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30 de enero de 2012

Análisis de María, de Jorge Isaacs


Análisis de María, de Jorge Isaacs
La armonía poética de María, de Jorge Isaacs, la novela sentimental por antono­masia, y el tono festivo y apicarado de las Tradiciones peruanas, de Ricardo Palma, constituyen las características sobresalientes de estas dos acabadas expresiones del Romanticismo hispanoamericano.
Jorge Isaacs debe a su novela María el lugar destacado que ocupa dentro de la narrativa hispanoamericana. Publicada en 1867, su éxito inmediato la convirtió en lec­tura indispensable para millones de hispanohablantes. Su influencia aún persiste, a pesar de los cambios estéticos experimentados.

"María" en la novelística hispanoamericana
El Romanticismo marca el florecimiento de la novela, que se cultiva especialmente en Méjico, Chile y Argentina. Sus numerosas manifestaciones abarcan novelas histó­ricas, político-sociales y sentimentales. Sin embargo, es en Colombia donde aparece la novela romántica más exitosa: María, de Jorge Isaacs, que responde a las características de la novela sentimental:
·  relato en primera persona;
·  adopción de la forma de un libro de memorias;
·  título con el nombre de la protagonista;
·  asunto que desarrolla las alternativas de un amor casto e imposible;
·  protagonistas signados por el dolor, la separación y la muerte;
·  hechos que se desenvuelven en un marco natural, que acompaña con sus mutacio­nes los vaivenes del idilio.

RESUMEN DEL ARGUMENTO:
Efraín vuelve al hogar paterno, en el valle del Cauca, después de seis años. El reencuentro con los suyos lo hace descubrir su amor por María, la primita huérfana, de origen judío, que vive con su familia como una hija más. El idilio se desarrolla castamente, enmarcado por un paisaje de ensueño. Súbitamente, María enferma y el padre de Efraín decide ale­jarlo  -enviándolo  a estudiar a Londres-, para rodear a la joven de la tranquilidad que su estado requiere. Sin embargo, meses después Efraín debe emprender el regreso, ante el llamado angustioso de María. Todo es inútil. Sólo alcanza a re­zar ante su tumba. Vencido, abandona para siempre los lugares donde fue tan feliz.

ESTRUCTURA DE LA NOVELA
La novela consta de sesenta y cinco capítulos. Los precede una dedicatoria, "A los hermanos de Efraín", en la que el narrador, oculto apenas tras la figura de quien ejecuta un encargo, presenta los hechos como ocurridos tiempo atrás. Anticipa, asimismo, el final del protagonista -·'a quien tanto amasteis y que ya no existe"- y subraya el carácter doliente de la obra:
¡si suspendéis la lectura para llorar, ese llanto me probará que la [misión] he cum­plido fielmente!
Estas palabras apuntan a presentar la novela como documento de una realidad vivida. Aspecto este último al que también contribuyen el uso de la primera persona narrativa y la intercalación de numerosos pasajes autobiográficos.
Puede afirmarse que el hilo conductor de la materia novelada se da en la historia sentimental de María y Efraín, verdadero ejemplo de amor idílico. En este primer nivel de narración, se entrelazan las descripciones de los ambientes en los que se desarrolla la trama: la naturaleza del valle del Cauca (espacio abierto), y las características arquitectónicas de "El Paraíso", (espacio cerrado). Sus se­cuencias configuran un triple recorrido por un mundo real, pero idealizado. Recorrido nostálgico que actualiza el idilio, el espacio abierto y el cerrado, y cuyo final reelabora el "mito primordial del Edén perdido", objetivado, en este caso, por la pérdida del hogar paterno, de la amada y del paisaje paradisíaco.
Sobre esa línea narrativa de base se engarzan una serie de microrrelatos, muchos de carácter costumbrista; en su gran mayoría, cortas historias de amor, cuyos avatares duplican los vividos por Efraín y María. Así ocurre con el noviazgo y la boda de Braulio y Tránsito (Cap. XXXV), con la de Bruno y Remigia (Cap_ V), y, especialmente, con la historia de Nay (Feliciana) y Sinar (Cap. XL), señalada con justicia como ejemplo del exotismo romántico'. Otros, como la caza del tigre (Cap. XXI), y la del ciervo (Cap. XXVI), contribuyen a subrayar lo costumbrista y a resaltar las virtudes de Efraín.

El espacio novelesco
Las descripciones de la Naturaleza del valle del Cauca, en Colombia, constituyen uno de los elementos que se entrelazan en la trama narrativa. La belleza del paisaje aparece ya en los primeros capítulos.
Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me recibieron al regresar al nativo valle. [ ... ) El cielo tenía un tinte azul pálido; hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina, esparcidas por un aliento amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes lejanos. Cruzaba pla­nicies alfombradas de verdes gramales, regadas por riachuelos, cuyo paso me obstruían her­mosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos para internarse en lagunas o en sendas abovedadas por florecidos pisamos e higuerones frondosos. (Capítulo II)
 El lujuriante colorido de la Naturaleza acompaña a los protagonistas en su despertar amoroso:
La luna, que acababa de elevarse, llena y grande, bajo un cielo profundo sobre los montes enlutados, iluminaba las faldas de las montañas blanqueadas a trechos [ ... ), argen­tando las espumas de los torrentes y difundiendo su claridad melancólica hasta el fondo del valle. Las plantas exhalaban sus más suaves y misteriosos aromas. Este silencio [ ... ] era más grato que nunca a mi alma.
La vida se derrama y florece en árboles, ríos, montañas y lagos. Su vitalismo refleja la dicha de los castos amantes. Pero el anuncio de la enfermedad de María parece desatar la furia de los elementos.
Cuando salí al corredor que conducía a mi cuarto, un cierzo impetuoso columpiaba los sauces del patio, y al acercarme al huerto lo oí rasgarse en los sotos de los naranjos, de donde se lanzaban las aves asustadas. Relámpagos débiles [ ... ] parecían querer iluminar el fondo tenebroso del valle. (Capítulo XV )
La misma agresividad detiene o retrasa el regreso de Efraín, en vísperas del des­enlace fatal de la enfermedad de su amada.
Las corrientes del río empezaban a luchar contra nuestra embarcación. [ ... ] Poco a poco fueron haciéndose densas las nieblas. Del lado del mar nos llegaba el retumbo de truenos lejanos. [ ... ] Un ruido semejante al vuelo rumoroso de un huracán sobre-selvas venía a nuestro alcance. Gruesas gotas de lluvia empezaron a caer después. (Capítulo LVII)
Todo el desenfreno de una Naturaleza abandonada a su violencia acompaña así la íntima congoja del ausente, que lucha por llegar hasta María  .
Las descripciones de los espacios cerrados -la posesión del viejo José (Cap. IX), la casita de la chacra (Cap. XLVIII), la casa de Carlos (Cap. XLVIII), la cabaña de Braulio (Cap. L), la del negro Bibiano (Cap. LVIII)- y, especialmente, del interior de la hacienda paterna, "El Paraíso", traducen un detallismo que apunta a subrayar usos y costumbres del lugar y de la época.
Era la casita de la chagra , pajiza y de suelo apisonado, pero muy limpia y recién en­jalbegada . [ ... ] La salita tenía por adorno algunos taburetes aforrados en cuero crudo, un escaño, una mesa cubierta por entonces con almidón sobre lienzos, y el aparador, donde lucían platos y escudillas de vario tamaño y color.
Cubría una alta cortina de zaraza  rosada la puerta que conducía a las alcobas, y sobre la cornisa de ésta descansaba una deteriorada imagen de la Virgen del Rosario, completando el altarcito dos pequeñas estatuas de San José y San Antonio, colocadas a uno y otro lado de la lámina. (Capítulo XL VIII ).
El papel protagónico del paisaje en la obra es expresado por el narrador con  la siguiente afirmación: "La naturaleza es la más amorosa de las ma­dres cuando el dolor se ha adueñado de nuestra alma, y, si la felicidad nos acaricia, ella nos sonríe" (Cap. XXI)  .

El tiempo de la trama
La acción se desarrolla en forma lineal. Este tiempo cronológico o de los relojes puede representarse gráficamente así:


Como se advierte en el gráfico, de los sesenta y cinco capítulos, cincuenta y dos describen los avatares del idilio entre María y Efraín. Cubren sólo cinco meses en la vida de los enamorados, los que transcurren entre "los últimos días de un lujoso agosto" de 1854 (Cap. II) y el 30 de enero del año siguiente: "El 28 de enero, dos días antes del señalado para mi viaje ... " (Cap. L1). Son capítulos en los que el tiempo pa­rece detenerse, por la minuciosidad con que el narrador-protagonista relata hechos o describe situaciones. A cada paso, el reloj o los cambios temporales marcan las horas de la felicidad o del dolor. Así, en un mismo capítulo, el IV, podemos encontrar:
Cuando desperté, las aves cantaban revoloteando en los follajes de los naranjos.
Pasado el almuerzo, me llamó mi madre a su costurero         .
Horas depués me avisaron que el baño estaba preparado               .
De esta manera, el narrador "desmenuza" el tiempo del amor, alargándolo subjeti­vamente. Algo semejante ocurre en los capitulas que corresponden al viaje de regreso de Efraín desde Londres (LVI al LIX). Su duración cronológica -alrededor de un mes­, se dilata en la descripción pormenorizada de los obstáculos que la Naturaleza parece oponer, adrede, a un Efraín ansioso por llegar hasta María antes que la Muerte. Idén­tica situación se da en los capítulos finales de la novela (LXIII al LXV), en los que tam­bién el tiempo del corazón, o subjetivo, marcha diversamente al de los relojes".
En abierto contraste, el narrador apenas se detiene en los largos meses de la estadía de Efraín en Londres. Hasta el espacio físico merece un tratamiento superficial, dada la lejanía del ser amado.
Sin embargo, la linealidad temporal es quebrada en tres oportunidades; mediante "raccontos", el narrador salta hacia el pasado para completar la caracterización de los personajes o complementar la trama novelesca. Lo hace al contar la historia de María (Cap. VII), la de Feliciana-Nay (Cap. XLII) y cuando Efraín escucha lo relativo a los últimos momentos de María, de labios de su hermana Emma (Cap. LXII) ".
Respecto de la narración en sí, se desarrolla a través de dos carriles: el correspon­diente al momento en que Efraín escribe (presente del narrador), y el de la narración propiamente dicha (pasado del narrador). El primero se ejemplifica en las abundantes digresiones subjetivas que anticipan el final trágico del idilio:
...¡María! ¡María! ¡Cuánto te amé! ¡Cuánto te amara! (Capítulo VI )
Por el segundo carril, nos enteramos de las secuencias del romance truncado por la muerte.     .
La posición del narrador
La trama novelesca adopta la primera persona autobiográfica, propia de la novela sentimental. El narrador cuenta un fragmento de su propia vida, en forma lineal. Esto contribuye a dar verosimilitud a los hechos narrados. Cuando se desplaza la fuente de la narración (Cap. XVII), el nuevo narrador lo hace también en primera persona, como testigo ".
Los personajes
La variedad de estratos sociales, presentados en la novela como componentes de un mundo armónico y feliz -patrones, arrendatarios y aun esclavos Iibertos-, ofrece gran cantidad de personajes secundarios que, desde su órbita y caracterizados por costumbres y lenguaje, asisten, expectantes, al desarrollo del idilio. He aquí, pues, uno de los hallazgos de lsaacs: el uso de diferentes niveles de lengua. Así, la lengua literaria del narrador abunda en riqueza de vocabulario y en rasgos de estilo.
Ejemplo:
En breve las montañas desaparecieron bajo el velo ceniciento de una lluvia nutrida que dejaba oír ya su creciente rumor al acercarse azotando los bosques. A la media hora, tur­bios y estrepitosos arroyos descendían peinando los pajonales de las laderas del otro lado del río, el cual, acrecentado, tronaba iracundo, y se divisaba en las lejanas revueltas amarillento, desbordado y undoso. (Capítulo XVI ).
Contrasta con esa lengua la regional, poblada de americanismos, hablada por los  campesinos.
Todavía se burla de mí porque enlazo, hago talanquera y "barbeo" muletos . (Capítulo XIX ).
Los protagonistas
María es el prototipo de la mujer-ángel romántica. Su belleza hebrea origina algunos magníficos retratos en los que se muestra su alma virtuosa, reflejada en la pureza de rasgos y actitudes.
María me ocultaba sus ojos tenazmente, pero pude admirar en ellos la brillantez y her­mosura de los de las mujeres de su raza, en dos o tres veces que, a su pesar, se encon­traron de lleno con los míos; sus labios rojos, húmedos y graciosamente imperativos, me mostraron sólo un instante el arco simétrico de su linda dentadura. Llevaba [ ... ] la abun­dante cabellera castaño oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento de una de las cuales se veía un clavel encarnado. Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del cual sólo se descubría parte del corpiño y la falda, pues un pañolón de algodón fino color de púrpura le ocultaba el seno hasta la base de su garganta, de blancura mate. Al volver las trenzas a la espalda, [ ... ] admiré el envés de sus brazos deliciosamente torneados, y sus manos cuidadas como las de una reina. (Capítulo III ).
El narrador insiste en su aspecto infantil e inocente y en su mirada luminosa, digna de quien llevara primitivamente el nombre de Esther (estrella de Venus), para luego ser bautizada con el de María (estrella de mar). Hay recato, pudor, en sus acciones, y su conversación, actitudes y movimientos traslucen una sensitiva femineidad.
Poco nos dice el narrador de la apariencia de Efraín. Sin embargo, ya por compa­ración, ya por contraste con los personajes de su edad -Emidgio, Braulio, Carlos-, lo advertimos viril, responsable, atento y respetuoso con todos. Habla poco y es muy observador. No hay en él sensiblería ni sentimentalismo; hay, sí, firmeza en sus palabras y en sus acciones.
Estilo de Isaacs en María
La expresión cuidada, en ocasiones llena de galanuras románticas, caracteriza el estilo de la novela. El rasgo más notable se da en el uso de imágenes, especialmente cromáticas y olfativas. Ellas adornan las descripciones del paisaje colombiano, y su ri­queza y variedad permiten al escritor trabajar la prosa al modo de un pintor.
Una tarde, ¡hermosa tarde, que vivirá siempre en mi memoria! la luz de los arreboles moribundos del ocaso se confundía bajo un cielo color de lila con los rayos de la luna naciente, blanqueados como los de una lámpara al cruzar un globo de alabastro. Los vientos bajaban retozando de las montañas a las llanuras; las aves buscaban presurosas sus nidos en los follajes de los sotos. Capítulo XL V
 Así, palabras e ideario, teñidos de sentimiento, originan esta verdadera "sinfonía pas­toral" que es María· .
BIOGRAFÍA DE JORGE ISAACS
Isaacs nació en Cali, Colombia, en 1837. Creció en un hogar en que las prácticas de un catolicismo militante se mezclaban con el recuerdo de las antiguas creencias de su padre, judío convertido al Cristianismo. La holgura económica acompañó su infancia feliz, en el valle del Cauca, cuyas bellezas inmortalizaría, más tarde, en las páginas de su célebre novela.
La temprana muerte de su padre precipitó la pérdida de las fincas, ensombreció su existencia y lo obligó a abandonar sus estudios. A pesar de su empeño, no logró triun­far en ninguna de las muchas actividades a las que se abocó. Hasta su actuación política concluyó desastrosamente. Sólo su vocación literaria le dio satisfacciones, aunque el éxito de María no le brindó beneficios pecuniarios. Murió en 1895.
El poeta de "El Mosaico"
Hacia 1864, Isaacs participó en las reuniones de la tertulia llamada "El Mosaico", que agrupaba a los escritores colombianos de raíz romántica. Entre ellos florecía el grupo antioqueño, en cuyas obras se describe la naturaleza del valle del Cauca, en la provincia de Antioquia, así como se exaltan las labores agrícolas y la vida campesina. Surge, de esa forma, el llamado "virgilianismo antioqueño" con obvia relación, en cuan­to a temas, con la poesía del gran Virgilio (siglo I a.C.). Otro grupo se dedicaba a poetizar las costumbres regionales. Isaacs cultivó ambas temáticas y recibió el aplauso de sus contertulios.






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