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26 de octubre de 2011

ANÁLISIS-RESUMEN DE LA ISLA DESIERTA DE ROBERTO ARLT


ANÁLISIS-RESUMEN DE LA ISLA DESIERTA DE ROBERTO ARLT

Análisis de La isla desierta de Roberto Arlt
       En la obra literaria del escritor argentino Roberto Arlt, la imaginación no conduce a los personajes a la liberación, sino a la derrota definitiva. Su teatro está lleno de criaturas miserables que tratan de sobreponerse inútilmente a los continuos encontronazos con la vida cotidiana. En La isla desierta, una de sus piezas más breves y representadas, los personajes de una triste oficina portuaria experimentan un cambio radical en sus vidas cuando dejan de trabajar en un sótano y son trasladados a la décima planta de un inmueble.
       Allí, a través de un inmenso ventanal, son reclamados por un sinfín de tentaciones que se encuentran más allá del mundo gris de la oficina. Los empleados descubren los beneficios de la luz natural, la llegada de los buques, el bullicio de la calle, los reclamos de la libertad, elementos que acaban desestabilizando la rutina administrativa. No obstante, es el relato de uno de los personajes, el mulato Cipriano,  el que arrastra al resto de los oficinistas a la ensoñación y a la consiguiente derrota.
       En el mundo literario de Roberto Arlt la ensoñación no sirve para redimir al hombre, sino para condenarlo. Los continuos desdoblamientos imaginativos que contempla su obra sirven para sumergir a sus personajes en una realidad de catástrofe donde no hay válvulas de escape, ni puntos de fuga por los que aspirar a una situación mejor que no sea el pequeño y gran desastre de la vida cotidiana.  La isla desierta (1937) es una obra en donde se aúnan perfectamente realidad y fantasía, cotidianidad y ensoñación, deseo y frustración. Al igual que ocurre con el conjunto de su dramaturgia, el desarrollo argumental se mueve siempre en un doble plano: el de la realidad miserable de los personajes y el de los sueños que estos son capaces de construir y que no son más que la prolongación de sus frustraciones.
La realidad de la oficina
       La acción de la obra transcurre en una oficina de aduanas localizada en la décima planta de un edificio funcional que está próximo al puerto de la ciudad. El espacio escénico aparece caracterizado en la acotación como una “oficina rectangular blanquísima, con ventanal a todo lo ancho del salón, enmarcando el cielo infinito caldeado en azul”. En su interior encontramos a los empleados, “desdichados” de la burocracia administrativa, quienes pasan buena parte de sus vidas encorvados sobre montañas de papeles y documentos en un trabajo interminable. El mundo gris y cuadriculado de la oficina contrasta con lo que sucede más allá de los ventanales: la llegada periódica de barcos de todos los tonelajes, cuya inminente presencia viene anunciada por el silbido de las sirenas.
      
       A través del enorme ventanal de la oficina los empleados reciben la sensación gratificante de la luz del sol, convertida en un símbolo positivo frente a la oscuridad de la vida cotidiana. Pero no es sólo la luz natural un elemento distorsionador en el mundo de la oficina: también lo es el sonido de los buques que anuncian su llegada a puerto, procedentes de tierras lejanas que son concebidas por los oficinistas como geografías imposibles e inalcanzables. Los empleados trabajan hora tras hora soportando la tentación que supone el llamamiento de los buques. Sus silbidos recuerdan al canto de las sirenas y como los personajes de la epopeya clásica, los oficinistas tendrán que resistir a los reclamos de la libertad. Todos esos mundos posibles que están más allá del gran ventanal de la oficina ejercen sobre los empleados una fuerza irresistible, un magnetismo que los arranca de la vulgaridad de sus vidas y hacen de la ensoñación un bastión frente a la mediocridad y la rutina.
       Los personajes no están caracterizados de forma individual, sino colectiva, a través de la categoría laboral. Salvo el caso del mulato Cipriano, los oficinistas, hombres y mujeres, no tienen rostro, ni rasgos físicos, ni siquiera una manera particular de vestir. Su caracterización viene dada por la profesión que desempeñan: son empleados de aduanas con unos sueldos tan bajos como la propia autoestima. El atuendo con que se presentan ante el espectador (y lector) debe ser gris y pobre, acorde con las expectativas de sus vidas. Son además personajes arquetípicos, cuyo carácter general viene dado por la ausencia deliberada de nombres propios. Así, encontramos a El Jefe, los empleados 1.º y 2.º, las empleadas 1.ª, 2.ª y 3.ª y el Director. Los únicos personajes que tienen nombre y algún rasgo singular son Manuel y María, oficinistas de toda la vida que van a cometer el error de soñar con una isla desierta, dando así nombre a la obra. Son ellos quienes más se equivocan en el cumplimiento del trabajo como consecuencia de los reclamos que están más allá del ventanal.
       A la oposición interior-exterior de la oficina viene a sumarse otra dicotomía importante: la eficiencia del pasado frente a la inoperancia del presente. Las tentaciones que habitan afuera del edificio son malas para el buen funcionamiento de la oficina. La luz del sol, el aire fresco, el sonido de los buques son elementos nocivos que distraen la atención y dislocan la eficacia administrativa. Frente al desorden con que se inicia la obra, el pasado representa el orden y la disciplina, lejos de los reclamos de cualquier forma de fantasía. En el subterráneo del edificio no hay silbidos de barcos, ni aire puro, ni luz natural, sino silencio, aire viciado y luz artificial; por ello, nada puede distraer la atención de los oficinistas.
       Para el Empleado 1.º “Uno estaba allí tan tranquilo como en el fondo de una tumba” y Manuel afirma que allí se sentían “como una lombriz solitaria en un intestino de cemento” Ascender al décimo piso del bloque de oficinas no es sólo una forma de subir físicamente, sino sobre todo espiritualmente. La visión que tienen del puerto, de las calles y de los buques los acerca a una realidad que ha estado fuertemente reprimida y que acaba presentándose como un deseo, como una ensoñación.
El mulato Cipriano: El personaje que se encarga de conectar el mundo interior con el exterior, y el pasado con el presente es el mulato Cipriano. Aunque conocemos su nombre, éste siempre viene señalado antes de sus intervenciones como “mulato”, lo que le confiere un rasgo distintivo con respecto a los otros personajes de la oficina. Su color representa el mestizaje, la fusión, la síntesis y el sincretismo. Pero también representa un elemento perturbador en el mundo de los empleados “blancos” por cuanto su concepto de la vida y de la libertad está lejos de los usos europeístas para entroncar con el modo de vivir de las culturas negroafricanas. Arlt lo presenta como un “MULATO, simple y complicado, exquisito y brutal, y su voz por momentos persuasiva”.
       Estamos ante un personaje que representa  al viajero utópico de la literatura y la historiografía colonial. Vestido con “uniforme color de canela” Cipriano es el ordenanza que lleva y trae los recados de la oficina. Es el único que puede entrar y salir del edificio en horas de trabajo (y de sol) por lo que su presencia sirve para conectar las dos realidades. Sin embargo, Cipriano no es un personaje pasivo y sumiso como podría suponérsele por su condición de ordenanza, sino que es un hombre rebelde y su carácter instigador va a poner en funcionamiento la pequeña tragedia vivida por los otros personajes.
       El mulato se presenta ante sus compañeros como un verdadero experto en la ciencia náutica: conoce el tonelaje y calado de los buques, el recorrido que realizan, el astillero en el que fueron construidos, el día que los botaron y todo lo referente al arte de marear. Según informa, ha sido “grumete, lavaplatos, marinero, cocinero de veleros, maquinista de bergantines, timonel de sampanes, contramaestre de paquebotes...”  Según él y por sus conocimientos merecería ser ingeniero naval o capitán de fragata, a pesar de la incredulidad, e incluso la burla, con que los otros personajes oyen el relato de su experiencia marinera.
Cipriano utiliza los tatuajes como prueba irrefutable sobre la veracidad de su relato haciendo de ellos  un certificado para demostrar su pasado viajero por los mares remotos del planeta.  Despojado de los ropajes que le caracterizan como un ordenanza de la oficina, se transforma en una criatura libre que hace del movimiento un reclamo para la libertad: “El mulato toma la tapa de la máquina de escribir y comienza a batir el tam tam ancestral, al mismo tiempo que oscila simiesco sobre sí mismo. La siguiente acotación insiste en el carácter transgresor del personaje que gesticula “como un demonio” y “toca el tambor y habla el condenado negro”.
       Dentro del mundo tedioso de los oficinistas, no cabe duda que Cipriano es un demonio tentador que trata de subvertir el orden establecido. Y lo consigue parcialmente cuando los empleados giran alrededor de la oficina y bailan imitando el movimiento del mulato: “Histéricamente todos los hombres se van quitando los sacos, los chalecos, las corbatas; las muchachas se recogen las faldas y arrojan los zapatos. El MULATO bate frenéticamente la tapa de la máquina de escribir. Y cantan un ritmo de rumba.”
       La danza tiene un sentido ritual y transgresor. Propicia la desnudez simbólica y la liberación de las tensiones internas, reforzada por el particular striptease que ellos protagonizan de manera espontánea y natural. Siguiendo el llamamiento del tambor, los personajes han alcanzado por una vez en sus vidas la libertad, y con ella la ensoñación. Pero  la ensoñación sólo es el preludio de una caída mayor en el carácter sórdido de la realidad.
       Roberto Arlt no deja lugar para que los personajes escapen de la realidad miserable que les rodea. La fantasía, la imaginación o el sueño se convierten en espejos deformantes que devuelven desde la representación o la lectura, la imagen de unas vidas mutiladas, incapaces de soñar con total libertad.
En La isla desierta el final de la obra no se corresponde con la muerte de su protagonista (o protagonistas) sino con el despido de todos los empleados. La entrada del jefe y del director en la oficina mientras los personajes bailan semidesnudos alrededor del mulato se va a resolver con la expulsión de todos los partícipes de esta bacanal administrativa.
        Para preservar la eficiencia burocrática y evitar futuros cantos de sirena procedentes del puerto, el director ordenará poner vidrios opacos en la ventana, arrancando de cuajo todo vínculo con el exterior. Es así como la décima planta del edificio se convierte de nuevo en un espacio cerrado y claustrofóbico, un lugar  horrendo en el que el hombre es arrasado junto con sus tentaciones de utopía.

FUENTE: José Manuel Camacho Delgado
Departamento de Filologías Integradas.
Universidad de Sevilla

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