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24 de noviembre de 2011

Juan Carlos Onetti: El astillero, Juntacadáveres y El infierno tan temido

Juan Carlos Onetti: El astillero, Juntacadáveres y El infierno tan temido

En la década del sesenta Juan Carlos Onetti ( Uruguay- 1909-1994)  alcanzó una nueva ma­durez y su mayor popularidad  como precursor de lo que entonces pa­recía caracterizar la novela hispanoamericana. De esa producción vamos a destacar dos novelas (El astillero, Buenos Aires, 1961) y Juntacadáveres, Montevideo, 1964) y un cuento (El infierno tan temido,1957) .
El astillero y Juntacadáveres son novelas que están profundamente relacionadas, no sólo porque confi­guran una especie de tablero novelístico, sino porque están protagonizadas por el mismo Larsen -una de las más memorables creaciones del autor- y ocurren ambas en Santa María, un territorio donde nuevos y viejos personajes del autor se congregan o dispersan, cada uno en busca de su destino.  Santa María ha sido comparado, por sus connotaciones míticas, con el condado de Yoknapatawpha, de.Faukner. Hay en estas obras un persistente clima de decadencia y desintegra­ción -también fau1kneriano- del mundo narrativo que comenzó a forjarse en El pozo y que aquí alcanza un grado angustioso, premoni­torio de la muerte.
En El astillero vemos a Larsen volver, tras cinco años de ausencia, a Santa María, la ciudad que lo expulsó y que ahora es su último refu­gio. Los lectores de La vida breve saben por qué se vio obligado a salir: en el capítulo XVI nos enteramos de que una nueva disposición municipal le impide abrir y regentar un prostíbulo, y no tiene otro recurso que irse con sus tres pupilas; mayor información sobre esto la encon­traremos en ]untacádaveres,  lo cual demuestra cómo las historias onet­tianas se entrecruzan y crean un universo a la vez coherente y en cons­tante proliferación. Larsen es ahora un hombre quebrado, que siente el profundo fracaso de su vida y el vacío de todo, pero que se resiste a aceptar su derrota. Se empeña en llevar adelante un proyecto ,la reha­bilitación del ruinoso astillero del puerto cercano a Santa María, que ocupa sus días como una misión superior. Hay una irónica simetría en­tre Larsen y el astillero, entre su vida destruida y vacía y la construc­ción del lugar como un centro de actividad y trabajo. El astillero es una estratagema para encubrir el sinsentido que lo rodea y la certeza de su fracaso.
Larsen es el arquetípico outsider onettiano, quien tras una larga vida al margen de la sociedad asume los hábitos del individuo normal y productivo; es decir, crea una ficción y la interpreta o «actúa»,  con la ambivalente convicción de quien sabe que tiene que inventar a otro para ser él mismo. Parodia, farsa. cinismo: la representación tiene un filo moral inquietante pues aparece como la contracara de una reali­dad también recusable por su conformismo y apatía. Los resultados del juego de Larsen son múltiples y entretejen una madeja de intencio­nes y conflictos: su mundo ilusorio es un autoengaño, pero trae un principio de orden y de perfección en un mundo caótico y sin grande­za; es una insignificante quimera, pero no parece haber otra opción viable. En verdad, la narración está diseñada como una trampa, como un laberin­to que impide al protagonista toda posibilidad de acción «real».
El astillero es una parábola sobre la imposibilidad de la salvación. Novela de la inmovilidad y la inercia, donde los actos que se repiten subrayan la asfixia vital y la inutilidad del esfuerzo humano: todo con­duce a un punto muerto, todo es estéril y da vueltas en redondo sin lle­gar a ninguna parte. El registro narrativo de Onetti diluye hábilmente los contornos de la realidad y la inmoviliza, casi la congela en una vis­ta fija, gris e invernal que nos habla de la vida como mera sobrevivencia en medio del estancamiento. Tampoco hay que olvidar las resonancias que este mun­do tiene -pese a su naturaleza casi autártica- con la realidad social uruguaya, que se acercaba por entonces al punto crítico que haría caer las decrépitas estructuras que mantenían su orden y traería las plagas de la violencia y la dictadura.
]untacadáveres tiene su origen en La vida breve y una relación contradictoria con El astillero porque esta última novela es una prolongación, aunque anticipada, de aquella primera. «Juntacadáveres» (o «Junta» en su forma abreviada y eufemística) es el apodo que Larsen se ha ganado por sus actividades de proxeneta: ab­surdamente, recoge a las prostitutas más arruinadas y trata de ganar dinero con ellas. Por un lado, la novela cuenta toda esta sórdida historia, que explica la conflictiva relación de Larsen con Santa María; por otro, la del joven Jorge Malabia y Julita, su cuñada viuda. Estas distintas his­torias se cuentan -cada una con un narrador diferente- en forma paralela, pero convergen progresivamente y se funden al final. No sólo cada una ilumina o distorsiona a la otra, sino que ambas albergan otras historias secundarias, algunas con un valor casi autónomo. Todas coinciden en un motivo central en la obra de Onetti: la expulsión del paraíso y la caída en el mundo del mal sin término.
El idilio de Malabia y Julita contrasta la inocencia y la piedad de él con la amargura y la severa alteración mental que ella sufre tras la muerte de su marido. En cierta manera, hay un triángulo de afectos, pues a través de Julita él recupera la imagen de su hermano muerto. In­capaz de salvar a esa mujer de su propia caída en la desesperación, Ma­labia se asocia con Junta y decide huir de Santa María con sus prostitutas. Esa fuga es impedida cuando se entera de que Julita se ha colga­do vistiendo ropas de colegiala, en un patético intento de recobrar su propia inocencia. El delirante proyecto de Larsen es un acto de desafío contra las leyes de la ciudad y contra quienes la fundaron (Malabia desciende de esa casta privilegiada y odiada), un sueño perverso que trata de realizar. (En «Un sueño realizado» también aparece una mu­jer de edad incierta vestida con ropas de «una jovencita de otro siglo».) El afán perfeccionista, casi artístico, con el que concibe y organiza su empresa -análoga a sus funciones en la reconstrucción del astillero-­tiene una significativa semejanza con el de Don Anselrno, el fundador del prostíbulo de La Casa Verde, de Vargas Llosa. Pero la empresa fra­casa porque su «sueño» tropieza con los obstáculos de la realidad; es decir, los intereses políticos y económicos de Santa María, sociedad más corrompida de lo que parece. La novela tiene un aire barroqui­zante y burlón, a veces ruin y encanallado, porque Onetti desliza viñetas satíricas sobre el ambiente político y periodístico que conoció en sus años bonaerenses.
En la porción última de la producción de Juan Carlos Onetti, cabe destacar al menos Dejemos hablar al viento (Madrid, 1979), título sacado de Pound. Con esta novela Onet­ti cierra el ciclo de Santa María, pues vemos a la ciudad desaparecer en­vuelta en llamas, como una forma de castigo o venganza -el personaje Díaz Grey prefiere llamarla «obra de beneficencia-- concebido por Medina, el jefe de la policía que hemos conocido en las páginas de Juntacadáveres y que, tras pasar unos años de exilio en Lavanda (irónica re­ferencia a La Banda Oriental, o sea Uruguay), regresa a ejercer el poder en la ciudad. El celo «purificador» de Medina está presentado con la característica ironía onettiana, quien destruye así, imaginariamente, el es­pacio ficticio que creó para dar vida a sus personajes.
El cuento El infierno tan temido fue publicado en La Nación de Buenos Aires en 1957 antes de ser recopilada en el vo­lumen homónimo.
Resumen del argumento: Risso, que trabaja como cronista hípico en un periódico, empieza a recibir, desde distintos lugares, unos sobres con fotos. Uno de sus compañeros narra, en un primer racconto (hay tres en el relato), los antecedentes que po­drían explicar los envíos: su viudez, sus noches de alcohol y prostíbu­lo, su matrimonio con Gracia, una actriz que llega a Santa María. El oficio teatral de ella es un oportuno símbolo porque cada uno busca en el otro la realización de algo irreal, imposible de alcanzar: la simple fe­licidad.
Las fotos son obscenas imágenes eróticas que exhiben a Gracia en brazos de otros hombres; suponer que ella misma (no ellos) se las en­vía como un sórdido gesto de amor, como un triste modo de comunicación con él, es el frágil acto de defensa que Rísso concibe para pro­tegerse de la brutal verdad, del «organizado frenesí con que se cumplía la venganza». Antes, para elaborar la ficción de vivir juntos, Risso ha­bía inventado a Gracia mientras ella inventaba la fantasía o comedia de su amor; ella ha sido la hechura de ese hombre, «segregada de él para completarlo».
La cruel minucia con que están descritas las escenas eró­ticas que ella registra con la cámara nos confirma que se trata de una calculada ceremonia, de un montaje degradado que ella arregla como una escena teatral destinada a un solo espectador con la finalidad de humillarlo y destruido. Y la forma en que él interpreta ese mensaje no puede ser más patética y desesperada. El torturado pero estoico len­guaje de Onetti, con sus largas frases envolventes que descienden como negras espirales por abismos siempre más opresivos; a la vez sueldan y confrontan el pasado con el presente, acrecentando la ago­biante sensación de que hemos ingresado a un mundo desalmado y sin remisión. Este cuento prueba que el irresoluble dilema amor-odio y culpa-inocencia está en el centro de la ambigüedad de su obra.







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