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28 de noviembre de 2011

ENTREVISTA A RAY BRADBURY

ENTREVISTA A RAY BRADBURY

TEXTO EZEQUIEL MARTÍNEZ
FOTOS: DANIEL MERLE
Revista Viva-la revista de Clarín
Fecha y número de edición: sin datos

TÍTULO DE LA NOTA: PLANETA BRADBURY

“No soy un escritor de ciencia ficción", dice Ray Douglas Bradbury antes de pasar revista a todas las obras que escribió desde que tenía 12 años, cuando imaginaba cuentos fantásticos mientras devoraba las aventuras de Buck Rogers. Y si se tiene en cuenta su producción, el hombre tiene razón: escribió decenas de relatos, novelas y poesías, treinta obras de teatro, un centenar de guiones para televisión, doce guiones para cine y una cantidad tan impresionante de historias bre­ves que él mismo perdió la cuenta. De todos ellos, solo el diez por ciento corresponde al género de ciencia ficción. "Escribo lo que me dic­tan mis musas cada mañana", dice Bradbury.
 Y desde hace una vida le vienen dictando títulos como Crónicas marcianas, Fahrenheit 451, Las doradas manzanas del sol, El hombre ilustrado o Cementerio para lunáticos, que lo convirtieron en uno de los autores con más best-sellers de este siglo y uno de los más premiados. 
Escritor inquieto como pocos, Bradbury ha colaborado con Carl Sagan, Arthur C. Clarke, Steven Spiel­berg, Disney y la NASA, demostrando que no solo de ficción vive el hombre. En su pasado más inmediato está el guión de una nueva versión cinematográfica de Fahrenheit 451 que le encar­gó Mel Gibson; en su presente, una obra de tea­tro a la que le está dando las últimas puntadas; en su futuro, un flamante libro de relatos, Más rápido que el ojo, que publicará el mes próximo. Como satélites de un sol que no para de brillar, a su alrededor giran su esposa de siempre, Mag­gie, su gato Jack y una casa de paredes amari­llas en las afueras de Los Ángeles. Con eso, dice Bradbury, es más que suficiente para ser feliz.
Hace ya casi medio siglo que vive en la misma casa del barrio residencial de Cheviot Hills, en las afueras de Los Ángeles. No se movió de allí porque bajo ese suelo echó las raíces de sus afectos -ahí nacieron sus cua­tro hijas-, y porque a Ray Bradbury no le gustan mucho las mudanzas del cuerpo: hasta resulta difícil convencerlo de tomar un avión. Sin embargo, este escritor norteamericano peregrina desde hace décadas por el mismo sueño, dis­tante a casi 80 millones de kilómetros. 

¿Acaso él no ha sido "un buen ciudadano? Entonces, ¿por qué no podía ir a Marte?", escribió en sus "Crónicas marcianas" allá por 1950, cuando su imaginación empezó a aterrizar muy lejos del hogar. Y en sus sueños impresos en papel estampó una fecha precisa y llamativamente próxima: fe­brero de 1999, mes y año del primer viaje tripulado al pla­neta Marte.
Hoy, cuando la NASA toma casi al pie de la letra la agenda que Bradbury anotó en su ficción para el lanzamiento de misiones al planeta rojo, y cuando una piedra del tamaño de una papa que viajó desde Marte hasta la Antártida acaba de revelarles que pudo haber existido vida orgánica en el cuarto planeta, las fantasías de Bradbury adquieren la estatura de historias de anticipación
¿Cómo reaccionó ante esta noticia?
-En primer lugar, creo que la evidencia que pueda conte­ner esa piedra es muy pequeña. Para mi no es una prueba sufi­ciente de que haya existido vida en Marte. No es que sea escép­tico, pero me parece que todavía hace falta una afirmación cien­tífica más concreta. A partir de ahí, ya veremos.
• ¿Cree que la NASA apresuró sus conclusiones?
-No es eso. No necesitamos un pedazo de piedra que venga de Marte para probar que existe vida en el universo, porque ya estaba probado: nosotros somos la prueba, y somos más impor­tantes que una piedra.
• Pero la gran incógnita es saber si existe vida en otros pla­netas, aparte de la Tierra.
-Bueno, si vemos en esa piedra una chance para examinar un mundo cercano donde la vida pudo haber comenzado de una manera similar a la nuestra, entonces lo considero como una revelación apasionante. Deberíamos usar este descubri­miento como una catapulta para volver a la Luna, a la que hemos abandonado desde la misión Apollo 17. Pero sobre todo, para decidimos de una vez por todas a ir a Marte.
• ¿Usted cree, como se ha especulado, que la NASA hizo este anuncio para conseguir más fondos?
-Sí, estoy de acuerdo. Y no los culpo. ¿Pero para qué utili­zar como excusa un pedazo de piedra? Tal vez por eso, ahora mucha gente sospecha que ha habido un entusiasmo exagerado con respecto a esta noticia.
• El director de la NASA, Daniel Goldin, anunció al mismo tiempo que ya había diez naves robots preparadas para ir a Marte, y que tenían programada una misión tripulada a Marte para el 2018.
-¡Pero es ridículo esperar tanto! ¡Tene­mos que ir ahora! Y nada de robots, noso­tros mismos deberíamos viajar y convertimos en los marcianos. Tenemos que hacer de nuestros viajes a Marte el próximo gran desafío del nuevo siglo, y esa aventura no debe pro­longarse más allá del 2001 o el 2002. Para qué sirve el universo si solo nos vamos a quedar observándolo desde aquí.
• ¿Y por qué no lo hacemos? ¿Cuál es el impedimento?
-A veces pienso que la NASA merece las críticas que se le hacen. Ellos hicieron todo de manera equivocada, todo al revés: primero deberían haber enviado al espacio los transbordado­res, luego las misiones Apollo a la Luna, y una vez allí, instalar bases que le permitieran partir hacia Marte. A esta altura ya habría seres humanos instalados allá.
• ¿Por qué se abandonaron las misiones a la Luna?
-El problema siempre fueron los políticos. Ellos no tienen imaginación, no creen en el futuro, excepto en su propio futuro, claro. En todos estos años yo me he reunido muchas veces con congresistas, y encontré sólo a uno o dos que se preocuparan por los viajes al espacio. A la mayoría les falta imaginación.

Cuando Bradbury sonríe para las fotos, no dice "whisky" ni "cheers", las muletillas más frecuentes que utilizan los nor­teamericanos para simular una risa fotogénica. "¿Quiere que diga una palabra graciosa? -sugiere él mismo-: Clinton", dice, y estalla en una carcajada. Toda una declaración de princi­pios que señala hasta qué punto le molesta la indiferencia del actual gobierno hacia el programa espacial. Porque Ray Brad­bury no sólo se limitó a imagina cómo sería la vida del hom­bre en Marte, sino que además investigó y se interesó por el tema como pocos. Entrevistó a todos los astronautas que pudo, visitó una decena de observatorios y torturó a astrónomos de todo el mundo con sus preguntas. Además de soñar, él quería saber. Y sobre todo, hacer.

• Cuando usted fue miembro del Comité Espacial de los Estados Unidos, le presentó un proyecto al presidente George Bush para colonizar la Luna y Marte. ¿Qué respuesta tuvo?
-No quisieron dar el paso. No había fondos, y además los congresistas redujeron el presupuesto cada vez más. La NASA nunca supo dramatizarse a sí misma, nunca supo sacarle par­tido a esa aventura maravillosa que tiene entre las manos.
• ¿A qué se refiere?
-Alguna vez propuse que Cabo Caña­veral se convirtiera en un gran show, donde hubiera plateas especiales para que todo el mundo viera el lanzamiento de los cohetes y de los transbordadores. Y que además se usaran los lugares desde donde partieron todas las misiones Apollo -que permanecen abandonados y desiertos -­para que cada tarde, cuando cae el sol, se simulara un lanzamiento a la Luna con sus sonidos, explosiones y grabaciones originales. Reproducir ese espectáculo para que cada noche se hiciera llorar de emo­ción a cientos de personas imaginando estar presentes en la ignición de una nave que parte hacia el espacio. Cabo Cañave­ral es un gran escenario que se desconoce a sí mismo.
• ¿Usted cree que la gente es escéptica en cuanto a los resultados que se obtienen del programa espacial?
-Es que está aburrida. El programa de los transbordadores espaciales ya es un aburrimiento. Fue bueno hasta cierto punto. A la gente hay que darle romanticismo, emoción. Yo estoy dis­puesto a darles un sermón a ver si los entusiasmo un poco.
• ¿Y qué les diría?
-Que todo el propósito de las misiones espaciales es hacer­nos inmortales, hacemos vivir para siempre. No tiene sentido vivir aquí o en Europa de la manera en que estamos viviendo. Somos buenos y malos, maravillosos y terribles, pero estamos vivos. Y ese don de la vida que se nos ha dado misteriosamente, es para que lo llevemos afuera, a otros mundos. De eso se tra­tan los viajes espaciales. Todo el tema de la tecnología es algo menor, todo el asunto militar es mínimo, toda la cuestión polí­tica no significa nada si no es con ese propósito. ¿ De qué sirve quedamos en este planeta? La nave Viking fue al principio un juguete que llegó a alcanzar un gran tamaño. Es la metáfora de un sueño. El sueño de extender nuestra voluntad, nuestras manos y nuestros ojos a otro mundo: Marte. Y no fue solo una nave espacial: nos representaba a todos nosotros.
• ¿No será tal vez que estamos esperando una "invitación"? Nosotros mismos hemos enviado al espacio la Voyager, que lleva un mensaje terrestre con la esperanza de que algún día sea captado por seres inteligentes de otras partes del universo.
-Eso fue hace muchos años, hace 30 casi, en 1967 más o menos. Yo escribí un artículo en la revista "Life" sobre las seña­les de vida inteligente en el universo. Tuve entrevistas con la gente que manejaba el gran radiotelescopio que hay en Suda­mérica, y también con los que están en el de Tucson, Arizona, y en Socorro, Nuevo México, además de los de otros puntos del planeta; entrevisté a astrónomos y a expertos químicos. Ellos, entonces como ahora, repiten la misma cosa: si hay vida allá afuera, está muy lejos de aquí, a millones de años luz de nosotros como para establecer algún contado. Eso es todo.
• Cuando hablamos de vida, hablamos  de vida inteligente.
-Seguro, y tal vez de vida más inteligente que la nuestra. Si usted tiene un billón de soles y veinte billones de planetas, no le quepa duda de que hay vida inteligente en alguno de ellos.
Sin embargo, hay mucha gente que dice haber visto ovnis, y existen testimonios que hablan de encuentros cercanos.
-No son ciertos, no existen. Porque no hay pruebas, nin­guna, en ningún lado. Las fotografías no son pruebas: cual­quier persona puede trucar una fotografía.
¿Y entonces de dónde surgen todos estos testimonios?
-De la necesidad de creer. Cuando se cree verdaderamente que algo existe, seguramente se va a encontrar a mucha gente que dirá que lo ha visto. No hay nada demasiado terrible en eso. Yo mismo quisiera desear que fuera cierto, pero no hay evidencias, no hay pruebas científicas.
También se ha dicho muchas veces que la NASA oculta in­formación. ¿Cree que es así?
-No, al menos hasta donde yo sé. Y he hablado con casi todos los astronautas que estuvieron en el espacio, incluso soy amigo de varios de ellos desde hace muchísimos años. En todo caso, pienso que es muy difícil mantener un descubrimiento en secreto. Si hubiera algo importante, ya se hubiera filtrado.
¿Y qué opina de esas fotografías que sacó la Viking, donde se ve como un rostro humano tallado sobre la superficie de Marte?
-Se parece a ese test que hacen los psicólogos con manchas de tinta, donde usted ve lo que quiere ver. Si usted quiere, puede ver lo mismo en las lunas de Júpi­ter, en los anillos de Saturno ... ya sabe. Yo desearía que fuera verdad, pero algunas afirmaciones no me parecen serias .
• A usted le gustaría creer, pero duda. Es como si necesitara tener pruebas contundentes que prueben la vida extrate­rrestre. ¿Este escepticismo es nuevo?
-No, es solo que ... justamente escribí mucho sobre este tema porque me em­pezó a interesar la astronomía como ciencia, y al investigar me di cuenta de que había que tomar más seriamente las cosas. La realidad en sí misma es muy excitante. La noche en que aterri­zamos en la Luna en julio de 1969, fue la culminación de una aventura increí­ble. Todos lloramos de emoción, fue her­moso. Ese hecho tan simple fue un hecho gigantesco. Entonces no necesi­tamos imaginar ovnis .
• ¿Imagina que es posible que algún día veamos aterrizar un plato volador?
-Sí, uno va a aparecer, pero va a ser  nuestro y va a aterrizar sobre Marte. Nosotros vamos a con­quistar Marte, y vamos a ser los aliens .
En "Crónicas marcianas" usted imaginó una conquista bas­tante destructiva de Marte. Hay una frase que dice: "Arruinar un planeta no es bastante, tienen que arruinar otro más". Si hoy el hombre intentara colonizar ese planeta, ¿cree que lo haría de ese modo?
-No lo creo. Pero mi libro es mitológico, no se supone que sea científico. Está basado en mitos de la antigüedad y también en la conquista que hizo Hernán Cortés en México. Lo que narré es lo que nosotros podríamos haberle hecho a Marte. Porque la historia de la conquista de América, y también la historia de lo que ocurrió en África y en la India, e incluso durante la colonización de los Estados Unidos, son una síntesis de lo terrible que ha sido el ser humano en sus conquistas .
• ¿Y qué garantiza que ahora vaya a ser distinto?
-Una de las razones por las que yo escribí "Crónicas mar­cianas" fue justamente para que nos preparáramos moral­mente y políticamente para ese momento. No queremos ser como Cortés, ni como los europeos en África, ni como noso­tros fuimos con los indios en los Estados Unidos. No que­remos que eso vuelva a pasar. Continuaremos siendo imper­fectos, peligrosos y terribles, y también maravillosos y fan­tásticos. Todo eso es parte de nuestro carácter, es inevita­ble. Pero estamos aprendiendo a cambiar.
• Cuando la ciencia encuentre las respuestas sobre el origen del universo, ¿qué cree que va a pasar con las respuestas de la fe?            
-Hace veinte años el Instituto Smith- soniano me pidió que escribiera su programa para el plane­tario, y cuanto más avanzaba en mis investigaciones, más me daba cuenta de lo difícil que era establecer una teoría única sobre el origen del universo. Si se creó a partir del Big Bang, ¿de dónde salió la energía para crear esa explosión? La otra teoría dice que el universo ha existido siempre, pero esto significa que también existe en todas las direcciones, y desde siempre, en toda su inmensidad. ¿Cómo es posi­ble eso? Las dos teorías son imposibles, pero sin embargo, aquí estamos. ¿De dónde venimos entonces? O Dios es más grande de lo que pensamos, o la creación del universo es tan inmensa como imposible. No importa si usted acepta que Dios es el creador del universo, de todos modos no hay cómo probado, ni tampoco podemos probar las otras teorías. Pero de todas formas, ¿para qué preocupamos por eso? Nosotros estamos aquí, somos la prueba del milagro .
• Entonces no cree que un hallazgo futuro sobre vida extraterrestre pueda perturbar las bases de la fe y de la religión.
-No, el universo es tan sorprendente que las religiones verdaderas no se preguntan cómo o por qué pasaron estas cosas. Simplemente se sienten. Incluso cuando hablamos de Dios como hombre disminuimos su grandeza, y cualquier cosa que se encuentre en el universo lo engrandecerá aún más. Me gustó mucho la escena final de "Encuentros cercanos del tercer tipo", porque es una metá­fora de nuestra relación con el resto del universo. Cuando el hombre y el extraterrestre se tocan están representando al hombre tocando al universo. Si los extraterrestres vienen de otros mundos creados por Dios, entonces tenemos que estar felices de que haya un universo hecho por un mismo Dios tan grande y tan lleno de vida .

Si hoy alguien le ofreciera un pasaje a Marte, Bradbury no lo dudaría: armaría sus valijas para emprender la travesía. Aunque sea por curiosidad. Al fin de cuen­tas, nadie como él supo describir ese viaje demasiado real como para pertenecer a la ficción. En el prólogo de "Cró­nicas marcianas", Borges escribió: "Otros autores estampan una fecha y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado". Y tenía razón.

Tal vez por eso Bradbury se dibuja a sí mismo como un ser de otro planeta: combina la camisa y la corbata con pan­talones cortos y zapatillas, haciendo de ese uniforme una marca registrada que lo acompaña desde hace años. Cuando camina por su casa, enredada de escaleras y desniveles, le encanta salir por una puerta y aparecer por la opuesta, como si jugara a las escondidas. 
Y si de jugar se trata, para eso tiene una habitación repleta de muñecos de peluche, y otra más pequeña gobernada por un televisor de infinitas pulgadas. Pero su santuario se esconde más abajo, en el sótano, un lugar que parece haber recibido los azotes de los arrebatados vientos marcianos que él describió en sus libros: todo está desparramado por el suelo, las paredes y hasta el techo, de donde cuelgan máscaras extrañas y réplicas de naves espaciales. Los libros y los papeles se le amontonan en un caótico desorden en el que confiesa ser feliz. Y él le agradece a Dios esa felicidad.





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