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7 de febrero de 2012

EL ROMANTICISMO HISPANOAMERICANO- CONTEXTO HISTÓRICO- CARACTERÍSTICAS


EL ROMANTICISMO HISPANOAMERICANO- CONTEXTO HISTÓRICO- CARACTERÍSTICAS


Aunque el Romanticismo hispanoamericano surge como una revolución estética, no sólo apunta a una libertad literaria, sino también política, considerada como meta de la "evolución de la sociedad".
¿Qué significa Romanticismo?
La palabra Romanticismo significa, etimológicamente, una concepción de vida se­mejante a la de los pueblos románicos, los primeros que desarrollan el genio de la Edad Media.
En la Inglaterra del siglo XVII se usa romantic para calificar los acontecimientos que sólo ocurren en las novelas. En Alemania, roman es sinónimo de novela, y romántico, "romantisch", quien cuenta, en forma oral o escrita, los hechos que conforman el mundo novelístico.
Pero Romanticismo adquiere su significado actual en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando nace en Alemania como movimiento individualista que se opone a la es­tricta sistematización, consagrada por los clásicos sobre la base de reglas y modelos invariables, en pro de la intuición, del sentimiento y de la espontaneidad.
Del alemán se transmite al francés ("romantisme", "romantique"), y de ahí al español y al italiano ("romanticismo", "romántico"); es decir, la nueva estética se difunde por Europa, donde siembra su afán por representar lo infinito y por buscar lo sublime; lo maravilloso y lo fantástico.
Esta verdadera insurrección contra el estatismo dieciochesco realiza el trágico es­fuerzo de religar la vida al ideal, para obtener la ansiada coincidencia entre el sueño y la realidad .

El Romanticismo hispanoamericano y la influencia europea –Contexto histórico
La literatura hispanoamericana se hace romántica por influjo de Europa. El 9 de diciembre de 1824 se libra la batalla de Ayacucho, que señala el fin de las guerras de independencia y, por ende, de la dominación española, y el establecimiento de las repúblicas. Los territorios que la Península poseía en América -excepto Puerto Rico y Cuba- nacen a la vida libre y se definen desde el punto de vista histórico, social y natural.
Desde la década de 1810 hasta 1870, la sociedad sufre cambios de importancia: queda abolida la esclavitud y la servidumbre de los indios; en el orden económico, se implanta el sistema liberal; se propician reformas educativas y se fundan escuelas; desde el punto de vista filosófico, es decisiva la influencia de Francia, Inglaterra y Alemania. El siglo XIX está dominado por el positivismo que sólo reconoce el método experimental y acepta como verdadero lo que puede comprobarse mediante la obser­vación.
El arte no muestra mayores logros: apenas sobrevive la pintura religiosa y sólo el retrato, característico de la época colonial, conserva su originalidad. Se importa de Es­paña y de Francia el estilo neoclásico. Méjico y la Argentina, los dos extremos del mundo hispanoamericano, desarrollan un arte relativamente propio a través de las crea­ciones de pintores "criollistas" y populares. El tema criollo, tratado por los artistas ­viajeros en el Río de la Plata, culmina en la obra del saboyano Carlos Enrique Pe­llegrini. La pintura descriptiva de tinte nacional está representada por hombres nacidos y formados en nuestro país: Carlos Morel (1813-1894) exalta la vida del gaucho y Pri­lidiano Pueyrredón (1823-1870) toma como tema de inspiración la sociedad platense de mediados de siglo . Desde Pueyrredón, la influencia italiana se une a la francesa, hasta el triunfo del impresionismo.
Respecto de la escultura, no manifiesta rasgos originales, pues los monumentos públicos son obra de artistas oriundos de Europa.
La música continúa la tradición colonial. Los organistas y maestros de capilla inter­pretan aún a Tomás Luis de Victoria (1540-1607 Ó 1608), a Juan Pierluigi (Palestrina) (1562-1594), a Juan Sebastián Bach (1685-1750) y a Francisco José Haydn (1732­-1809). Se escuchan óperas, sonatas, cantatas, misas, sinfonías y cuartetos.
El proceso político hispanoamericano conduce a la libertad de cultos, pero es más relevante la inclinación por el catolicismo. España deja de ser el camino que conduce la cultura europea a la América hispana; ocupa su lugar Francia, que se convierte en modelo digno de imitación.
A pesar de que las mencionadas manifestaciones artísticas no logran, durante el Romanticismo, optimar sus obras, la literatura, no ajena a los avatares de la política, encuentra, sobre todo en la poesía, un arma espiritual de combate para gritar su verdad. De ahí que los literatos hispanoamericanos sean también hombres entrega­dos, con auténtico apasionamiento en muchos casos, a la vida pública. Y, junto a la novedad del asunto, buscan la forma nueva para expresarlo. No se resignan a haber alcanzado la liberación política; anhelan también la intelectual, el nacimiento de una literatura nacional que los represente geográfica, física, humana, histórica y espiritual­mente, sin ligaduras con la española.

Introducción del Romanticismo en la América hispana
El Romanticismo, primer movimiento literario en la vida libre del Nuevo Mundo, llega a América a través de dos vías:
·la del Atlántico, con el escritor argentino Esteban Echeverría (1805-1851);
·la del Pacífico, con los literatos españoles Fernando Velarde (1821-1880) y José Joaquín de Mora (1782-1864).


Esteban Echeverría viaja a París en 1825 con el objeto de iniciar estudios de Física, Química, Matemática y otras ciencias, pero se siente atraído por la literatura, especialmente por la poesía que se cultiva en esa época, y a ella se entrega. Cuando regresa a Buenos Aires, en 1830, ya es un poeta que no oculta su admiración por Chateaubriand , Lamartine y Víctor Hugo. Los jóvenes que comulgan con la nueva orientación estética, reciben de él un Romanticismo de sello auténticamente francés. Su poema Elvira o La novia del Plata (1832) inaugura el Romanticismo en las letras argentinas, que no sólo se anticipan así a los demás países de lengua española, sino tam­bién a España, ya que su primera obra romántica, El moro expósito , de Ángel Saavedra Ramírez de Baquedano, duque de Rivas (1791-1865), data de 1833. De la Argentina, el movimiento se extiende a Chile y al Uruguay.
La segunda vía, la del Pacifico, introduce un Romanticismo de signo español , José Joaquín de Mora llega a la Argentina en 1826 y permanece aquí hasta la caída de Rivadavia; va, entonces, a Chile, desde donde viaja a Bolivia; más tarde, visita el Perú. Sus Leyendas españolas, en las que late el espíritu byroniano, son verdadero modelo para sus émulos.
Velarde reafirma los principios de Mora, pero, a diferencia de éste, es poeta grandilocuente y desbordante, y se lo respeta y admira como maestro. Divulga su poesía en Cuba, Perú, Ecuador, Bolivia, Chile, Colombia y Guatemala, y, muy pronto, se convierte en ídolo de la juventud. Melodías románticas y Cánticos del Nuevo Mundo deleitan a no pocos principiantes; pero junto a la inspiración inagotable reinan también el desorden y el mal gusto. En 1861 fija su residencia en Nueva York y diez años más tarde, en Londres, donde muere en 1880.
Venezuela y Colombia, sin desconocer el nuevo ideario romántico, permanecen aún fieles al espíritu clásico, y Méjico, a los modos y motivos populares .

SUS ANTECEDENTES
Aunque se considera que 1830 es el año del nacimiento del Romanticismo hispanoamericano, hallamos, en obras anteriores, atisbos de la nueva sensibilidad . Así lo demuestran Andrés Bello (1781-1865), en Venezuela; Juan Cruz Varela (1794-1839), en la Argentina, y José María de Heredia (1803-1839), en Cuba, abordando temas como la  naturaleza americana (Andrés Bello, Alocución a la Poesía; la mujer ángel (Juan Cruz Varela, La  Elvira); el indio ( Juan Cruz Varela, En el regreso de la expedición contra los indios bárbaros, mandada por el Coronel D. Federico Rauch);la noche, la luna y las estrellas (José María de Heredia, En el Teocalli de Cholula).

 LA EMANCIPACIÓN ESPIRITUAL
Hispanoamérica desea tenazmente la reivindicación de una autonomía intelectual, la ciudadanía en política, en literatura y en arte. La divisa de la época es la libertad en todos los órdenes. Intenta desasirse, pues, de las tradiciones peninsulares, definir su cultura, mostrar su distinta realidad. Pero este antihispanismo no es tan severo como muchos lo consideran, ya que algunos de nuestros escritores, por ejemplo, hallan solaz en no pocas páginas de Espronceda, Larra, el duque de Rivas, Zorrilla y Bécquer. Sienten simpatía por la "Joven España", es decir, por el conjunto de hombres que en ese tiempo lucha en la Península por la renovación y por la libertad.
No obstante, América no quiere ser España ni Europa. Necesita expresar su persona­lidad mediante su literatura y así lo hace. Nace, entonces, el americanismo literario.

EN BUSCA DE LA VOZ DEL ALMA
El Romanticismo, a pesar de ser un movimiento predominantemente literario, se halla sustentado por una filosofía. El hombre no acepta su entorno, entonces lucha o se evade. Surge así, en la obra literaria, otra concepción de la realidad, que podríamos llamar realidad simbólica.
Los denominados temas románticos son verdaderos símbolos que ocultan un yo -ese imperio del yo - en pugna por ser lo que considera debe ser y que no en­cuentra su centro por estar demasiado encerrado en sí mismo. La suma de esos sím­bolos da a luz otro: la falta de libertad.
El romántico se siente cautivo , porque ese abismo entre lo que siente que es y lo que considera su deber ser lo coarta desde el punto de vista de la acción . Sepultado el edificio colonial, la sombra de la guerra, después de largas y costosas experiencias, el desorden político y moral, pesan sobre él y lo lanzan a la búsqueda de su mundo interior. De ahí su necesidad de proyectar en su entorno lo que vive dentro de sí: tristeza, melancolía, desilusión, impotencia, duda; suele refugiar su soledad en las sombras, símbolo de su confusión de valores, o en el lúgubre panorama de un pasado en ruinas, símbolo de una vida muerta que renace luminosa en el recuerdo, único asilo o "tercer reino"  para gozar, con los ojos abiertos, el sueño de la libertad.
La incapacidad para conseguir su ideal -su "flor azul", como Enrique de Ofterdingen, en el poema en prosa homónimo de Novalis , ­genera ese estado de alma. Desde su punto de vista, la realidad refleja un desorden; esto explica su violencia contenida o su rebeldía ante la falta de respuestas. No es feliz, porque no goza de la verdad. La felicidad se torna una infinita e irrealizable aspiración, trascendente al mundo. El romántico quiere reconstruir su vida -restablecer el orden perdido-, herida por tantos sufrimientos. El desolado presente es, entonces, su prisión; por eso recurre al pasado o al porvenir.
Sus características sobresalientes son:
·una existencia vacía y silenciosa;
·la eterna lejanía de la dicha;
·un fatalismo terrible: nadie puede huir de su destino;
·la superstición;
·su estada entre la vida y la muerte;
·el concepto de la eternidad como sombra pavorosa que todo lo envuelve.

Recurre, pues, a los siguientes temas-símbolos para proyectar su yo:

1) La naturaleza, prolongación de la sensibilidad . Hispanoamérica ama su naturaleza pródiga; nace en esta época un sentimiento regional. El paisaje que describe el romántico, simboliza su inmenso yo y le ofrece la pausa creadora . Se solaza en pintar su tierra, su suelo natal . No se trata de una descripción rigurosa y objetiva de su ámbito cotidiano; surge de una meditada selección de elementos del pasado, reunidos en torno de su valor afectivo . El paisaje exterior es espejo de su paisaje interior. Entre los escenarios preferidos por los románticos sobresalen la naturaleza y la ciudad, pero se inclinan por la primera y la muestran con fruición, generalmente en su forma salvaje, en libertad . Esa naturaleza sobrevive al hombre y sus obras; de ahí la referencia continua a las ruinas, a las tumbas y al cementerio.
El paisaje romántico carece de luz: la noche, apenas iluminada por una pálida luna o por las estrellas, es la hora del amor, del ensueño, la del vuelo hacia el ideal nunca alcanzado. También crea el clima propicio para la irrupción de lo terrorífico y de lo sobrenatural, sobre todo, cuando es azotada por una gran tempestad. A veces, el atardecer invita a la meditación y a las lágrimas. El mar suele aparecer como símbolo de libertad.
2) La valoración de la Historia. El tema político. El romántico se interesa por la historia nacional y por el porvenir político de su patria. Anhela el renacimiento de una patria más pura. Cuestiona la sociedad en que vive y toma postura ante sus problemas. En el Romanticismo argentino, Juan Manuel de Rosas aparece como el antihéroe, tirano cruel, insensible, frio, despiadado e inflexible con los que persigue. No pocos escritores lanzan su feroz diatriba sobre el que les usurpó la libertad y los alejó del solar amado. En la Argentina no es la historia, sino el porvenir, el que conforma la esencia nacional.
3) Ideales de libertad y de progreso. El romántico quiere ejercer su libertad sin amenazas ni limitaciones. Espontaneidad y autenticidad constituyen la fórmula que él defiende. La libertad política es un medio para lograr, a través del arte, una· libertad suprema que dé forma artística a la expresión apasionada e ineficaz del yo. No concibe la libertad de expresión sin la libertad política.
Además, su búsqueda es más honda: anhela también la libertad espiritual, es decir, liberar su mundo interior de las trabas que le impone la realidad exterior.
La idea del progreso, heredada del Neoclasicismo, enciende en el romántico el sueño de estar en el amanecer de una vida nueva y fecunda.
4) El amor a la patria. El destierro involuntario trae el recuerdo querido de la patria lejana.El regreso mitiga siempre, con la esperanza de un mañana promisorio, el dolor sufrido.

5) Voluntad de gloria. La búsqueda silenciosa de la gloria responde a su íntimo deseo de ser el centro del mundo que lo rodea, de perdurar en él.
6) El héroe. El Romanticismo ha creado más tipos que caracteres; de ahí que los personajes no presenten cambios psicológicos. Su conducta se ordena según un conjunto de notas fijadas definitivamente.
En general, el protagonista masculino es fiel a sus ideales políticos hasta la muerte; noble, apuesto, valiente, orgulloso, aunque, a veces, débil, celoso, melan­cólico, solitario, apasionado e inerme frente al amor de una mujer .
El héroe presenta distintas facetas:
·histórico, casi legendario;
·patriótico;
·sombrío y fatal: el bandido romántico que se rebela contra los hombres y, aun, contra Dios, y se abandona a fuerzas extrañas que lo arrastran al abismo;
·codicioso; sus actos sólo están signados por la ambición de riquezas; el fin justi­fica los medios, aunque trunque con su proceder la felicidad de otros seres menos aventajados que él;
·el viajero desconocido que viene de tierras lejanas y oculta misteriosamente un pasaje de su vida;
·el gaucho, hombre de la tierra, impertérrito,que esgrime su fuerza contra la in­justicia y contra los abusos de la autoridad .
Estos personajes expresan con gestos o actitudes su confusión interior. A veces, son más símbolos que sujetos, pues el escritor los trata desde un punto de vista social.
Otros personajes no alcanzan la envergadura de héroes: el reo de muerte, el verdugo, el sacerdote sacrílego.

7) La familia. Es una característica de los románticos hispanoamericanos evocar la vida del hogar. El regreso al pasado feliz atempera su angustia.

8) La eternidad del amor. El romántico siente un amor pasional, irreflexivo, subli­me, que no pocas veces acaba con la muerte o el alejamiento definitivo del ser amado; o bien, un amor melancólico, soñado, que signa la frustración desde el comienzo. En las obras literarias, adquiere distintas características:
·el amor imposible,
·el amor frustrado,
·el amor posesivo,
·el amor furtivo,
·el amor sacílego,
·el amor maternal,
·el amor ultrajado,
·la traición de amor,
·la muerte del enamorado o de la enamorada,
·la muerte del hijo,
·la locura final de la amante.

9) La mujer. Forma parte de un mundo superior espiritual izado. Es el "ángel" del Romanticismo, un ser celestial. Reúne todos los atributos que la convierten en el ideal que persigue el hombre: buena, de voz dulce, suave, bella, generosa, inocente y llena de virtudes. Él se siente feliz a su lado y desea más su compañía para puri­ficar su espíritu que para satisfacer su pasión.
La mujer romántica sueña con todos los héroes y también con un amor sublime y único. Cuando éste llega, le entrega su alma y sus ojos reflejan el nuevo sentimiento; permanece fiel a ese amor y por él lucha hasta la locura o hasta la muerte.
La antítesis de la mujer-ángel es la mujer-demonio, que aparece con menos fre­cuencia en las obras literarias.

10) Las cartas y las flores. La correspondencia que se envían los enamorados es un lugar común en las páginas románticas, sobre todo cuando los separa la distan­cia y necesitan liberar sus sentimientos. El amor es fuerza que los oprime y los deleita al mismo tiempo. Por eso escriben y, al hacerlo, se confiesan ardorosa­mente. Las flores constituyen el símbolo de ese amor puro.

11) Lo exótico. Hispanoamérica reemplaza el regreso a la Edad Media europea por la evocación de la herencia indígena y de la época colonial. El indio aparece como preocupación del escritor romántico, quien asume su defensa  o lo considera un mal que debe exterminarse. Su entorno exótico lo cautiva. Defendido, idealizado o escarnecido, el indio no surge, sin embargo,' como ideal de vida o de cultura. Lo mismo sucede con el negro. Ambos, en conflicto constante con el blanco, luchan hasta la muerte por su libertad.

12) Lo fantástico o el vuelo hacia las inmensas regiones de la imaginación. La desazón del romántico reside, fundamentalmente, en que la realidad no puede adecuarse a su mundo imaginativo, de ahí que cree esa otra realidad que llamaremos fantástica. Recurre, entonces, a sueños y visiones, a apariciones de seres sobrenaturales, que, en general, presagian la muerte  o algún suceso nefasto para los personajes.

13) Exaltación del yo, única medida y única norma. El carácter eminentemente subjetivo del Romanticismo se trasunta en el uso constante del pronombre de primera persona, que responde, sobre todo, a un anhelo de autoafirmación. El  romántico "es" en el mundo, aunque éste se le oponga. De ahí ese constante  indagar en su interioridad y ese ver todo con los ojos del alma.

14) La vida y la muerte. El anhelo de evasión. Para el romántico, el mundo real  sólo ofrece tristezas y hastío; se refugia, entonces, en la soledad  para soñar con un ideal siempre inalcanzable. Todo es relativo y fugaz, aun la vida. La angustia de vivir halla en la muerte  la paz Iiberadora, el anhelado silencio del reposo definitivo. La vida es, pues, la irrealización, la pérdida constante de esa verdad subjetiva que él esgrime como única; la muerte, la promesa de la luz. Por eso, muchas veces la busca mediante el suicidio o se lanza a los mayores peligros, seguro de perecer. En criptas, grutas y subterráneos , donde sueña descubrir riquezas o vida, encuentra el horror o la muerte. El sueño es el símbolo del hombre que quiere escapar de su existencia terrena y de los límites de su cuerpo. La Iocura se transforma en el supremo recurso y en la verdadera cordura.
Ese estado de profunda depresión desemboca en el llanto y en las confesiones dolorosas, pero las lágrimas no logran mitigar la congoja de su alma.

15) El inexorable destino. El romántico se queja contra el destino y al mismo tiempo, guiado por un sentimiento fatalista, cree en él ciegamente. Sabe que nada podrá cambiar sus designios y se entrega sin ánimo de lucha. Además, piensa  constantemente en el porvenir, pues allí está el oasis de salvación.

16) La religión. La actitud religiosa del romántico responde a su sensibilidad . Anhela comunicarse con Dios sin aspirar, por supuesto, a la unión mística. Cree en su existencia y lo invoca con fervor, pero su fe no parece sólida, de ahí que se hable de un cristianismo básico, no dogmático. Presagios y presentimientos confor­man una atmósfera de superstición que distorsiona el recto concepto religioso y enriquece ese continuo estado de catástrofe que reina en su vida interior.
En general, Dios es sólo un sentimiento, porque el romántico vive desde sus sentimientos; a veces se endiosa y otras se entrega con total sumisión al Ser Divino. No se halla abierto a lo Trascendente. Implora protección, para que Dios trace nuevo rumbo en el camino de su vida, para que lo consuele en el dolor, o bien, se rebela contra Él.

17) El costumbrismo. El romántico trata de exaltar los modos de vivir nacionales, no sólo describe su paisaje, sino también los tipos y costumbres de su país o región, y expresa así lo individual. Los temas costumbristas son:
·lo peculiar de los ambientes;
·lo típico de los personajes;
·la crítica de los malos gobiernos;
·los paisajes;
·los animales.
Esta revalorización de lo popular implica la búsqueda de lo folclórico, un retorno a todo lo que sea creación anónima; de ahí el valor de las leyendas. El gaucho es el personaje por excelencia; con él surge la literatura gauchesca.

EL ARTE DE LOS ROMÁNTICOS
Liberados de los preceptos neoclásicos, los románticos se oponen a la clasificación de los géneros literarios; unen la poesía a la prosa e introducen innovaciones en la métrica y en la combinación de las estrofas. Escriben leyendas, cuentos, tradiciones, libros de  memorias, diarios íntimos, autobiografías, novelas, relatos de viaje, dramas y poemas.

Fuente: AAVV:  Las letras en la América Hispana
Ed. ESTRADA, Bs.As.




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