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27 de enero de 2013

Análisis de la obra de Filippo Lippi




Análisis de la obra de Filippo Lippi


La biogra­fía que de Filippo Lippi nos ha dejado Vasari constituye una continua sucesión de aventuras, por lo general amorosas. En realidad, parece ser que la vida del pintor no fue tan intensa ni azarosa. Nació en Florencia en 1406 y, al quedarse huérfano a tier­na edad, fue educado desde los ocho años en el Convento de los Carmelitas, donde, en 1421, pronunció los votos y permaneció hasta 1432. En 1434 trabaja probablemente en Padua —la primera noticia de su actividad pictórica es del año 1431— figurando en el séquito de Cosme de Mediéis. De vuelta a Florencia, Filip­po se dedica a una notable producción de pinturas sobre tabla y afirma ya su per­sonalidad. 

En 1452 comienza la decoración al fresco de la capilla mayor de la Ca­tedral de Prato: en 1445 es nombrado capellán en el convento de Santa Margari­ta, de esta misma ciudad y allí se produce el hecho escandaloso: se enamora de una monja, Lucrecia, y la  rapta (con su hermana y tres amigas).

De sus amores con Lucrecia nacerá su hijo Filippino; más tarde, intervendrá el papa Pío II para solucionar al fin esta situación liberando a Filippo y Lucrecia de los votos hechos y disponiendo su casamiento.

En 1467, el pintor comienza la decoración de la catedral de Spoletto, trabajo que no puede terminar al sorprenderle  la muerte en 1469.
Sobre la formación de Filippo, la  crítica se muestra de acuerdo con Vasari que hace descender artísticamente de Masaccio. Ello no se opone  a que, en una segunda época, Filippo Lippi se sintiese atraído por el arte de Fra Angélico. De todas formas, sería inútil insistir demasiado sobre « estas influencias, porque, en realidad, Filippo es un pintor tan original que inaugura precisamente una nueva página del arte humanístico.

No busquemos en ideales austeros, sino más bien la representación pictórica de la vida tal como la perciben y gozan los sentidos. Mucho se ha escrito sobre su linearismo y su gracia, pero importa mucho más hacer hincapié en su sentido de la luz que, en Filippo, no es materia trascendente sino vibración, «emanación del aspecto físico del mundo».

En este artista la luz es como el «aglutinante » del espacio, la materia cohesiva que une las cosas entre sí y que crea la profundidad. De esta concepción de la luz nace el encanto de la pintura de Filippo y ese calor que encontramos inmediatamente tan humano.

Del pintor presentamos aquí la obra que le hizo más famoso: La Virgen con el Niño y ángeles. Indudablemente estamos lejos ya del mundo de un  Masaccio, de un Piero o de un Andrea del Castagni, lejanos tanto por el valor formal como por la mentalidad. De una pintura centrada en la búsqueda espacial y plástica, pasamos a una más mórbida y velada en que la rotundidad modeladora de la luz y la línea    adquiere una nueva fascinación.

VIRGEN CON EL NIÑO Y ANGELES (tabla), 1465. Florencia, Uffizi;














FILIPPINO LIPPI: APARICION DE LA VIRGEN A SAN BERNARDO (tabla), poco antes de 1486. Florencia, Badia.—

Fue Filippino fruto de los pecaminosos amores de Filippo Lippi y Lucrecia Buti; muerto su padre cuando él tenía doce años, fue confiado primero a fray Diamante, que había sido discípulo y ayudante de Filippo, y luego llevado al taller de Botticeli, alumno asimismo de Lippi, y que, aún jovencísimo era ya pintor de sólido renombre.


San Bernardo inclina la cabeza, sorprendido ante la figura de la Virgen, aunque sin extrañar que la Celestial señora compareciera a inspirarle el trabajo que está realizando en el pupitre, acostumbrado a dialogar con ella en la oración.

La Virgen es una florentina delicada, de largo cuello pálido y cabellos de oro, que escapan del peinado, retenido apenas por el velo transparente. El nimbo es cristalino, la luz se diluye dibujando las manos finas, los ropajes resplandecientes y hasta las rocas cortadas que aíslan el santo grupo de los personajes secundarios del fondo. Tan solo el donante, un devoto con las manos plegadas, presencia la divina aparición, sacando de tierra medio cuerpo, como el que fray Filippo había pintado para mirar de escondidas, detrás de una roca, en el cuadro de la Academia de Florencia.

Pero en la técnica y en el paisaje, Filippino se muestra mucho más adelantado que su padre, y sus cualidades debían ponerse plenamente á prueba al recibir el encargo de continuar la decoración de la capilla Brancaccio del Carmine, que Masolino y Masaccio habían dejado sin terminar. En sus frescos del Carmine, Filippino abandona por completo el estilo de fray Filippo, y se deja llevar de la influencia de Masaccio, hasta el punto de confundirse con él  en estilo y color. 

Resulta precisar la parte que corresponde a Masaccio, a Masolino y a Filippino en los frescos de la capilla Brancaccio, á pesar de haber sido ejecutados por tan diferentes artistas y con más de medio siglo entre unos y otros.

Durante largo tiempo Filippino reflejó en sus obras la influencia de su maestro, lo que también le ocurrió con la paterna, pero sin que su temperamento le hiciese entrar en la esfera dolorida de las alegorías y los mitos botticellianos; en efecto, siguió un ideal menor de gracia un poco fácil.
A este periodo pertenecen obras como La historia de Lucrecia, las de Ester y Virginia, la Virgen con santos franciscanos de Budapest o los frescos de la capilla Brancacci en el Carmine de Florencia: se trataba de recoger la herencia de Masaccio, además de la más lige­ra de Masolino: pero era demasiado para Filippino, sin contar con que los tiempos heroicos del humanismo ya habían pasado.

Los ti­pos nobles y eternos de Masaccio los reemplazó Filippino por una efímera galería de retratos, porque al representar, no sin armonía compositiva las últimas escenas de la Historia de San Pedro, pintó figuras con los rostros de artistas contemporáneos suyos, sin olvi­darse de sí mismo. Vinieron luego sus mejo­res obras, como la Virgen de los Uffizi o la Aparición de la Virgen a San Bernardo en la que a la importancia de la línea, que reviste ya una fluencia de gusto barroco, se une un color jugoso, casi sen­sual, derivado de la escuela flamenca y sobre todo de Hugo van der Goes.

A continuación, su estancia en Roma indujo a Filippino a una forma de hacer más grandiosa y artificiosa; para complicar las co­sas, se hizo más marcada la influencia de los flamencos, que alejó posteriormente al pintor de los modos que le eran naturales, para encaminarlo hacia un virtuosismo que no pocas veces es demasia­do patente, como por ejemplo en obras como la Adoración de los Magos de los Uffizi.

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