos, siempre 'ociosos, vegetan los que tuvieron pereza para arrepentirse, como aquel Belacqua, fabricante de astas de laúdes y de guitarras, tan bebedor como perezoso. Algo más lejos, se adelantan hacia ellos, cantando verso a verso el Miserere, cuantos murieron de muerte vio­lenta y terminaron sus días pecadores, pero que, iluminados por el cielo en la postrera hora, abandonaron la vida en gracia de Dios: el pri­mero en presentarse es el podestá de Bolonia, Jacobo del Cassero, asesinado en 1298 por orden del marqués de Ferrara; pronuncia des­pués su nombre Buonconte de Montefeltro, que pereció a orillas del Arno después de la rota de Campaldino y del que nunca se supo donde estaba su sepultura; la última en hablar es el alma melancólica, tímida y pudorosa de Pía de Tolomei; solo tiene palabras de perdón para aquel cruel marido, que ordenó la defenestraran. Con el arrepen­timiento, y por obra de la misericordia divina, todas estas almas instau­raron en sí mismas a la hora de la muerte el estado de gracia, por lo que pudieron salvarse. Y desde ese estado de gracia contemplan su vida terrenal y juzgan sus errores y culpas, mientras exaltan en Dios la bondad del perdón. Cuantas almas encuentra en su ascenso le rue­gan las recuerde a las personas queridas que permanecen todavía en la Tierra, para que les sirva de consuelo en el dolor y para que, con sus plegarias, quieran aquel bien que Dios quiere para todos por toda la eternidad.
A poco divisa Virgilio un alma que los contempla en solitario apar­tamiento. Al nombre de Mantua reconoce al vate latino, corre hacia él y se abrazan jubilosos. La escena arranca a Dante una tremenda invec­tiva contra Italia, dividida por odios, egoísmos e intereses materiales.
A la simple mención de Mantua, su ciudad natal, se abrazan los dos poetas, mientras sus descendientes, sin más sepa­ración que una muralla y un foso, se hostilizan mutuamente. Ningún estado italiano sabe lo que es la paz. La bestia resulta feroz porque carece de freno. Invoca al César de Germania hacia el que clama Italia, como una viuda lastimada en sus derechos.
Por un tortuoso sendero desembocan en un risueño valle, donde, sentados entre flores, agrúpanse los príncipes que faltaron a sus de­beres de rectores de los pueblos.
Sordello, desde la cumbre de una colina, va señalándoselos, con breve comentario: Rodolfo de Habsburgo, que pudo curar las llagas que han dado muerte a Italia, y su gran enemigo Gttokar de Bohe­mia. A su lado los franceses, también negligentes: Felipe III el Atre­vido, hijo de San Luis y padre de Felipe el Hermoso, a quien Dante jamás perdonará ni el atentado de Anagni ni el proceso de los Tem­plarios. Y Pedro III de Aragón y Carlos I de Anjou, y Alfonso el Magnífico y Jaime y Federico. Toda una galería de los reyes y reinas de la segunda mitad del siglo XIII, entre quienes va distribuyendo reproches y alabanzas, con predominio de los primeros. En el canto siguiente, sin embargo, se deshará en loas a los Malaspina de Lunigiana, de cuya corte fue huésped el poeta.
Ha llegado la noche y Dante se ha quedado dormido. En sueños es transportado por su patrona bienamada, Santa Lucía, hasta la en­trada del Purgatorio propiamente dicho, custodiada por un ángel que simboliza al sacerdote. Con la punta de la espada traza en la frente del florentino siete P, inicial de la palabra Peccutum, que repre­sentan los siete pecados capitales; una por una se irán borrando en la terraza respectiva. Gira en sus quicios la sacra puerta, de metal macizo y sonoro, mientras voces misteriosas cantan al son de dulces acordes el himno Te Deurn laudamus.
Huelga advertir que en el Purgatorio, aunque lugar también de pena, se han las cosas de muy diversa manera que en el Infierno. A las escenas violentas y atormentadas de allí suceden aquí espec­táculos de mansa resignación. La purificación de las almas se verifica necesariamente de muy distinto modo que el castigo infligido a los con­denados del Infierno. Las "sombras" que el ángel acoge en el Pur­gatorio se encuentran ya en gracia de Dios, pero tienen que despojarse de las malas inclinaciones inherentes a la naturaleza humana. Empero tales inclinaciones no pueden desaparecer más que cediendo a las con­trarias. Sigúese de ahí que los castigos del Purgatorio no pueden tener más que un carácter esencialmente moral: subsisten, es cierto, las penas aflictivas, como en el Infierno, pero predomina siempre el tra­tamiento curativo. Por eso cuando desfilan por las diversas terrazas los pecadores, al lado de cada pecado capital veremos surgir su antí­doto correspondiente.
Las almas que están purgando su vida pasada, serán iluminadas en su inteligencia y confortadas en su voluntad con ejemplos que exal­tan la virtud moral opuesta al pecado que purgan o recuerdan cómo ha sido castigado su mismo pecado en otras almas.
En la primera terraza del Purgatorio están detenidos los orgullosos. Lo primero que sorprende a nuestros viajeros a su arribo a este re­cinto son los varios ejemplos de humildad esculpidos en las paredes; ejemplos que arrancan al poeta un sentido apostrofe al orgullo humano. Entre los soberbios, que en esta terraza avanzan encorvados bajo pesados peñascos, advierte Dante a Oderisi de Gubbio, que destacó en el arte de iluminar miniaturas; con sus palabras que le recuerdan el rápido marchitarse de la fama terrenal, vive el poeta por anticipado el olvido futuro de su fama como tal. Oderisi se creía superior a Franco de Büionia; ha sido esa vanidad de artista la que le ha llevado a la cornisa de los soberbios. Así Cimabue se creyó el primero en la pintu­ra hasta que Giotto oscureció su fama; así Guido Cavalcanti, el rival de Dante en el "dulce estilo nuevo", arrebató la palma de la lengua al otro Guido, a Guinizelli, el poeta lírico bolones. Y quizá haya nacido ya, prosigue Dante —sin temor a asignarse un lugar entre los orgullosos del Infierno, si aceptamos la interpretación más común— quien a los dos expulse de su nido. Que el rumor del mundo —la fama lison­jera— no es más que un soplo; tan pronto viene de un lado como de otro, y cambia de nombres por lo mismo que cambia de sitios.
A los envidiosos se les reserva la segunda terraza, donde se ven sombras, "cuyas capas se confundían con las piedras", que invocaban a María, a Miguel, a Pedro y a todos los santos. Cubiertos de cilicio, como mendigos ciegos pegados a las rocas, tienen los párpados cosidos con alambres. Entre los envidiosos que, fruncido el ceño, se apoyan unos en otros, reconoce que estuvo un tiempo la sienense Sapia, cuyo nombre evoca la sabiduría, pero que en la vida se alegraba de los males de sus conciudadanos. Gracias, sin embargó, a  la ayuda de un humilde terciario franciscano muerto en olor de santidad, se la ad­mite a que haga penitencia. Envidiosos son los habitantes del Valle del Arno, a juicio de Guido del Duca y de Ranieri de Calboli, que deploran el ocaso de las virtudes caballerescas de su Romana natal. Pero la presente corrupción del mundo no tanto se debe a la natu­raleza del hombre, esencialmente buena, cuanto a la falta de una armadura moral sólida que lo sostenga y proteja.
Tal es el pensamiento de Marco Lombardo, habitante de la ter­cera terraza, entre los iracundos, a quienes envuelve una densa hu­mareda. Marco expone a Dante la teoría del libre albedrío según la doctrina, entonces reciente, de Santo Tomás. El hombre tiene li­bertad para elegir entre el bien y el mal por voluntad propia, y es él la única causa de sus desgracias. Las leyes existen; el hombre está orde­nado como individuo al bien común de la ciudad, y como persona al bien espiritual y eterno, pero nadie hace valer esas leyes por la confusión que reina actualmente entre las dos supremas potestades. Es el mal gobierno lo que ha hecho culpable al mundo, no la natu­raleza; la Iglesia de Roma se equivocó al querer reunir en sí los dos poderes. Así es como este pasaje, que comenzó evocando las disputas de los Blancos y los Negros en Florencia, va elevándose de tono hasta desembocar en temas de la más alta política.
Pasando de la tercera a la cuarta terraza, salen los viajeros del humazo, corno de una espesa niebla, para ver el sol. Al canto de: "Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios", el ángel de la paz ha borrado de la frente de Dante la tercera P, signo de la ira. La falta que en este nuevo ámbito se purga es la de la pereza en hacer el bien, revela Virgilio a su pupilo, y esboza a con­tinuación la teoría del amor: el amor instintivo por Dios y el amor racional o de elección, 'que a veces puede oponer la criatura al Crea­dor. Sólo el Primer Bien, que es Dios, hace dichoso al hombre. Este, por su naturaleza de animal racional, está ordenado al bien moral, y debe quererlo bajo pena de perder su razón de ser. Debe, porque su conciencia le promulga ese deber. Por ello los perezosos, los de­masiado tardos en buscar el bien, vense obligados a agitarse en perpetuo movimiento.
 Inmóviles, con los rostros aplastados contra el suelo, hallamos a los avaros y pródigos en los cantos XIX y XX. El papa Adriano confía al florentino que, después que hubo alcanzado los más altos honores cuando fue elegido Pastor romano.
Y Hugo Capero, "raíz de la mala planta que hoy arroja sobre toda la tierra cristiana tan nociva sombra que apenas se coge en ella fruto bueno", a quien siguiendo una falsa leyenda creía Dante hijo de un carnicero de París, tras confesar algunas turbias peripecias de familia y expo­ner las poco gloriosas gestas de sus descendientes, desde Carlos de Anjou a Carlos de Valois y a Felipe el Hermoso, siente dentro de sí la necesidad y el poder dominador de los derechos de la justicia, y la invoca a Dios.
De improviso, retiembla la montaña del Paraíso cual si se hundiera y resuena por todos sus ámbitos el canto del Gloria in excelsis Deo, dejando inmóviles y suspensos a los viajeros hasta que cesó el temblor y acabó el himno: un alma ha quedado purificada. Esa alma que se ha hecho digna del cielo es la del poeta latino Estacio, del primer siglo de nuestra Era, a quien Dante por una equi­vocación hace nacer en Toulouse y de quien —nuevo error— supone que fue cristiano en secreto. Sobremanera emocionante resulta el en­cuentro de estos dos vates latinos en el Purgatorio. Pero el lector se quedará sorprendido por la presencia de Estacio en tal lugar hasta que le saque de su asombro, en el canto XXII, la explicación brin­dada por el autor de la Tebaida. Fue pródigo en vida y la prodiga­lidad se castiga, lo mismo que la avaricia, en esa quinta terraza. A Vir­gilio debe su primera inspiración; él le enseñó a beber el agua de la Fuente Castalia, que brota al pie del Parnaso, el monte de doble cum­bre nevada. A Virgilio, que cantara —Egloga IV— el retorno de la antigua Edad de Oro, el advenimiento de una nueva humanidad en un mundo de justicia y de paz, debe también su bienaventurada suerte, ya que le enseñó el camino de Cristo. La Edad Media gustaba colocar a Virgilio entre los profetas de Cristo, interpretando su vaticinio como el anuncio de la llegada de Jesús a la tierra. Eso justifica que lo eligiera Beatriz para guía de Dante a través de los circules infernales y las terrazas descubiertas del Purgatorio. Estacio, que acompañará a los dos peregrinos del infinito, remata con el bello verso: Per te poeta fui, per ie christiano. '
En la sexta terraza se aposentan los glotones, reducidos a lasti­mosa delgadez y sometidos al suplicio de Tántalo. Dante y Forese Donati, su antiguo camarada de errores y francachelas, evocan oscu­ramente su pasado, mientras los recuerdos familiares van desfilando, tiernos y dulces, por su memoria, y en sus labios resuenan los ecos de los nombres de las personas queridas. Forese ensalza a su bonda­dosa mujer que está rogando por él y arremete contra las impúdicas mujeres florentinas. Prevé también el triste fin de su arrogante her­mano Corso, el caudillo de los güelfos negros. A propósito de una pregunta del poeta Bonagiunta de Luca, cultivador, como sus contem­poráneos provenzales, del Trobar clus o poesía hermética, Dante erige en regla suprema del arte aquel recto amor que informaba la lírica juvenil de su "dolce stil nuovo" y conseguía una cabal correspondencia de la forma con el sentimiento, con lo que el de Luca alcanzó a ver la causa que impidiera a Guittón de Arezzo, al notario siciliano Jacopo da Lehtino y a él arribar al nuevo estilo.
Los tres poetas se alejan de la muchedumbre de espíritus famé­licos, que inútilmente extienden sus manos hacia el árbol cargado de frutos, y, a una llamada del ángel, trepan la angosta escalera de la séptima terraza —la de los lujuriosos, rodeados por una llama puri­ficadera—. Estacio, transformándose en filósofo y en teólogo, les ex­plica la generación humana y la infusión del alma en el feto, corrigiendo de paso la doctrina del árabe Averroess, que separaba del alma el intelecto posible, porque no vio que dispusiera de ningún órgano especial adecuado a sus funciones, para concluir que el alma, separada del cuerpo por la muerte, se enfrenta a sus propias culpas o méritos y se lanza a la ribera del Aqueronte —los condenados— o a la del Tiber —los elegidos—, no sin antes exponer una curiosa teoría que nos aclara por qué sufren las sombras de los que están conde­nados o en el Purgatorio. Recorriendo la vasta estancia de los luju­riosos, topa Dante con poetas contemporáneos suyos a quienes el fuego purifica: Guido Guinizelli, el precursor e iniciador del "dolce stil nuovo" y Arnaldo Daniel, el sutil y alquitarado trovador perigordino, preferible, dice el florentino, a aquel lemosín que por entonces dis­frutaba de enorme fama, Gerardo de Borneil. Después, guiado y alen­tado afectuosamente por Virgilio, traspasa el cinturón de llamas para llegar a la escalera que conduce al Paraíso terrenal. Adormecido en un peldaño de la escala, entre Virgilio y Estacio, contempla Dante a Lía y a Raquel, primera y segunda esposa de Jacob: simbolizan respectivamente la vida activa y la contemplativa.
La dulce fruta que por tantas ramas va buscando la solicitud de los mortales, calmará hoy tu hambre", le asegura Virgilio al despertar. Ascienden toda la escalera y desde la última grada le dirige el mantuano con conmovida frase sus postreras recomendaciones antes de despedirse; hasta aquí pudieron conducirle su ciencia y su arte; ahora ya está el discípulo purificado y libre; puede retirarse el guía.
La mañana del miércoles de Pascua sorprende a los poetas en la maravillosa floresta que corona la montaña del Purgatorio. Es el Pa­raíso terrenal "en su bella juventud, en su primera flor". A orillas del Leteo, el río del Olvido, "se le apareció, como aparece súbitamente una cosa maravillosa que desvía de nuestra mente todo otro pen­samiento, una dama sola que iba cantando y cogiendo flores de las muchas que esmaltaban su camino". Es Matilde, simbolizadora de la actividad virtuosa que prepara al hombre a la contemplación bienaven­turada. Da razón a Dante de la forma del Paraíso terrenal, de sus dos ríos, el Leteo y el Eunoe y de la caída del primer hombre, y de ahí le lleva a contemplar con una primera mirada de fe, la sabiduría divina que vela por la ejecución de su plan providencial, asistiendo a los hombres en su viaje hacia la eternidad por medio de los santos del cielo y de los ángeles. Orlada por un gran resplandor, se acerca una procesión maravillosa: veinticuatro ancianos coronados de azuce­nas, todos cantando; los cuatro animales de Ezequiel que representan a los cuatro evangelistas. Entre ellos avanza el carro triunfal de la Iglesia sobre dos ruedas —Antiguo y Nuevo Testamento— tirado por un grifo de alas de ángel y cuerpo de león —Cristo con su doble naturaleza, divina y humana—. Danzando en torno a la rueda derecha, tres damas, en las que se reconoce a las virtudes teologales; cerca de la izquierda otras cuatro, vestidas de púrpura: las cuatro cardina­les. Por este tenor prosigue la maravillosa visión, henchida de un sim­bolismo familiar al hombre del Medievo, en cuyo manejo es maestro Dante.
Al fin, radiante y. avasalladora, cubierta con un blanco velo, ce­ñida de hojas de olivo, portando un manto verde y un vestido de color de fuego, aparece Beatriz, en su personalidad real y en su personalidad simbólica. Dante se derrumba en su presencia. La hermosa señora  interpela al lloroso poeta y le llama, por vez primera, por su nombre : "No llores, Dante, porque se vaya Virgilio; es preciso que llores por otra razón." Y le va recordando —continuo reproche— la gracia que recibió en su niñez, cuando el primer encuentro a los nueve años, y cómo le sostuvo con su inspiración "mostrándole sus ojos de adoles­cente". Cómo, después de muerta ella, "cuando subió desde la carne al espíritu, y hubo crecido en belleza y virtud", él encaminó sus pasos por un camino falso, corriendo tras engañosas imágenes, a pesar de los sueños que le infundía. Muy abajo cayó. Por él hubo de visitar el umbral de los muertos y buscar a Virgilio. Y prosiguen implacables los reproches, mientras Dante apenas acierta a formular vagas excu­sas. Tanto le oprime el corazón d remordimiento que cayó desma­yado.
Así termina esta escena culminante de su encuentro con Beatriz, tal vez la más hermosa de la Divina Comedia; .escena de una belleza conmovedora, ardiente y pudorosa a la vez, verdadero oasis de pura poesía. Vuelto en sí, es sumergido Dante por Matilde en el Leteo y. renace por el agua a la vida de la gracia para poder entrar en la ciu­dad de Dios. La procesión, mística reanuda su camino y siguen acumu­lándose las visiones fantásticas, exponentes tanto de la personalidad alegórica de Beatriz como de las personales ideas de Dante sobre los destinos de la Iglesia. En los dos últimos cantos del Purgatorio traza el poeta a su manera su pasado, su presente y su futuro, particular­mente en sus relaciones con el Imperio. Condena la supuesta donación de Constantino como una subversión del orden providencial, por la cual se coló en la Iglesia militante el espíritu de codicia. Flagela la simonía papal y anuncia, por boca de Beatriz, un remedio inminente: el advenimiento de un misterioso DXV, que constituye el más arcano enigma de los muchos que el poema encierra.

El 13 de abril de 1300 encuéntrase Dante en la terraza superficie de la montaña del Purgatorio, purificado, al fin, de sus faltas y unido

en corazón y en espíritu a Beatriz. Después de haber contemplado por un instante la luz que llueve sobre él desde lo alto, vuelve su mirada a la hermosa dama, cuyos ojos están firmemente dirigidos hacia Dios. Y  entonces, por el ardiente amor de esa belleza que resplandece en ella, experimenta el poeta una suerte de exaltación que le hace considerarse transhumanizado. Se da cuenta de que ha dejado la tierra. Comienza la ascensión al Paraíso. Al mediodía, como no podía ser  menos dado que  si su arribo al Infierno tuvo lugar al caer la tarde y su llegad al Purgatorio al nacer la aurora, es justo que su ascenso al Paraíso se efectúe a la plena luz de la mitad del día.







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