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2 de agosto de 2011

Literatura fantástica y de ciencia ficción en América Latina

Literatura fantástica y de ciencia ficción en América Latina

Texto de Elvio E. Gandolfo

La mayor parte de las antologías o ensayos sobre la lite­ratura fantástica o la ciencia ficción de América Latina co­mienzan por un inventario de los problemas generales que los términos “literatura fantástica” o “ciencia ficción” plan­tean, y un detalle de las concepciones elaboradas sobre el tema. En este caso, pedimos al lector que consulte otras antologías de esta colección * , donde hemos tratado esas materias. Pasaremos por lo tanto a hacer una breve descrip­ción histórica de ambos campos.

Narraciones fantásticas (Biblioteca Básica Universal Nº 147), Cuentos de ciencia ficción (Nº 158 y Nº 159) y Cuentos de ciencia fic­ción contemporáneos (Nº 165 y Nº 166).

1. La literatura fantástica

El descubrimiento de América a fines del siglo XV, pro­veyó una doble fuente de textos que, leídos desde la actua­lidad, exhiben en numerosas ocasiones la capacidad imagi­nativa y expresiva de lo fantástico: las crónicas de quienes se adentraban en una naturaleza paisajística y humana des­conocida, exótica, y los textos de quienes ya la habitaban, lentamente descubiertos, distorsionados, destruidos. Sin embargo, la intención de quienes los habían escrito era o supuestamente descriptiva o religiosa, no literaria. Eso des­carta la inclusión de los textos de conquistadores y frailes españoles, y de los libros indígenas (Popol Vuh y otros) en una selección medianamente rigurosa de la literatura fan­tástica, a pesar de su brillo para la imagen o de fragmentos que parecen preanunciar desarrollos posteriores.

Lo mismo ocurre con la masa de leyendas folklóricas que inundan el patrimonio cultural de cada literatura na­cional en los siglos XVII, XVIII y XIX, y que van sufriendo un proceso de progresivo acercamiento a lo específicamente literario. Ese proceso reproduce en parte y por reflejo el que atraviesa la literatura del viejo continente, bajo la in­fluencia poderosa del movimiento romántico.

Las leyendas, por lo general orales y originadas en am­bientes rurales, van siendo registradas y adaptadas en las concentraciones urbanas, para pasar a transformarse en anécdotas, perdiendo sus contactos con la mecánica mito­lógica y aumentando el poder de sugerencia psicológica y su cercanía a la crónica sensacionalista (entre las más repe­tidas, en todas las literaturas, está la del enamorado de una muerta, que por lo general vive en el cementerio de la ciu­dad donde transcurre la acción).

Entre quienes combinaron con mayor precisión la fide­lidad al material empleado y un estilo propio se encontró el peruano Ricardo Palma, con sus Tradiciones peruanas (1872 y varias series posteriores; cf. B. B. U. N° 81), mo­delo de crónica de pulido estilo. Ya en la época en que fue­ron publicadas había en el nuevo continente numerosos cen­tros urbanos de considerable tamaño, con las lógicas conse­cuencias de formación de un público lector, de una prensa periódica y de la importación continuada de literatura euro­pea.

El género del cuento había comenzado a practicarse desde mediados de siglo, considerándose el relato El mata­dero de Esteban Echeverría como el primer cuento litera­rio de importancia escrito en América Latina.

El modernismo sería el primer movimiento literario arti­culado que emprendería la producción de temas fantásticos con una voluntad conciente de estar escribiendo un tipo particular de relato. Además de algunos intentos de Amado Nervo se destacan los trabajos de Rubén Darío y Leopoldo Lugones. En todos ellos sería notable la influencia de Edgar Allan Poe, y los intentos de investigar otras dimensiones no sólo como posibilidad literaria: tanto Darío como Lugones se interesarían seriamente por las corrientes teosóficas y ocultistas y, en el caso del escritor argentino, por las revolucionarias teorías de Einstein.

Los “cuentos fantásticos” de Darío han sido recopilados recientemente, luego de la reunión, también tardía, de sus cuentos completos. Lugones, por su parte, dio a conocer dos volúmenes de cuentos fantásticos y de ciencia ficción: Las fuerzas extrañas (1906) y Cuentos fatales (1924). En el terreno del ensayo, además de un artículo muy notable sobre Einstein, Lugones daría a conocer un Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones, teoría sobre el origen y desarrollo del Universo, que le habría sido transmitida por un “casual interlocutor” en un paso de los Andes. Darío, además de dar a conocer artículos sobre escritores rela­cionados con lo fantástico en su libro Los raros, mezclaría largas teorías teosóficas en cuentos como El caso de la señorita Amelia y redactaría un ensayo de cierta extensión sobre Edgar Poe y los sueños.

A las teorías arrebatadas y rayanas en lo místico que ca­racterizaban al romanticismo se iba mezclando cada vez con mayor precisión el cientificismo positivista imperante en los finales del siglo XIX europeo. Un representante de esa mezcla fue Eduardo Ladislao Holmberg, quien escribió textos fundadores tanto en el género fantástico y el de cien­cia ficción, como en el policial. Influido fuertemente por Poe y Hoffmann, empleó un idioma que ya suena rioplatense en obras como El ruiseñor y el artista (1876), La pipa de Hoffmann (1876), Horacio Kalibang y los autó­matas (1879). A esos relatos se sumaban sus trabajos claramente científicos, en el terreno de la entomología y la botánica.

Eduardo Wilde, Miguel Cané y Juana Manuela Gorriti en Argentina, Juan Montalvo en Ecuador, Eduardo Blanco en Venezuela, José María Roa Barcena en México y Ma­chado de Assis en Brasil son otros tantos autores que prac­ticaron la narración de corte fantástico en el siglo XIX.

Pero el desarrollo pleno de esta corriente llegará en el siglo XX, al principio de modo bastante subterráneo, hasta que la difusión creciente de la obra de autores como Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez, unida al interés de los medios académicos por los problemas de la literatura fantástica en general, pro­vocaron su estudio y difusión.

Gran parte de estos textos evitan el equilibrio irresuelto entre el medio natural y los elementos sobrenaturales que se ha dado en considerar como característica de la literatura fantástica, para emprender originales exploraciones de lo maravilloso o de una segunda dimensión de la realidad. In­cluso se acuñaron términos nuevos para abarcar estas moda­lidades. Se ha empleado con frecuencia, por ejemplo, la denominación de “realismo mágico”. Según Mignon Do­mínguez el término provendría del crítico alemán Franz Roh, que lo utilizó por primera vez en 1925, en un artículo traducido al castellano en 1927. Alejo Carpentier, por su parte, interesado en un principio en el surrealismo, acuña­ría más tarde la categoría de “lo real maravilloso”, en el prólogo a su novela El reino de este mundo.

A partir de la década del 40 la literatura fantástica emer­ge cada vez con mayor peso dentro de las letras latinoameri­canas. Prácticamente es difícil encontrar algún escritor importante que en algún momento de su obra no haya empleado procedimientos de una imaginación que supera los límites clásicos del realismo para mejor abarcar la reali­dad. Entre ellos se cuentan desde Roberto Arlt (con Viaje terrible), Horacio Quiroga (con El salvaje y otros cuentos), y Juan Carlos Onetti (con momentos de La vida breve y De­jemos hablar al viento) hasta Felisberto Hernández o Adolfo Bioy Casares, que han influido dentro y fuera de las fronte­ras de sus respectivas literaturas nacionales.

A diferencia de la escuela anglosajona, la literatura fantástica de América Latina no constituye una corriente definida: se mezcla inextricablemente con la literatura en general, libre de historias culturales agobiantes, y a la vez conformada por la fecundación múltiple de “países que las poseen, ha demostrado una vitalidad y originalidad notables, mucho mayor que la que impera en los intentos de géneros como la ciencia ficción o la narración policial dentro del mismo ámbito geográfico.

Para una profundización en el panorama encarado por esta antología el lector puede consultar Cuentos fantásticos hispanoamericanos, antología de Mignon Domínguez (Hue­mul, Buenos Aires, 1980), y El cuento fantástico hispanoa­mericano en el siglo XIX, de Oscar Hahn (Premia editora, México, 1978). Ambos incluyen sendas introducciones y abundante bibliografía. También es claro y útil el ensayo introductorio a los Cuentos fantásticos de Rubén Darío (Alianza Editorial, 1976), redactado por José Olivio Jimé­nez. Respecto al ambiente sociocultural en el que se inició la literatura fantástica rioplatense es ejemplar el documenta­dísimo estudio de Antonio Pagés Larraya que abre el volu­men de Cuentos fantásticos de E. L. Holmberg (Hachette, Buenos Aires, 1957).

La ciencia ficción

La ciencia ficción constituye un género más definido, en sus aspectos externos, que la narración fantástica, aunque se la suele asociar de cerca a ella, y en muchos casos la diferencia parece residir sólo en aparatos o explicaciones super­ficiales. A nuestro juicio una buena distinción es la que estableciera James Gunn al afirmar que el relato fantástico es una visión privada y la ciencia ficción una visión pública. Por lo general esta última evita el tono obsesivo y aislante y tiene en cuenta de algún modo los conocimientos científi­cos de la época, a veces sólo para llegar a zonas aún más enrarecidas que las que caracterizan a lo fantástico: lo que varía suele ser la actitud ante esa zona, que inmoviliza cada vez más al personaje de un cuento fantástico e intriga y hace investigar con renovado impulso, en cambio, al perso­naje de un relato de ciencia ficción.

Entre los antecedentes dentro del panorama de América Latina, además de los cuentos de Lugones en Las fuerzas extrañas (La fuerza Omega, La metamúsica, Viola acherontia, El psychon, Un fenómeno inexplicable, Yzur, El origen del diluvio) o el Horacio Kalibang y los autómatas de Holmberg, pueden citarse dos curiosi­dades.

En 1898 el uruguayo Francisco Piria, fundador del bal­neario de Piriápolis, publica en Montevideo una extensa utopía, bajo el título El socialismo triunfante: lo que será de mi país dentro de 200 años. La portada del volumen in­dica una tirada de 20.000 ejemplares, aunque en letra más pequeña aclara que el volumen pertenece al primer millar. El argumento utiliza el recurso del sueño provocado por una droga, que dura 200 años y que ofrece al protagonista, al despertar, una sociedad perfecta, con reminiscencias helé­nicas. Como en muchos textos utópicos, los propósitos críticos (en este caso contra la administración del Montevi­deo de la época en que fue escrito) se imponen a lo literario.

De tono más contemporáneo es El presidente negro o El choque de las razas, del brasileño Monteiro Lobato, un au­tor clásico de la literatura infantil. Publicada en 1926, pre­senta una primera mitad de notable inventiva y agilidad estilística, para caer en la segunda parte en un tono decidida­mente racista. En unos Estados Unidos del futuro los negros son eliminados con una frialdad mecánica (y justificada por el autor) que prefigura con exactitud las técnicas del nazismo europeo aún en ciernes.

A nivel de difusión, y de popularización del término y el género, puede darse la década del 50 como fecha clave. Es entonces cuando se publican masivamente traducciones de las mejores revistas norteamericanas. El género “prende” sobre todo en Argentina, Brasil y México. Tal vez no sea muy errado relacionar este hecho con su carácter de paí­ses con mayor desarrollo industrial y científico.

Además de los autores incluidos en esta antología, es importante la obra de Alberto Vanasco y Eduardo Goligorsky en Argentina, de Fausto Cunha en Brasil, de Luis Britto García en Venezuela y de los centroamericanos Alfredo Cardona Peña y Alvaro Menén Desleal. En el campo de la historieta la obra del argentino Héctor G. Oesterheld alcanzó un notable espesor narrativo, sobre todo en El eternauta, que no es exagerado clasificar de gran novela gráfica, y en las series Sherlock Time y Mort Cinder.

Sólo conocemos una exigua Primera Antología de ciencia ficción latinoamericana (Rodolfo Alonso Editor, Buenos Aires, 1970). Existen en cambio varias de ciencia ficción argentina, entre las que se destacan Los argentinos en la luna (Edic. de la Flor, Buenos Aires, 1968) compilada por Eduardo Goligorsky, y Los universos vislumbrados (Andrómeda, Buenos Aires, 1978), reunida por Jorge A. Sánchez. La revista española Nueva Dimensión ha publicado abun­dante material de autores latinoamericanos en su larga tra­yectoria, destacándose un número 8 con material de Argen­tina, Cuba, Chile, México y Venezuela.

Para esta selección hemos elegido textos que pertenecen en su totalidad a la corriente contemporánea de la literatura fantástica de América Latina y, dentro de la ciencia ficción, los cuentos que creímos más valiosos, aún cuando su autor no se hubiese dedicado exclusivamente o con asiduidad al género. En algunos casos los límites entre ambos campos son imprecisos, como en El gran Serafín de Bioy Casares. Por ello decidimos incluir juntos los cuentos de cada país, sin dividir el libro en dos secciones separadas.

A la lista de autores incluidos en esta antología –que de­liberadamente se ha limitado en su extensión– podría agre­garse nombres tales como Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Armonía Somers, Salvador Garmendia, Juan José Arreóla, Clemente Palma, Ángel Bonomini, Silvina Ocampo, Enrique Anderson Imbert, Pablo Palacio, Jacques Stephen Alexis, Juan Rulfo, Alejandro Jodorowsky, Harry Belevan, Felisberto Hernández, Clarice Lispector, Reynaldo Arenas, Santiago Dabove y varios otros. La amplitud de las exclusiones –en todos los casos autores que han escrito más de un ejemplo dentro del panorama abarcado por este libro– refleja el vigor de este tipo de lite­ratura en las letras de América Latina.

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