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6 de enero de 2017

LA ILÍADA de Homero



LA ILÍADA de Homero


El título de la obra (Ilíada) deriva del nombre griego de Troya, Ιlión. Es el poema más antiguo escrito de la literatura occidental. Se atribuye su autoría a Homero. De su vida, poco o nada se sabe. Según la versión más difundida, fue un rapsoda, recitador de versos, quizás ciego, que cantaba sus poemas en fiestas o banquetes. En los siglos xvii y xviii llegó a dudarse de su existencia real que, en la actualidad, se da como cierta. Las diferentes hipótesis sobre su figura han dado origen a la llamada «cuestión homérica», debate aún abierto en el que se ha tratado de fijar la fecha y la autoría de los libros que se le atribuyen: la Ilíada que trata de la guerra misma y la Odisea, que describe las aventuras del héroe Ulises una vez terminados los combates. Ambas son obras maestras de la épica griega y han tenido y tienen una enorme influencia en la cultura universal. 

La Ilíada consta de 15.693 versos (divididos por los editores, ya en la antigüedad, en 24 cantos o rapsodias) y narra los acontecimientos ocurridos durante 51 días en el décimo y último año de la guerra de Troya. 

En 1870 se produjo un acontecimiento crucial para los estudios sobre la Antigüedad: el alemán Heinrich Schliemann descubrió la legendaria ciudad de Troya. Para decirlo más adecuadamente, descubrió varias ciudades de Troya, siete en total, cada una edificada sobre las ruinas de la anterior (posteriormente fueron halladas otras capas). Schliemann consideró que uno de los estratos más viejos corresponde a la ciudad fortificada que Homero describía en la Ilíada, y que el hallazgo probaba que la guerra legendaria había existido en realidad. 


La lucha entre Oriente y Occidente que, por lo general, se admite que tuvo efecto hacia 1200 A.J., había puesto en juego la dominación del Helesponto, nombre antiguo del estrecho de los Dardanelos, ubicado entre Europa y Asia. Sin embargo, para la imaginación popular las causas económicas y políticas son demasiado abstractas y triviales. El sentimiento del pueblo imaginó un motivo para la guerra completamente distinto: el rapto de la bella Helena.

La historia de la guerra de Troya comienza con el relato de la manzana de la discordia: Eris- diosa de la discordia- trató de sembrar conflicto entre las tres diosas Hera- esposa de Zeus- Palas Atenea-diosa protectora de las artes y las ciencias- y Afrodita, diosa del amor. Eris fue la única divinidad que no pudo asistir a una fiesta nupcial a la que fueron invitados todos los dioses y diosas, y se vengó arrojando a los convidados una manzana de oro con la leyenda: «Para la más bella». Y el ambiente de la fiesta se agrió por completo. Al fin, Zeus, padre de los dioses, consiguió hacer entrar en razón a las tres diosas que se disputaban el galardón, convenciéndolas en someter la decisión al príncipe Paris (de sobrenombre Alejandro, el protector), cuya belleza también era muy celebrada. El padre de Paris, Príamo, era rey de Troya o Ilión, como así mismo se la llamaba.


Un día se le acercaron a Paris las tres diosas y le pidieron que solucionara la cuestión: Hera prometió hacerle el rey más poderoso de la Tierra si le concedía la manzana, y Afro­dita que le concedería como recompensa la mujer más bella del mundo. «La manzana te pertenece», dijo Paris sin titubear, ofreciéndola a la diosa del amor. 
Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta, era considerada como la mujer más bella del mundo y hacia allí se dirigió Paris, donde el rey le recibió con hospitalidad. La bella Helena se enamoró pronto de él pero temía ser infiel a su esposo. Entonces, Paris determinó acelerar los acontecimientos: penetró una noche en el cuarto de la reina, la condujo a su nave y partió rumbo a Troya. Al saberse la noticia del rapto en toda Grecia se levantó una ola de indignación. Menelao y su hermano, el poderoso rey Agamenón de Micenas, llamaron a todos los príncipes griegos al combate para vengarse del seductor. Sedientos de guerra, todos respondieron al llamamiento y la flota griega reunió más de 1200 barcos. Agamenón fue nombrado generalísimo de este ejército.

Cuando los griegos arribaron al país de los troyanos, situa­ron sus naves en la playa y las protegieron con una muralla. Después, pusieron sitio a la ciudad de Troya. La lucha fue dura e indecisa la suerte de las armas; los años pasaban sin que el conflicto se resolviera. Héctor, hermano de Paris, era el gue­rrero más valiente de los troyanos; Aquiles, el más valiente entre los griegos. Bastaba la presencia de uno o de otro para poner al enemigo en fuga. Al llegar el año décimo de la guerra, la fortu­na empezó a abandonar a los griegos. Un reparto de botín fue causa de la enemistad entre Aquiles y Agamenón.

Lleno de cólera y de amargura, Aquiles pronunció un dis­curso cargado de consecuencias: en adelante, no desenvainaría la espada contra los troyanos. Se retiró a su tienda y sólo per­mitió la compañía de Patroclo, su amigo y hermano de armas.

Los griegos sabían que Aquiles era insustituible y estaban desesperados. Cansados de esta lucha interminable y deseosos de volver a sus casas, muchos guerreros se dirigieron a los barcos para hacerse a la mar. Pero el astuto Ulises, rey de Ítaca, les salió al encuentro y les avergonzó de su retirada tan poco honrosa, rogándoles que no lo abandonaran todo en un mo­mento de desesperación, como niños caprichosos, sino que se mantuvieran firmes. Sus palabras hallaron eco. La nostalgia de los griegos se transformó en ardor guerrero y, con amenazador griterío, se lanzaron de nuevo contra los troyanos.
Cuando éstos los vieron, salieron de la ciudad para enfren­tarse a los griegos en batalla campal. Paris marchaba al frente del ejército. Cuando Menelao divisó al raptor de su esposa y lo vio «marchar con paso marcial al frente del ejército, orgulloso como un pavo real», se lanzó hacia él con todo el fuego de su ira y el apuesto príncipe perdió su valor.

Al día siguiente, montado sobre su carro y al frente de sus hombres, Héctor atacaba a los griegos. Al poco tiempo se entabló una lucha cuerpo a cuerpo, llena de proezas, junto a las naves. Algunos héroes griegos fueron heridos. Los griegos tenían su última esperanza depositada en Aquiles. Patroclo se dirigió apresurado hacia su compañero de armas y le contó hasta qué grado de desesperación habían llegado los suyos, encareciendo a Aquiles que les ayudara. Sólo con que los troyanos le vieran en el combate perderían todo su valor. Pero Aquiles permaneció inquebrantable. No obstante, si su armadura era capaz de espantar a los troyanos, podía ponérsela Patroclo y conducir los guerreros de Aquiles al combate.
Dicho y hecho. A la vista de la armadura de Aquiles todos pensaron, amigos y enemigos, que el propio Aquiles volvía a tomar parte en la lucha y los griegos se envalentonaron. Al contrario, los troyanos se llenaron de temor y sólo tuvieron un pensamiento: buscar su salvación en la huida. Los griegos se lanzaron en su persecución. El carro de Patroclo corría en vanguardia de las líneas griegas y muchos troyanos perecieron bajo sus golpes. Pero a las puertas de la ciudad, Héctor detuvo su carro, dio media vuelta y se enfrentó con Patroclo: al final, Héctor traspasó con su lanza al enemigo y llevó la armadura de Aquiles como trofeo a Troya.

Cuando Aquiles supo que había perdido a su mejor amigo y su armadura, se encolerizó. Arrasado en lágrimas, prometió no dar sepultura a su amigo difunto hasta no obtener la cabeza de Héctor como trofeo.
Las lamentaciones llegaron a la resplandeciente gruta donde vivía, en el océano, Tetis, la madre del héroe. Tetis, cariñosa, salió a la superficie y trató de consolar a su hijo, prometiéndole que el dios del fuego le forjaría a petición suya, una armadura. A la mañana siguiente, Aquiles pudo ponerse una armadura nueva, más bella que la anterior y con voz de trueno reunió a los griegos. Y en medio de las aclamaciones se reconcilió con Agamenón y se precipitaron al combate.
La lucha fue tan feroz que los mismos dioses que hasta ahora sólo habían ayudado a sus protegidos en los momentos peligrosos, llegaron ahora a las manos, peleándose entre ellos.
Aquiles no tenía más que un pensamiento: vengar a su amigo y sembró el terror y el luto entre los troyanos.
Héctor, por su parte, se lanzó contra él como un león que deseara aplastar a una multitud de hombres.
La derrota obligó a los troyanos a encerrarse en su ciudad; sólo Héctor permaneció fuera de los muros. El anciano Príamo miraba con espanto a Aquiles que, protegido con su armadura, resplandeciente, se acercaba a su hijo. Cuando el héroe griego tuvo cerca a su enemigo, el gran Héctor tuvo miedo y emprendió la huida. Aquiles le persiguió tres veces alrededor de los muros de la ciudad. Al fin, Héctor se detuvo y le hizo frente. El duelo comenzó. Héctor sacó su espada y se precipitó furiosamente contra su enemigo; pero Aquiles lanzó una segunda jabalina con tanta fuerza que Héctor fue traspasado de parte a parte.

Aquiles tomó la armadura del cadáver y vengó a su amigo arrastrando el cuerpo del troyano con su carro. Llevó así el cuerpo hasta su tienda y lo abandonó sin sepultura a los perros y aves de rapiña. Por el contrario, se organizaron solemnes exequias en memoria de Patroclo. Después, se preparó una colosal hoguera en la que se incineró al muerto junto con sus caballos y perros preferidos y se erigió un monumento sobre sus cenizas. Al fin, los dioses tuvieron piedad de Héctor y de su familia. El mismo Zeus llamó a Tetis y rogó a la diosa que persuadiera a su hijo para que devolviese el cuerpo de Héctor al desconsolado padre. Cuando Príamo penetró en la tienda de Aquiles, el héroe se dejó ablandar por las súplicas del anciano. Más aún, prorrumpió en sollozos y declaró que devolvería el cuerpo de Héctor sin cobrar el crecido rescate que el rey llevaba consigo. Troya se llenó de lamentaciones cuando los despojos del héroe penetraron en la ciudad, y se le incineró en medio de solemnísima pompa.


Así termina la Ilíada. Pero se conservan otros poemas y relatos griegos y romanos que cuentan cómo Aquiles fue mortalmente herido por una flecha disparada por el cobarde Paris. La flecha alcanzó el talón de Aquiles, el único lugar vulnerable de su cuerpo. Cuando niño, su madre le había sumergido en las aguas de la Estigia, laguna del infierno, haciéndole así invulnerable a todas las armas. Sólo el talón, por donde le sostenía su madre, no tocó el agua de la laguna y permaneció vulnerable. La flecha estaba envenenada y Aquiles murió de la herida. Como éste, Paris fue también alcanzado por una flecha emponzoñada, y así acabó el hombre que desenca­denó la destrucción.

Como la guerra duraba ya diez años sin conseguir la rendi­ción de Troya por las armas, el astuto Ulises ideó una trampa: se construiría un caballo gigantesco en donde se ence­rrarían él y algunos hombres esforzados, mientras el resto de los griegos simularían abandonar el asedio y levar anclas rumbo a su país, aunque en realidad se ocultarían en la isla de Ténedos, no lejos de Troya. Pero esta historia se cuenta en la Odisea, el otro gran poema de Homero

La Ilíada– Guía de lectura.

1) ¿Quién es el autor de la Ilíada? Explicar la llamada “cuestión homérica”.

2) ¿Cuál fue la causa del inicio de la guerra de Troya? Mencione la versión histórica y la versión mítica.

3) ¿En qué año se ubican los hechos narrados? 

4) ¿Cuál fue la causa de la enemistad entre Aquiles y Agamenón? ¿Cuál fue la consecuencia de esa disputa? 

5) Debido a la derrota que están sufriendo los griegos, Patroclo decide pedirle a Aquiles que regrese al combate. ¿Cuál fue la respuesta de Aquiles y qué decisión toma Patroclo? ¿Cuál fue la consecuencia de esa decisión y cómo reacciona Aquiles?

6) ¿Qué actitud toma Aquiles con el cadáver de Héctor?

7) ¿Cómo termina la Ilíada?

8) ¿En qué obra se narra el suceso del caballo de Troya? ¿Quién fue el ideólogo de esta estratagema?










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